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La Logia de Perfección

OSWALD WIRTH

Los grados inmediatamente superpuestos a la Maestría y que se confieren en Logia de Perfección, son característicos a este respecto. El Maestro Secreto (4o. grado) vuelve a pasar en cierto modo, por las pruebas del aprendizaje, cuyo esoterismo es llamado a penetrar esta vez. Así preparado, el aprendiz altamente graduado se esforzara en hacerse Maestro Perfecto (5o. grado) participando en los funerales de Hiram, celebrados pomposamente por el Rey Salomón. Este grado desgraciadamente es muy hueco como muchos otros que a menudo hacen doble empleo entre ellos. Lo es también en cuanto la premisa se presenta como falsa e inconciliable con la pura concepción masónica. Estos grados malamente establecidos, hacen número (son numerosos) en la jerarquía; pero eso es todo, porque no se confieren in extenso: se les salta limitándose a declarar al recipiendario que está investido de ellos. Los escalones escoceses no se suben uno a uno; los más instructivos sólo dan lugar a una recepción rituálica; pero el fin perseguido sobre todo en Logia de Perfección, es exclusivamente hacer la educación masónica de verdaderos Maestros.
Los altos grados se recomiendan, pues, a los Masones que aspiran a la Maestría y no saben elevarse por sí mismos hasta ella en Cámara del Medio. Para ayudarlos, el Escocismo les ofrece cursos de repetición que tienen su valor sin ser indispensables.
Ciertos grados, pretendidos superiores, son en realidad lamentablemente inferiores en su tema, que no tiene nada de iniciático.
Nada es más falso, desde este punto de vista, que poner en escena el castigo de los matadores de Hiram, cuya muerte no tiene que ser vengada.
Los iniciados no castigan jamás, y se vengan aún menos. En atención al mal, son los médicos que curan. En cuanto Masones, reconstruyen lo que ha sido destruido; no combaten la ignorancia odiosa sino esparciendo generosamente la luz, y no oponen al fanatismo ciego otra cosa que su tolerancia plenamente esclarecida. Y cuando la perversidad ambiciosa compromete la salvación común, los Sabios hacen surgir de la corrupción un orden mejor por la coalición de las voluntades sanas.
Reaniman el ideal del que las sociedades humanas tienen necesidad para mostrarse dignas de ellas mismas.
En resumen, la necesidad de los altos grados no se habría hecho sentir jamás, si los tres grados fundamentales no hubieran quedado prácticamente letra muerta. Los grados superiores perderán toda razón de ser, desde que las Logias se muestren capaces de formar Maestros efectivos.
No demolamos nada de eso. Esforcémonos más bien en hacer nuestras clases iniciáticas aprovechando las enseñanzas que se presenten.
El Maestro se instruye por todas partes, aún en las escuelas equívocas que se basan en tradiciones mal comprendidas. Si él no sabe rectificar constantemente y poner las cosas en su lugar, adivinando la verdad bajo la expresión desgraciada que la desfigura, es porque no han encontrado la luz del tercer grado.
¡Puedan los lectores de este manual poseerla y penetrar el verdadero sentido de lo que en él se encuentra de enigmático, de involuntariamente misterioso!.

Los Altos Grados

OSWALD WIRTH

La Maestría es una cumbre, término fatal de toda ascensión: el que se siente Maestro no tiene nada más que ambicionar. Pero no todos los que han desempeñado el rol de Hiram se han penetrado del espíritu del rito. Ellos han soportado pasivamente un ceremonial al cual no se liga ninguna gracia santificante, tanto que, no habiendo sabido poner en ello nada de su parte, han permanecido después lo mismo que eran antes. Sobre más de tres millones de Masones que enarbolan las insignias del tercer grado ¿Cuántos adeptos se encuentran que posean, aunque no sea sino un humildísimo comienzo de Maestría?. ¿Cuántas Logias están en su justo derecho de decirse “Justas y Perfectas”, basándose en el hecho de que los tres que las dirigen son Maestros efectivos?.
Toda la Masonería llamada simbólica no es ¡ay! sino el símbolo de lo que debería ser realmente. Se ha apercibido esto, en el siglo XVIII, desde que la Masonería actual hubo tomado alguna extensión. Constatando que los que se decían Maestros no lo eran, los que creían serlo en cierta medida sintieron la necesidad de desarrollar la Maestría en talleres fundados especialmente para este efecto.
Es así como una mejor selección debía ser realizada por los Maestros Escoceses que surgieron hacia 1740 con la ambición de formar en un 4o. grado, que hacía falta en las Logias azules, los Maestros efectivos. El rojo sería en lo sucesivo el color de los talleres superiores.
Pero como el 4o. grado no fue más feliz prácticamente que el 3o., hubo bien pronto puja en la multiplicación de los grados.
¿Por qué habría de detenerse en 4 cuando 7 es un número mucho más prestigioso?. En la excelente intención de perfeccionar la Masonería y de realizar la verdadera Maestría, numerosos ritualistas se pusieron a la obra y combinaron jerarquía de grados, por decirlo así, hasta el infinito.
Todos los autores que han profundizado el ternario fundamental de la Masonería, han condenado con severidad la “embriaguez de los altos grados”, elucubraciones fantásticas que no contribuyen sino a extraviar el espíritu y a hacer conocer mal al Masonismo puro.
Esta crítica es ampliamente justificada, porque si el ritual de los tres grados llamados “simbólicos” lleva visiblemente la marca de los Maestros, nada, por el contrario, es menos magistral que el simbolismo de los grados llamados “filosóficos”. Todo siente ahí la falsificación penosa, y la idea iniciática no se traduce en ninguna parte en síntesis luminosa.
Si no han estado felizmente inspirados, no es preciso, sin embargo, arrojar la primera piedra a los inventores de los grados altos. Ellos perseguían el ideal de la verdadera Maestría y, si han tomado un camino falso, buscando el gran Arcano, sus tentativas infructuosas permanecen meritorias y sus errores son instructivos.
Todos los sistemas supra-masónicos del siglo XVIII, se han fundido finalmente en los 30 grados que el Rito Escocés superpone al ternario primitivo. Históricamente esta jerarquía presenta un incontestable interés; ha tomado, por otra parte, una importancia particular desde el punto de vista internacional, puesto que los Supremos Consejos Confederados realizan en su dominio propio la universalidad masónica que es la piedra de escándalo de la Masonería azul.
Se dan encontrado, además, entre los H∴ H∴ de altos grados, Masones de una vasta erudición que se han esforzado en sacar el mejor partido posible de los grados que ellos no habían inventado. Nada más justo es rendir homenaje, a este respecto al H∴ Alberto Pike, que fue Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo por la Jurisdicción Sud de los Estados Unidos de 1859 a 1891. Escritor de gran talento este H∴ quiso espiritualizar el Escocismo, agregando a cada grado una profunda enseñanza iniciática, desarrollada en una sabia obra titulada “Moral and Dogma”. No se le puede reprochar sino el haberse dejado deslumbrar por los treinta grados considerados como superiores, y de haber así desdeñado profundizar los fundamentos mismos de la Franc-Masonería.
Los altos grados han tenido, en efecto, el gravísimo inconveniente de desviar a muchos Masones del estudio perseverante de la síntesis ternaria primordial. kn eso han sido perjudiciales y caen bajo el peso de la requisitoria de historiadores tales como Findel.
Pero, gracias a numerosos H∴ H∴ esclarecidos, se ha operado una evolución en el seno del Escocismo, quien renunciando a pretensiones injustificadas, ya no se esfuerza, en Francia, en Suiza y en Bélgica, por lo menos, sino en volver a tomar el programa iniciático de los tres primeros grados.

La Emancipación

OSWALD WIRTH

La independencia de las Logias y la soberanía de los Maestros, se afirman desde la fundación del taller. Este se constituye por la voluntad de los Maestros que se han unido en vista de la creación de un nuevo hogar de vida masónica. Estos Maestros ejercen con ello un derecho imprescriptible de la Maestría y ellos son quienes legitiman la Logia que fundan, sin que tengan que solicitar autorización de nadie. No están de ningún modo obligados a ligar su Logia a una agrupación preexistente y si les conviene proclamar al taller independiente de toda potencia masónica, obrarán en la plenitud de sus derechos, que eran incontestables antes de 1717.
En esta fecha, plugo a cuatro Logias de Londres, en peligro de desaparecer, reunirse y constituirse en Gran Logia, innovación que fue de grandes consecuencias, puesto que dio nacimiento a la Masonería moderna. Lo que hace la grandeza de esta Masonería, son los principios que fueron formulados en su nombre en 1723; su debilidad por lo contrario, reside en la institución de los gobiernos masónicos. Estos se han revelado como usurpadores desde el principio. Se han abrogado el derecho de legislar en materia masónica y han exigido de las Logias una subordinación humillante. En una Obediencia, las Logias son tratadas como hijas menores que no deben emprender nada sin haber obtenido previamente el permiso de una autoridad central que controla todos sus actos. Por lo demás, estas Logias son llamadas Logias-hijas de la Logia-madre a las que deben la existencia. Lo peor es que las Grandes Logias se erigen en jueces de la “regularidad” de otras y que “reconocen” o excomulgan según su gusto, evocando pretextos que reniegan de todo espíritu masónico.
Es tiempo que este escándalo termine; pero a este efecto los Maestros deben resucitar a Hiram y restituir a las Logias los derechos que no se dejaron usurpar sino porque carecían de Maestros.
Ahora bien, si hay en el seno de las Logias penuria de Iniciados reales, es porque la Maestría no está al alcance del primero que llega. Por asegurar su prosperidad material, muchos talleres hacen reclutamiento intensivo, olvidando que, al decir de los Antiguos, no toda madera es buena para hacer un Mercurio y que un profano por más bien intencionado que sea, no tiene siempre en sí el género de un Maestro. En el hecho, las Logias de todos los Ritos y de todas las obediencias, están llenas de elementos para quienes la Maestría no ha permanecido sino puramente convencional.
Las Logias, por consiguiente, no son hogares de verdadera vida masónica: son agrupaciones donde predominan preocupaciones apenas teñidas de Masonismo. Se contentan en cumplir ritos, fraternizando de una manera muy laudable, sin olvidar jamás las miserias humanas que se esfuerzan en aliviar. Es un buen principio; pero no hay que contentarse con eso. Si no tuviéramos en nuestro activo sino nuestras obras de beneficencia, seríamos inferiores a una cantidad de asociaciones profanas, organizadas especialmente para ayudar a los desgraciados.
En realidad, nuestro modo de hacer bien, no está destinado a traducirse sino en una debilísima proporción por socorros materiales. Nuestro trabajo debe beneficiar menos a los individuos que a la Humanidad en su conjunto: no podría ser fecundo si no fuera bien dirigido; de ahí la necesidad de formar Maestros, si la Masonería debe llegar a ser una realidad.
Pero la Franc-Masonería no saldrá de su fase demasiado exclusivamente ceremonial y muy poco operante, sino desprendiéndose del exceso de materialidad que la abruma. Desde hace doscientos años se ha dado una forma que no es necesariamente definitiva. El oficio del H∴ Tesorero ha tomado demasiada importancia a consecuencia de la ambición de las Logias de tener un local amoblado para su exclusivo uso. Ahora bien, para quien debe obrar espiritualmente, finanzas y propiedades son cargas pesadas de las cuales nos enseña a librarnos la tradición.
Los Masones convencidos no tienen necesidad de un templo pomposamente decorado, puesto que poseen el arte de transformar en santuario cualquier local. Pueden, pues, constituirse en Logia de la más absoluta regularidad dónde y cuándo bien les parezca. Ellos no tienen diplomas que conferir ni palabras semestrales que comunicar. En verdadera Iniciación los pergaminos no son sino piel de asno y una palabra soplada al oído no es suficiente para hacerse reconocer.
La Masonería no será mayor de edad, libre y plenamente operante, sino desde el día en que los Maestros se declaren como tales.
¡Pueda el presente manual contribuir a iluminar a los discípulos de Hiram y a ayudarlos a encontrar la Palabra de Vida que levanta por la acción a la víctima de los malos obreros!.
¡Realcémonos y seamos Maestros!.

La Soberanía de los Maestros

OSWALD WIRTH

En Masonería ninguna actividad es superior a la del Maestro. Por sobre el Maestro no hay nada. El que dirige los Trabajos no es superior en nada a los otros Maestros y les debe cuenta del desempeño de su función. El mismo Gran Maestro no es sino un delegado de los Maestros y es en nombre de ellos y bajo su control que él gobierna una federación de Logias.
Un gobierno masónico no posee, por otra parte, ningún poder por sí mismo.
El es el ejecutor puro y simple de la voluntad de sus comitentes y su papel se limita a la gestión de los intereses colectivos. Pero las Logias no tienen que recibir ninguna impulsión de una administración común. Si éstas sintieran la necesidad de ser dirigidas, no serían todavía sino embriones de Logias, talleres que no saben trabajar por sí mismos, de ahí la necesidad de dirigirlas y de mantenerlas bajo tutela.
No sucederá nunca eso en una verdadera Logia, que gobiernen Maestros animados por el espíritu de Hiram, porque el trabajo no faltará jamás allí y alcanzará todos los frutos que hay en el derecho de esperar, por sobre toda estimulación exterior.
La Logia autónoma es el único organismo fundamental de la vida masónica. Son las Logias que trabajan masónicamente las que constituyen entre ellas la Masonería universal, cuya existencia, desde 1717, no han llegado sino a comprometer las Grandes Logias y las otras jurisdicciones o potencias masónicas, multiplicando las discenciones y los cismas. Ahora bien, la verdadera Masonería no tolera divisiones, porque es de su esencia ser unida. Pero la unidad masónica no es realizable sino entre Logias libres, no sujetas a legislaciones arbitrarias de agrupaciones locales. Si conviene a las Logias formar confederaciones entre ellas, les es permitido someterse a una obediencia común: pero un grupo de Logias no puede hacer leyes sino por su propia cuenta y no tiene el derecho de juzgar a otras agrupaciones análogas. Quien condena a otro se condena a sí mismo, excluyéndose de la universalidad; ésta es una ley necesaria de la pura y auténtica Franc-Masonería, aunque muy a menudo desconocida.
Importa, pues, que los Maestros encargados de la dirección y del gobierno de las Logias tengan conciencia de su soberanía, de la cual deben mostrarse celosos. No tienen que obedecer sino a las decisiones tomadas en el interés común y deben rehusar formalmente soportar fantasías legislativas contrarias al espíritu masónico.
Bajo este respecto, el verdadero Maestro sabe juzgar; en caso contrario su recepción al tercer grado no ha sido sino una grotesca musaraña. Aquel en quien Hiram ha encontrado un cuerpo, se hace realmente Maestro en Masonería y no se inclina ante ningún mandato; el espíritu rector de la institución está en él y lo inspira en todos sus actos de soberanía.
Pero es difícil ser Maestro; por esto las Logias que se sienten dirigidas de un modo vacilante (a tientas) buscan por fuera la dirección ausente en el interior. Se subordinan entonces a una “Obediencia”, lo que es la negación misma de la Franc-Masonería, suprema escuela de libertad.
Formulado así, sin retiscencias, el ideal hacia el cual debemos tender, conviene recordar que en la práctica únicamente la aceptación de una disciplina hace posible la colaboración. Es, pues, más cuerdo someterse a una regla criticable, que pretender no obrar sino según su idea. El verdadero Masón sabrá discernir y no obrará sino inspirándose en el bien real de la Orden. No olvidará nunca, por otra parte, el respeto que todo iniciado debe a la ley, por más imperfecta que sea.

El Sombrero

OSWALD WIRTH

El Maestro que en el siglo XVIII dirigía los trabajos de su Logia, permanecía cubierto en señal de autoridad. Los H∴ H∴ elevados al 3er grado se cubrían lo mismo en Cámara del Medio, confirmándose así los iguales de su presidente.
Los Logias anglo-sajonas ignoran actualmente esta costumbre que es mantenida en Alemania generalizándose tanto que todos los H∴ H∴ aún los Aprendices, enarbolan en Logia el sombrero de ceremonia. Pero no ya como una manifestación de igualdad, porque el ritual prescribe que deben descubrirse cada vez que se hace mención del Grande Arquitecto del Universo.
Simbólicamente todo el interés del sombrero se limita al hecho de que reemplaza a la Corona (Kether 1a. Sefira de los Cabalistas). Como emblema de soberanía, tiene la misión de hacer comprender al que lo lleva, que no es un jefe que tiene poder de mandar arbitrariamente según sus apreciaciones personales. Un soberano debe reinar y no ejercer un mando. Ahora bien, no se reina sino interpretando la voluntad general. El Maestro no dirigirá, pues, su Logia a su idea, sino que se inspirará en las aspiraciones más elevadas de la colectividad. Es la idealidad colectiva la que forma la diadema luminosa, coronamiento del árbol de los Sefirotes, que deben recordar en otro tiempo el tricornio del Maestro de la Logia.
En nuestros días, en las Logias latinas, los Maestros no se cubren sino para trabajar en el tercer grado. Todos afirman, así, que son capaces de mantener el mallete y de portarse, llegado el caso, como dignos soberanos iniciáticos.
Sabiendo hacer abstracción de sí, el Maestro se hace, en efecto, apto para reinar, no como déspota o como potentado vulgar; sino como adepto del Arte Real, digno de ocupar el trono de Salomón, el más sabio de los reyes. El individuo que se domina a sí mismo y no sufre ninguna desviación se eleva a la realeza de los Iniciados. Como nada lo domina, es libre y no se determina sino bajo la influencia de la más clara razón.
Todo Maestro debe esforzarse en realizar este ideal que le confiere prerrogativas importantes, de las que llevar sombrero, no es más que un símbolo sutil en su apariencia bastante grosera.

División Natural del Círculo en 12 Partes Iguales

OSWALD WIRTH

Esta división ha sido aplicada al cielo, donde determina doce espacios iguales, que el Sol recorre con regularidad en su carrera anual aparente alrededor de la tierra. Las constelaciones que coincidían en otro tiempo con estos espacios les han dado sus nombres, sacados de animales o de seres animados. Así se forma el duodenario zodiacal cuyo simbolismo es de una extremada importancia, porque el año viene a ser el prototipo de todos los ciclos, haciendo alegoría tan bien de las fases de la vida humana como de las de la Iniciación.
En los misterios de Céres, el Iniciado compartía, en efecto, los destinos del grano confiado al suelo. Como éste debía sufrir la influencia solar para desarrollarse y fructificar, y después volver a pasar por el encadenamiento de metamorfosis del cual resulta la revolución circular de la vida. Cada signo del Zodíaco toma bajo este punto de vista una significación particular que nos esforzaremos en precisar, después de haber administrado algunas indicaciones generales sobre el simbolismo de los doce signos.

El Astro del Microcosmo (Pentagrama) al centro de la Estrella del Macrocosmo (Sello de Salomón)

OSWALD WIRTH

Se trata, en otros términos, del Hombre en posesión del máximum de sus medios de realización, que dispone de la Fuerza ejecutiva, que se relaciona con la 7a Sefira, y que el Arcano XI del Tarot representa bajo los rasgos de una mujer victoriosa de un león.
Pero el espíritu individual humano no triunfa (7a Sefira) sino en cuanto a centro operante del alma universal, esto es, renunciando a todo egoísmo para ponerse sin reservas al Servicio del Gran Todo. El verdadero Iniciado tiende a concentrar en sí las energías difusas de un vasto ambiente: dispone así de una manera muy real de una potencia ilimitada que proviene de los dioses33 en el sentido iniciático de la palabra. El Masón que se ha consagrado con toda su inteligencia y de todo corazón a la ejecución del plan del Arquitecto Supremo, puede efectuar un trabajo, con mucho, superior a sus medios personales: no está solo, porque con él se solidarizan todas las energías que estimula la misma buena voluntad. La Cadena de Unión es efectiva para todo adepto sincero que, habiendo realizado el equilibrio (8) recibe en proporción de lo que da, beneficiándose con la corriente que ha sabido establecer al transmitirlo.
Para completar el estudio del número Once, es bueno, después de haberlo examinado como la suma de 5 y 6, descomponerlo en 4 y 7; 3 y 8; 2 y 9; 1 y 10, atribuyendo a estas cifras el valor iniciático que extraen del tripleternario y del Árbol de los Sefirotes.
4 y 7 hacen resultar la potencia de 11 de una voluntad enérgica, inquebrantablemente fija y positiva (4), asociada al discernimiento que, poniendo a cada uno en su lugar, sabe dirigir con tacto y mandar, estableciendo la armonía (7).
3 y 8 apuntan hacia la juiciosa aplicación del poder operante de 11, gracias a la cual se desenvuelve y se mantiene. Es la inteligencia (3) asegurando la buena administración (8).
2 y 9 hacen remontar la fuerza iniciática (11) al brillo de la Sabiduría (2), acumulada en la plancha de trazar (9). El Iniciado conspira concentrando las irradiaciones difusas: influye ocultamente en lo que debe suceder; de ahí el secreto de su irresistible poder.
1 y 10 nos muestran, en fin, en 11 la síntesis de la década. Vuelto a la Unidad el Todo se presta para la consumación de las maravillas de la cosa “única” de que trata la Mesa de Esmeralda de Hermes Trimegisto. ¡Penetremos hasta el centro y todo nos obedecerá!.


La Potencia Mágica

OSWALD WIRTH

El número once ha sido considerado como muy particularmente misterioso, sin duda porque reúne en él el 5 y el 6, cifras del Microcosmo y del Macrocosmo cuyo alcance precisa el esquema siguiente:
La estrella central es la del genio humano, de la inteligencia aplicada, servida por órganos de percepción y de acción. Colocada en el corazón del Mundo en grande (Macrocrosmo) este astro viene a ser lo que podría llamarse la Grande Estrella Flamígera.

La Regeneración

OSWALD WIRTH

Los hombres y las instituciones desaparecen, pero la humanidad subsiste con su necesidad de progresar y de cumplir sus destinos. Si el órgano que asegura su marcha adelante llega a faltarle, no puede ella dejar de reemplazarlo, porque la inmovilidad sería contraria a su naturaleza. Por eso Hiram no permanece jamás muerto mucho tiempo.
Desde que cesa de llenar sus funciones, sus verdaderos discípulos se reúnen para llorarlo. Dándose cuenta de toda la extensión del mal que deploran, buscan sus causas y descubren el crimen de los malos Compañeros.
Los iniciados reconocen entonces que todo está perdido… momentáneamente, porque suceda lo que suceda, no se desaniman jamás. “¡Hiram ha muerto bajo la forma imperfecta que había hecho su época, que renazca, pues, mejor armado para el papel que le incumbe!”.
Pero, para hacerlo revivir es preciso recobrar su cadáver, es decir, reconstituir la tradición material. Los simbolistas ponen, pues, manos a la obra: estudian la Iniciación bajo todos sus aspectos, comparan los ritos, los emblemas, los mitos, las religiones y las filosofías, con el fin de discernir lo que es verdaderamente iniciático. Pasan revista en seguida a los antiguos usos de la Franc-Masonería, descartan las superfetaciones parasitarias, las fantasías injustificadas y conciben así el conjunto por reedificar. Esto es lo que se llama viajar en todas las direcciones para descubrir, finalmente, los despojos mortales del Maestro asesinado.
Pero el cadáver no se levanta por sí solo: no responde al llamado hecho a la vitalidad que habría podido conservar y es en vano que se intente galvanizarlo. La antigua vida no lo hará revivir: es preciso infundirle un soplo nuevo puesto al servicio del ideal imperecedero de la iniciación.
Tal es sentido de la cadena de vida regeneradora. Los que la forman no se contentan con contemplar la Tradición muerta reconstituida. Poniendo sus almas en común, combinan en haz sus más altas aspiraciones y sus más fervientes deseos. Desprenden así una fuerza psíquica operante, que reanima el cadáver a medida que lo levantan los vivientes, ligándose a él por los cinco puntos del Compañerismo.
La aproximación de los pies, de las rodillas, de los pechos, de las manos derechas y el gesto simultáneo de la mano izquierda, afirman en este caso la absoluta comunión de los obreros firmemente resueltos a marchar hacia un objeto único (pies), a profesar el mismo culto del trabajo (rodillas), a compartir idénticos sentimientos (pechos), a unir estrechamente sus esfuerzos (manos derechas) y a sostenerse mutuamente (manos izquierdas).
Una vez en pie, con la organización renovada, es decir, funcionando fisiológicamente, falta hacerle tomar conciencia de sí misma. Es preciso que se dé plena cuenta de su razón de ser, de su destino, de su verdadero carácter y de sus medios de acción. Este completo llamado así es el efecto de la Palabra Perdida, recobrada bajo la aspiración de las circunstancias.
La palabra mágica, por otra parte, importa poco en sí misma; pero es bueno que el Hijo sepa que emana de la Putrefacción. ¿No nos agitamos aquí abajo sobre el estiércol del Porvenir, donde todo se disuelve sin cesar, donde todas las formaciones efímeras se derrumban para proveer de materiales a las construcciones vitales perpetuamente renovadas?. Es preciso haber penetrado el secreto de la Muerte transformadora para formarse una idea justa del Nacimiento y de la Vida.

Los Sefirotes

OSWALD WIRTH

Tradición se dice Gabbalah en hebreo, también la Kábala es una filosofía que se transmitía iniciáticamente de generación en generación. Esta se basa en especulaciones numerales, que resume la teoría de los Sefirotes (Números), cuya ambición es religar lo Relativo a lo Absoluto, lo Particular a lo Universal, lo Finito a lo Infinito o la Tierra al Cielo. Esta junción se opera por medio de la década, en que cada término ha recibido denominaciones características.
1.-KETHER. Corona o Diadema ― Unidad, Centro, Principio de donde emana todo, y que encierra todo en potencia, en germen o en simiente. El Padre. Fuente, punto de partida de toda actividad. Agente pensante y consciente que dice Ehzeh. ¡Yo Soy!.
2.-CHOCMAH. Sabiduría ― Pensamiento creador, emanación inmediata del Padre: su primogénito, Hijo, Palabra, Verbo, Logos o Razón Suprema.
3.-BINAH. Inteligencia, Comprensión ― Concepción y generación de la Idea. Isis, Virgen-Madre, que pare las imágenes originales de todas las cosas.
4.-CHESED. Gracia, Misericordia, Merced o GEDULAH, Grandeza, Magnificencia ― Bondad creadora que llama a los seres a la existencia. Poder que da y distribuye la vida.
5.-GEBURAH. Rigor, Severidad, PECHAD, Castigo, Temor o Din, Juicio ― Gobierno, administración de la vida otorgada. Deber, dominio de sí mismo; Moral que retiene; Discreción, reserva que obliga a limitarse.
6.-TIPHERETH. Belleza ― Ideal según el cual las cosas tienden a construirse. Sentimiento, Deseo, Aspiraciones, Voliciones en estado estático.
7.-NETSAH. Victoria, Triunfo, Firmeza ― El Discernimiento que desentenebrece el caos, coordina las fuerzas constructivas del mundo, dirige su aplicación y asegura el Progreso. El Grande Arquitecto del Universo.
8.-HOD. Esplendor, Gloria ― La Coordinación, la Ley, la Justicia inmanente, la Lógica de las cosas. Encadenamiento necesario de causas y de efectos.
9.-JESOD. Base, Fundamento ― Plano inmaterial según el cual todo se construye. Potencialidades latentes. Plancha de trazar. Fantasma preexistente de lo que debe suceder.
10.-MALCUT. Reino ― La Creación. La Rueda del perpetuo Suceder. La Apariencia, la Fenomenalidad. La Materia, fuente de ilusión y de impostura.
La décima Sefira vuelve a la unidad las nueve precedentes. Ella figura el suelo, sobre el cual se levanta el portador de la Corona, es decir, el Hombre universal, el Grande Adán espiritual, cuyo cuerpo se distribuye como sigue entre las otras Sefiras: Sabiduría, cerebro; Inteligencia, garganta; órganos de la palabra; Gracia, brazo derecho; Rigor, brazo Izquierdo; Belleza, pecho, corazón; Victoria, pierna derecha; Esplendor, pierna izquierda; Base, órganos de la generación.
La década sefirótica era también comparada a un árbol que recuerda al árbol de la vida de las antiguas cosmogonías. El esquema adjunto corresponde a esta concepción.

Las Musas

OSWALD WIRTH

Nueve hermanas, hijas de la inteligencia Suprema (Zeus o Júpiter) y de la Memoria (Mnemosyna) personificaban a los ojos de los griegos las misteriosas potencias inspiradoras de los artistas y de los poetas. Estas vírgenes que hacen al hombre sensible a los acordes de una armonía delicada, son dirigidas por Apolo, al dios de las artes, realizadoras de lo Bello.
Ahora bien, nadie es Maestro si permanece entregado a sí mismo y no entra en comunión con lo que en torno de él vibra armónicamente. Mientras que no percibimos cierta música hiperfísica no podemos ser llamados a las grandes realizaciones. Por muy hábil e instruido a su manera que sea, el bruto no sabría colaborar útilmente en la Grande Obra, porque su actividad se traduce en un trabajo por demás inarmónico.
El Compañero ha debido instruirse en las artes liberales para elevarse a la Maestría; como adepto del tercer grado se asimila el Arte en lo que constituye su esencia: se hace Artista de una manera general, en potencia psíquica, si no materialmente en acto.
Siempre que el Maestro o el Artista interior, sienta, vibre, y esté en armonía can lo Bello, poco importa lo que él exteriorice por el gesto, porque emite una radiación benéfica, cierta de encontrar su utilización. Traza sobre su plancha figuras que tienen el valor de “pentaclos”.
Este término, familiar a los Hermetistas, designa un trazado simbólico, más o menos complejo, en el cual se concentra toda una filosofía. La antigua magia hacía de ella un uso copioso: pretendía conjurar demonios y enfermedades por la virtud de figuras apropiadas, grabadas en amuletos. En nuestros días la Iglesia ha hecho del crucifijo un pentaclo que pone en fuga al Diablo, por no hablar de innumerables medallas; todas milagrosamente eficaces en su dominio. En realidad la virtud particular reside en la idea, los sentimientos generales de energía o el estado de alma que la imagen evoca. Por sí misma ésta no es eficaz, puesto que está entendido cristianamente que en este dominio la fe es la única operante.
Pero, ¿Qué decir de un pentaclo invisible trazado por toda una vida de esfuerzos puesta al servicio de un ideal superior?. Ya no se trata aquí de niñerías de libros mágicos, sino de reforzamiento de la potencia secreta de los Iniciados. Esta no ha consistido nunca en su número ni en el organismo juicioso de sus agrupaciones, sino únicamente en el valor de lo que ellos han sabido trazar en su plancha enigmática.
Las Musas son las institutrices que nos enseñan a descifrar los jeroglíficos iniciáticos y a leer así en el libro eterno de la Tradición Sagrada. Ellas inspiran al artista, al músico, al cantor, al poeta, pero también y sobre todo, al pensador, porque el pensamiento corresponde a la más sutil de las Artes, al cual nadie se eleva si no ha entrado a la escuela de Apolo y de las nueve hermanas, serenas dispensadoras de ritmos justos y de medidas armoniosa, como lo enseña el mito de Anfion, cuya lira emitía acordes tan perfectos que su acción juntó las piedras de los muros de Tebas que se ajustaron ellas mismas para rodear la ciudad santa con una muralla inquebrantable.
Es preciso comprender la verdad que se dirige a nosotros en un lenguaje de fábula.

La Tradición

OSWALD WIRTH

¿Cómo trabajan los Maestros sobre la plancha de trazar?. Esta pregunta que el catecismo se guarda bien de resolver es de una extrema importancia. La plancha sobre la cual se dibuja lo que se hará ejecutable, es muy misteriosa como todas las otras particularidades de la Maestría, grado supremo de la Iniciación. La madera en que los Maestros trazan sus planos con la Regla y el Compás, no es el mármol ni el bronce en que se graba la historia, ni aún el ladrillo con inscripciones cuneiformes que nos ha conservado la ciencia de los babilonios. Cada uno de nosotros posee su humilde plancha que no tiene nada de imperecedero. Trazamos en ella nuestro testamento constructivo, el conjunto de voluntades que serán ejecutadas después de nosotros por nuestros sucesores en el cumplimiento de la Grande Obra.
El trazado se efectúa bajo la forma de actos: es nuestro pensamiento vivido, nuestra voluntad traducida en acción que se dibuja sobre la plancha en la cual se inspirarán los obreros de mañana. Somos influenciados por nuestros predecesores y nosotros influenciaremos a nuestros herederos. Ellos se beneficiarán con nuestro pensamiento que se desenvolverá en su mentalidad como un grano que hayamos sembrado. Beberán en la fuente de nuestra voluntad la energía necesaria para realizar nuestro ideal (sueño).
Cada uno de nosotros recoge un patrimonio intelectual y moral que tiene la misión de hacer fructificar, a fin de transmitirlo enriquecido a la generación siguiente. Tal es la Tradición venerable, la Santa Kábala de los iniciados. El Maestro es responsable de este tesoro acumulado por los siglos. Si comprende lo que han querido los más nobles espíritus y si quiere a su vez, desde el fondo de todo su ser, la realización del mismo ideal, se hace por este hecho el digno émulo de los Sabios discretos, quienes desde el origen de las sociedades humanas, no han cesado de conspirar en favor de lo Mejor...
El Progreso no se realiza sino porque es deseado. Sepamos, pues, asociarnos en cuerpo y alma a la cadena de voluntades transmutadoras del mal en Bien. Vivamos para la Obra, como Masones que no esperan su salario sino en la Cámara del Medio.

El Cuadrado del Triple Ternario

OSWALD WIRTH

Aplicando estas nociones generales a cada uno de los términos del triple ternario, se llega a interpretaciones como las siguientes:
1.- El principio que piensa, centro de emisión del pensamiento. 2.- El pensamiento acto, la acción de pensar. 3.- La idea, el pensamiento formulado o emitido. 4.- El principio volitivo, centro de emisión de la voluntad. 5.- La energía volitiva, la acción de querer. 6.- La volición, e1 vota, el deseo. 7.-El principio operante, que dispone del poder ejecutivo, que dirige y realiza. 8.- La actividad que opera. 9.-El acto ejecutado y su repercusión permanente. La experiencia del pasado, simiente del porvenir.
Las palabras no se prestan para explicar todo lo que sugiere a los Iniciados el agrupamiento de cifras. Estamos en el dominio de los secretos incomunicables: es preciso descubrir por sí mismo lo que no podría inculcarse
o hacerse el objeto de una lección que se dirige a la memoria.
Se trata en suma de ejercitarse en la clasificación metódica de nuestras concepciones, evitando confundir los dominios o las categorías. Es, en buena parte, lo que se llama trabajar sobre la plancha de trazar (en los planos).
Lo importante es, por otra parte, asir la lección que se desprende de los hechos. Pero éstos se encadenan en su cumplimiento con la idea de la cual proceden.
Todo progreso extrae su origen de un sueño o de una utopía que ha tomado consistencia poco a poco en los espíritus. La idea se hace imperiosa entonces (Arcano III del Tarot, La Emperatriz)31 y se hace generadora de voluntad (Arcano IV, Emperador del Tarot32 . Encontrando la aprobación general, el consenso moral (El Papa), la aspiración se esparce y gana en tensión (VI del Enamorado). En lo sucesivo la ejecución se impone y VII (El Carro) se pone en movimiento con VIII (Justicia) para terminar en IX (El Ermitaño), el Sabio, el Filósofo experimentado, el Maestro.
Nada serio, durable, se improvisa. Es preciso laborar, sembrar, dejar germinar y crecer la siembra, antes de poder, muy tardíamente, guardar una cosecha madura y en punto. Perseguir una realización inmediata es un error. Precipitarse sobre el atractivo del momento equivale, muy a menudo a soltar la presa, por la sombra. ¡Aviso a los políticos pretendidos realistas!.
El Masón debe estar resignado a no aprovechar él mismo de su trabajo iniciático. Si deja sobre su plano un trazado juicioso, la ejecución de éste se producirá en el tiempo requerido.
El Maestro de la Logia se informa de la hora para abrir y cerrar los trabajos; esta es una lección cuyo alcance importa comprender.

El Triple Ternario

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Si es una Logia, 8 es el número del Orador, 7 conviene al Maestro que dirige los trabajos y 9 al H∴ Secretario, encargado del trazado que asegura la continuidad de la obra.
Simbólicamente este trazado se ejecuta sobre una lámina (plancha) dividida en 9 cuadrados cuyo significado determina el orden numérico.
Las tres hileras de cifras corresponden a los grados de Aprendiz, de Compañero y de Maestro. Estas se refieren también a la Idea, a la Voluntad y al Acto. Las columnas verticales expresan, por el contrario, la triplicidad inherente a toda manifestación unitaria, en la cual se distinguen
necesariamente tres términos: 1o. El Sujeto que obra, principio de acción, centro que emana, agente. 2o. E1 Verbo, la actividad, el trabajo. La emanación radiante, la virtud que opera. 3o. El Objeto, el resultado, la obra ejecutada, el acto efectuado.

La Octoada Solar

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El número ocho que es el de los kabirim semíticos, se encuentra en el emblema babilónico del Sol, cuyos rayos se reparten en doble cruz. Verticales y horizontales, los primeros son rígidos y se refieren al cuaternario de los elementos, lo mismo que a los efectos físicos de la luz y del calor. Los rayos oblicuos indican, al contrario, por su ondulación que son vivientes; y como además, cada uno es triple, hacen a1usión al duodecinario de las divisiones de la eclíptica, de la que se tratará más adelante.

El símbolo del Sol, tal como se encuentra en los monumentos caldeos.
El sol era mirado como uno de los siete grandes agentes coordinadores del mundo; pero se le atribuía también una influencia permanente esencialmente reguladora. El es el que asegura el orden de las estaciones, la sucesión regular del día y de la noche, tan bien que todo funcionamiento normal fue, por extensión, considerado como obra suya. El dios-luz tiene horror al desorden, que reprime por todas partes. Es así cómo favorece el razonamiento lúcido que coordina las ideas según las leyes de una sana lógica. Modera asimismo las pasiones, a fin de que no puedan perturbar la serenidad cuyo dispensador es. Interviene, en fin, hasta en el organismo que ofusca a Apolo cuando todo no funciona ahí como debiera. La medicina ha sido colocada, pues, bajo el patronato del dios regulador, cuyo hijo, Asclepios o Esculapio, tiene el poder de curar restableciendo la armonía del ritmo vital, vuelto discordante por la enfermedad.
La virtud solar tiende a disipar todos los males: ella hace penetrar la claridad en los espíritus, la paz en las almas y restituye la salud a los cuerpos. Su acción es reparadora, tanto que el Sol ha sido considerado como el gran amigo de los vivos, como su Salvador o Redentor. En esta cualidad, conviene agrupar su radiación en cruz o, mejor aún, en doble cruz. El cristianismo naciente se impregnó ampliamente de estas nociones muy antiguas.
Un sol cuyos rayos forman ocho haces, decoraba al orador de las Logias del Siglo XVIII. Este emblema designa muy correctamente al oficial que vela por la aplicación de la ley y debe hacer la luz en el espíritu de los neófitos sobre los misterios de su iniciación.

El Equilibrio

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De la comprensión de Siete, es fácil pasar a la inteligencia de ocho, si se ha escogido exactamente el significado de las columnas B∴ y J∴. Siete es, en efecto, a ocho lo que B∴ es a J∴.
Siete establece, funda, crea, organiza, coordina, armoniza, produce.
Ocho consolida, mantiene, preserva, distribuye el orden y conserva la armonía. Es el número de la estabilidad, que lleva al estado estático lo que emana de siete en el estado dinámico. Siete aclara el caos y construye el mundo (Macrocosmo y Microcosmo) del cual ocho reglamenta la vida y el funcionamiento. El progreso resulta de la acción septenaria que dirige los movimientos combinados; pero los dinamismos se oponen entre ellos para realizar el equilibrio, como lo indica el ideograma escogido por los Acadios para designar los nombres divinos:

El signo determinante de nombres divinos asirio¬babilonios. En los textos escritos en caracteres cuneiformes, este ideograma anuncia que la palabra que sigue es el nombre de un Dios o de una Diosa.
No estamos ya aquí en el dominio de la iniciativa generadora (B∴), en la inestabilidad motriz y operante, porque todo se contrapesa en este trazado, como si toda acción debiera ser neutralizada, en vista de estabilizar alrededor de un punto fijo un conjunto de energías mutuamente mantenidas en jaque (J
∴). Siete corresponde a Marte ✵ el ardor operante y Ocho a Venus ✴ la humedad que mantiene la Vida. Siete se refiere al principio macho, fecundador, al Fuego universal invisible que anima y construye misteriosamente todas las cosas, mientras que Ocho evoca la substancia femenina fecundada, Isis, la esposa de Osiris, dicho de otra manera, la Naturaleza, personificada por Ishtar, Astarté o la Artemisa de Efeso.
Ahora bien, la Gran Diosa, alimentadora de los vivos, era servida según los Fenicios, por ocho dioses secundarios, llamados Kabirim (Fuertes, Poderosos). Este número es significativo, porque no podría aplicarse a los agentes coordinadores del caos, a las Causas segundas constructivas de la Trinidad necesariamente septenaria. Apareadas simétricamente, las oposiciones que obran se contrarían en la octoada y tienden a la inmovilidad relativa y a la fijeza con relación al centro. Las energías en juego son, pues, esencialmente conservadoras, tanto que podemos ver en los Kabirim las potencias que aseguran el buen funcionamiento del mundo que han contribuido a construir. Se les pedía socorro contra el desencadenamiento de los elementos y los marinos contaban con su protección en el peligro de la tempestad. Creían verlos manifestarse en la punta de los mástiles bajo forma de luz, conocida después bajo el nombre de fuego de San Telmo.
El culto de estas divinidades se transmitió a los Griegos, quienes instituyeron en su honor los misterios de Samotracia; después la devoción a los Cabires se esparció en el mundo romano.
Pero, al vulgarizarse, la doctrina iniciática debía obscurecerse. Los dioses demasiado enigmáticos de los Sirios fueron helenizados en cuanto a hijos o nietos de Heephaistos, más conocido bajo el nombre de Vulcano, el dios del trabajo subterráneo y del fuego interior. Se le atribuye como madre a una hija de Protes, la emanación marina que toma todas las formas vivientes, puesto que no es otra que la humedad vital. Estos hijos del fuego y del agua terrestre toman en la imaginación el aspecto de gnomos herreros que manejan martillo y tenazas. Ellos son los que provocan la ascensión de la savia vegetal, de ahí su afinidad con Demetrio (Ceres) y Dionisios (Baco) se hacen, bajo este punto de vista; los genios de la fertilidad.
¿Qué papel han desempeñado, por otra parte, en los misterios reveladores de los destinos del alma humana?.
Ciertos grabados de espejos etruscos nos enseñan que uno de los Cabires fue muerto por sus hermanos mayores y después vuelto a la vida por Hermes con el concurso de los matadores. Esta resurrección ha sido asemejada a la de Hiram.

Los Misterios del Numero Siete

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Para justificar su edad iniciática el Maestro no debe ignorar nada de las especulaciones que los antiguos basaban en las propiedades intrínsecas de los números. El Compañerismo ha debido conducirlo hasta el septenario haciéndole franquear las siete gradas del Templo28. Se trata ahora de partir de siete para elevarse a toda la serie de los números superiores.
Constatemos desde luego el prestigio excepcional de que goza el número siete. Ya los Caldeos, asignando siete pisos cúbicos a la torre de Babel, lo consideraban como más sagrado que todos los otros. El septenario en este edificio tenía por misión religar la tierra al cielo porque la divinidad se ejercía a los ojos de los magos por intermedio de una administración universal compuesta de siete ministerios. Estos departamentos correspondían a los astros que recorren la bóveda celeste como si fueran más activos que las estrellas
fijas. Sol Q, Luna R, Marte U, Mercurio S, Júpiter V, Venus T y Saturno
W, repartiéndose así el gobierno del mundo.
Personificado por los poetas para las necesidades de la dramatización mitológica, este septenario debía, por consiguiente, sutilizarse en el espíritu de los metafísicos. En su conjunto, el templo de Bel apareció entonces como el símbolo de la Causa primera inmanente, estando consagrada cada una de sus siete plataformas a una de las Causas Secundarias, organizadoras del Universo.
A estas causas septenarias es preciso atribuir la obra de la creación tal como se nos aparece en las cosmogonías, de las cuales el Génesis hebraico no es sino un espécimen particular. Estas causas coordinadoras han recibido su consagración en los días de la semana que les están dedicados como para perpetuar un culto que se remonta por lo menos a la civilización babilónica.
Esta nos ha transmitido, por otra parte, las nociones misteriosas que, bajo la forma de enseñanzas secretas, se han conservado en el seno de las escuelas de iniciación de Occidente, donde siempre ha sido entendido que la Luz nos viene del Oriente.
Así es cómo los filósofos herméticos han discernido siete influencias distintas que repercuten en todo ser organizado, ya se trate del Macrocosmo (mundo en grande) o del Microcosmo (mundo en pequeño), representado por el individuo humano, animal, vegetal o mineral. Es de notar a este propósito que ellos no consideraban al reino mineral como individualidad sino en los átomos, las moléculas químicas y los cuerpos siderales.
Por lo demás, una distinción se imponía entre la naturaleza elementaria, sometida al cuaternario de los elementos29 y una naturaleza más afinada a consecuencia de su acuerdo vibratorio con las siete notas; que forman la gama de la armonía universal.
Conocer estas notas es de importancia capital para quien aspire a iniciarse en la música de las esferas que pretendía oír Pitágoras. Ellas corresponden a los días de la semana que, a despecho de las revoluciones religiosas, permanecen consagrados al septenario divino, concebido hace más de cinco mil años por los sabios a los cuales se remonta la era de la Verdadera Luz.
Si este septenario no procediera sino de los siete planetas y de los siete metales conocidos de los antiguos, no habría para qué hacer mucho caso de él actualmente. Pero se justifica mucho más por el estudio del hombre que por las observaciones astronómicas primitivas o por una metalurgia todavía en la infancia. Entre los hombres de una misma raza se distinguen, en efecto, siete tipos caracterizados muy netamente en lo físico como en lo moral. Los quirománticos y los astrólogos nos han conservado a este respecto tradiciones que no son de desdeñar, porque hacen la aplicación de una ley general del septenario de la cual deben coger todo su alcance los Iniciados. Estos no llegaran a la Maestría sino se dan cuenta de que todo es a la vez uno, triple y séptuplo. Ensayemos el sistema de estimular por algunos esquemas la sagacidad del lector.

Ejercer la Maestría

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Para prestar a la Nación todos los servicios que espera de nosotros como ciudadanos plenamente ilustrados, nos es indispensable estar a la altura de nuestro rol de Masones con relación a la Masonería.
En este dominio, como en todo otro, ninguna ilusión debe perturbar la limpidez de nuestro juicio. El organismo masónico tiene sus imperfecciones, sus taras y sus enfermedades curables, a las cuales el Maestro Masón se empeña en ponerles remedios.
Como médico se dedicará desde luego a descubrir el mal, tomando nota de los síntomas alarmantes. Remontándose en seguida a la causa de las perturbaciones constatadas, se hará una idea del desorden y aplicará los remedios. Podrá suceder que la enfermedad sea grave y que hasta parezca incurable. Las cosas están a menudo en un punto en que se está tentado a no reconocer ya a la Franc-Masonería en lo que lleva su nombre. Uno se encuentra entonces en presencia de asociaciones que insensiblemente se han desviado del ideal masónico, unas en un sentido y las otras persiguiendo una evolución diametralmente opuesta.
El Masón instruido y animado del puro sentimiento masónico, llega así a buscar la verdadera Masonería sin encontrarla realizada en ninguna de las agrupaciones existentes. En presencia de las desviaciones que lo ofuscan, se pregunta si la verdadera Masonería no es una utopía, un sueño del dominio espiritual, irrealizable en la práctica, a menos que los hombres no hayan cesado de ser lo que son.
La iniciación exige que muramos para la vida profana, para renacer a una vida superior. Ahora bien, los Masones se contentan con morir muy demasiado simbólicamente: el ceremonial iniciático les basta y olvidan conformarse al programa del cual es la presentación en escena alegórica.
Resultado: la Masonería no es sino simbólica y el Masón no es sino el Símbolo de lo que debería ser.
Es preciso que eso no sea más así. La Masonería únicamente ceremonial ha hecho su tiempo. Nuestra institución ya no está en su periodo de infancia en el que cumplía instintivamente piadosos ritos cuyo significado ignoraba. En lo sucesivo Hiram quiere revivir articulando la Palabra Perdida. La Tradición muerta, que la perpetuaba como un cadáver momificado, debe volver a tomar vida en nuestra comprensión y nuestra voluntad.
Reanimemos en realidad a Hiram. Concibamos a este efecto el puro ideal masónico, erigiéndole un altar en el santuario de nuestra inteligencia. Resucitaremos la sabiduría de las edades, evocando el espíritu que da un sentido viviente a las formas incomprendidas.
La Masonería moderna no está destinada a permanecer en lo que ha sido. No ha podido realizar su ideal ni en el pasado ni en el presente; pero el porvenir que se abre ante ella está lleno de promesas. A la faz de inconsciencia infantil y de desenvolvimiento instintivo que marcan los dos siglos que tuvieron fin el 24 de junio de 1917, debe suceder una edad de razón y de discernimiento. La idea masónica no se ha traducido hasta aquí sino en gestos rituálicos efectuados sin convicción suficiente puesto que los “misterios” permanecían misteriosos.
Apresurémonos en hacerle perder este carácter. La noche del misterio tiene su fin ante las claridades del alba de los nuevos tiempos. Pero el día espiritual no se levanta sin nuestra participación activa: es la conjuración de los Maestros la que obliga al sol intelectual a abrirse paso a través de las brumas del horizonte.
Sepamos, pues, evocar la luz, a fin de que iluminando nuestra comprensión, nos permita enseñar y hacer comprender lo que hayamos profundizado.
Cuando haya en la Masonería Maestros ilustrados, capaces de leer y escribir la lengua sagrada, entonces nuestra institución pasará del Símbolo a la Realidad.
Ella encarnará la Iniciación verdadera y construirá efectivamente el Templo de la suprema sabiduría humana. Haciendo apreciar todas las cosas en su justo valor, el Masón plenamente instruido entonces no se atendrá más a la letra muerta de las más venerables de las tradiciones porque tomará de ella el espíritu vivificante que le permitirá ejercer verdaderamente la Maestría y consumar la gran transmutación de la ignorancia en saber y del mal en bien.

Perder Toda Ilusión

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Pagarse de palabras sonoras y de vanas apariencias no es muy a menudo sino propio de espíritus que se pretenden serios y positivos. Aprendiendo por todas partes, sin cesar de profundizar, el Pensador efectivo se escapa de esta engañifa. Como nada abusa de él, llega a concebir la realidad despojada de las exterioridades seductoras que la adornan a los ojos del vulgo. La visión penetrante del sabio percibe el esqueleto de las cosas. Tal es el sentido de las osamentas que tapizan la Cámara del Medio.
El Maestro hace abstracción del decorado sensible que disfraza una verdad interior entristecedora: él no se ilusiona por nada y dicta un fallo implacable aún sobre lo que más ama.
Bajo este respecto se juzga desde luego a sí mismo sin complacencias. Reconociendo sus defectos y sus debilidades, se guardará bien de atribuirse una superioridad sobre sus compañeros de miseria.
El individuo no posee de propio sino el deseo más o menos intenso y constante de realizar su ideal por sus actos. Sólo este sentimiento íntimo hace nuestra grandeza efectiva. Mantengámoslo con cuidado, persuadidos de que bajo las exterioridades más humildes, encontramos a cada paso a nuestro superior.
Juzguemos también a las instituciones a que pertenecemos. No tengamos la superstición de creer que somos libres porque nuestros antepasados han muerto por la libertad. La independencia no es transmisible por herencia: es preciso sacudir el yugo cada día para hacerse y permanecer libre. Bajo una infinidad de formas pérfidas, la esclavitud nos acecha sin cesar; se impone a nuestro espíritu si la pereza intelectual nos impide buscar por nosotros mismos la verdad; nos paraliza moralmente si nuestra voluntad se adormece en las preocupaciones egoístas; se nos impone, en fin, políticamente, desde que descuidamos nuestros deberes y olvidamos nuestra dignidad de ciudadanos.
Se ha reprochado a menudo a la Franc-Masonería ocuparse demasiado de política. En realidad ella no ha sabido intervenir como habría debido. Las Logias no están destinadas a hacer el oficio de comités electorales y aún menos de agencias que procuran favores del gobierno; pero deben ser hogares de educación democrática. Es en su seno donde debe formarse el sacerdocio de la religión republicana, porque la Patria, la Cosa pública (Res-pública), es digna de un culto que corresponde a los Franc-Masones instituir.
Su misión en eso es predicar con el ejemplo por la práctica de las virtudes republicanas. Esas derivan del valor cívico aplicado a la defensa del interés general. Celoso de su soberanía, el ciudadano se siente herido por todos los abusos. Lejos de hacerse cómplice de ellos por su silencio o pactando con aquellos que los aprovechan, no vacila en sacrificar sus ventajas personales, combatiendo con firmeza todo lo que tienda a corromper las costumbres públicas. Los pueblos no tienen sino los gobiernos que se merecen. Si ellos mismos son corrompidos no pueden esperar ser gobernados con integridad.
Sujetémonos, pues, a ser puros individualmente. No solicitemos favores de nuestros mandatarios, a fin de conservar el derecho de controlarlos con severidad, sin dejarles pasar la menor flaqueza. En una democracia cada ciudadano es responsable del bien común. No lo olvidéis vosotros que en calidad de Maestros debéis ser educadores. Para ser republicano, no basta votar cuando llega el día de hacerlo ni perorar en las reuniones públicas; la tarea es más ardua y más austera. La República no se contenta con ser proclamada, puesta en carteles como una etiqueta comercial: es preciso que penetre hasta la médula de los ciudadanos e instituciones.
Sepamos ver claro a este respecto y cumplamos nuestro deber, nosotros que, desengañados de las apariencias, aspiramos a sustituirlas por la realidad.

Escuchar a Otros

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En Iniciación todo se cumple por alternativas, como lo recuerdan las columnas fundamentales B∴ yJ∴, que corresponden a los dos platillos de la balanza que mantienen sin cesar el equilibrio necesario. Ahora bien, habría ruptura de este equilibrio si el Maestro se limitara a meditar no apelando sino a la iluminación interior. La meditación silenciosa tiene su complemento y a veces su correctivo, en la libre discusión que es tanto más fecunda cuanto las ideas cambiadas son más opuestas. Lejos de rehuir la contradicción, el Pensador sabrá, pues, buscarla. No temerá ir a instruirse cerca de los adversarios que supondrá de buena fe. Colocándose en el punto de vista de éstos, descubrirá la debilidad de su argumentación, encontrándose muy a menudo conducido a ensanchar sus propias opiniones.
Es así cómo el Maestro se elevará más y más en el dominio de la comprensión; cogerá el pensamiento de otro, para retener de él lo que esté de acuerdo con el suyo. La incesante preocupación de asimilarse la Verdad, cualquiera que sea su fuente, desenvolverá por otra parte, en él el sentimiento de la Tolerancia, virtud esencial del verdadero Franc-Masón.
Una minúscula trulla de plata, llevada sobre el corazón, designaba, en otro tiempo, al Iniciado ante quien cada uno podía explicarse sin reserva, cierto de dirigirse a una inteligencia que sabe comprender y a un corazón abierto a todos los sentimientos nobles. Es preciso que el Maestro justifique su insignia, si no quiere aparecer como impostor ante aquellos que se dirijan a él bajo la fe de los símbolos.
Guardémonos, pues, de denigrar sistemáticamente lo que ignoramos. Si condenamos al adversario sin haber pesado sus argumentos, persuadidos de que él no puede estar sino en lo falso, seremos nosotros los que caeríamos en el error. Toda opinión ampliamente esparcida, encierra verdad, porque es la verdad la que cautiva al espíritu humano, aunque se oculta bajo exterioridades groseras. Ninguna creencia es despreciable, porque ninguna es falsa de una manera absoluta.
El iniciado se complace, pues, en escuchar con benevolencia a todos los que creen tener razón. Frecuentará los creyentes ávidos de convertirlos a su religión o los filósofos cuidadosos de propagar su sistema. Inspirándose en los sabios de la Antigüedad, irá a golpear la puerta de todos los santuarios y no desdeñará ninguna escuela. La controversia lo instruirá, porque discutirá, no para convencer, sino para desprender por todas partes de su ganga el metal puro, cuyas pepitas dispersas recogerá.
Los más humildes medios pueden contribuir así a enriquecer al Iniciado, siempre que sepa interesarse en la especialidad de cada uno, descubriendo por todas partes la materia prima de la Grande Obra. Bajo este respecto el sabio descubre en todo lugar y en abundancia lo que el necio no alcanza a encontrar en ninguna parte25 .