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El Cuaternario

OSWALD WIRTH

La cuádruple purificación sufrida por el iniciado debe enseñarle a vencer las atracciones elementales. Estas se ejercen oponiéndose dos a dos. Se hace corresponder la primera a la Tierra, que simboliza la pesadez, la oportunidad, el positivismo material, la inercia, etc. Esta tendencia a lo bajo es combatida por la tendencia a lo alto, figurada por el Aire, elemento liviano sutil, transparente, pero inconsistente y difícil de tomar.
El Agua llena lo que está vacío; así la idea de una materia universal que se pliega a todas las formas. Ella busca, además el reposo, la horizontalidad; calma, apaga, de ahí la tendencia a la languidez ya la pereza que se le atribuye.
A su pasividad, a su indiferencia, a su frialdad, se opone el Fuego, cuya actividad estimula todas las energías. Moderado, vivifica, pero muy violento, seca y mata.
El Iniciado debe mantenerse al centro de la cruz cuyas extremidades corresponden a los términos del cuaternario.
Los pitagóricos explicaban por la Tétrada los misterios de la creación y la Biblia representa al Ser de los seres por un hierograma de cuatro letras: palabra sagrada que no debía ser pronunciada.
Estas explicaciones deben ser aquí suficientes porque el estudio más profundo del Cuaternario entra en el programa del grado de Compañero.

El Ternario

OSWALD WIRTH

Dos es el número del discernimiento que procede por análisis, estableciendo incesantes distinciones, sobre las que nada podrían basarse. El espíritu que rehusa detenerse en este camino se condena a la esterilidad de la duda sistemática, a la oposición impotente, a la disputa perpetua. Este Binario es el de Mefistófeles, el contradictor que siempre niega.
El Iniciado sabe conjurar el demonio después de haberlo evocado, porque la Unidad radical no se desdobla a sus ojos sino para reconstituirse trinitariamente. Dos revela Tres y el Ternario no es sino un aspecto más inteligente de la Unidad. La Tri-Unidad de todas las cosas es el misterio fundamental de la Iniciación intelectual.
El masón que adorna su firma con tres puntos en triángulo da a entender que sabe llevar por el Ternario, el Binario o la Unidad. Si realmente se ha elevado a la altura del punto que domina a los otros dos, no se perderá jamás en yana discusiones, porque percibirá sin dificultad la solución que se desprende de un debate contradictorio. Juzgando con altura de miras, sin el menor prejuicio y con toda libertad de espíritu, hará surgir la luz del choque de la afirmación y de la negación.
Síntesis – Solución.
Tesis – Afirmación ∴ Antítesis – Negación.

El vulgo discute comúnmente con una parcialidad llena de candor. Lejos de pesar en cada cosa el pro y el contra, no quiere conocer sino el pro de lo que él es partidario, así como no se aficiona sino al contra de lo que él combate. Las víctimas del espíritu de partido no pueden ver claro porque permanecen aprisionadas por un único punto de vista. El pensador no teme cambiar de sitio para adquirir la óptica de su adversario, porque no lograría de otra manera colocarse por sobre el debate. Es en razón de la excepcional importancia del Ternario por lo que la Francmasonería recuerda la ley en sus símbolos principales. Uno de los más sobresalientes a este respecto es el Delta luminoso.

Se distinguen tres partes en el conjunto del emblema:

1. Un triángulo, que lleva en su centro el ojo de la inteligencia o del principio consciente;
2. Rayos, que expresan la actividad, la expansión constante del ser, en virtud de la cual el punto matemático, sin dimensiones, que está en todas partes, llena la inmensidad sin límites;
3. Un Círculo de nubes, que figuran la vuelta sobre ellas mismas, de las emana¬ciones expansivas, más exactamente, su condensación bajo la presión de su choque, puesto que se trata de vibraciones que provienen de una infinidad de focos. El todo es un esquema

El Binario

OSWALD WIRTH

Nosotros no podemos comprender, es decir, tomar mentalmente sino lo que da asidero a nuestras facultades intelectuales, pero éstas no pueden alcanzar el Ser en su unidad radical. El infinito escapa a nuestra razón que tiende a inclinarse ante las verdades trascendentales reconociendo su importancia (El candidato se inclina hasta el suelo al franquear el umbral del Templo). No percibimos un objeto sino cuando se diferencia de su medio ambiente. La diferenciación es, pues, indispensable al conocimiento y esto es lo que hace de el Dos el número de la ciencia. En el simbolismo antiguo estaba ésta representada por una mujer sentada entre dos columnas, imagen del Binario en sus diferentes aspectos.
Esta mujer es negra, para indicar el carácter misterioso y secreto de la ciencia antigua. Sus manos hacen el signo de esoterismo (lo que es interior, inaccesible a los sentidos y de orden puramente inteligible). La mano derecha está dirigida hacia el cielo, la izquierda hacia la tierra. Eso significa: “Lo que está arriba es como lo que está abajo”. Es el principio de la analogía universal, base de la interpretación de todos los simbolismos. De las dos columnas, una es roja (B) y la otra es blanca (J). Ellas corresponden a las antítesis siguientes:

Sujeto - Objeto Actuar - Imaginación
Agente - Paciente Razón - Sentir
Activo - Pasivo Inventar - Comprender
Positivo - Negativo Mandar - Obedecer
Macho - Hembra Movimiento -Reposo
Padre - Madre Espíritu - Materia
Dar - Recibir Osiris - Isis
Crear - Producir Sol - Luna
Desarrollar - Conservador Abstracto - Concreto

Las columnas simbólicas recuerdan los obeliscos cubiertos de hieroglíficos que se elevaban delante de los templos egipcios. Se les vuelve a encontrar en las dos torres del portal de las catedrales góticas.
Son las columnas de Hércules que marcan los límites que limitan el espíritu humano. Este dominio de lo que nos es conocido tiene por imagen el velo de Isis, tendido de una columna a otra. Este velo nos impide ver la verdadera Realidad, que se encierra en los misterios de la Unidad.
Nosotros atribuiremos una objetividad engañadora a las cualidades contrarias que atribuimos a las cosas. Así somos el juguete de Maya, la diosa de la Ilusión, que nos tiene fascinados con el hechizo de sus encantos.
Para sustraerse al imperio de la eterna maga, el pensador no debe dar sino un valor meramente relativo a las entidades antagónicas que imaginamos, tanto por un atraso del lenguaje como del pensamiento. Lo Verdadero ylo Falso, el Bien y el Mal, lo Bello ylo Feo, etc., se refieren a extremos que sólo existen en nuestro espíritu. Son los límites ficticios del mundo que conocemos, pequeño jirón, porque nos seduce por los reflejos cambiantes de las sedas de que está tejido. Este velo, suspendido entre las columnas del Templo, oculta la entrada y debe ser levantado por el pensador que quiere entrar. El candidato a la iniciación lo deja tras de sí cuando ha pasado las pruebas y le ha sido acordada la luz. El Iniciado está entonces entre las dos columnas de pie sobre el mosaico que es uno: reunión de piedras blancas y negras. Estos colores contrarios nos enseñan cómo, en el dominio de las sensaciones, todo se compensa con rigurosa exactitud. Nuestras percepciones se pliegan a la ley de los contrastes. No disfrutamos del reposo sino porque él repara una fatiga; apreciamos el placer comparándolo con el dolor que nos es conocido; el goce es proporcionado a la pena o a la ansiedad que lo ha precedido; el error manifiesta la verdad; el bien nos atrae en la exacta medida en que nos repugna el mal; lo bello nos place en proporción del horror que nos inspira lo feo; la luz no se concibe sino en oposición a las tinieblas y la dicha no se gusta sino cuando nos salva del infortunio.

Isis.— Diosa del misterio. Está sentada sobre la piedra cúbica y enseña a adivinar lo que está oculto.

La existencia no adquiere valor sino por la lucha contra las dificultades que hay que vencer. El goce no reside sino en el triunfo.
La vida resulta de un perpetuo conflicto; la oposición engendra todas las cosas, como la rebelión contra el individuo, porque es preciso sublevarse para ser. Tal es el sentido del mito de la caída de Adán. Un poco de iniciativa individual no se constituye sino bajo la inspiración del egoísmo radical (Serpiente del Génesis) que incita al automatismo fisiológico a hacerse corriente y a querer ser semejante a “El los Dioses” CAE lohin) conociendo el bien y el mal”.

La Unidad

OSWALD WIRTH

Para facilitar el estudio de los números, la Francmasonería hace uso de emblemas que atraen la atención sobre sus propiedades esenciales. El nuevo Iniciado, a lo menos, no distingue ningún símbolo que se relacione con el número uno. Debe necesariamente ser así, porque nada de lo que es sensible puede admitirse como representación de la Unidad.
No percibimos para nosotros mismos sino la diversidad y multiplicidad. Nada es simple en la naturaleza todo es complejo.
Pero si en lo que no es exterior no aparece la unidad; parece, por el contrario, que reside en nosotros. Todo ser pensante tiene el sentimiento de que es uno. Esta unidad que está en nosotros se manifiesta a la vez en nuestra manera de pensar, de actuar y de sentir. Nuestras ideas, ligadas a la idea de un todo armónico, hace nacer en nosotros la noción de lo Verdadero. Nuestros actos, relacionados a una ley establecida para todos, se reglan sobre esta unidad moral que corresponde a lo Justo y al Bien. Llevados a coordinar nuestras sensaciones, nace de esta necesidad de unidad estética las artes que realizan lo Bello. Lo Verdadero, lo Justo y lo Bello traducen, pues, en diferentes dominios un mismo principio de Unidad que es el Ideal, el polo único hacia el cual tienden todas las aspiraciones. La Unidad no tiene nada de objetivo. Es una abstracción que se refiere al Centro inaccesible a que nosotros referimos nuestro yo. Este Centro que no está localizado en parte alguna parece estar en cada uno de nosotros. Pero esto no es más que una ilusión. El pensamiento es uno. No hay sino un solo principio pensante común a todos los seres. Es el Centro Omni presente, que está a la vez en nosotros y fhera de nosotros. (Brahma, Osiris, Dios Padre, el Anciano de los días, etc.).
Todo centro supone una circunferencia. La unidad abstracta está, pues, indisolublemente ligada a la multiplicidad concreta. El Padre universal (Osiris) está unido a la Madre universal (Isis o la Naturaleza). Esto quiere decir que los efectos son inseparables de las causas que se resumen en una causa primitiva simple. - ¿Cuál es esta causa?. ¿Cuál es el principio primero del que derivan todas las cosas?. - La Unidad absoluta que engloba toda existencia pasada, presente y futura, ha sido en otro tiempo simbolizada por una serpiente que se muerde la cola, el famoso Ouroboros que acompañaba la leyenda: Uno en el Todo.
Este Un-Todo escapa necesariamente a nuestra comprensión. Es el Misterio por excelencia, el Arcano de los Arcanos. La existencia no se explica, se constata. El Ser, o lo que es, se revela a nuestros sentidos bajo su aspecto de multiplicidad, como se muestra a la razón en su carácter de unidad. A la vez uno y múltiple, ha sido representado en la Biblia por la palabra AElohim, plural que rige un verbo en singular (Beraeschidth bará AElohim. En el principio A El - los -Dioses crea...).
Para los Alquimistas todo proviene de la Materia primera de los Sabios, substancia no diferenciada que no podría impresionar nuestros sentidos. Esta entidad misteriosa no es nada para el vulgo, pero lo es todo para los filósofos. Los ignorantes no la ven en ninguna parte, mientras que para los sabios está en todas partes. La substancia una es por lo demás, para nosotros como si no existiera. Nosotros no percibimos las cosas sino en razón de los contrastes que necesariamente faltan en lo que es uno y uniforme. No pudiendo ser distinguida o separada de otra cosa, la Unidad absoluta se concibe, pues, como el Vacío o la Nada. Es el Abismo, la Noche o el Caos de las diferentes cosmogonías. Hieroglíficamente es un disco negro, o un círculo vacío O, el cero de nuestra numeración que representa el Todo-Nada o Ser-no-Ser de los cabalistas.

Los Números

OSWALD WIRTH

Lo que no es visible se revela al que sabe mirar dentro de sí. Esta mirada, replegada sobre sí misma hace descubrir un vasto dominio de conocimientos independientes de toda observación material. Son nociones que se imponen por su propia evidencia. Ellas se refieren a lo que es necesariamente y constituyen así la ciencia de lo absoluto que no sufre más inexactitudes que las matemáticas. Esta ciencia que es la más importante de todas está encerrada en nuestro espíritu que la descubre como un tesoro ignorado desde que logra percibirse a sí mismo. Es así que el conocimiento de sí mismo es el punto de partida de toda filosofía. Pero es imposible conocerse directamente a sí mismo sin el auxilio de un espejo. Las abstracciones que están en nosotros no se hacen perceptibles hasta que se reflejan en un signo exterior. Estos símbolos intervienen entonces para hacernos manifiestas las verdades que están en nosotros. Ellos nos presentan la imagen fiel de lo que contiene nuestro espíritu. Cuando éste está vacío no tienen por consiguiente ninguna significación. La culpa no es de los símbolos sino de aquel que no sabe ver nada. Nada puede salir de una inteligencia vacía. Los símbolos al menos no hablan por sí mismos. Para hacerlos elocuentes es preciso haber abierto el santuario de las verdades abstractas, gracias a la llave que nos proporciona el estudio de las propiedades intrínsecas de los Números. Todas las escuelas iniciáticas han preconizado este estudio. Los antiguos lo han hecho la base de su ciencia sagrada, también los números juegan un rol preponderante en el simbolismo de todas las religiones, Pitágoras pretendía que los números rigen el mundo. En su correspondencia particular los masones se saludan “por los números que le son conocidos” (P∴ L∴ N∴ Q∴ L∴ S∴ C∴). La Francmasonería además no actúa en todas sus cosas sino que según números determinados y relaciona los conocimientos especiales de cada grado con la filosofía numeral de los antiguos. Para el aprendiz se limita a los números uno, dos, tres y cuatro que debe examinar desde el punto de vista de deducciones lógicas que se desprenden de la noción de la Unidad, el Binario, el Ternario y el Cuaternario.

EL NUMERO CUATRO

ALDO LAVAGNINI

Así como el número uno, simbolizado por el punto, indica el espacio potencial sin dimensiones, y el número dos, determinando la línea, muestra la primera dimensión, el número tres, formando con el triángulo la primera figura plana, determina junto con el plano, el espacio bidimensional. Análogamente, el número cuatro constituye con las tres líneas y los tres planos que se encuentran en el vértice de un ángulo triedro, el espacio tridimensional de nuestra experiencia objetiva.

Así, pues, mientras los tres primeros números se refieren más especialmente a los Principios que gobiernan el Universo y al Origen Primero de las cosas (Mundo Divino en el cual existe en principio y del cual procede y se desarrolla desde lo interior a lo exterior toda manifestación objetiva) el número cuatro nos introduce en el reino de la experiencia sensible, determinando las tres (o seis) dimensiones del espacio.
Los primeros cuatro números determinan, además, las cuatro figuras fundamentales del simbolismo hermético: el círculo, formado por todo punto aislado convertido en centro de actividad, manifestándose desde dentro hacia afuera: la cruz formada por dos líneas (dos manifestaciones duales o bipolares de la Unidad) que se conjugan o seccionan rectamente; el triángulo determinado por tres puntos o tres líneas que producen sus tres ángulos o aspectos; el cuadrado, que con cuatro puntos y cuatro líneas, determina y circunscribe igualmente cuatro ángulos. Y la suma de los cuatro forma el número diez, que no nos compete examinar aquí.

NÚMEROS CELESTES Y NÚMEROS TERRESTRES

RENE GUENON

La dualidad del yang y del yin se encuentra también en lo que concierne a los números: según el Yi-king, los números impares corresponden al yang, es decir, son masculinos o activos, y los números pares corresponden al yin, es decir, son femeninos o pasivos. Por lo demás, aquí no hay nada que sea particular a la tradición extremo oriental, ya que esta correspondencia es conforme a lo que enseñan todas las doctrinas tradicionales; en Occidente, es conocida sobre todo por el Pitagorismo, y quizás incluso a algunos, que se imaginan que se trata de una concepción propia de éste, les sorprendería mucho saber que esta correspondencia se encuentra exactamente igual hasta en Extremo Oriente, sin que sea posible suponer en eso evidentemente la menor «apropiación» por un lado o por el otro, y simplemente porque se trata de una verdad que debe ser reconocida igualmente en todas partes donde existe la ciencia tradicional de los números.
Puesto que los números impares son yang, pueden llamarse «celestes», y puesto que los números pares son yin, pueden llamarse «terrestres»; pero además de esta consideración enteramente general, hay ciertos números que son atribuidos más especialmente al Cielo y a la Tierra, y esto requiere otras explicaciones. Primero, son sobre todo los primeros números impar y par respectivamente los que se consideran como los números propios del Cielo y de la Tierra, o como la expresión de su naturaleza misma, lo que se comprende sin esfuerzo, ya que, en razón de la primacía que tienen cada uno en su orden, todos los demás números son como derivados en cierto modo de ellos y no ocupan más que un rango secundario en relación a ellos en sus series respectivas; así pues, son éstos los que representan, se podría decir, el yang y el yin en el grado más alto, o, lo que equivale a lo mismo, los que expresan más puramente la naturaleza celeste y la naturaleza terrestre. Ahora bien, a lo que es menester prestar atención, es que aquí la unidad, al ser propiamente el principio del número, no se cuenta ella misma como un número; en realidad, lo que la unidad representa no puede ser sino anterior a la distinción del Cielo y de la Tierra, y ya hemos visto en efecto que corresponde al principio común de éstos, Taiki, el Ser que es idéntico a la Unidad metafísica misma. Así pues, mientras que 2 es el primero número par, es 3, y no 1, el que se considera como el primer número impar; por consiguiente, 2 es el número de la Tierra y 3 el número del Cielo; pero entonces, puesto que 2 es antes que 3 en la serie de los números, la Tierra parece estar antes que el Cielo, del mismo modo que el yin aparece antes que el yang; se encuentra así en esta correspondencia numérica otra expresión, equivalente en el fondo, del mismo punto de vista cosmológico de que hemos hablado más atrás a propósito del yin y del yang.
Lo que puede parecer más difícilmente explicable, es que hay otros números que se atribuyen también al Cielo y a la Tierra, y que, para éstos, se produce, en apariencia al menos, una suerte de intervención; en efecto, es entonces 5, número impar, el que se atribuye a la Tierra, y 6, número par, el que se atribuye al Cielo. Aquí también, se tienen dos términos consecutivos de la serie de los números, donde el primero en el orden de esta serie corresponde a la Tierra y el segundo al Cielo; pero, aparte de este carácter que es común a las dos parejas numéricas 2 y 3 por una parte, 5 y 6 por otra, ¿cómo es posible que un número impar o yang sea referido a la Tierra y que un número par o yin lo sea al Cielo? Se habla a este propósito, y en suma con razón, de un intercambio «hierogámico» entre los atributos de los dos principios complementarios ; por lo demás, en eso no se trata de un caso aislado o excepcional, y pueden señalarse muchos otros ejemplos de ello en el simbolismo tradicional . A decir verdad, sería menester incluso generalizar más, ya que no se puede hablar propiamente de «hierogamia» más que cuando los dos complementarios se consideran expresamente como masculino y femenino el uno en relación al otro, así como ocurre efectivamente aquí; pero se encuentra también algo semejante en casos donde el complementarismo reviste aspectos diferentes de éste, y ya lo hemos indicado en otra parte en lo que concierne al tiempo y al espacio y a los símbolos que se refieren a ellos respectivamente en las tradiciones de los pueblos nómadas y de los pueblos sedentarios . Es evidente que, en este caso donde un término temporal y un término espacial son considerados como complementarios, no se puede asimilar la relación que existe entre estos dos términos a la de lo masculino y de lo femenino; no obstante, por ello no es menos verdad que este complementarismo, como cualquier otro, se vincula de una cierta manera al del Cielo y de la Tierra, ya que el tiempo es puesto en correspondencia con el Cielo por la noción de los ciclos, cuya base es esencialmente astronómica, y el espacio con la Tierra en tanto que, en el orden de las apariencias sensibles, la superficie terrestre representa propiamente la extensión mensurable. Ciertamente, sería menester no concluir de esta correspondencia que todos los complementarismos pueden reducirse a un tipo único, y por esto es por lo que sería erróneo hablar de «hierogamia» en un caso como el que acabamos de mencionar; lo que es menester decir, es solo que todos los complementarismos, de cualquier tipo que sean, tienen igualmente su principio en la primera de todas las dualidades, que es la de la Esencia y de la Substancia universales, o, según el lenguaje simbólico de la tradición extremo oriental, la del Cielo y de la Tierra.
Ahora, de lo que es menester darse cuenta bien para comprender exactamente la significación diferente de las dos parejas de números atribuidos al Cielo y a la Tierra, es de que un intercambio como éste de que acabamos de hablar no puede producirse más que cuando los dos términos complementarios son considerados en su relación entre ellos, o más especialmente como unidos el uno al otro si se trata de la «hierogamia» propiamente dicha, y no tomados en sí mismos y cada uno separadamente del otro. De eso resulta que, mientras que 2 y 3 son la Tierra y el Cielo en sí mismos y en su naturaleza propia, 5 y 6 son la Tierra y el Cielo en su acción y reacción recíproca, y por consiguiente desde el punto de vista de la manifestación que es el producto de esta acción y de esa reacción; por lo demás, es lo que expresa muy claramente un texto tal como éste: «5 y 6, es la unión central (tchoungho, es decir, la unión en su centro) del Cielo y de la Tierra ». Es lo que aparece mejor todavía por la constitución misma de los números 5 y 6, que están formados igualmente de 2 y de 3, pero donde éstos están unidos entre sí de dos maneras diferentes, por adición para el primero (2 + 3 = 5), y por multiplicación para el segundo (2 x 3 = 6); por otra parte, es por eso por lo que estos dos números 5 y 6, que nacen así de la unión del par y del impar, se consideran el uno y el otro muy generalmente, en el simbolismo de las diferentes tradiciones, como teniendo un carácter esencialmente «conjuntivo» . Para llevar la explicación más lejos, es menester preguntarse también por qué hay adición en un caso, el de la Tierra considerada en su unión con el Cielo, y multiplicación en el otro caso, el del Cielo considerado inversamente en su unión con la Tierra: es que, aunque cada uno de estos dos principios recibe en esta unión la influencia del otro, que se conjunta de alguna manera a su naturaleza propia, la reciben no obstante de una manera diferente. Por la acción del Cielo sobre la Tierra, el número celeste 3 viene simplemente a agregarse al número terrestre 2, porque esta acción, al ser propiamente «no actuante», es lo que se puede llamar una «acción de presencia»; por la reacción de la Tierra al respecto del Cielo, el número terrestre 2 multiplica al número celeste 3, porque la potencialidad de la substancia es la raíz misma de la multiplicidad .
También se puede decir que, mientras que 2 y 3 expresan la naturaleza misma de la Tierra y del Cielo, 5 y 6 expresan solo su «medida», lo que equivale a decir que es efectivamente desde el punto de vista de la manifestación, y ya no en sí mismos, como se consideran entonces; ya que, así como lo hemos explicado en otra parte , la noción misma de la medida está en relación directa con la manifestación. El Cielo y la Tierra en sí mismos no son en modo alguno mensurables, puesto que no pertene-cen al dominio de la manifestación; aquello por lo cual se puede hablar de medida, son solo las determinaciones por las cuales aparecen a las miradas de los seres manifestados , y que son lo que se puede llamar las influencias celestes y las influencias terrestres, que se traducen por las acciones respectivas del yang y del yin. Para comprender de una manera más precisa cómo se aplica esta noción de medida, es menester volver aquí a la consideración de las formas geométricas que simbolizan a los dos principios, y que son, como lo hemos visto precedentemente, el círculo para el Cielo y el cuadrado para la Tierra : las formas rectilíneas, de las que el cuadrado es el prototipo, son medidas por 5 y sus múltiplos, y, de igual modo, las formas circulares son medidas por 6 y sus múltiplos. Al hablar de los múltiplos de estos dos números, tenemos principalmente en vista los primeros de estos múltiplos, es decir, el doble del uno y del otro, o sea, respectivamente 10 y 12; en efecto, la medida natural de las líneas rectas se efectúa por una división decimal, y la de las líneas circulares por una división duodecimal; y se puede ver en eso la razón por la que estos dos números 10 y 12 se toman como base de los principales sistemas de numeración, sistemas que, por lo demás, a veces se emplean concurrentemente, como es precisamente el caso de China, porque tienen en realidad aplicaciones diferentes, de suerte que su coexistencia, en una misma forma tradicional, no tiene absolutamente nada de arbitrario ni de superfluo .
Para terminar estas precisiones, señalaremos todavía la importancia dada al número 11, en tanto que es la suma de 5 y de 6, lo que hace de él el símbolo de esta «unión central del Cielo y de la Tierra» de que hemos hablado más atrás, y, por consiguiente, «el número por el cual se constituye en su perfección (tcheng) la Vía del Cielo y de la Tierra» . Esta importancia del número 11, así como la de sus múltiplos, es también un punto común a las doctrinas tradicionales más diversas, así como ya lo hemos indicado en otra ocasión , aunque, por razones que no aparecen muy claramente, pasa generalmente desapercibida para los modernos que pretenden estudiar el simbolismo de los números . Estas consideraciones sobre los números podrían ser desarrolladas casi indefinidamente; pero, hasta aquí, todavía no hemos considerado más que lo que concierne al Cielo y a la Tierra, que son los dos primeros términos de la Gran Tríada, y es tiempo de pasar ahora a la consideración del tercer término de ésta, es decir, del Hombre.