Mostrando entradas con la etiqueta Grado Aprendiz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Grado Aprendiz. Mostrar todas las entradas

Los Números

OSWALD WIRTH

Lo que no es visible se revela al que sabe mirar dentro de sí. Esta mirada, replegada sobre sí misma hace descubrir un vasto dominio de conocimientos independientes de toda observación material. Son nociones que se imponen por su propia evidencia. Ellas se refieren a lo que es necesariamente y constituyen así la ciencia de lo absoluto que no sufre más inexactitudes que las matemáticas. Esta ciencia que es la más importante de todas está encerrada en nuestro espíritu que la descubre como un tesoro ignorado desde que logra percibirse a sí mismo. Es así que el conocimiento de sí mismo es el punto de partida de toda filosofía. Pero es imposible conocerse directamente a sí mismo sin el auxilio de un espejo. Las abstracciones que están en nosotros no se hacen perceptibles hasta que se reflejan en un signo exterior. Estos símbolos intervienen entonces para hacernos manifiestas las verdades que están en nosotros. Ellos nos presentan la imagen fiel de lo que contiene nuestro espíritu. Cuando éste está vacío no tienen por consiguiente ninguna significación. La culpa no es de los símbolos sino de aquel que no sabe ver nada. Nada puede salir de una inteligencia vacía. Los símbolos al menos no hablan por sí mismos. Para hacerlos elocuentes es preciso haber abierto el santuario de las verdades abstractas, gracias a la llave que nos proporciona el estudio de las propiedades intrínsecas de los Números. Todas las escuelas iniciáticas han preconizado este estudio. Los antiguos lo han hecho la base de su ciencia sagrada, también los números juegan un rol preponderante en el simbolismo de todas las religiones, Pitágoras pretendía que los números rigen el mundo. En su correspondencia particular los masones se saludan “por los números que le son conocidos” (P∴ L∴ N∴ Q∴ L∴ S∴ C∴). La Francmasonería además no actúa en todas sus cosas sino que según números determinados y relaciona los conocimientos especiales de cada grado con la filosofía numeral de los antiguos. Para el aprendiz se limita a los números uno, dos, tres y cuatro que debe examinar desde el punto de vista de deducciones lógicas que se desprenden de la noción de la Unidad, el Binario, el Ternario y el Cuaternario.

Los Misterios

OSWALD WIRTH

La ciencia era antiguamente el patrimonio de unos pocos. No se transmitía sino bajo el sello del secreto a hombres escogidos, a los que se exigía raras cualidades morales. Estos elegidos eran puestos en presencia de emblemas y símbolos, porque al lenguaje le faltaban términos para expresar las cosas abstractas. Se estaba, pues, forzado a revestir las concepciones filosóficas con un velo de imágenes que debía ser transparente para los espíritus perspicaces. La ciencia no estaba dirigida sino a las inteligencias selectas. Para adquirir los conocimientos propios de los antiguos sabios no era bastante el ejercitar la memoria y poner enjugo cierta facilidad de asimilación. Hubo un tiempo en el cual no se instruía sino logrando resolver enigmas. Las verdades que de este modo se descubrían no tenían nada de común con los conocimientos usuales que hoy se procura esparcir tan ampliamente. La sabiduría de los antiguos se dedicaba a las más altas especulaciones: buscaban las causas y sobre todo la Causa de las causas. La ciencia moderna, por el contrario, estudia los efectos: observa, calcula: pero muy a menudo no se ocupa en pensar. La antigüedad tendía a producir Sabios en tantos que hoy día sólo tenemos doctos. El muy legítimo triunfo del experimentalismo no debe, a lo menos, hacernos perder de vista el orden de estas verdades que están en nosotros y no fuera de nosotros. El pensamiento está sometido a leyes cuyo conocimiento sólo puede hacernos distinguir en todas las cosas la realidad de la apariencia. El hombre que ignora estas leyes es juguete de perpetuas ilusiones, porque no sabe ni controlar ni rectificar los datos que le proporcionan sus sentidos. Por el contrario, el pensador que está iniciado en los Misterios del Ser, concibe las condiciones necesarias de toda existencia y no podrá ser engañado por ningún falso miraje. Cuando se ha sabido conquistar esta iniciación, se deja de agitarse ciegamente en las tinieblas del mundo profano, se ilumina con una luz que disipa la obscuridad que se lleva en sí, se tiene el hilo de Ariadna que permite entrar sin extraviarse en el laberinto de las cosas incomprendidas.

Respeto a la Ley

OSWALD WIRTH

Por sobre las leyes convencionales hay una Ley ideal, escrita en el corazón de los hombres de bien. A esta Regla Soberana es a la que el Iniciado se somete sin reserva. En cuanto a las leyes positivas, por imperfectas que sean, no son menos respetables. Ellas constituyen el elemento fhndamental de toda civilización, nos dan garantías contra las arbitrariedades, aseguran el orden y se imponen como una sanción necesaria del pacto social. Un Iniciado se somete, pues a las leyes aun cuando fueran injustas. El se inclina ante la voluntad general aunque ésta esté equivocada. Sócrates prefirió beber la cicuta antes que sustraerse a la sentencia legal, pero inicua que lo humillaba. Robespierre cayó rehusando llamar al pueblo a la revuelta. Son éstos grandes ejemplos.
Los francmasones se someten escrupulosamente a la legislación de todos los países en que se les permite reunirse libremente. Ellos no conspiran contra ninguna autoridad legalmente constituida. Su acción humanitaria, no puede, pues, hacer sombra sino a los gobiernos que tienen conciencia de tener contra ellos el derecho. En lo que concierne a la ley masónica, los masones observan sobre todo su espíritu. Los reglamentos no les son impuestos con una inflexibilidad tiránica, sino que preconizan una línea de conducta que tiene la autoridad de una larga experiencia. Pero no hay que perder jamás de vista que estas prescripciones reglamentarias están dirigidas a hombres que piensan y que están guiados por la lógica. Para el Pensador, la razón es la ley suprema, contra la que no podrá invocarse ninguna estipulación escrita. El Iniciado goza de entera libertad, porque es plenamente razonable y, por consiguiente, no puede hacer sino un buen uso de su voluntad. En este sentido el Masón debe ser libre en la Logia libre. Cuando Rabelais resumió la regla de los Telemitas diciendo: “Haz lo que desees” él entendía que: “hombres libres, bien nacidos, bien instruídos, que frecuentan compañías honestas, tienen por naturaleza un instinto y una tendencia que siempre los impulsa a hechos virtuosos y alejados del vicio; eso es lo que llaman honor. Pero cuando están vilmente sujetos y constreñidos, se sienten deprimidos y esclavizados; desvían la noble afección que los hace amar la virtud y procuran sacudir el yugo de semejante servidumbre, porque emprenden siempre lo que es prohibido sin justicia y codician lo que se les niega en razón”.

Fraternidad entre los Iniciados

OSWALD WIRTH

La fuerza de una asociación reside esencialmente en la cohesión de sus miembros. Mientras más unidos, más potentes son. En Masonería la unión no es el efecto de una Disciplina impuesta: esa unión no puede nacer sino del afecto que experimentan los iniciados entre sí. Es, por lo tanto, de la más alta importancia estrechar por todos los medios los lazos que unen a los masones. Antes que nada es necesario verse, a fin de conocerse, apreciarse y estimarse. Deben, pues, seguirse con la mayor asiduidad todas las reuniones masónicas. Hay que tratar de merecer la simpatía de cada uno de los Hermanos y, por otra parte, se deberá ser indulgente con los defectos de los otros. El hombre es siempre imperfecto. No hay que detenerse en las debilidades de los demás; apreciemos las cualidades de nuestros colaboradores y pasemos la plana sobre imperfecciones de las piedras que debe unir indisolublemente el cemento de la más franca amistad.

Investigación de la Verdad

OSWALD WIRTH

La Francmasonería se distingue de las iglesias en que no pretende absolutamente estar en posesión de la Verdad. Las enseñanzas masónicas no envuelven dogmas ni credo de ninguna especie. Cada masón está llamado a construir por sí mismo el edificio de sus propias convicciones. Con este propósito se ha iniciado en la práctica del Arte del Pensamiento. Este arte se ejecuta en materiales que es preciso desbastar. En otros términos: se trata de eliminar los errores que desfiguran la verdad, la verdad está en todas partes, pero oculta. Ella pide ser extraída de todo lo que parece falso o supersticioso. La superstición no es sino la petrificación, la envoltura o el cadáver de una noción verdadera que no se ha sabido alcanzar ni expresar correctamente. No rechacemos, pues, nada “a priori”. Toda prevención, todo prejuicio, se opone a nuestra imparcialidad de juicio. El verdadero amigo de la verdad no sabría ser un espíritu limitado, sistemáticamente encerrado en el estrecho círculo de su horizonte mental. Debe ser una inteligencia ampliamente abierta a todas las ideas susceptibles de provocar una modificación en las convicciones presentes. El que tiene sus ideas estancadas y trata de conservarlas no es un hombre de huy de progreso: es un pontífice que cree que sabe y que tiene fe en su infalibilidad. Si la iniciación no logra desengañarlo es porque cierra los ojos y tiende a permanecer Profano.

El Secreto

OSWALD WIRTH

Un masón debe abstenerse de divulgar todo aquello que pueda perjudicar a la Francmasonería o a sus miembros. Todos los miembros de la Orden están solidarizados por un formal contrato de reciprocidad. Tienen obligaciones los unos para con los otros y para cumplirlas es indispensable que se puedan distinguir de los profanos. Los medios de reconocerse deben, pues, ser objeto del secreto más absoluto. En cuanto al detalle de los ritos que se practican en el seno de los templos masónicos es prohibido hablar de ellos afuera. Los espíritus superficiales no podrían sino tomarlos como pretexto para ridiculizar a la Francmasonería. En este sentido no hay que arrojar perlas a los puercos.
El formulismo del ritual masónico no ha permanecido, por lo demás, en absoluto secreto. Ha sido divulgado en numerosas obras aparecidas desde los comienzos del último siglo. Pero a este respecto no se puede hacer conocer sino el lado material de nuestras prácticas. El “esoterismo” no es susceptible de ser divulgado. La disciplina del silencio llevaba a los antiguos masones a no contestar las calumnias de que eran objeto. Ellos esperaban estoicamente que luciera la verdad, ella triunfa siempre y necesariamente, como lo da a entender la vieja máxima: Obrar bien y dejar murmurar. El pensamiento es además en si mismo una fuerza que actúa en el exterior de una manera misteriosa. El puede influenciar la voluntad de otro sin expresarse por escrito ni de palabra. Esto es lo que revela el estudio de las leyes ocultas del pensamiento. El Iniciado, conocedor de estas leyes, se dedica a callarse, se concentra a fin de imprimir a sus ideas una tensión más alta. Es un conspirador que dispone del más potente de todos los medios de acción: el pensamiento dirigido con pleno conocimiento de causa. Pero en estas materias conviene unir el ejemplo al precepto y no infringir, porque no está permitido, la ley del silencio.

Discreción Masónica

OSWALD WIRTH

Privarse de hablar, para limitarse a escuchar, es una excelente disciplina intelectual cuando se desea aprender a pensar. Las ideas se maduran por la meditación silenciosa, que es un conversación consigo mismo. Las opiniones razonadas son el resultado de debates íntimos que se empeñan en el secreto del pensamiento. El sabio piensa mucho y habla poco. Un masón joven debe, pues, en general, mostrarse muy reservado. Le está privado todo proselitismo intempestivo. No hay peor error que la verdad mal comprendida. Hablar para hacerse entender mal es a la vez peligroso y nocivo. Es preciso, pues, que siempre nos pongamos al alcance de los que nos escuchan. Tratar de asombrar exponiendo ideas atrevidas es esencialmente antimasónico. ¿Para qué escandalizar a los espíritus tímidos? Las inteligencias deben estar preparadas para que reciban la luz: una brusca claridad, ciega en vez de iluminar. Cuando cae de sus ojos la venda simbólica el Iniciado ha podido constatar que el deslumbramiento produce una sensación dolorosa. Estemos, pues, atentos a no herir ninguna convicción sincera. Escuchemos a todos con benevolencia sin hacer cuestión de nuestra manera de ver. Tenemos que formar nuestra opinión ya este fin nos es ventajoso oír a los abogados de las causas más contradictorias. Aprendamos a juzgar sin el menor prejuicio, así llegaremos a ser pensadores independientes o libres pensadores en el verdadero sentido de la palabra.

GRADO DE APRENDIZ Las Tradiciones

OSWALD WIRTH

Ciertas teorías han ejercido una influencia preponderante sobre el pensamiento humano. Un Iniciado no debe ignorarlas. Expondremos aquí algunas ideas de los Antiguos, susceptibles de aclarar la cuestión: ¿De dónde venimos?. Queda entendido que la Francmasonería no preconiza ninguna manera de ver, determinada. Ella solicita al pensamiento independiente y, para estimular mejor las inteligencias, evita lanzarlas hacia soluciones arbitrarias. Que se tome cuidado en lo que va a seguir.
Como referencia vamos a esforzarnos en reproduciar las teorías de los antiguos hierofantes. Nuestro objeto es procurar un alimento a las reflexiones de lo que deseen pensar y no el de sostener una tesis. La Francmasonería rechaza todo dogmatismo y no podría hacerse el campeón de ninguna doctrina. Rehusa tomar un partido y busca el acuerdo entre los pensadores, porque es en este acuerdo del que surge la Verdad.

LA MASONERÍA LIBRE

OSWALD WIRTH

Entre los obreros sometidos a la disciplina monástica, los mejor dotados adquirieron los conocimientos suficientes que les permitían dirigir ellos mismos el trabajo de sus compañeros. Se formaron así los arquitectos laicos, con un espíritu mucho más independiente, que les daba más conciencia de sus capacidades y de sus talentos. Su autoridad no tardó mucho en primar sobre la de los monjes, que vieron pronto a “las hermandades constructoras” sustraerse a su tutela. Las asociaciones autónomas, recordando a ciertos colegios romanos, pudieron constituirse.
Esta evolución, parece haberse realizado, desde luego en Lombardía, donde las tradiciones antiguas permanecían siempre vivas, y han podido, por lo tanto, más fácilmente ser revividas, por la mediación de Venecia, donde la influencia bizantina se hacía sentir poderosamente.
Lo que es seguro es que la villa de Como, flie por mucho tiempo el centro donde afluían los artistas, deseosos de perfeccionarse en el arte de construir. Sus ambiciones eran la de ser iniciados en el secreto de los Magistri Comacini, título extendido en el siglo XI, de una manera genérica a todos los constructores.
Se pretende que en el deseo de consagrar su independencia, las asociaciones arquitectónicas laicas, unidas entre ellas por los vínculos de una estrecha solidaridad, habrían solicitado del Papa el monopolio exclusivo para la construcción de todos los edificios religiosos de la Cristiandad. Deseando impulsar una empresa tan piadosa, la Corte de Roma, habría tomado las confraternidades de constructores bajo su protección especial, declarando que sus miembros debían ser en todas partes eximidos de los impuestos y del vasallaje. Estas serían las franquicias que se dicen otorgadas por Nicolás III en 1277 y confirmadas por Benito XII en 1334, que habrían valido a los protegidos de la Santa Sede el nombre de Francmasones (hasta aquí, la prueba documentada de estas afirmaciones atrevidas, no ha sido proporcionada).
El amparo del Soberano Pontífice, explicaría el favor que la Masonería libre encontró entre todos los príncipes cristianos. En estos tiempos de fervor religioso, éstos no podían experimentar, por otra parte, más que simpatías por los constructores de iglesias, que se repartieron progresivamente en Francia, en Normandía, Gran Bretaña, en Borgoña, después en Flandes y a orillas del Rhin, penetrando desde aquí en todo Alemania. En todas partes, estas asociaciones han dejado monumentos de un estilo particular llamado gótico, o más exactamente ojival. Obras maestras, en que la uniformidad del estilo parece ser el indicio de un acuerdo internacional, mantenido durante siglos entre los constructores, extendidos en toda la Europa occidental.
Esto es lo que ha hecho decir a M. Hope en su historia de la Arquitectura: “Los arquitectos de todos los edificios religiosos de la Iglesia latina, habían sacado su ciencia de una misma escuela central; obedecían a las leyes de una misma jerarquía; se dirigían en sus construcciones bajo los mismos principios de conveniencia y de gusto; mantenían entre sí, en todas partes, donde se les enviaba, una correspondencia asidua, de manera que los menores perfeccionamientos llegan a ser inmediatamente de propiedad de la Corporación entera y una conquista del Arte”.

Las Órdenes Monásticas

OSWALD WIRTH

Durante muchos siglos, toda la Europa occidental, fue víctima de la brutalidad de guerreros ignorantes, que no temblaban más que delante de los fantasmas de sus imaginaciones groseras. El clero cristiano, aplicando a ésto todas las tradiciones de los sacerdotes, aprendió rápidamente, a dominar a estos espíritus inclinados a los terrores supersticiosos. Tuvo la valentía de amenazar a estos indomables conquistadores con un Juez Celestial, cuyo rigor inflexible no podía ser apiadado sino por medio de piadosas donaciones. Esta fue, para la Iglesia, una fuente inagotable de riquezas.
Vióse entonces el Cristianismo, rodearse de un aparato fastuoso. Después de haber crecido en la abnegación y en la pobreza, deseaba seducir por la magnificencia. Los templos antiguos, antes saqueados por la codicia de los bárbaros, o demolidos por el furor iconoclasta de los nuevos creyentes, debieron ser reconstruidos a la gloria del Dios de los Cristianos. Como jamás se había dejado enteramente de edificar, los procedimientos de la profesión se conservaban entre los artesanos; pero cuando se trató de construir los edificios apropiados a las exigencias del culto cristiano faltaron, desde luego, los arquitectos.
Los monjes más instruidos fúeron llamados a estudiar la arquitectura, y la habilidad para trazar los planos no demoré mucho en afianzarse. Algunos abates, en particular aquellos de la congregación de Cluny, desplegaron en estas materias un verdadero talento.
Rivalizando entre ellos, estos abates no se contentaron con las construcciones técnicamente groseras. Cuando quisieron pasar de los simples muros de ladrillo o de piedras toscas a los de piedras talladas, les fúe necesario formar verdaderos artistas, sobre todo, cuando la ambición les vino a golpear los espíritus por la osadía en el abovedado más y más complejo.
Lo monjes se vieron obligados a asociarse, de una manera permanente, con “los legos talladores de piedras”, que en calidad de hermanos legos, llevaban hábitos y recibían subvención del convento.

El Cristianismo

OSWALD WIRTH

Las religiones profesionales se conformaban al genio del politeísmo greco-romano; mientras éste reiné, nadie podía soñar en tomar en cuenta alas corporaciones arquitectónicas de sus enseñanzas religiosas. Pero, no fue lo mismo cuando el Cristianismo pasó a ser la religión del estado, en tiempo de Constantino, y pretendió fundar la unidad de culto y de creencias.
El Supremo Arquitecto del Universo encuadraba con el monoteísmo, a quien parecía habérsele adelantado. Pero esta simplicidad, esta vaguedad propicia a las adaptaciones contradictorias, no podían satisfacer a la nueva religión, que formulaba dogmas imperiosos y precisos y para quien era del todo necesario que desde ahí en adelante se les sometieran.
Fieles a sus tradiciones, los constructores se guardaron de contrariar la fe oñcial. Se hicieron bautizar, reservándose el adaptar el Cristianismo a las doctrinas de la metafísica arquitectónica. Así nació una religión oculta, pariente del Gnosticismo que se abstiene cuidadosamente de toda manifestación exterior. A lo más encontraremos un indicio en esta singular facilidad, con la. cual los artistas bizantinos y coptos se ponían indiferentemente al servicio de las diferentes sectas cristianas y después a las musulmanas.
Exteriormente sumisas al absolutismo cristiano, las asociaciones de constructores, pudieron prosperar bajo el amparo del Imperio del Oriente, mientras que desaparecían en Occidente, sumergidas por la invasión de los bárbaros. Un período vino, entonces, en que se estuvo más preocupado de descubrir los monumentos antiguos que de edificar otros nuevos. El cristianismo, sin embargo, no demoró mucho en imponerse a los invasores. La arquitectura religiosa volvió a surgir y nuevas escuelas de constructores se constituyeron poco a poco. Ellas dieron nacimiento al estilo románico.

Primeros Datos Históricos

OSWALD WIRTH

Nosotros no conocemos más que noticias precarias sobre las más antiguas corporaciones constructoras de los pueblos del Oriente. Pero es singular el encontrar en las escrituras acadias el A como signo de la sílaba (Bou)... que significa Hacer, Construir. Si ésto no es más que una simple coincidencia, es de todas maneras significativo y los Masones apasionados podrán ver en ésto, un indicio de la remota antigüedad de su símbolo, pues, los monumentos Caldeos, donde se les encuentra se remontan a más de 4.500 años antes de nuestra era.
Los autores desconocidos de los más antiguos libros sagrados de la China, no ignoraban, desde luego, el valor simbólico del compás y de la escuadra, insignias del sabio, que poseía el secreto y sabía conducirse conforme a las instrucciones del Primer Constructor.
En Egipto, el sacerdote enseñaba las ciencias y las artes. Ciertos hierofantes se especializaban en la Ingeniería y la Arquitectura. Los artesanos puestos a sus órdenes no tenían derecho a ninguna iniciativa.
Los Escultores y talladores de piedras, fueron más libres en Siria. Formaron asociaciones religiosas que recorrieron toda el Asia Menor, para erigir por todas partes templos, según la conveniencia de los diferentes cultos.
Es así que, por allá por el año 1000 antes de Jesucristo, Hiram, rey de Tiro, pudo enviar a Salomón los obreros necesarios a la construcción del templo de Jerusalem, del palacio real y de los muros de la ciudad. Estos mismos constructores tomaron parte igualmente, en la fundación de Palmira.
Más tarde la Arquitectura era ejercitada en toda la Grecia por los Pontífices de Dionisios y Numa Pompilio perfeccionó sus organizaciones por allá por el año 715 antes de la era Cristiana.
La legislación romana constituyó los Colegios de Constructores, encargados de ejecutar todos los trabajos públicos. Estas corporaciones tenían su autonomía y la ley les garantizaba numerosos privilegios. Cada una de ellas practicaba sus ceremonias religiosas particulares, apropiadas a los oficios que ejercitaban sus miembros. Estos ejercitaban todas las profesiones necesarias a la arquitectura religiosa, civil, militar, naval e hidráulica.
Estas laboriosas confraternidades, se esparcieron por todo el imperio. Seguían la marcha de las legiones romanas para construir los puentes, los caminos, los acueductos, los campos atrincherados, las ciudades, los templos, los anfiteatros, etc. En fin, ellos contribuían a civilizar a los pueblos vencidos, instruyéndolos en las artes de la paz. Subsistieron florecientes hasta la invasión de los bárbaros.
En el siglo tercero, Teofastro nos los describe en los siguientes términos: “Segiín las tradiciones de la estatuaria antigua, los escultores y talladores de piedra, viajaban de un lado al otro de la tierra con los útiles necesarios para trabajar el mármol, el marfil, la madera, el oro ylos otros metales. La materia informe les abatecía para elevar los templos, según modelos divinos.

El Arte Sagrado

OSWALD WIRTH

Primitivamente todo revestía un carácter sagrado; pero el arte de construir estaba más particularmente rodeado de un carácter divino. Los hombres que a él se dedicaban ejercían un sacerdocio. Eran sacerdotes a su manera. Tallando las piedras y arreglándolas para construir los edificios, creían rendir un culto a la divinidad.
Toda construcción útil era santa, destruirla era un sacrilegio, y las más antiguas inscripciones amenazaban con la venganza divina al hombre impío que destruyera o atacara los monumentos.
Los constructores tenían una religión propia, enteramente basada en el arte de construir. El Universo era, a sus ojos, una inmensa cantera de construcción donde cada ser estaba llamado a contribuir con sus esfuerzos a la edificación de un monumento único. Figurábanse un trabajo incesante, que no había comenzado jamás y no debía terminar nunca, pero que construía por todas partes, según las indicaciones de un mismo plan. De ahí viene la idea de La Gran Obra, dedicada a la construcción de un Templo Ideal, cada vez más y más perfecto. De ahí el uso tradicional entre los Masones de Consagrar sus trabajos A∴ L∴ G∴ D∴ G∴ A∴ D∴ U∴.

Los Orígenes de la Masonería

OSWALD WIRTH

La Francmasonería no se dedica hoy día, a los trabajos materiales, pero deriva de una confederación de picapedreros y arquitectos, cuyas ramificaciones se extendieron en la Edad Media sobre toda la Europa occidental, transmitiéndose el secreto de su arte. Esos constructores se conformaban con los usos antiguos. Practicaban los ritos de los iniciados, que las leyendas corporativas hacen remontar a la más remota antigüedad.
Debemos guardarnos de tomar a la letra estas tradiciones ingenuas. Tienen mucho de mitológicas y a menudo un sentido alegórico. (Según una de estas leyendas, Adán habría sido recibido Masón confonne a los ritos de la Orden del Paraíso por el Padre Eterno). Es una manera de decir que la Francmasonería ha existido siempre, si no realmente, por lo menos en estado latiente, es decir, que ella responde a una necesidad primordial del espíritu humano.
Pero es necesario reflexionar sobre la influencia ejercida primitivamente por el arte de construir, para formarse una idea justa del rol civilizador que las más antiguas asociaciones han jugado necesariamente.
Estas asociaciones se constituyeron, desde el momento en que la Arquitectura se convirtió en un Arte. Fueron llamadas, sin duda, a construir desde luego, los muros de las ciudades antiguas. Estas murallas de defensas, construidas con piedras talladas, no han podido ser, sino obras de obreros ejercitados y agrupados en tribus.
No han podido estar, estos artesanos, sino que asociados y esto por dos razones: desde luego, porque, toda construcción importante, no puede ser obra de individuos aislados, y en seguida, porque la práctica del arte de construir exige una iniciación profesional.
Es entonces evidente, que, desde los tiempos más remotos, los Masones han formado grupos corporativos y que, por la fuerza misma de las cosas, se han dividido en aprendices, compañeros y maestros.
En cuanto a su misión civilizadora, se manifiesta bajo un doble punto de vista: por una parte, las ciudades protegidas contra los asaltos de la brutalidad, de la barbarie, por sólidas murallas, se convirtieron en centros de las actividades, en asilos inviolables, reservados a ana fracción más cultivada que las multitudes de fuera; por otro lado, los Masones dieron el ejemplo de asociarse en vista de un trabajo común.
Puede, así, afinnarse que la Arquitectura es la madre de toda civilización, y es, ajusto título, que los antiguos Masones consideraban su arte, como el primero y el más estimable de todos.

A LOS NUEVOS INICIADOS

OSWALD WIRTH

QQ∴ HH∴:
Al iniciaros en sus Misterios, la Francmasonería ha querido hacer de vosotros hombres escogidos, sabios o pensadores, elevándoos por sobre la masa de los seres que en nada piensan.
No pensar, es consentir en ser dominado, conducido, dirigido y tratado comúnmente como una bestia de carga.
Es por sus facultades intelectuales que el hombre se distingue del bruto. El pensamiento lo vuelve libre, y le da el imperio del mundo.
Pensar es reinar.
Pero el Pensador ha sido siempre una excepción.
En otro tiempo cuando el hombre tuvo ocasión de abandonarse al recogimiento, se perdió en el sueño; en nuestros días, cae en un exceso contrario; la lucha por la vida lo absorve, hasta el punto que no le queda tiempo para meditar con calma y cultivar el Arte supremo del Pensar. Pues, este Arte, llamado el Gran Arte, el Arte Real o el Arte por excelencia, le corresponde a la Francmasonería el hacerlo revivir entre nosotros.
La intelectualidad humana no puede continuar debatiéndose entre dos enseñanzas que excluyen la una y la otra el pensamiento: entre la Iglesia, basada en la fe ciega; y las escuelas, que sentencian los dogmas de nuestras nuevas creencias científicas.
Ahora que todo conspira para evitar a nuestros contemporáneos la pena de pensar, es indispensable que una institución poderosa haga revivir el estandarte de las tradiciones que se olvidan.
Nos faltan pensadores, y no es nuestra enseñanza universitaria la que puede formarlos.
El pensador no es el hombre que sabe mucho. No debe tener la memoria sobrecargada de recuerdos embarazosos. Es un espíritu libre, que no tiene necesidad ni de catequizar ni de adoctrinar.
El pensador se forma por sí solo, es hijo de sus obras. La Francmasonería lo sabe, y evita inculcarle dogmas. Contrariamente a las Religiones, no pretende estar en posesión de la verdad. La Masonería no sólo se limita a ponerlo en guardia contra los errores (el error), sino que además se afana en que cada uno busque la Verdad, la Justicia y la Belleza.
La Francmasonería repudia la fraseología y las fórmulas, con las cuales los espíritus vulgares se enseñorean para engalanarse de todos los oropeles de un falso saber. Quiere obligar a sus adeptos a pensar y da, en consecuencia, su enseñanza bajo el velo de las alegorías y de los símbolos. Invita, asimismo, a reflexionar a fin de que se apliquen a comprender y a descubrir.

LA VOLUNTAD

ALDO LAVAGNINI

Compañera de la Inteligencia y de su desarrollo, en sus estados sucesivos, la Voluntad es la facultad de desear y querer. La voluntad es la gemela de la Inteligencia: mientras ésta es la facultad pasiva e iluminativa de nuestro ser, la que determina y guía nuestros juicios, la Voluntad es aquella facultad activa por excelencia, que nos impulsa a la acción, traduciéndose en esfuerzo constructor o destructor, según la particular dirección de la Inteligencia. Las dos facultades están así constantemente relacionadas y se determinan e influencian mutuamente.

El Pensamiento, dirigido por la Inteligencia, prepara la línea o dirección en la cual se canaliza y según la cual obra la Voluntad, mientras ésta, a su vez determina y dirige la actividad intelectiva del pensamiento, siendo la Conciencia el centro motor estático determinante de las dos.

Así como hay conciencia y subconciencia, pensamiento consciente y pensamiento subconsciente y, por ende, inteligencia racional como instintiva, hay también una voluntad instintiva o automática al lado de la voluntad inteligente o racional. La primera es la que constituye nuestros deseos y nuestros impulsos, en común con los animales y seres inferiores, mientras la segunda es el resultado de la reflexión, el fruto de una determinación inteligente.

Por su íntima naturaleza, el progreso de estas dos facultades debe estar constantemente relacionado. La marcha del aprendiz, indica este proceso: a cada adelanto del pie izquierdo (pasividad, inteligencia, pensamiento), debe corresponder un igual adelanto del pie derecho (actividad, voluntad, acción) en escuadra, o sea en acuerdo perfecto con el primero.

EL “SALARIO” DEL APRENDIZ

ALDO LAVAGNINI

El salario que el Aprendiz recibe, como resultado de sus esfuerzos, a semejanza del salario percibido por el obrero como premio y compensación de su trabajo, debe ser objeto de una especial consideración.
Los antiguos obreros recibían, además de los víveres en especie, un sueldo o compensación en dinero para comprar la sal y otras cosas que necesitaban; de aquí vino el nombre de salario. Pero tal vez no es completamente extraño al término de salario del Aprendiz el hecho de que éstos lo reciben cerca de la Col.•.B.•.que es la que corresponde al principio hermético femenino de la sal, del cual hemos hablado en su lugar.
El Aprendiz recibe el salario acercándose, después de su trabajo, a la Col.•.B.•.. Esto quiere decir que el resultado de sus esfuerzos lo consigue el iniciado acercándose al reconocimiento del Principio de Omnipotencia, expresado en el sentido de la Palabra que es el nombre de dicha columna y que, como dijimos, significa: “En él la Fuerza”.
En otras palabras, el Aprendiz progresa, y en este progreso recibe la compensación de sus esfuerzos, según se acerca, como fin de sus estudios y deducciones, a este reconocimiento vital que realiza el primer deber de su testamento; es decir, en la medida de la Fe que desarrolla en el Principio de Vida y en su poder, como columna o sostén de su vida individual.
El progreso del Aprendiz está caracterizado por el desarrollo de esta Fe y confianza en el Principio Espiritual de la Vida, en el cual tenemos nuestro origen, que nos ha creado o manifestado (como distintas expresiones individualizadas de su Ser o Realidad, divididas y separadas en la apariencia, pero íntimamente unidas e inseparables en esencia y realidad), que continuamente nos sostiene, nos guía y nos dirige hacia el desarrollo y la expresión de las más elevadas posibilidades que todavía se encuentran en estado latente en nuestro ser.
Esta fe, propia de quien se ha iniciado en el conocimiento de lo Real que se esconde detrás de la apariencia exterior o visible de las cosas –y que no es fe ciega, en cuanto se basa sobre la propia conciencia de la realidad-, es algo desconocido para el profano, esclavo de la ilusión de los sentidos, quien confunde la apariencia con la realidad, y no habiéndolo reconocido (por no haber podido ingresar en su conciencia), niega la existencia de un Principio Espiritual como Causa Inmanente y Trascendente de la realidad visible.
No puede lograrse este conocimiento, esta convicción que es un estado interior, sin el estudio, el trabajo y la perseverancia: es, pues, la Fe iluminada de que hablamos, un verdadero salario, fruto o resultado de largos y persistentes esfuerzos sobre el Camino de la Verdad, después de haberse despojado de todas las superficialidades, creencias positivas y negativas, errores y prejuicios del mundo profano.
Así establece el iniciado una relación iluminada con el Principio de Vida, cuya realidad ha reconocido en su conciencia, relación que tiene su base en el reconocimiento expresado por la misma Palabra Sagrada, que será de ahora en adelante una verdadera columna en la cual puede apoyarse con toda confianza y que lo sostiene en sus dudas y vacilaciones.

LA AYUDA MÁS VERDADERA

ALDO LAVAGNINI

Aunque la ayuda directa puede ser en algunos casos útil y necesaria (siempre que sea una verdadera manifestación espontánea de solidaridad y fraternidad), es mucho mejor dirigirse a la raíz del mal, en vez de contentarse con remediar temporalmente sus síntomas exteriores.
La persona que se halla en difíciles circunstancias materiales tiene antes que todo necesidad de ser ayudada espiritual y moralmente, con pensamientos positivos que realcen su estado de ánimo abatido, y tengan para él el efecto de las palabras taumatúrgicas: ¡Levántate y anda! Ayudar a un hermano a caminar sobre sus propios pies es mucho mejor que proveerlo de muletas. Facilitar un medio de ganar por sí mismo lo que necesita es mucho más fraternal, deseable y digno que facilitarle una ayuda que lo ponga, como beneficiado, en condición de inferioridad.
Pero cuando esto no sea posible momentáneamente, el compartir lo que uno tiene, con verdadero espíritu de solidaridad fraternal, según propio dictado de la conciencia, debe ser considerado como un deber elemental, un privilegio y una oportunidad para todo iniciado que verdaderamente sienta en su corazón el lazo de fraternidad, la mística cadena de unión que lo une a todos los seres, y en particular a aquellos con los cuales tiene una más profunda afinidad moral y espiritual.
No se entiendan las precedentes consideraciones para alejar a nadie de sus deberes de solidaridad para con sus semejantes en general, y sus hermanos en particular, sino más bien para que sean mejor atendidos y practicados, despojados de toda ostentación por parte de quien da y de toda humillación hacia quien recibe, como conviene para una verdadera expresión del espíritu masónico, que no puede ser nunca aislamiento negativo ni deprimente solicitud.
Elevarse sobre los sentimientos y los conceptos profanos de caridad, para realizar la verdadera fraternidad de los iniciados, en la que lo que uno hace por un hermano lo hace con el mismo espíritu que lo hiciera para sí mismo, sin adeudarle ninguna obligación o deber de mostrarse reconocido, ha de ser el ideal de todos los verdaderos masones.

CÓMO DEBE PRACTICARSE LA CARIDAD

ALDO LAVAGNINI

Se habla también mucho, en Masonería y en otras instituciones filantrópicas, de caridad y beneficencia, como deberes que los más afortunados tienen para con los “desdichados y desheredados de la suerte”. Pero difícilmente caridad y beneficencia llegan a ser verdaderamente caritativas y benéficas, por cuanto proceden del error, más bien que de la verdad, y así contribuyen muchas veces a reforzar y hacer estático o crónico el mal que quieren eliminar, reforzando su raíz.
Como lo enseñaron todos los sabios de todos los tiempos (y ésta puede ser, en cierta manera, la piedra de parangón de la verdadera Sabiduría), la raíz y la causa primera de todos los males debe buscarse en el error o en la ignorancia. Y hasta que no se remedie este error y esta ignorancia, toda forma de caridad no será más que un paliativo, pues no elimina la raíz del mal, sino que muchas veces la hace, con la propia conciencia del mal que estimula, aún más fuerte y vital.
Por ejemplo, no hay duda que el Tronco de Solidaridad oportunamente circulado a favor de un hermano necesitado, o de otro caso piadoso, puede constituir una ayuda útil y providencial, especialmente si los presentes se muestran generosos en sus contribuciones; como puede serlo la ayuda directa a uno o a otro hermano. Pero si con la ayuda pecuniaria (cuyo valor y efectividad no pueden ser sino temporales y transitorios) los presentes acompañan, como casi siempre sucede, sus sentimientos y pensamientos de compasión y, peor aún, de conmiseración, o en cualquier forma se considera a la persona necesitada como impotente y en estado de inferioridad, la influencia de estos pensamientos hace muy poco deseable y efectiva la ayuda, en cuanto contribuye a abatir más bien que a realzar su estado moral y la confianza en uno mismo.
Lo mismo debe decirse, con mayor razón, de toda forma de beneficencia que, más que una simple y espontánea manifestación del espíritu de fraternidad entre hermanos libres e iguales, haga manifiesta la distancia que media entre bienhechor y beneficiado, o de alguna manera se resuelva para éste la dádiva en humillación, con la cual paga muy cara la ayuda recibida. No decimos nada de la beneficencia que sirve de pretexto a la ostentación y la vanidad, pues en este caso difícilmente pudiera considerarse digna de tal nombre.
La verdadera beneficencia debe ser secreta y espontánea, y no debe envolver en sí ninguna forma de humillación. Prevenir las necesidades de un hermano que se halle manifiestamente en dificultades es mucho más fraternal que esperar que éste pida una ayuda, pues con la petición ésta ya se halla casi pagada y ninguna cosa se paga tan cara como pidiéndola.
La mano que da con verdadero espíritu de fraternidad debe esconderse, y “la izquierda no debe saber lo que hace la derecha”. Debería así proscribirse absolutamente la práctica en uso en algunas Logias de Pedir a otros Talleres una contribución en la ayuda a algún hermano, y especialmente dar el nombre de este hermano. Ni en el mismo Taller debiera darse el nombre de la persona socorrida, pues no hay necesidad de que sea conocida, con excepción de los que directamente intervienen en ayudarla.

CÓMO DEBE REALIZARSE LA FRATERNIDAD

ALDO LAVAGNINI

Se habla mucho de fraternidad entre los masones, como entre los miembros de otras sociedades que la sustentan entre sus objetos; pero, si del campo de la palabra y de la pura teoría, dirigimos nuestra mirada a la práctica de la vida diaria, vemos cómo la efectiva realización de la fraternidad deja mucho que desear, y ésta es la causa de que muchos se desilusionen y pierdan toda confianza sobre la veracidad de este ideal.
Y, sin embargo, nunca podemos esperar una realización de fraternidad diferente del entendimiento particular de cada cual. En otras palabras, no es suficiente que uno se llame masón o que sea miembro de otra fraternidad para que los demás deban sentirse con derecho a exigir una manifestación de fraternidad en todos los campos de la vida, conforme a sus particulares ideales.
El amor se da, pero nunca puede exigirse: lo mismo debe decirse de la fraternidad, que no puede ser sino una manifestación del amor. Ninguna verdadera y sincera manifestación de fraternidad puede obtenerse si no es en cuanto uno verdaderamente la siente y realiza interiormente: un masón se hará verdadero masón y hermano según sienta en sí mismo el Ideal Masónico y se reconozca como hermano de los demás.
Cuando uno progresa en el Sendero de la Vida (del cual la Masonería nos ofrece en sus ceremonias una maravillosa interpretación) y se acerca al reconocimiento (que no es únicamente un frío concepto o percepción intelectual, sino directa conciencia y sentimiento) de la realidad del PrincipioÚnico de todo, siente entonces interiormente, y de una manera siempre más clara, su íntima unión y solidaridad con toda manifestación de la Vida, y de esta íntima conciencia y sentimiento, una verdadera comprensión y realización de la fraternidad será la consecuencia espontánea y natural.
Que cada cual, pues, se eleve, a su manera, y según mejor pueda, sobre su egoísmo y su ignorancia, y que reconozca su verdadera naturaleza, manifestación del Principio de Vida que vive en todos los seres (y que ha recibido en Masonería el nombre de Gran Arquitecto), reconociendo así sus deberes,
o sea su relación con el mismo Principio de Vida, con sí mismo y con sus semejantes. Este es el camino por medio del cual la Masonería enseña la fraternidad y busca su más práctica y efectiva realización.
Esta fraternidad será primeramente entre hermanos, pues sólo los que la entienden y se reconocen como hermanos pueden realizarla; pero, como el Amor no puede tener ningún límite verdadero, y no existe condición o estado en que no pueda manifestarse, no hay ser o manifestación de la Vida Universal, a quienes no pueda y deba extenderse. Esta es la Fraternidad de Iniciados y de los verdaderos Maestros.
Busquemos, pues, el Principio Supremo y básico de todo, reconozcamos la Verdad de la Unidad de la Vida y de la íntima indivisibilidad de todos los seres: en la proporción en que efectivamente lleguemos a este conocimiento, llegaremos también a reconocer y realizar la verdadera Fraternidad Masónica, y ésta cesará de ser una vana utopía y un ideal abstracto fuera de las posibilidades humanas. Así se realiza el Gran Mandamiento del que nos habla Jesús, cuya segunda parte, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es el corolario natural de la primera: “ama a Dios (el Principio o Realidad de la Vida) con todas tus fuerzas, con toda tu alma y con todos tus pensamientos”