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La Iniciación de Voltaire

OSWALD WIRTH

La Logia Nueve Hermanos procedió en 1778 a la recepción de Voltaire, presentado por Franklin y Court de Gebelin.
Fue un triunfo para la Masonería. La Tenida estaba presidida por Lalande, quien había agrupado a su alrededor a los Masones más distinguidos de la época. Entre estos los nombres más célebres son: Helvetius, Bailly, Mirabeau, Garat, Brissot, Camille Desmoulins y Condorcet; después Chamfort, Danton, Rabaut Saint Etienne, Pétion, don Gerle y el genovés Pingre, miembros de la Academia de Ciencias.

SAN MARTÍN Y LA MASONERÍA

Síntesis del artículo de la R:. L:. General José de San Martín 384 del Or:. de Argentina. Compilado por el R:. H:. Alberto Levy.

La masonería rinde tributo a quien fuera su gran iniciado y recuerda su paso por nuestra Institución. No es nuestro propósito sumarnos a la polémica, nos interesa sencillamente abordar un tema de carácter histórico, saber si la francmasonería tuvo en su seno a San Martín, libertador de América y demostrar la influencia sostenida y constante, tan grande y en ocasiones decisivas, que tuvo la orden francmasónica en la independencia de América. En cuanto a las Provincias Unidas del Sur, por haber estimado San Martín que la institución era no solo necesaria, sino el más adecuado medio, el instrumento imprescindible e insustituible para el triunfo en la heroica lucha que se iba a librar en defensa de la libertad americana, una de sus primeras y esenciales preocupaciones fue la de organizar la logia, dirigirla y sostenerla. Las logias en las Provincias Unidas, en Chile y en Perú fueron el gran organismo de iniciativa y consejo, que guía y regula la obra de sus gobernantes, tanto civiles como militares. San Martín, consciente de las enormes dificultades que implican la realización de sus empeños, llevando los pueblos a la vida independiente o libre, creyó, desde el primer instante, en la necesidad de contar con la cooperación y ayuda de minorías selectas, espiritual e intelectualmente. En las logias encontró ese eco y fermento revolucionario para su inspiración. Cuarenta y dos largos años de vida masónica del general José de San Martín y su participación activa en no menos de 18 logias no se perdieron en las tinieblas de los tiempos; vemos ya que en los albores del año 1808 San Martín recibe la luz masónica, iniciándose en el grado de aprendiz en la Logia Integridad Nº 7 de Cádiz. Esta logia tenía carta constitutiva otorgada por la Logia Provincial de los Antiguos y en 1804 figuraba con el Nº 7 en el llamado Gran Oriente Regional de Sevilla, y el 6 de mayo de 1808, San Martín recibe el grado de maestro masón. Esto ha llegado a nuestro conocimiento por los documentos publicados en España por los enemigos de la masonería española. En 1939, después de la guerra civil, se organizó toda una campaña antimasónica. El enfoque de los antimasones españoles difiere del sustentado por sus pares en la República Argentina. Ellos consideran que todos los libertadores de América fueron traidores a la madre Patria por el hecho de ser masones, y por ello sacaron a relucir el masonismo de los próceres de la emancipación americana, lo que fue publicado por medio de la Editora Nacional, un órgano oficial de la España franquista. Dos figuras de esta logia habrían de conmover el corazón de San Martín y su recuerdo habría de acompañarlo durante toda su vida, la primera de su primer Venerable Maestro, tanto por su brillante personalidad cuanto por el hecho de haber sido San Martín su edecán al momento de su trágica muerte. Se trata del general Francisco María Solano, marqués del Socorro, Capitán General de Andalucía y Gobernador Civil y Militar de Cádiz, Venerable Maestro en su logia Integridad Nro. 7, maestro en el arte de la guerra, aventajado discípulo de las tácticas francesas aprendidas a través del general francés Maureau. San Martín guardó toda su vida un indeleble recuerdo por la memoria de su primer Venerable Maestro, el general Solano, al punto de llevar constantemente en su billetera hasta la hora de su muerte, un grabado en acero en forma de medallón. En su orla había sombreado el mismo una faja de luto y en el papel que lo envolvía estaba escrito su nombre en gruesos caracteres. Al respecto así escribía el hijo político del general San Martín, el general Balcarce, al general Mitre: "También envío a Ud. el retrato del desgraciado General Solano, el mismo que su padre político llevaba en su cartera como recuerdo de aquel amigo a cuyas órdenes sirvió como Edecán y cuyo fin no pudo evitar a pesar de los esfuerzos que hizo por salvarlo aquel horrendo día". Este texto está en la página 492, T. II del archivo del general San Martín. También se expresa Vicente Fidel López en el tomo VI, pág. 310 y 311. San Martín era Edecán del general Solórzano, cuando el pueblo de ese puerto indignado hasta la demencia por el estado calamitoso del reino, se alzó acometiendo al Venerable Magistrado. Lo sacaron a la calle, lo asesinaron y arrastraron su cadáver como trofeo de victoria, anulando toda defensa, pese a denodado esfuerzo. De la hondísima impresión que a San Martín le produjo aquel pavoroso espectáculo, son testimonios sus posteriores y constantes repulsas a los movimientos demagógicos y a los procedimientos de los gobiernos basados en el desenfreno de las multitudes. A través de su gloriosa vida hemos de ver en momentos solemnes de ella, hasta qué punto llegaba su repugnancia a desórdenes y motines por lo mismo que era un sincero liberal y un amante y servidor constante de su pueblo. En esa misma Logia Integridad Nº 7 tuvo fraternal vinculación con Alejandro Aguado, amistad que tendría proyecciones insospechadas en el porvenir lejano de la vida de San Martín. Era Aguado natural de Sevilla y siete años menor que San Martín, revistaba como cadete en su regimiento y luego habría de ser su mejor e íntimo amigo. El joven Aguado había abrazado la carrera de las armas por vocación, ya que la fortuna de sus padres lo tenían a cubierto de necesidades e ingresó en el ejército del rey en 1799. Aguado, joven, rico, alegre, contrastaba con San Martín, reservado y serio. Coincidían sin embargo en varios aspectos: honradez de intenciones, bizarría, rectitud y limpieza en sus conductas. San Martín debió ser el maestro de Aguado en el campo de batalla, Aguado el de San Martín en sus correrías juveniles y las fiestas mundanas. Tan íntima y fraterna fue esa amistad, que Aguado fue uno de los muy pocos que San Martín tuteaba. Luego, cada uno marcha a su destino, San Martín, el de libertador de medio continente; Aguado, ostentando el título de Marqués de las Marismas y acaudalado banquero; más el destino los lleva a reunirse casi en el ocaso de sus vidas en Francia. Allí San Martín, con la ayuda de su amigo Aguado, adquirió en propiedad un palacete cerca del castillo de Aguado en el Bourg y aquí viene un hecho clave en nuestra exposición, ambos en su carácter de masones concurren a las tenidas de la logia de Ivri, donde están las firmas de ambos como integrantes de las tenidas masónicas de la que era Venerable Maestro el doctor Rayer, médico particular de Aguado y después presidente de la Sociedad de Biología. Aguado, que tan particular devoción sentía por San Martín, lo nombra en su testamento albacea y tutor de sus hijos menores. San Martín, en cumplimiento de tales funciones, tuvo que traer los restos de Aguado, fallecido en su viaje a España, organizar solemnes funerales para el difunto en la iglesia de Notre Dame de Lorette y erigir suntuoso mausoleo sobre una elevación del cementerio de Peré Lachaise, donde mandó a grabar el siguiente epitafio: "No busquéis entre los muertos al que vive". Respecto de la amistad de San Martín y Aguado, el doctor Gregorio Marañón señaló: "La historia de la relación entre San Martín y Aguado simboliza dos cosas, que son a su vez la representación de lo más noble del alma humana: la amistad o la liberalidad o liberalismo. Son estas dos cosas en el fondo lo mismo". La más característica prerrogativa del alma liberal es en efecto su aptitud y la fruición para el sentimiento y el ejercicio de la amistad. El triunfo de los dos dentro de distintas esferas era de uno y de otro a la vez. Y en el gran abrazo de ambos triunfadores habría junto con la emoción imperativa de la propia victoria, la emoción de la victoria del otro. Todo esto era liberalismo, el admirable liberalismo que cimentó la civilización humana en el desarrollo de la república y el ejercicio de los derechos individuales. Pero volvamos al derrotero masónico seguido por San Martín y regresemos para referirnos a la segunda logia en que le tocó actuar. San Martín no pudo ser ajeno al llamado emancipador de las colonias americanas radicadas en España, que se agrupaban en la logia Caballeros Racionales Nº 3 de Cádiz, que tenía el privilegio de reunir en su seno muchas personalidades de la emancipación americana. A esa logia se incorpora a mediados de 1808. Esta logia tenía ilustres antecedentes; formada sobre los restos de la creada por el peruano inmortal, don Pablo de Olavide, el primero en concebir el ideal de la emancipación americana. Esta logia como nos enseña el general peruano Rivadeneira, miembro de la misma, fue creada en Madrid y ante el avance de los franceses pasa a Sevilla y luego a Cádiz, donde contó con sesenta y tres miembros, que se distinguieron por sus talentos y por su acendrado patriotismo, por su interés por la independencia, de distinguidas y señaladas virtudes patrióticas en cada uno de ellos. Nombres ilustres como Mérida, Tobar, Carcedo y Castillo, colombianos; Pérez Toledo y Obregón, mejicanos; Suárez, Pinedo y Juanos, guatemaltecos, etc. Agrega el general Rivadeneira, refiriéndose a San Martín, que al encontrarlo en 1821, en el cuartel general de Huaura, ... "me estrechó en sus brazos y recordó nuestra antigua amistad, nuestros trabajos en la sociedad de Cádiz para que se hiciese la América independiente". San Martín, que mucho apreciaba los servicios y sacrificios del general Rivadeneira, su antiguo cófrade de Caballeros Racionales Nº 3, lo nombró General de Brigada y designó como Gobernador del Callao. La Logia Caballeros Racionales contó con similares en Madrid, Sevilla, Cádiz, Bogotá, Caracas, Filadelfia, México, Buenos Aires, Uruguay, Londres, etc. Tres argentinos presidieron la logia Caballeros Racionales Nº 3 de Cádiz, José Moldes hasta 1808, Carlos María de Alvear hasta 1811 y luego el sacerdote Ramón Anchoris. A ella se refiere San Martín en carta al Presidente del Perú, mariscal Ramón Castilla, escrita en Boulogne Sur Mer en el año 1848: «En una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc. resolvimos regresar cada uno a nuestro país a fin de prestarles nuestros servicios en la lucha que calculábamos se había de entablar". También se refiere a ella el general Zapiola en el cuestionario que le envía el general Mitre con relación a la actividad masónica de esta logia, donde le contesta en la parte final, enviándole una lista de los individuos que forman la Logia Caballeros Racionales Nº 3. En idéntico sentido, con relación a la existencia de esta logia se refieren hermanos que fueron actores, por integrar los cuadros lógicos, como Moldes y Guruchaga, Rivadaneira y Alvear, en sus cartas enviadas a Mérida en Caracas y de las que hemos de extendernos al referirnos a la Logia Caballeros Racionales Nº 7 de Londres. Resuelto San Martín, al igual que otros patriotas, a dirigirse a Buenos Aires, donde había estallado el grito de la emancipación, debe dirigirse como camino obligado, primero a Londres. Para ello, San Martín obtuvo la ayuda de uno de los jefes del ejército inglés, Sir Charles Stuart, quien le consiguió un pasaporte y cartas de recomendación para Lord Mac Duff, más tarde Conde de Fife y que había pertenecido a la Logia creada en Londres por el insigne precursor Francisco de Miranda. Esto tiene una doble importancia probatoria. Por un lado esta versión la realiza Gerard, bibliotecario de Boulogne Sur Mer, amigo de San Martín, que tuvo estos datos del propio Libertador y la publicó en una nota necrológica cuando éste fallece en Agosto de 1850, y la referencia al Conde de Fife, pues cuando San Martín abandona América después de su gesta libertadora y hace una estadía en Inglaterra, pasó una temporada en el castillo de su amigo y hermano el Conde Fife, en la localidad de Branff, Escocia, donde San Martín visitó, en compañía de su hermano, las logias San Andrés Nº 52 y San Juan, operativa Nº 92, donde están rubricadas ambas firmas. Estas logias pertenecían a la jurisdicción de la Gran Logia de Escocia, en la que su amigo, el Conde de Fife, era Gran Maestre de la Gran Logia Provincial de Granffshire hasta el año 1848. Volviendo al viaje de San Martín a Londres, cabe destacar que allí fue recibido por sus hermanos que ya se habían instalado, ubicándose San Martín como invitado en la casa de Carlos M. de Alvear. Allí en Londres estuvo San Martín cuatro meses fundando con sus hermanos la logia Caballeros Racionales Nº 7, cuyo primer Venerable Maestro fue don Carlos de Alvear, siendo sus integrantes, además de San Martín, Zapiola, Holmberg, Mier, Villa Urrutia, Chilabert, al que se agregaron Manuel Moreno, hermano del Tribuno de Mayo Mariano Moreno y los venezolanos Luis López Mendes, Andrés Bello y el Marqués del Apartado. En la logia de Londres, expresa el general Zapiola, fue San Martín, al igual que él, ascendido al quinto grado, afirmación que sostuviera en la contestación de las preguntas que le formulara el general Mitre y en cuya respuesta agregara además la nómina de los integrantes de la logia Caballeros Racionales Nº 7 de Londres, que hemos recientemente destacado. Además de todo ello tenemos probanza, por cartas de Carlos de Alvear del 20 de octubre de 1811, dirigida al patriota venezolano Rafael Mérida, Venerable Maestro de la logia de Caracas, Venezuela, de las actividades de los hermanos de la Logia Caballeros Racionales Nº 7 de Londres, al igual que la nómina de sus componentes, ya que estas cartas se encuentran depositadas en el archivo Alvaro de Bazán de la Armada Española y que fueron dadas a conocer por el historiador español contralmirante Julio Guillén. Las referidas cartas, así como otros documentos, habían sido confiados a Juan Brown, sobrecargo del bergantín inglés La Rosa, que fuera apresado por un corsario español el 3 de enero de 1812, por cuya causa tomó intervención la inquisición y por los conductos referidos llegó a nuestros días. Con la intervención del importante masón lord Marduff, conde de Fife, logró que se armara la fragata Jorge Canning en enero de 1812, llevando su carga de hermanos masones que concurrían a sentar plaza en el ejército de la revolución de esta parte del continente. En ella venían estos militares de carrera: teniente coronel de caballería José Francisco de San Martín, alférez de carabineros Carlos María de Alvear Balvastro, capitán de caballería Francisco de Vera, alférez de navío Martín Zapiola, capitán de milicias Francisco Chilavert, subteniente de infantería Antonio Arellano y el teniente de las Guardias Walonas, Barón de Holmberg. Ya en Buenos Aires, puestos en contacto con el Venerable Maestro Julián Alvarez de la Logia Independencia, la primera actividad masónica de San Martín fue formar un triángulo conjuntamente con Alvear y Zapiola y ya para junio de 1812 el triángulo había afiliado a Guido, Murguiando, Zufriategui, Malter, Anchoris, Monteagudo, más la casi totalidad del pasaje de la fragata George Canning, y que se denominó según las últimas investigaciones, Caballeros Racionales Nº 8 y no Lautaro, denominación que recibiría recién en 1815, con motivo de la reorganización que inspira San Martín. Su lema fue: unión, fuerza y virtud. Se requería ser americano y juramentarse a luchar por la independencia, según el archivo que en Montevideo llevó el señor Julián Alvarez, Venerable Maestro de la Logia Independencia y que diera sus mejores hombres a la logia Caballeros Racionales Nº 8. Además, como expresión de su fe democrática, estos hermanos juramentados expresaban que no reconocerían por gobierno legítimo de las Américas, sino aquel que fuese voluntad de los pueblos y de trabajar por la fundación del sistema republicano. La logia, a pesar del reducido número de sus miembros, asumió de inmediato un papel preponderante, convirtiéndose en el centro motor de los más importantes acontecimientos históricos que permitieron que el barco de la revolución retomara su rumbo inicial. Así vemos que sus integrantes, encabezados por San Martín y Alvear, Venerable Maestro de la logia, al comprobar la falta de representatividad y eficacia del primer Triunvirato, congregaron las tropas frente al Cabildo, aquel ocho de octubre de 1812, para exigir un cambio del poder ejecutivo. Es así como surge el Segundo Triunvirato, integrado por Juan José Paso, Rodríguez Peña y Alvarez Jonte, todos ellos hermanos de la orden, cuyo primer y más trascendente acto de gobierno fue convocar a la Asamblea del año 13, Asamblea de la Patria Naciente, formadora de la leyes de la libertad civil, pero que no llegó a declarar la independencia y dar una constitución. San Martín y Alvear fueron por mucho tiempo los árbitros de la logia y ésta de los destinos de la Patria. De los 55 miembros de la logia, 3 pertenecían al poder ejecutivo, 28 de sus miembros eran representantes en la Asamblea General Constituyente, 13 eran partidarios de San Martín y 24 de Alvear. Su objeto declarado era trabajar con sistema y plan en la independencia de la América y su felicidad, obrando con honor y procediendo con justicia. Según su constitución, cuando alguno de los hermanos fuera elegido para el Superior Gobierno de Estado, no podía tomar resoluciones graves sin consultar a la logia, no podía nombrar por sí enviados diplomáticos, generales en jefe, gobernadores de provincia y jueces, funcionarios eclesiásticos ni jefes de cuerpos militares, ni castigar con su sola autoridad a ningún hermano. Era ley en todos los conflictos el sostener a riesgo de su vida las decisiones de la logia. Una sorda lucha entablada por las ambiciones de Alvear, en el transcurso de 1815, lleva a la logias un estado de disolución, pero San Martín, mientras preparaba su campaña libertadora, propugnó la reorganización de la logia, que se llamó Lautaro, no como expresión de homenaje al héroe de la obra de Ercilla, sino como expresión masónica que significa expedición a Chile. Organizada la misma, llegó a servir de enlace de los trabajos entre él y el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, también hermano de la orden. Tal era la importancia que San Martín concedía a la logia, que estableció en todas partes adonde se dirigía, organizó las sociedades secretas en Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Chile, Perú. Todas ellas denominadas Lautaro y manteniendo entre sí activa coordinación y cooperación, mientras se preparaban las fuerzas que irían sobre el Perú, para destruir el foco más poderoso de la resistencia colonial y donde también habría de fundar la Lautaro en Lima. Todas ellas con los mismos principios y constitución que la Lautaro porteña, a la que habían de someterse O’Higgins en Chile y el propio San Martín en Lima, como encargados del poder ejecutivo de estos países. No solo las logias lautarinas fundó San Martín, también fundó la logia del Ejército del Norte, donde Belgrano fue iniciado y que a su vez creó la Logia Argentina de Tucumán, sino también la del Ejército de los Andes, con sus más dilectos compañeros de armas. Luego del histórico abrazo de Guayaquil con Simón Bolívar, con intervención de la Logia Estrella de Guayaquil, inicia su retiro, despojándose San Martín del mando supremo en Perú, para radicarse en Bruselas, donde se incorporó a la Logia La Perfecta Amistad. En honor de San Martín, esa logia mandó acuñar una medalla de plata cuyo facsímil se encuentra en la masonería argentina. Además, el capítulo Rosacruz "Los Amigos de Bruselas" hicieron acuñar otra medalla, cuyo original se encuentra en el Museo Mitre. Estas medallas tienen la particularidad de mostrar a San Martín de perfil y son debidas a un distinguido masón, el artista europeo Henri Simons. A tan gallarda figura de la epopeya americana, la masonería le rinde la máxima expresión de su homenaje, y en su honor, bajo la jurisdicción de la Gran Logia de la Argentina, funcionan las logias Lautaro Nº 167 de Mendoza, Bernardo de Monteagudo Nº 414 de Paso de los Libres, Juan Martín de Pueyrredón Nº 251 de San Isidro, Capítulo Rosacruz General San Martín, Gran Reunión Americana, José de San Martín Nº 384 de Lanús. Estas logias, convocadas en la celebración del VIII Encuentro de Logias Sanmartinianas, por la Logia San Martín Nº 36 de Lima, al igual que las Logias San Martín de Argentina, Brasil, Chile, México, Perú y Uruguay, se han de reunir en fraternal fiesta masónica, para formar la Cadena de Unión Sanmartiniana en la que vibrará encendido al espíritu del prócer, iluminando el camino a seguir y sirviendo de inspiración de aquél que con su afán y ardua fatiga supo arrancar las palmas de la gloria.

RENE GUENON Y LA MASONERIA

FRANCISCO ARIZA

Uno de los temas de investigación sin duda apasionantes entre los muchos que ofrece la obra de René Guénon es, precisamente, el que nos toca desarrollar en estas páginas: la influencia de dicha obra en la Masonería, sabiendo de antemano que no podemos abordar, por razones obvias, todo lo que Guénon dijo al respecto, que fue mucho y muy importante. Esto nos obliga a ser necesariamente sintéticos en nuestra exposición, y a señalar tan sólo una serie de puntos que nos parece pudieran ofrecer una visión global de lo que el mensaje guenoniano representa para la Masonería, una de las pocas vías iniciáticas que todavía pervive en Occidente.

Y cuando hablamos de esa influencia lo hacemos sabiendo que la obra legada por Guénon, en su conjunto, constituye no la exposición de una forma tradicional cualquiera, sino que se trata de la adaptación a nuestra época de la doctrina metafísica y la cosmogonía perenne, cuya depositaria no es otra que la Tradición primordial, también llamada Tradición unánime y universal, pues su origen es no-humano, o mejor aún supra-humano, por ser la expresión misma de la Verdad y la Sabiduría eternas.1 Para Guénon, todas las formas tradicionales (incluidas las que tienen dentro de sí un componente religioso o exotérico) derivan de esa Tradición primigenia, y de ella extraen su legitimidad en tanto que tales formas. Esto incluye, naturalmente, a la tradición masónica, según confirman las distintas leyendas en donde se relatan sus orígenes míticos, así como sus códigos simbólicos y sus ritos iniciáticos, los cuales constituyen sus señas de identidad y su razón misma de ser. Quizás fue la pervivencia de esos códigos la razón principal del interés mostrado siempre por Guénon hacia la Masonería, interés que, además, estaba plenamente justificado por el hecho de que ésta, lejos de encontrarse en pleno vigor, se hallaba sumergida en una profunda decadencia que la conducía de manera inexorable al borde de su desaparición como tal organización iniciática, y por tanto de ser completamente absorbida por el mundo profano.

En efecto, a principios de siglo, cuando Guénon comienza a escribir sus primeros artículos en la revista "La Gnose" (precisamente en la época en que recibe la iniciación islámica, la taoísta y la masónica), la Masonería estaba sufriendo la misma suerte que antaño corrieron otras organizaciones iniciáticas y tradicionales de Occidente, como fue el caso de la Orden del Temple y la Orden Rosa-Cruz, a las que más adelante nos referiremos. La incomprensión de que eran objeto los símbolos y los ritos por la mayoría de sus miembros era la causa principal de esa decadencia, que para Guénon ya comienza cuando a principios del siglo XVIII la Masonería pierde gran parte de su antiguo carácter operativo (heredado de los constructores y cofradías artesanales de la Edad Media) al hacerse predominante en ella lo "especulativo", que lejos de constituir, como señala el propio Guénon, "un progreso, implica, no una desviación propiamente dicha, sino una degeneración en el sentido de un aminoramiento, que consiste en la negligencia y el olvido de todo lo que es realización, porque es esto lo verdaderamente 'operativo'".2

Ese olvido sería entonces el verdadero origen de lo "especulativo" dentro de la Masonería (o de la preponderancia de éste en detrimento de lo operativo, pues ambos no tienen por qué excluirse, como no se excluyeron en la antigua Masonería, en donde lo especulativo se correspondía con la iniciación virtual y lo operativo con la realización efectiva), lo cual no quiere decir que ésta haya tomado definitivamente una forma "especulativa", pues esto significaría afirmar que sus símbolos son sólo "teoría", y no contuvieran, como de hecho contienen, los elementos necesarios para la realización espiritual. Como antes hemos dicho, lo "especulativo" es sólo un punto de vista, por otro lado insuficiente, por su carácter mental y reflejo, para efectuar el paso de la "potencia al acto", de lo virtual a lo efectivo, o como se dice en lenguaje masónico, para ir de las "tinieblas a la luz". Esto ha de quedar bien claro si se quiere comprender lo que para Guénon significaba realmente la Masonería, pues más allá del estado de degeneración en que, por las circunstancias que fuesen, se encuentra una organización iniciática, esto "no cambia nada de su naturaleza esencial, y asimismo la continuidad de la transmisión es suficiente para que, si circunstancias más favorables se presentaran, una restauración sea siempre posible, debiendo ser necesariamente concebida esta restauración como un retorno al estado 'operativo' ".3 Por ello él insistió, casi cada vez que abordaba el tema masónico, en señalar las diferencias existentes entre lo "operativo" y lo "especulativo", pues es ésta una cuestión de capital importancia que debe ser entendida claramente si se desea comprender la verdadera naturaleza de la iniciación masónica, o mejor aún, de la iniciación considerada en ella misma, al margen de la forma tradicional a través de la cual se exprese. Para Guénon lo "operativo" no es sinónimo de trabajo manual, ni tampoco de "práctica", sino más bien de trabajo interior, en el sentido alquímico del término, es decir de lo que el ser pueda hacer consigo mismo en vistas al cumplimiento de su propia realización espiritual, que es lo que realmente importa, no siendo el trabajo manual sino un soporte como otro cualquiera para efectuar dicha realización. No es entonces por casualidad que tanto la Masonería, como la tradición Hermética, también se denomine el "Arte Real", idéntico a la "Gran Obra" de la transmutación alquímica. Las "herramientas" de ese trabajo interior no son otras que los ritos y los códigos simbólicos, su práctica, estudio y meditación, pues ellos vehiculan las ideas de orden cosmogónico y metafísico cuyo conocimiento efectivo determinará el grado del desarrollo del ser y la vinculación con su Principio uno y eterno.

Sin embargo, si los símbolos y los ritos, o la energía espiritual que vehiculan y de la que son el soporte, no son "vivificados" por el Espíritu, esto es, si no actualizan y promueven la búsqueda del Conocimiento, que es en definitiva de lo que se trata, la iniciación masónica será tan sólo "virtual", y entonces sí que podrá llamarse "especulativa", pero no en ella misma, sino con respecto a quien así la considere. Es bastante probable que para la mayoría de masones de hoy en día su Orden no sea sino eso: "especulativa", o teórica, sin relación alguna, o en cualquier caso reducida al mínimo, con cualquier tipo de realización interior, que incluye el desarrollo de las posibilidades de orden universal y trascendente inherentes a la naturaleza humana. Pero la obra guenoniana va dirigida sobre todo a aquellos masones que realmente se entregan a la búsqueda del Conocimiento, esperando encontrar en los símbolos y ritos masónicos las enseñanzas y los métodos necesarios para hacer efectiva su iniciación. Es decir, a los que se sienten a sí mismos herederos de su legado tradicional, y se muestran receptivos a su mensaje, considerando que está vivo y que es actuante (y no una reliquia del pasado trasnochada y anacrónica), y además sabiendo con certeza, y esto es esencial, que dicho legado forma parte de la "cadena áurea" o Philosophia Perennis directamente emanada de la Tradición primordial.

Por consiguiente, es partiendo de una toma de conciencia de la verdadera universalidad de los símbolos y los ritos masónicos, que se puede acometer cualquier labor encaminada a recuperar, en la medida de lo posible, los elementos doctrinales que se han perdido, o han sido alterados, con el paso de lo operativo a lo especulativo. Y es en este punto preciso donde la obra de Guénon adquiere su verdadera función con respecto a la Orden masónica, ofreciéndole a esos masones vinculados con el Espíritu de su tradición las "líneas maestras" a partir de las cuales realizar esa labor restauradora. Si la obra que nos ha legado ha sido considerada como "providencial" para la Orden masónica es por una razón fundamental: porque restituye el sentido original de sus símbolos y sus ritos, que constituyen la doctrina y el método masónico respectivamente, integrándolos dentro de la Cosmogonía Perenne, afín a todas las formas tradicionales. De ahí también que cualquier tentativa que se haga para recuperar la "operatividad" de la simbólica masónica haya de pasar necesariamente por un conocimiento previo de aquella obra, en la que se encontrará todo lo imprescindible para que dicha tentativa dé sus frutos y se haga realidad, lo cual incluye, naturalmente, el conocimiento de otras tradiciones distintas a la Masonería, pero idénticas a ella en lo esencial. Esto es perfectamente normal e incluso necesario, pues admitiendo la universalidad y sacralidad de los códigos simbólicos de todas las tradiciones, aún vivas o ya desaparecidas, el conocimiento de dichos códigos es desde luego de una ayuda inestimable para comprender la propia simbólica masónica. La misma obra de Guénon es un ejemplo, e incluso un modelo, de lo que decimos, pues en ella constantemente se hace referencia a las relaciones, reciprocidad y correspondencia entre las diversas doctrinas tradicionales, en su identidad a través de sus símbolos, ritos y mitos, haciéndonos ver que todas esas doctrinas derivan, gracias precisamente a esa identidad, de una sola y única Doctrina o Tradición. Esa obra no es la de una individualidad (en todo caso ésta fue tan solo el soporte), sino la de una función tradicional, que Guénon "encarnó" por razones que nunca sabremos (ni tampoco importan demasiado), pues como se dice en las Escrituras "el Espíritu sopla donde quiere", cómo y a quién quiere. Y también que "los caminos del Señor son inescrutables". En lo que concierne a la doctrina puramente metafísica y a los símbolos fundamentales de la cosmogonía, Guénon fue un fiel intérprete de la Tradición, el más importante de nuestro siglo, y sus limitaciones en este caso eran las que le imponían el propio lenguaje humano, que como tantas veces él mismo dijo, se muestra incapaz, por su forma analítica y discursiva, de expresar en toda su amplitud las verdades universales, que son de orden supra-humano, y que por tanto sólo pueden ser aprehendidas mediante la "intuición intelectual", a cuyo despertar contribuye principalmente el símbolo y lo que él revela. Guénon no se cansó de repetir que el mensaje tradicional no es sistemático, es decir que no se presta a ningún tipo de clasificación racional y mental, pues el objeto mismo de ese mensaje es el mundo de las ideas y de los arquetipos, es decir de las posibilidades de concepción verdaderamente ilimitadas, que naturalmente están por encima de cualquier sistema o forma, que siempre tiende a la limitación más o menos estrecha.

Por tal motivo, Guénon consideraba muy importante la creación de logias centradas en la investigación de los símbolos y los rituales, para lo cual es imprescindible que los integrantes de esas logias posean conocimientos doctrinales lo suficientemente amplios y profundos para que dicha labor de los frutos apetecidos, y permita que lo que estaba "disperso" sea de nuevo "re-unido", lo que sería conforme a uno de los principios básicos de la Masonería, que consiste en "difundir la luz y reunir lo disperso". Podemos decir que la obra de Guénon, en la medida en que ella es la expresión de los principios e ideas universales, puede verse como esa "luz" clarificadora que la Masonería necesita como guía para remontar la curva descendente en que se encuentra en la actualidad. Y aquí queremos recordar aquella expresión hermética que afirma que "cuando todo parece perdido es cuando todo será salvado". Y aunque esta expresión se refiera a un determinado momento del proceso mismo de la iniciación, también se puede extrapolar al conjunto entero de una tradición, en este caso de una organización que precisamente es iniciática, que aunque en lo esencial ella siga siendo tan virginal como en sus orígenes (lo que hace posible que, a pesar de todo, continúe transmitiendo la influencia espiritual a quien esté capacitado para recibirla), sin embargo, en tanto que institución, está inevitablemente sumida al devenir del tiempo y su decadencia cíclica. En cierto modo, lo propio del hombre, peregrino en un país extranjero, es "errar" por la "rueda del mundo", mientras que la Tradición (lo que ella revela) se mantiene inalterable en el centro de esa misma rueda, a la que da vida y sentido.

Así pues, el papel que pudieran desempeñar esas logias sería fundamental para devolver a los símbolos y ritos masónicos su "operatividad", sabiendo de antemano que esto será así para un número muy reducido de masones, suficientes, por otro lado, para que la Masonería recobre nuevamente su "fuerza y vigor", por emplear una expresión masónica habitual. Este es uno de los casos en que la calidad (o cualidad) importa infinitamente más que la cantidad. Mas, para que dicha operatividad sea efectiva, esos estudios, lejos de limitarse al plano puramente teórico (esto es, "especulativo"), han de ser considerados por quienes los realizan como un soporte y formando parte integrante de su propio trabajo interno, condición ésta que es indispensable para que los resultados que se pretenden alcanzar estén apoyados en una base lo suficientemente sólida y fuerte, nacida del íntimo convencimiento de que la "intención" que los mueve está en conformidad con la herencia recibida de la Tradición.

Es evidente que dicha "intención", o voluntad, ha de tomarse aquí en su sentido etimológico preciso, esto es, como un "tender hacia" (de in tendere), o "tendencia" hacia la que se dirige u "orienta" todo el ser, lo cual equivale a seguir un orden en la dirección ascendente que señala el "Eje del Mundo", comunicando a ese ser con su Principio, que en la Masonería recibe el nombre de Gran Arquitecto del Universo. De hecho la palabra iniciación, del latín in ire, no quiere decir sino 'entrada' o 'comienzo', y está ligada a la idea de emprender un camino: el camino del Conocimiento. En El Rey del Mundo, Guénon aclara la representación simbólica de esa intención u orientación ritual: "ésta, en efecto, es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, que, cualquiera que sea, es siempre una imagen del verdadero Centro del Mundo". Podrían aplicarse aquí estas palabras del Evangelio, que, además, forman parte de ciertos rituales masónicos: "Buscad y encontraréis; pedid y recibiréis; llamad y se os abrirá". Ha de existir entonces un verdadero "compromiso" adquirido con el Espíritu de la Orden masónica para que lo "virtual" pase a ser efectivo y se convierta en una realidad permanente; que lo potencial, en fin, se actualice, y permita que el hombre se encuentre y se conozca a sí mismo en el cumplimiento de su verdadero destino. Dicho compromiso lo constituye el "lazo" iniciático, mediante el cual el ser, ligándose con la Tradición, asume, o va asumiendo gradualmente (de aquí la idea de grados), que ella y él son una sola cosa, es decir que el mensaje por la Tradición vehiculado se identifica con el que lo recibe, y viceversa. Sólo entonces la Masonería, su mensaje o transmisión,4 podrá ir revelando su contenido y promover la efectiva realización interior, justificando así el sentido de su propia existencia como organización iniciática.

Esta idea aparece con frecuencia en Guénon, sobre todo en sus dos libros que tratan específicamente sobre la iniciación: Aperçus sur l'Initiation e Initiation et Réalisation Spirituelle. Estos volúmenes tienen un valor inapreciable para conocer la verdadera naturaleza de la iniciación, pues en ellos se exponen los principios fundamentales que estructuran su proceso, y para los masones en particular constituyen sin duda una guía doctrinal que les permite recuperar una enseñanza que formaba parte integrante de la antigua Masonería operativa. Las ideas que allí se desarrollan son, por tanto, un complemento perfecto a los estudios de los símbolos y un medio efectivo para comprender en profundidad el sentido de los ritos y sus prácticas, vehículos y soportes, volvemos a repetir, de la influencia espiritual.5

Para Guénon, el lazo iniciático no es otra cosa que la recepción de esa influencia, que siendo de orden estrictamente espiritual y metafísico es siempre idéntica a sí misma, inmutable y eterna, cualesquiera sean los vehículos simbólicos y las formas tradicionales a través de los cuales se manifieste. Dicho lazo se refiere, empleando un término hindú, al sûtrâtmâ, o "hilo de Âtmâ", el hálito del Espíritu que liga entre sí a los múltiples estados del ser, y a todos ellos con su Principio, que es su identidad más profunda y real. En este sentido, debemos recordar que algunos de los antiguos manuales masónicos comenzaban con la siguiente serie de preguntas y respuestas: "¿Qué lazo nos une?".- "Un secreto".- "¿Cuál es este secreto?".- "La Masonería". Esto quiere decir, entre otras cosas, que la Masonería es ella misma un "secreto", o un "misterio", conservado en su núcleo más íntimo por encima de la forma específica que necesariamente adquiere una organización tradicional, y que dicho secreto es inviolable por su propia naturaleza espiritual, no teniendo nada que ver con el "secretismo" propiciado por las sectas ocultistas, pseudo-iniciáticas y similares. Secreto o misterio que únicamente puede ser conocido por quienes se entregan a él, pues como se dice en el Zohar, "la Sabiduría sólo se revela a quien la ama".

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Abundando en lo dicho, Guénon señala6 la similitud que existe entre las palabras "secreto" (secretum) y "sagrado" (sacratum), añadiendo que "se trata, tanto en uno como en otro caso, de aquello que está puesto aparte (secernere), reservado, separado del dominio profano". Y prosigue: "igualmente el lugar consagrado es llamado templum, cuya raíz tem (que se reencuentra en el griego temnô, cortar, separar, de donde temenos, recinto sagrado) expresa también la misma idea; y la 'contemplación' se vincula aún a esta idea por su carácter estrictamente 'interior' ". Estas palabras nos llevan a considerar el papel fundamental que en la tradición masónica desempeña la Logia, el Templo o "recinto sagrado" que según la fórmula ritual ha de estar "a cubierto", esto es "separado" y "puesto aparte" de la realidad relativa, y por tanto ilusoria, del mundo profano, significando esta palabra, profano, lo que literalmente está "fuera del templo" (profanum). Pero además, la Logia, el Templo masónico, representa una verdadera síntesis del orden universal (de la Cosmogonía), y por consiguiente un modelo simbólico sumamente importante cuya estructura el masón ha de conocer perfectamente, formando así parte integrante de la propia enseñanza iniciática.

La Logia es consubstancial a la Orden masónica, pues no se debe olvidar que los orígenes de la misma se remontan a la construcción del Templo de Jerusalén, o de Salomón, al que la propia Logia reproduce en su esquema esencial. Además, es en la Logia, dentro del "recinto sagrado", donde se cumplen todos los trabajos rituales, y este es el motivo de que la Logia también sea considerada como un "Taller", recuerdo sin duda alguna de los tiempos operativos, pero que continúa siendo un término todavía válido para quienes la iniciación y su proceso es el exacto equivalente del "Arte Real" o "Gran Obra". En efecto, Guénon afirmó en varias ocasiones que lo más importante en Masonería es la ejecución del ritual, que es el verdadero trabajo masónico, en primer lugar porque el rito no es sino el propio símbolo en acción, y por tanto no está separado de la idea que conforma al símbolo: es esa misma idea manifestándose, y es por eso que es el vehículo de transmisión de la influencia espiritual o supra-individual. Y en segundo lugar, y como consecuencia de ello, porque esa acción está realizada siempre conforme al orden, es decir conforme a las propias leyes del cosmos, pues esta palabra, cosmos, en griego significa precisamente "orden", que es por cierto la traducción exacta del sánscrito rita, idéntica evidentemente a la palabra rito.7 Cosmos, orden y rito (es decir el símbolo en acción) son entonces tres términos equivalentes, de ahí la necesidad de que el gesto ritual sea ejecutado lo más perfectamente posible, porque de esta manera se entra en correspondencia directa con la Armonía universal.8

La Masonería misma se identifica y es una con esa Armonía, y para sus miembros ella es "la Orden", entendida claro está, como sinónimo del propio Orden cósmico, como si, efectivamente, no fuera sino una emanación directa de él. Naturalmente esto no es privativo sólo de la Masonería, pues lo mismo podría decirse de todas las organizaciones iniciáticas y tradicionales. Pero en la Masonería, por el hecho de derivar de una tradición de constructores, que entendían el cosmos como una arquitectura, y la arquitectura como una imitación del modelo cósmico, esa relación con el orden universal se hace más evidente y está en su propia razón de ser. Además, la denominación de Gran Arquitecto dado al principio espiritual bajo la inspiración del cual se realizan todos los trabajos y ritos masónicos, es motivo más que suficiente para que no quepa la menor duda al respecto. Y es ese Principio, que Guénon identifica con el Viswakarma hindú, o el "Espíritu de la Construcción Universal",9 el que es trasmitido, o al menos su germen o semilla virtual, en el rito de la iniciación masónica, y el que está "presente" siempre en la ejecución del rito cuando éste, como se ha dicho antes, es una "acción hecha conforme al orden". Ese espíritu se concibe como una "luz", y el desarrollo del germen espiritual implantado por la influencia iniciática, se verá como una "iluminación" progresiva de la conciencia humana,10 iluminación que es análoga "a la vibración original del Fíat Lux que determina el comienzo del proceso cosmogónico por medio del cual el 'caos' de las posibilidades será ordenado para devenir el 'cosmos' ". La "iluminación" iniciática, que es un "segundo nacimiento", opera entonces el mismo efecto en el ser que la acción de la Palabra o Verbo divino al proyectar el Fíat Lux en el caos o matriz primigenia, de donde nace igualmente el mundo. Dicho caos, Guénon en cierto modo lo asimila a las "tinieblas exteriores" del estado profano, de donde procede el recipiendario antes de su entrada en el Templo, entrada que será para él, en efecto, un pasaje "de las tinieblas a la luz". Existe, por tanto, todo un conjunto de correspondencias y analogías entre el proceso cosmogónico y el proceso iniciático, "y así la iniciación es verdaderamente, según un carácter por otro lado muy general de los ritos tradicionales, una imagen de 'lo que ha sido hecho en el comienzo' ".11

Según ese "carácter general", además del rito propiamente iniciático, la "imagen de lo que ha sido hecho en el comienzo" la Masonería la repite en el ritual de apertura de la Logia, apertura que es sin duda alguna un acto cosmogónico, y por consiguiente una fuente de enseñanza simbólica inestimable para entender el sentido de la propia iniciación.12 En efecto, hasta el momento de su apertura la Logia permanece en "tinieblas", o en un "caos" potencial que será progresivamente "iluminado" y "ordenado" por la acción del rito, acción que determinará la creación de un espacio y un tiempo sagrados, pues la energía del símbolo habrá sido plenamente actualizada, pasando a ser la Logia entonces "un lugar muy iluminado y muy regular", expresión masónica que se ha seguido conservando, y de la que Guénon dice que representa "un recuerdo de la antigua ciencia sacerdotal que regía la construcción de los templos".13 Dicha ciencia es la Geometría, a la que los operativos identificaban con la Masonería misma, pues el arte de la construcción, esto es la arquitectura, constituye el desarrollo de las ideas contenidas en las formas geométricas, entendidas éstas en su aspecto puramente cualitativo, que es el que siempre ha tenido en la Masonería y en todas las tradiciones. No es entonces por casualidad que en ésta el Gran Arquitecto reciba también el nombre de "Gran Geómetra del Universo".

En efecto, la geometría es la ciencia masónica por excelencia,14 estrechamente relacionada con la ciencia de los números, pues la geometría es realmente el cuerpo del número, pero el número considerado no como cifra, que sólo sirve para el cómputo cuantitativo, sino como ideas de orden metafísico que al manifestarse organizan la Inteligencia o estructura invisible del cosmos, generando su dinámica interna o Alma universal, y con ella el Rito cósmico y la posibilidad de la vida bajo todas las formas en que ésta se expresa. Hablar de número es hablar, como pensaban los pitagóricos, de una energía o fuerza en acción, de un poder divino que al plasmarse en la substancia receptiva del mundo y del hombre la actualiza y la hace inteligible, esto es, la ordena al conjugar y armonizar sus partes dispersas. Y ya que hablamos de los pitagóricos (cuya herencia afirma Guénon pasó a la Masonería medieval a través de los Collegia Fabrorum romanos), debemos decir que para ellos el Dios geómetra era el propio Apolo hiperbóreo, Dios de la Luz primigenia del que Platón dice que "geometriza siempre", pues con sus rayos luminosos "mide" la totalidad de la manifestación universal, extrayendo el cosmos del caos.

En este sentido, Guénon nos dice en el tercer capítulo de El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, titulado "Medida y manifestación", que esos rayos equivalen a las middoth de la Cábala (que significan precisamente "medidas" en hebreo), asimiladas a los atributos y nombres divinos, "afirmándose que Dios creó los mundos gracias a ellas, lo que por otra parte se relaciona precisamente con el simbolismo del punto central y de las direcciones del espacio. También podríamos recordar a este respecto la frase bíblica en la que se afirma que Dios ha 'dispuesto de todas las cosas en número, peso y medida' ".15 Según esto la manifestación corpórea, o el mundo físico, debe tomarse como un símbolo de toda la manifestación universal, pues de otra manera ésta (la manifestación universal) dejaría de ser representable, es decir que no se podría simbolizar de ninguna manera, lo cual evidentemente es imposible, pues la ley de analogía y de correspondencia (ley que constituye la clave del símbolo) actúa en todos los niveles y planos de la manifestación, relacionándolos unos con otros, generando así el discurso de la existencia. El propio pensamiento humano es analógico, y es precisamente esa cualidad la que le permite acceder y comprender, a su nivel correspondiente, las realidades superiores.

Es entonces por eso que el espacio físico se toma como un símbolo del propio orden cósmico, y ese espacio es realizado y medido en toda su extensión por las seis direcciones, equivalentes simbólicamente a las middoth o atributos divinos y a los "rayos luminosos" del Apolo hiperbóreo, todos ellos partiendo de un centro, que en el caso de la representación geométrica es un punto, y en el mundo espiritual es el "Corazón o Centro del Mundo", es decir Dios mismo o la Unidad primordial. La Logia, que es, volvemos a repetir, una imagen del cosmos, no se "actualiza" hasta el momento en que se "encienden las luces", las cuales, efectivamente, la hacen pasar de las "tinieblas a la luz". Todo esto es importantísimo en el simbolismo masónico, al que, como estamos intentando explicar aquí, Guénon ha restituido su auténtica dimensión iniciática y esotérica. El mismo nos dice en un capítulo de Los símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, concretamente en "El simbolismo solsticial de Jano", que la estructura de la Logia está formada a partir de la cruz de tres dimensiones, dimensiones cuya "longitud es 'de Oriente a Occidente'; su anchura, 'de Mediodía a Septentrión'; su altura, 'de la Tierra al Cielo' (el Cenit); y su profundidad, 'de la superficie al centro de la Tierra' (el Nadir). Por otra parte, continúa Guénon, se dice que 'en la Logia de San Juan (así es como se denomina a la Logia masónica) se elevan templos a la virtud y se cavan mazmorras para el vicio';16 estas dos ideas de 'elevar' y 'excavar' se refieren a las dos dimensiones verticales, altura y profundidad, que se cuentan según las mitades de un mismo eje que va del 'cenit al nadir', tomadas en sentido mutuamente inverso; esas dos direcciones opuestas corresponden, respectivamente, a sattwa y a tamas (mientras que la expansión de las dos dimensiones horizontales corresponde a rajas), es decir a las dos tendencias del ser, hacia los Cielos (el templo) y hacia los Infiernos (la mazmorra)". Como se dice en los manuales de instrucción masónica (cuya lectura y meditación Guénon recomendaba practicar asiduamente como apoyo al trabajo interior), esas dimensiones prueban que la Masonería es universal, y por tanto también la Logia, que al ser "iluminada" por la luz que está en su interior (luz despertada y vehiculada por el rito), ha sido "abierta" a las influencias espirituales, quedando constituida según el modelo del cosmos. Esas direcciones, en efecto, determinan tres espacios simbólicos análogos a los tres planos cósmicos: el Inframundo, la Tierra y el Cielo, los que a su vez se relacionan con los tres grados iniciáticos de aprendiz, compañero y maestro, respectivamente. Por tanto, si como se afirma en los rituales, la Logia es "justa y perfecta", es, entre otras razones, porque ella refleja el equilibrio y la armonía universal, y porque la seis direcciones de la cruz tridimensional más su centro suman siete, al que todas las tradiciones consideran como el número cosmogónico por antonomasia; con él se acaba la creación y se resume en sí misma como nos indica el Génesis, y es al mismo tiempo el número de los planetas tradicionales, y el de las siete sefiroth de "construcción cósmica" del Arbol de la Vida cabalístico.

La cuestión del sentido cualitativo de las direcciones del espacio Guénon la aborda muchas veces a lo largo de su obra, pero muy especialmente en El simbolismo de la cruz, que es un libro de una importancia capital para quien le interese conocer la ciencia de la geometría desde el punto de vista tradicional y sagrado, y desde luego para los masones realmente interesados en el conocimiento de su Orden debe representar unos de los textos fundamentales de investigación simbólica, supliendo así, en gran medida, la carencia doctrinal en que vive sumida la Masonería desde hace ya varios siglos.17 Aquella frase que estaba en el frontispicio de entrada a la escuela platónica: "Que nadie entre aquí si no es geómetra", podría estar perfectamente en la entrada al templo masónico, pues como dice Guénon las enseñanzas que en esa escuela se impartían no podían "ser comprendidas verdadera y efectivamente más que por una 'imitación' de la actividad divina", lo que en lenguaje masónico equivale al cumplimiento de los planes "trazados" por el Gran Arquitecto o Gran Geómetra del Universo.

Sobre estos planes, y su cumplimiento efectivo en el ser, veamos qué nos dice Guénon en el cap. XXXI de Aperçus..., titulado "De la enseñanza iniciática": "En el fondo si todo proceso iniciático presenta en sus diferentes fases una correspondencia, ya sea con la vida humana individual, ya con el conjunto de la manifestación vital misma, particular o general, 'microcósmica' o 'macrocósmica', ésta se efectúa según un plan análogo al que el iniciado debe cumplir en sí mismo, para realizarse en la completa expansión de todas las potencias de su ser. Se trata siempre y en todo lugar de los planes correspondientes a una misma concepción sintética, de tal manera que ellos son principialmente idénticos, y, aunque son diferentes e indefinidamente variados en su realización, proceden de un 'arquetipo' único, plan universal trazado por la Voluntad suprema que es designada simbólicamente como el 'Gran Arquitecto del Universo'.

"Así pues, todo ser tiende, conscientemente o no, a realizar en sí mismo, por los medios apropiados a su naturaleza particular, aquello que las formas iniciáticas occidentales, apoyándose sobre el simbolismo 'constructivo', denominan el 'plan del Gran Arquitecto del Universo', y a concurrir por ello, según la función que le pertenece en el conjunto cósmico, a la realización total de ese mismo plan, el cual no es en suma sino la universalización de su propia realización personal. Es en este punto de su desarrollo, cuando un ser toma realmente conciencia de esta finalidad, que comienza para él la iniciación efectiva, que debe conducirle por grados, y según su vía personal, a esta realización integral, que se cumple, no en el desarrollo aislado de ciertas facultades especiales, sino en el desarrollo completo, armónico y jerárquico, de todas las posibilidades implicadas en la esencia de este ser".

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Estas sucintas indicaciones acerca del rito y de la Logia masónica queremos pensar que han servido por lo menos para formarnos una idea de por qué Guénon consideraba a la Masonería como una organización iniciática que continúa conservando los elementos simbólicos necesarios para transmitir una influencia espiritual, cuyo desarrollo en el interior del ser conduce al conocimiento de la cosmogonía y de él mismo como integrado dentro de ella, y a partir de ahí alcanzar el estado no-condicionado de la Unidad metafísica, que por ser tal está "más allá" (por decirlo de alguna manera) del dominio cósmico e individual.

Pero hasta ahora apenas hemos hablado de su estructura iniciática según las enseñanzas que a este respecto nos transmite la obra guenoniana. Para Guénon, lo repitió multitud de veces, la Masonería propiamente dicha es la de los tres primeros grados: aprendiz, compañero y maestro, que son los que están directamente relacionados con la iniciación de oficio. La efectiva realización de estos grados (de las enseñanzas que contienen) conducen al cumplimiento de los "pequeños misterios", que son los misterios de la cosmogonía y del hombre, y cuyo conocimiento es plenamente actualizado en el grado de maestro "puesto que la realización completa de éste implica la restauración del estado primordial", al que conducen precisamente los "pequeños misterios".18

En lo que respecta a los llamados "altos grados", Guénon distingue "de una parte, aquellos grados que tienen un lazo directo con la Masonería, y, de otra, aquellos grados que pueden ser considerados como representando vestigios o recuerdos, venidos a injertarse en la Masonería, o a 'cristalizarse' de alguna manera en torno a ella, de antiguas organizaciones iniciáticas distintas de la Masonería". Esas organizaciones iniciáticas a las que se refiere Guénon son especialmente la Orden del Temple y la Orden hermético-cristiana de la Rosa-Cruz, parte de cuya herencia simbólica ha "cristalizado" efectivamente en varios altos grados masónicos, sobre todo en los pertenecientes a la Masonería Escocesa. Con respecto a esos altos grados, Guénon señala que "habría mucho que decir sobre este papel 'conservador' de la Masonería, y sobre la posibilidad que este papel le da de suplir en una cierta medida la ausencia de iniciaciones de otro orden en el mundo occidental actual". Esto es muy importante, por diversas razones, entre ellas porque desautoriza completamente y niega cualquier valor real a esas organizaciones pseudo-iniciáticas que hoy en día se dicen templarias o rosacrucianas. Pero sobre todo porque esa función conservadora y receptiva la convierte en una especie de "arca" que ha concentrado en su seno la herencia tradicional de Occidente, lo cual ha sido posible, entre otras cosas, porque la Masonería no tiene una forma religiosa que pudiera derivar por degradación en un dogmatismo excluyente, sino que al ser una organización iniciática está por ello mismo abierta a cuantas doctrinas tradicionales de carácter igualmente iniciático han entrado o pudieran entrar en contacto con ella. En los tiempos que estamos viviendo, donde numerosos signos anuncian el final de un ciclo, ese papel conservador de la Orden masónica no deja de tener sin duda alguna su importancia y su trascendencia.19

Así pues, es en la Masonería actual, y en algunos de sus altos grados concretamente, donde se ha depositado lo que se pudo conservar de la Orden del Temple y de la Rosa-Cruz. Que éstas hayan desaparecido como formas iniciáticas, no quiere decir que su espíritu no haya permanecido de alguna manera latente y en estado germinal, y si es así, es en la Masonería donde se le podría hallar. En fin, es éste un tema desde luego muy interesante, pero que lógicamente no podemos desarrollar en estos momentos. Nos remitimos, eso sí, a varios estudios que Guénon escribió enteramente, o en parte, sobre el tema, a saber: "Los altos grados masónicos", "Palabra perdida y nombres substituidos" y "Heredom", todos ellos incluidos en el volumen II de Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage; en Initiation et Réalisation Spirituelle, ver el capítulo titulado "Realización descendente y ascendente"; en Aperçus sur L'Initiation, el que lleva por nombre "Sobre dos divisas iniciáticas"; en Símbolos Fundamentales..., "La salida de la caverna cósmica"; así como algunos capítulos de El esoterismo de Dante.

Entre los altos grados que como dice Guénon tienen un lazo directo con la Masonería de oficio él estuvo particularmente interesado en el de Royal Arch (o Arco Real), perteneciente al Rito inglés de Emulación.20 De este grado nos dice que "es como el nec plus ultra de la iniciación masónica... el único que debe ser tomado como estrictamente masónico propiamente hablando, y donde el origen operativo no ofrece ninguna duda: es, de cualquier forma, el complemento normal del grado de Maestro, con una perspectiva abierta sobre los 'grandes misterios'", es decir sobre lo supra-cósmico y lo metafísico. De aquí que, como menciona Guénon en La Gran Tríada (otra de sus obras en que se hacen numerosas referencias al simbolismo masónico, y también hermético-alquímico, en correspondencia con la cosmogonía extremo-oriental), en la Masonería anglosajona se haga una distinción entre lo que se denomina la "Square Masonry" (la Masonería de la Escuadra) y la "Arch Masonry" (la Masonería del Arco). La escuadra y el arco se relacionan evidentemente con las figuras geométricas del cuadrado y del círculo, y ambas son los símbolos respectivos de la Tierra y del Cielo, representados precisamente en la Masonería por la escuadra y el compás, sus dos emblemas tal vez más característicos.

La escuadra y el compás se refieren a los misterios de la cosmogonía, que son los misterios de la Tierra y del Cielo, y también del hombre como síntesis nacida de la unión entre ambos. Pero en el simbolismo masónico, la escuadra, que sirve para trazar figuras rectilíneas, y por tanto vinculadas a lo terrestre, está puesta en relación con los tres primeros grados (los que conforman la "Square Masonry"), mientras que el compás, que sirve a su vez para trazar las figuras circulares, y por consiguiente vinculadas a lo celeste, está más bien en relación con la Masonería del Arco, y en los grados de otros Ritos masónicos de alguna manera semejantes a ella. La escuadra está directamente ligada con la construcción y la obra de la cosmogonía, en la que también intervienen la perpendicular (o plomada) y el nivel. Esta es la razón de que el distintivo del Venerable de una Logia (llamado en los antiguos rituales el "Maestro de la Logia", porque él es el representante de dicho grado tanto en una Logia que trabaja en grado de aprendiz como de compañero) sea una escuadra, que es la unión precisamente de la perpendicular y el nivel, esto es de la vertical y la horizontal, cuya interacción generan permanentemente la vida universal. Sin embargo el compás está más bien vinculado con el "acabamiento" y "perfección" de dicha obra, perfección que desde luego ya está implícita en el grado de maestro, pero que adquiere su desarrollo completo en el grado complementario de Royal Arch. En este sentido, y como dice Guénon, "si el grado de Maestro fuera más explícito, y también si todos aquellos que son admitidos estuvieran verdaderamente cualificados, es en su interior mismo que estos desarrollos deberían encontrar su lugar, sin que sean necesarios otros grados nominalmente distintos de aquel". Que esos otros grados sean necesarios hoy en día para cumplimentar toda la enseñanza iniciática contenida en el grado de maestro, en nada disminuye el significado simbólico de lo que este grado en el fondo representa, que es, como antes hemos dicho, la restauración del estado primordial, o del "hombre verdadero" como se dice en el Taoísmo, el cual no es sino el reflejo del "hombre transcendente", esto es, del propio Gran Arquitecto del Universo. Tengamos en cuenta que la restauración de ese estado es al mismo tiempo la recuperación de la "Palabra perdida", que es el fin que persigue todo el trabajo masónico, y que esa recuperación no es otra cosa que restablecer la comunicación con el "Centro Supremo" o la Tradición primordial, "porque esta Tradición no es sino una con el conocimiento mismo que está implicado en la posesión de este estado".21 Tal vez todo esto lo veamos con mayor claridad si lo trasladamos al simbolismo constructivo, que es el modelo del que la iniciación masónica extrae lo esencial de su enseñanza. Y para hacerlo nada mejor que acudir a aquellos artículos de Los Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada que han sido reunidos bajo el título general de "Simbolismo constructivo", y de esos artículos concretamente los que llevan por título "El simbolismo de la cúpula" y "La piedra angular", puesto que en ellos se señalan ciertos aspectos simbólicos del ritual de Royal Arch.

En efecto, es llegado al grado de maestro, que en el simbolismo constructivo se corresponde con la piedra fundamental situada en el centro mismo del plano cuadrangular del templo (cuadrángulo que simboliza a la Tierra), que se produce el pasaje de la "escuadra al compás", o del "cuadrado al círculo", esto es, de la Tierra al Cielo, el cual está representado por la cúpula semiesférica,22 situada lógicamente en la parte superior del edificio, en cuya sumidad se encuentra la "clave de bóveda", sobre la que se dispone la piedra angular. Esta, debido a su forma, no halla su ubicación en el templo hasta que finaliza la construcción misma, a la que la piedra angular literalmente "corona" al situarse en su ápice o punto más alto, es decir, en su Cenit. La piedra angular es, como dice Guénon, el símbolo de la Unidad metafísica, de la que toda la construcción depende y de la que no es sino un reflejo, como lo es la propia manifestación universal del Principio in-manifestado. De esa clave de bóveda parte un eje o pilar invisible hacia el centro mismo del templo, donde se encuentra la piedra fundamental (que corresponde al altar en la simbólica cristiana), la cual aparece, en efecto, como el reflejo de la piedra cimera, proyectándose a su vez en las cuatro piedras situadas en cada uno de los ángulos de la base, las que "sostienen" y sobre las que se apoya toda la construcción. Esta se levanta toda entera alrededor de ese eje, que es verdaderamente el símbolo del Eje del Mundo, y es él el que posibilita que una vez llegado al centro o altar se produzca ese pasaje o "exaltación" (así se llama exactamente la ceremonia de admisión al grado de Royal Arch) que conduce hasta la clave de bóveda, que como su propio nombre indica es una "clave" o "llave" que abre la "puerta estrecha" por donde se produce la salida definitiva de la construcción cósmica, hacia los estados supra-individuales y metafísicos, y con ellos a la Identidad Suprema y a la Liberación, objetivo, si así pudiera decirse, de todo el proceso iniciático.


NOTAS
1 Es el Sanâtana Dharma de la tradición hindú, equivalente al "Evangelio Eterno". A éste podrían aplicarse las palabras de Cristo: "Los cielos y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán jamás".
2 Aperçus sur L'Initiation, cap. XXIX, "Operativo y especulativo".
3 Ibid. Guénon suministra también otros datos que contribuyen sin duda a entender las razones del nacimiento de la Masonería especulativa, como el hecho de que los miembros (Anderson a la cabeza) que integraban las cuatro logias inglesas que en 1717 fundaron la Gran Logia de Inglaterra, no habían "recibido la totalidad de los grados 'operativos', lo que explica la existencia, al comienzo de la Masonería 'moderna', de ciertas lagunas que fue necesario cubrir seguidamente, lo que no pudo hacerse más que por la intervención de los supervivientes de la Masonería 'antigua', mucho más numerosos todavía en el siglo XVIII de lo que creen generalmente los historiadores". En otro lugar ("Heredom", en Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage t. II) Guénon señala que esos masones sólo habían alcanzado el grado de compañero, con lo cual estaban privados de un conocimiento pleno de la iniciación masónica, únicamente otorgado mediante el acceso al grado de maestro. Les faltaban, por consiguiente, la legitimidad necesaria para adaptar los rituales masónicos a las nuevas condiciones cíclicas que se estaban produciendo en aquella época, adaptación que sólo era posible realizar partiendo del respeto a los antiguos usos y costumbres, no de su olvido, o en cualquier caso de su manipulación, en beneficio de una concepción de la Masonería más moral y comprometida con los acontecimientos exteriores del mundo profano que verdaderamente iniciática y tradicional. Guénon hace asimismo notar cómo Anderson destruyó sistemáticamente todos cuantos documentos de la antigua Masonería cayeron en sus manos, especialmente aquellos en que se evidenciaba la filiación masónica al esoterismo hermético-cristiano, en el que era sumamente importante el simbolismo de la Santa Trinidad, lo que evidentemente no cuadraba en la mentalidad de un pastor protestante como era Anderson (ver a este respecto "A propósito de los signos corporativos", ibid.). Por ello mismo, las "lagunas" de que habla Guénon se dieron sobre todo en los grados superiores de la Masonería operativa, incluido el grado de maestro, que naturalmente, estaba ausente entre los que fundaron la Gran Logia de Inglaterra. Y fueron esos grados los que debieron restituir, en la medida de lo posible, los "supervivientes" que permanecieron fieles a su herencia tradicional.
4 Tradición y transmisión proceden ambas del latín tradere, por lo que equivalen exactamente a lo mismo.
5 En la Masonería, por su propia constitución heredada de una tradición artesanal y de oficio, el trabajo colectivo desempeña un papel fundamental como soporte para la realización del Conocimiento. En este sentido, y para saber lo que Guénon pensaba al respecto recomendamos el estudio de los capítulos X y XXIII de Initiation et Réalisation Spirituelle, llamados respectivamente "Sobre la 'glorificación del trabajo' " y "Trabajo iniciático colectivo y 'presencia' espiritual" (este último ha sido traducido en el nº 7 de SYMBOLOS ). En ellos se dan todas las indicaciones pertinentes sobre la verdadera naturaleza de la influencia espiritual que inspira y guía el trabajo colectivo tal cual se practica, o debería practicarse, en la Masonería.
6 Aperçus..., cap. XVII.
7 "Los ritos iniciáticos" y "El rito y el símbolo", Ibid.
8 Esta es una de las razones por las que la asistencia periódica a la Logia es uno de los principales deberes de un masón.
9 Ver "Maçons et charpentiers", en Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage II. En el mismo volumen, en el artículo "A propos du Grand Architecte de L'Univers", Guénon también asimila al Gran Arquitecto con el Adam Kadmon de la Cábala y el Hombre Universal del sufismo islámico. También es muy significativo lo que dice acerca del hierograma del Gran Arquitecto (formado por el Tetragrama Iod, He, Vau, He, el nombre inefable de Dios) y el de Allah, constituido por otro Tetragrama "cuya composición jeroglífica designa netamente el Principio de la Construcción Universal", añadiendo en nota "que las cuatro letras que forman en árabe el nombre de Allah equivalen respectivamente a la regla, a la escuadra, al compás y al círculo, éste último siendo sustituido por el triángulo en la Masonería de simbolismo exclusivamente rectilíneo".
10 "En tu luz vemos la luz", Salmos, 36, 10.
11 Aperçus... cap. XLVI, "Sobre dos divisas iniciáticas".
12 El ritual de apertura de la Logia se complementa con el ritual de clausura o cierre de la misma. Esto se simboliza con el "apagado de las luces", que se concentran así en el punto primordial de donde manaron. Este doble movimiento de expansión (apertura) y concentración (clausura), es análogo al espir y aspir, creación y disolución generadas por el ritmo (rito) universal.
13 El Rey del Mundo, cap. III.
14 En la Masonería operativa la geometría era la "quinta" ciencia, pues ella ocupa el quinto lugar en la enumeración de las siete artes liberales. Ver a este respecto "La letra G y el Svástica", en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada.
15 Número, peso y medida se corresponden con los pilares masónicos de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza.
16 Sobre la teoría hindú de los tres gunas (tamas, rajas y sattwa)El simbolismo de la Cruz. También el cap. VIII de La Rueda, una imagen simbólica del cosmos, de Federico González. remitimos al cap. V de
17 En esta obra Guénon recoge algunas enseñanzas del esoterismo islámico y de la tradición hindú relativas a la metafísica de la geometría que pudieran ser de gran utilidad para la investigación en profundidad del simbolismo masónico.
18 Una de las figuras más representativas de la estructura simbólica de los tres grados iniciáticos, de la Masonería o de cualquier otra tradición, es la del "triple recinto druídico", al que Guénon dedica un estudio en el cap. X de Los Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Allí se dice que "el sentido de las cuatro rectas dispuestas en forma de cruz que vinculan entre sí los tres recintos se hace inmediatamente bien claro: son por cierto canales, por medio de los cuales la enseñanza de la doctrina tradicional se comunica de arriba abajo, a partir del grado supremo que es su depositario, y se reparte jerárquicamente a los demás grados". Está claro que esos tres recintos se corresponden perfectamente, de ad intra a ad extra, con las tres Cámaras masónicas de maestro, compañero y aprendiz, respectivamente.
19 Sobre todo esto consultar la obra de Denys Roman René Guénon et les destins de la Franc-Maçonnerie, Ed. Les Editions de L'Oeuvre. También, y en lo que se refiere al simbolismo masónico en general, consultar las obras Simbolismo Masónico y Tradición Cristiana, de Jean Tourniac (Ed. Dervy-Livres), Los Números en la Tradición Pitagórico-Masónica, de Arturo Reghini (Ed. Arché, Milano). En la actualidad, y en contraste con la época de Guénon, existen numerosos autores que abordan el simbolismo masónico desde una perspectiva tradicional, y pensamos que ello es debido, en gran parte, a la influencia de la obra guenoniana.
20 Este grado es quizás el que ha conservado con más pureza la herencia del esoterismo judeo-cristiano en la Masonería. Su nombre completo es "Santo y Real Arco de Jerusalén", y su simbolismo gira en torno precisamente al Templo de Jerusalén o de Salomón, que aunque está presente en todos los grados masónicos, es en este, y el equivalente a él en los altos grados de otros Ritos, donde se revela su significación profunda. Así lo atestiguan los símbolos distintivos de este grado, en los que aparece un círculo, dentro del cual se inscribe un triángulo, en cuyo interior aparece la "Triple Tau" (en alusión a los tres templos, que en realidad son uno solo: el de Salomón, el reconstruido por Zorobabel y aquel "que no es hecho por manos de hombre", es decir Cristo mismo), pero dispuesta de tal manera que aparecen las iniciales de Templum Hierosolimitano, el Templo de Salomón.
21 "Palabra perdida y nombres substituidos". De ahí que una Logia que trabaja en grado de maestro se denomine precisamente la "Cámara del Medio", pues ella es como una imagen del Centro o Corazón del Mundo.
22 El templo cristiano tiene normalmente la forma de una cruz latina, realizada por las seis caras de un cubo rebatidas sobre el plano de la base. Guénon dice en "El simbolismo de la cúpula", que este punto está expresamente indicado en el simbolismo del Royal Arch, y añade que "la cara de la base, que naturalmente permanece en su posición primitiva, corresponde entonces a la parte central por encima de la cual se eleva la cúpula".
René Guénon y la Masonería

RENE GUENON, MAESTRO MASON

Mª ANGELES DIAZ

Hablar de René Guénon como Maestro Masón puede parecer una parcialidad desde un punto de vista, dado que al mismo tiempo que poseía la iniciación masónica también tenía la islámica, la taoísta, así como conocimientos profundos de las doctrinas hindúes, de la cábala, el cristianismo y otras ramas de la Tradición Unánime. Sin embargo no es una parcialidad si tenemos en cuenta que, como Maestro de la Ciencia Sagrada, es decir de la Filosofía Perenne, su obra está fundamentada en los mismos Principios Universales de los que emana la propia Masonería. Por otro lado, el hecho de que muchas veces que se dirigía por carta a otro masón lo hiciera en términos masónicos demuestra que Guénon nunca dejó de tener presente su condición de tal.

Es más, Guénon personifica perfectamente la figura simbólica del maestro masón, aquel que situándose entre la escuadra y el compás, es decir entre la tierra y el cielo, o entre la materia y el espíritu, lo visible y lo invisible, cumple totalmente con los deberes del grado que encarna, extendiendo la logia en las cuatro direcciones del espacio, de Oriente a Occidente y de Mediodía a Septentrión, buscando aquello que se ha perdido, reuniendo lo que se ha disgregado y esparciendo de ese modo la luz por todas partes. Y nunca, durante toda su vida, dejó de cumplir con ese auténtico rito, pues supo que todas las enseñanzas simbólicas y rituales contenidas en las doctrinas tradicionales evocan por igual el recuerdo del verdadero conocimiento del Mundo, y que cualquier verdadera doctrina las contiene a todas en definitiva. Guénon se coloca siempre en una perspectiva central, es decir en el "centro del círculo", lugar que le es destinado ocupar a los maestros masones, y desde esa perspectiva sintética produce una obra, que es en sí misma un tratado acerca de las ciencias y las artes de la cosmogonía, y de cómo éstas son un medio para alcanzar el punto de vista metafísico, que es el propio de toda iniciación y de todo verdadero esoterismo. Una obra, en fin, cuya envergadura intelectual sólo puede haber sido inspirada por el Gran Arquitecto del Universo, que es el nombre que en Masonería se da a la Inteligencia Universal, obra que conforma una enseñanza para todos los hombres de este tiempo, y por supuesto para todos los masones, a quienes esta obra está también dirigida.

René Guénon es un intérprete de la Ciencia Sagrada, que nos enseña a descubrir la Creación como una obra de unidad. Se trata, pues, de un conocimiento que restituye en el hombre la capacidad para comprender la Unidad del Ser en los múltiples estados o aspectos de su manifestación, incluso los increados, lo cual representa una ampliación de la conciencia que se traduce en un nuevo modo de enfrentarse al mundo y a uno mismo. En términos alquímicos diríamos que este conocimiento lo que en verdad provoca es una verdadera transmutación de la psiqué.

En este sentido la obra de este maestro se convierte en una auténtica guía en el camino del que busca, pues en definitiva toda ella conforma la transmisión de un Conocimiento Tradicional ligado a los misterios de la vida, cuya seña ha sido siempre la de poner al hombre de cara a su propia realidad, facilitándole ciertas claves para que pueda descubrir su verdadera Identidad y su infinita Libertad.

Este Conocimiento, que en otros ciclos anteriores de la humanidad estaba al alcance de todos, fue descendiendo en el número de personas que aún se encontraban en posesión de él, hasta el punto de que sólo algunos maestros y determinadas organizaciones iniciáticas lo han conservado y han seguido transmitiendo ininterrumpidamente a través del tiempo y la geografía. Se trata de hombres y mujeres que han encarnado este saber, tanto de Oriente como de Occidente, que lo han sustentado y lo han seguido comunicando por medio de sus obras, y de sus ritos, es decir a través del lenguaje simbólico y ritual propio de sus tradiciones, las que por tanto constituyen formulaciones distintas de una misma idea que nos conecta con la Sabiduría y el Origen; de ahí que Guénon se refiriera a estas formas como a emanaciones de una sola Tradición Primordial, y cuyo legado sapiencial y espiritual supone, literal y simbólicamente, todo lo que hoy aún tiene de solidez y de orden el mundo actual.

Se entiende que las distintas tradiciones surgidas de un mismo Principio no sólo no pueden contradecirse, sino que además ofrecen perspectivas complementarias para poder entender lo verdaderamente esencial del conocimiento que vehiculan, lo que es igual a decir que todas las doctrinas tradicionales provenientes de la Gran Tradición Primordial tienen un sentido único: trasmitir la influencia espiritual que haga posible la iniciación a ese Conocimiento.

Muy pronto tuvo Guénon conciencia de que había ligado con la "cadena áurea", símbolo de la comunicación ininterrumpida de ese saber ancestral, que hace que se pueda comprender la conexión que el hombre tiene con su Principio, asumiendo no sólo su identidad vertical con él, sino también la responsabilidad de un destino en la vida, el de transmisor de su propia iniciación o revelación. Pues entendía que no había, ni hay, razón para que otros no pudiesen lograr lo mismo que había conseguido él: comprender la síntesis del pensamiento tradicional. De ahí que burilase una obra de introducción (iniciación) donde expone lo fundamental de la Ciencia Sagrada, o sea la Ciencia Simbólica, siendo dicha obra una condensación de ideas esenciales; las mismas que han servido al hombre para comunicarse con el Ser, comprenderse a sí mismo y crear, por asimilación de ideas, una estructura inteligente, es decir, una cultura.

Sin embargo, inspirar a los hombres actuales, transmitirles el mensaje iniciático, esotérico y tradicional, necesitaba de una fórmula, de una didáctica apropiada; era preciso adaptar las enseñanzas a las condiciones propias de su tiempo y a la mentalidad que le tocó compartir para hacerlas inteligibles a ese medio al que, por otro lado, conoció perfectamente, ya que él mismo procedía de él y de él formaba parte. Poniendo de manifiesto que verdaderamente no hay más que una única doctrina, aunque diferentes modos de referirse a ella, lo cual no puede dejar de verse sino como una labor de reunificación de aquello que por razones cíclicas se había dispersado en la mente de la mayoría de personas.

Por ello sus estudios tienen la facultad, por la propia naturaleza trascendente de los temas que trata y la nitidez y orden con que los expone, de actuar como despertadores de la conciencia al liberarnos con sus ideas esclarecedoras de una programación impuesta por las circunstancias de este tiempo en declive, cuyas condiciones generales impiden que seamos capaces de advertir aspectos más profundos de la realidad.

Aunque hay que señalar que Guénon nunca rebaja su discurso, que si bien es de una claridad total necesita de una concentración especial para que se pueda asimilar su contenido, es decir, que se precisa un esfuerzo personal para penetrar en su temática. Con ello crea una barrera que es la propia de la Ciencia que practica, la Simbólica, la que vela a un nivel (en ocasiones por medio de aparentes contradicciones) lo que revela en otro. Y esto tiene que ver tanto con la índole de estas ideas, como con un deseo consciente de poner ciertas trabas sólo superables por aquellos que tengan verdadera voluntad en profundizar en sus enseñanzas, así como en los autores y textos que reúne en su propia obra, que gracias a él cobran claridad y unidad. En esto no hay que ver sólo una prueba puesta por el propio autor para restringir el acceso a su obra, sino también la muestra del reconocimiento de que no es posible expresarlo todo, pues finalmente la comunicación efectiva viene dada por el espíritu con que el aprendiz entra en contacto con las ideas y por el acto propio y voluntario de querer ser.

Esta demostración que hace acerca de la unidad del pensamiento tradicional, la lleva a cabo siempre desde el interior, o sea que va a la esencia de las diferentes tradiciones, que es el corazón mismo de su esoterismo, señalando el punto de vista vertical, siempre central, donde se aúnan. Por ello no puede decirse que su obra sea enteramente masónica, en sentido estricto, pero sin embargo sí podemos afirmar que desde la perspectiva del simbolismo masónico esta obra puede ser perfectamente comprendida. Es más, los planos de dicha obra están realizados por medio de la ciencia de las herramientas, que son las mismas que disponen y jerarquizan toda construcción, y de las analogías que establecen entre sí, puesto que conocía perfectamente la simbólica de estos útiles y su aplicación esotérica y metafísica. Por eso este maestro, cuyo compromiso fue exclusivamente con la Verdad (con el Centro), no dudó en recurrir a una u otra vía iniciática y tradicional para dar mayor precisión al concepto o a la idea que quería trasmitir en su exposición.

"Nunca hemos creído, escribe, encerrarnos exclusivamente en una forma determinada, lo cual por otra parte sería muy difícil después de haber tomado conciencia de la unidad esencial que se esconde bajo diversidad de formas más o menos exteriores, no siendo más que otras tantas vestiduras de una misma y única verdad" (El Simbolismo de la Cruz, Prólogo. Obelisco, Barcelona). Aclarando siempre que pudo la diferencia básica que hay entre la síntesis y el sincretismo, como cuando afirma: "La síntesis, por el contrario [al contrario del sincretismo] se realiza esencialmente desde dentro; es decir, que consiste propiamente en considerar las cosas dentro de la unidad de su mismo principio, o sea, cómo derivan y dependen de este principio, y unirlas o, más bien, tomar conciencia de su unión real, en virtud de un lazo totalmente interior, inherente a lo que de más profundo hay en su naturaleza (...). Se puede decir que hay sincretismo cuando uno se limita a tomar elementos de diferentes formas tradicionales, para, en cierta manera, soldarlos exteriormente unos a otros, sin saber que en el fondo sólo hay una única doctrina, de la cual estas formas son otras tantas expresiones diferentes, adaptaciones a condiciones mentales particulares, según sean las circunstancias determinadas de tiempo y lugar (...). Habrá síntesis cuando se parta de la unidad misma y nunca se la pierda de vista a través de la multiplicidad de sus manifestaciones, lo que implica que se habrá alcanzado, fuera y más allá de las formas, la conciencia de la verdad principial, que se reviste de éstas para expresarse y comunicarse en la medida de lo posible. A partir de este momento, uno se puede servir de cualquiera de estas formas, según más le convengan, de la misma manera que se puede, para traducir un mismo pensamiento, emplear diferentes lenguajes de acuerdo con las circunstancias, a fin de hacerse comprender por el interlocutor al que uno se dirige. Por otro lado, esto es lo que ciertas tradiciones designan como 'don de lenguas'. Las concordancias existentes entre todas las formas tradicionales representan, se podría decir, 'sinonimias' reales; es así como las consideramos y, del mismo modo que la explicación de algunas cosas es más fácil en un idioma que en otro, una de estas formas nos podrá convenir más que las demás para la exposición de ciertas verdades y hacerlas más fácilmente inteligibles. Por lo tanto, es perfectamente legítimo usar, en cada caso, la forma que nos parezca más apropiada a nuestro propósito; no hay ningún inconveniente en pasar de una a la otra a condición de que se conozca realmente la equivalencia, lo que sólo se puede hacer partiendo de su principio común. Así, en ello no habrá ningún sincretismo; además, éste sólo sería un punto de vista 'profano' incompatible con la noción misma de 'ciencia sagrada' a la que exclusivamente se refieren estos estudios" (El Simbolismo de la Cruz, Prólogo).

Pero ¿cómo hacer para trasmitir un conocimiento de orden metafísico, máxime cuando aquellos con los que uno pretende comunicarse se hallan afectados por una mentalidad tan materialista como la que atraviesa desde hace ya largo tiempo la humanidad? Fue precisamente esta mentalidad profana la que siempre combatió y con la que mantuvo en todo momento una actitud de auténtico guerrero, pero fue también justo para reformarla, recuperando para ella el punto de vista sagrado y de orden vertical, para lo cual creó una estrategia intelectual, reuniendo en su voz la de todos cuantos maestros de la Tradición tuvo ocasión de conocer personalmente o a través de sus legados. Pero naturalmente creando un estilo propio nacido de su naturaleza y acorde con los hechos históricos y cíclicos de su época. Pues aunque el saber al que alude su mensaje es atemporal y ecuménico, y por tanto no está sujeto al devenir, tal transmisión de conocimientos debe, necesariamente, manifestarse bajo una forma apropiada y cercana a quien debe recibirlo, pues de lo contrario no hay Tradición ni por tanto transmisión. En cuanto a la obra que nos ocupa ésta representa un símbolo de esa función vehicular de la Ciencia Sagrada y una muestra de cómo sigue cumpliendo con su designio inspirador y civilizador, a tenor de la enorme influencia que dicha obra ha tenido y tiene en muchísimos ámbitos de la cultura, en ocasiones por vía de aquellos que de alguna manera se han alimentado de ella.

Podemos decir que el diseño de la obra guenoniana responde al trazado de ciertas líneas maestras; por un lado se aplica a la labor de desbrozar el terreno donde poder desarrollar su construcción, lo cual significa tener que señalar los errores que han dado pie a que se conformara la mentalidad moderna y profana, y por otro constituir un cuerpo doctrinal de enseñanzas lo suficientemente sólido y comprensible, teniendo en cuenta la complejidad de este tipo de comunicaciones, con el fin de que el lector pueda ir restituyendo paulatinamente su criterio sobre el mundo y su propio lugar en él, y todo ello en base a los conocimientos que mediante el lenguaje de los símbolos va comprendiendo. Símbolos que, como el propio maestro no se cansa de repetir constantemente, no son representaciones alegóricas sino que expresan una realidad que está por encima de ellos. Es de la restitución del valor del símbolo, como medio ideal para entender verdades más profundas, de la que se hace cargo nuestro autor, y así lo manifestó siempre diciendo que el lenguaje simbólico constituye el lenguaje iniciático por excelencia.

En cuanto a la Masonería, Guénon señala los puntos débiles que ésta tenía en su época y que estaban a punto de hacerla perecer como organización iniciática, al tiempo que rescata, como nadie lo ha hecho en el último siglo, el verdadero contenido sapiencial que poseen sus símbolos y sus ritos, como rama legítima que es de la Tradición Primordial.

Cuando Guénon comenzó a escribir su obra, ya hacía tiempo que en Occidente se había perdido el vínculo con el punto de vista tradicional, hallándose, la gran mayoría de gente, persuadida por la idea de un progreso exclusivamente materialista, que es aquel que desalma a los hombres, siendo ello la causa principal de que éstos se sientan atraídos hacia cosas que nada tienen que ver con su verdadera naturaleza, lo cual supone una total desarmonía que afecta a todos los órdenes de su existencia.

En la misma Masonería se había olvidado, en gran medida, el sentido profundo de la iniciación, de modo que el propio Gran Arquitecto del Universo había dejado de ser un símbolo de trascendencia. Sin embargo, aunque los ritos y los símbolos eran incomprendidos por la gran mayoría de masones, todavía conservaban, y conservan, su capacidad para seguir transmitiendo la influencia espiritual. No en balde la Masonería es considerada el "arca" donde se hallan conservados todos los conocimientos que el hombre del Occidente actual necesita para recuperar la memoria de su tradición y retornar a la idea de unidad. En ese sentido "podemos decir que la obra de Guénon, en la medida en que ella es la expresión de los principios e ideas universales, puede verse como esa 'luz' clarificadora que la Masonería necesita como guía para remontar la curva descendente en que se encuentra actualmente. Y aquí queremos recordar aquella expresión hermética que afirma que 'cuando todo está perdido es cuando todo será salvado'. Y aunque esta expresión se refiera a un determinado momento del proceso mismo de la iniciación, también se puede extrapolar al conjunto entero de una tradición, en este caso de una organización que precisamente es iniciática" (Francisco Ariza, "René Guénon y la Masonería", en SYMBOLOS, Nº 9-10).

Guénon es protagonista de la historia sagrada y mítica, un símbolo del masón, esto es un arquitecto de las ideas, de un diseño magistral con el que consigue despertar la energía del símbolo para que sea la propia irradiación proveniente directamente de él la que alumbre la comprensión del lector, lo cual es propio de todo auténtico guía intelectual dotado siempre de un alma de guerrero en duelo permanente sólo y exclusivamente contra la ignorancia donde se esconden los verdaderos enemigos, de ahí que pueda decirse de los seres como él que son guerreros de la Luz. En cuanto a la construcción esta idea está representada por la plomada, símbolo del descenso de la luz en la manifestación, y que dirige, estabiliza y fusiona, desde lo invisible, todo el edificio, ya sea sutil o interior, tangible o exterior, dado que las mismas leyes rigen para ambas operaciones. Siendo esta ley de correspondencias la que da todo el sentido a las iniciaciones de oficio, un modo tradicional de trasmitir el Conocimiento que toma los oficios como inspiraciones, ideas y símbolos que nos hacen partícipes de la propia construcción cósmica. En definitiva la didáctica de esta obra puede ayudar al aprendiz a nacer a la realidad de lo sagrado, al Sí Mismo, y guiarle, durante el proceso de la iniciación, por el laberinto que representa la propia psiqué individual, dispersa en un mundo sin referencias de un centro arquetípico, y por el que es muy fácil extraviarse.

De sus estudios llama la atención la precisión con la que delimita sus trazados, estableciendo mediante el planteamiento de su discurso un enmarque perfecto al tema que trata, guiando al lector a través de su propia reflexión y las constantes analogías simbólicas que crea entre los distintos planos de la realidad, de modo que uno logra advertir tanto la trascendencia de la idea que le está siendo comunicada, como la posibilidad de acceder, desde un plano limitado y concreto (determinado por la forma de exponer las cosas), a otro ilimitado y metafísico hacia el que todos sus trabajos conducen. En este sentido la obra de Guénon supone un enmarque protector y un faro en el camino de la iniciación, pues, como decíamos, sus enseñanzas evitan, en gran medida, que nos extraviemos en el laberinto que suponen nuestras propias elucubraciones mentales, casi siempre fantasiosas. Tal y como él mismo escribe: "Entre las funciones de un 'marco', quizá la principal es mantener en su sitio los diversos elementos que contiene o encierra en su interior, de modo de formar con ellos un todo ordenado, lo cual como se sabe es la significación de la palabra 'cosmos'. Ese marco debe, pues, en cierta manera 'ligar' o 'unir' esos elementos entre sí, lo que está formalmente expresado por el nombre de 'cadena de unión', e inclusive de esto resulta, en lo que a ella concierne, su significación más profunda, pues, como todos los símbolos que se presentan en forma de cadena, cuerda o hilo, se refiere en definitiva al sûtrâtmâ." ("La cadena de unión", en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada).

Todo ello pone de relieve que lo que dice con respecto a las ideas lo aplica a la forma en que expone esas mismas ideas. Es por ello que esta obra refleja una manera coherente de ser o una forma de ritualizar la acción, muy alejada de ceremonialismos y de reglamentarismos huecos, una acción ritual que nos permite comprender que el verdadero templo es cada hombre y el rito toda acción espontánea que nace de este íntimo reconocimiento. "Algunos creemos, dice Federico González, que el gran rito exotérico de Guénon es haber producido su obra, escrita y personal, reflejo de su pensamiento debido a la concentración interior, es decir el de una vida plenamente consagrada a todo ello". (SYMBOLOS, Nº 9-10 p. 289).

Puede decirse que en cada trazado que realiza reúne todos los elementos necesarios para que pueda producirse un rompimiento de nivel, o sea, que la estructura de estas enseñanzas están en perfecta concordancia con lo expresado por el propio simbolismo de los encuadres, de lo cual la logia masónica, que está representando al propio marco del cosmos, es un ejemplo. Esto es, que se trata en cualquiera de estos casos de una representación simbólica de la función que tienen los encuadres protectores en todas las tradiciones, la de enmarcar un espacio poniéndolo a cubierto de las "tinieblas exteriores", es decir del mundo profano, evitando con ello la disgregación de las ideas al reunirlas así en un punto de vista central, el único capaz de darnos la perspectiva necesaria para que entremos a participar de otra visión del mundo. Como dice el Tao-te-King, "gracias a un conocimiento convenientemente encuadrado, marchamos a pie llano por la gran vía", y que ciertamente se complementa con la máxima de "marchar por las vías que nos han sido trazadas" con la que expresa esta idea la Masonería.

Como hemos dejado dicho, Guénon siempre habla en nombre de la Tradición, es decir, como integrante de la "cadena áurea", por ello al exponer las ideas y los arquetipos lo hace apoyándose también en sus intérpretes, tanto de Oriente como de Occidente. Las enseñanzas de Shankara, Ibn Arabi, Lao-Tse, Moisés, Jesús, Hermes Trismegisto, Pitágoras, Platón, Dante y tantos otros guías de todas las épocas, están incluidas en la obra de Guénon, que desde este punto de vista se convierte en aquel que da testimonio en este fin de ciclo de la voz unánime de la Tradición atemporal.

En un capitulo de su libro Apreciaciones sobre la iniciación nos dice: "La enseñanza iniciática, exterior y transmisible en formas, no es en realidad y no puede ser, lo hemos dicho ya e insistimos de nuevo en ello, sino una preparación del individuo para adquirir el verdadero conocimiento iniciático por el efecto de su trabajo personal. Se le puede así indicar la vía a seguir, el plan a realizar, y disponerle a tomar la actitud mental e intelectual necesaria para acceder a una comprensión efectiva y no simplemente teórica; se le puede además asistir y guiar controlando su trabajo de una manera constante, pero eso es todo, porque ningún otro, así fuese un 'Maestro' en la acepción más completa del término puede hacer este trabajo por él. Lo que el iniciado debe forzosamente adquirir por él mismo, porque nadie ni nada exterior a él se lo puede comunicar, es en suma la posesión efectiva del secreto iniciático propiamente dicho; para que pueda llegar a realizar esta posesión en toda su extensión y con todo lo que ella implica, es necesario que la enseñanza que sirve por así decirlo de base y de soporte a su trabajo personal esté constituida de tal modo que se abra sobre posibilidades realmente ilimitadas, y le permita así extender indefinidamente sus concepciones, en amplitud y en profundidad a la vez". Y en otra parte continúa: "Hay en toda certidumbre algo incomunicable; nadie puede alcanzar realmente conocimiento alguno más que por un esfuerzo estrictamente personal, y todo lo que otro puede hacer es dar la oportunidad e indicar los medios para alcanzarlo" (La Metafísica oriental).

Pero conviene decir que, aunque cada uno de sus libros o artículos constituyen en sí mismos una revelación y una indicación siempre sugerente hacia la metafísica, es su conjunto lo que verdaderamente representa una enseñanza completa y complementaria con ella misma, pues aunque el mensaje que difunde es siempre la reiteración de un mismo arquetipo universal, estrictamente relacionado con la iniciación a los misterios, el fondo complejo de este tipo de conocimientos requiere, necesariamente, planteamientos desde muy distintas perspectivas, algunas incluso opuestas entre sí, para poder ser expresadas, siendo esto propio del simbolismo y de la enseñanza iniciática en general.

Esto es más importante de lo que parece a simple vista, pues dada la índole de esta didáctica, verdadera directriz para el restablecimiento del orden en el pensamiento actual, conviene comprender bien los matices de estas enseñanzas, pues se corre el riesgo de parcializarlas, lo cual es una manera de tergiversarlas; y esto es especialmente principal dada la influencia tan directa que esta obra ejerce sobre muchas logias actuales, que ven en ella una ayuda para restituir en la Masonería el valor transformador que tienen sus símbolos y ritos, lo cual conlleva restaurar el vínculo espiritual entre la actual Masonería y aquella original situada fuera del tiempo histórico. Vínculo que sí mantenían los constructores medievales, época donde se inicia la etapa histórica de la Masonería, y que supieron ver en sus propias herramientas y en la técnica constructiva y arquitectónica una representación simbólica de las propias herramientas y artes empleadas por el Gran Arquitecto Divino, creador de todos los mundos visibles e invisibles, cuyos planos constituyen para el masón o para todo auténtico artesano, su plan de estudios.

Sin embargo hay que decir que algunos de estos masones, que toman la obra de Guénon como un medio de comprender mejor la Orden, a veces la interpretan en su parte más rigurosa y crítica (que ellos toman por rigorismo), en la que, por decirlo así, más se aplica nuestro autor al desbrozado del terreno, dejando escapar de esta manera el espíritu constructivo y de gracia que fluye entre las palabras, que es, en definitiva, donde está el núcleo de su mensaje. Por otro lado, Guénon, como persona histórica, debe también integrarse en su obra a la hora de tratar de entender la forma que tuvo de exponer la doctrina, ya que no puede perderse de vista la época que le tocó vivir, o sea, su entorno social y cultural y comprobar que tuvo que combatir, prácticamente solo, con toda una mentalidad deteriorada (tanto en el ámbito esotérico, tomado por el ocultismo, el teosofismo y el pseudo-espiritualismo, como en el "oficial" y universitario que intentó en muchas ocasiones silenciar su obra), teniendo que librar determinadas batallas que las circunstancias le presentaban, así como dar ciertas indicaciones dirigidas exclusivamente a ese momento temporal. Creemos que estas cosas deben tenerse en cuenta para situar su obra, aunque, después de todo, lo que consideramos fundamental es entender que Guénon no es infalible sino que lo infalible está en la doctrina que expone, tal y como él mismo lo dice en diversas oportunidades.

No podemos dejar de referirnos en estos momentos a ciertos manipuladores mal intencionados de la obra de Guénon, maniobra con la que se definen como sus auténticos traidores. Es el caso de Jean Reyor (expulsado de la Masonería el mismo día de la muerte de Guénon), quien habiendo recibido el encargo del propio Guénon de recopilar en un volumen todos sus artículos sobre la iniciación, en un abuso de poder, manipuló póstumamente el enmarque que imponía la idea dada por el autor, e introdujo en la compilación el artículo titulado "Necesidad del exoterismo tradicional", el cual, al haber sido colocado de modo ajeno al contexto, introduce una trampa que no por gruesa ha dejado de confundir a más de uno. La pretensión de este violador de los derechos y las libertades fue la de aprovecharse de la autoridad y prestigio de nuestro autor con el único fin de desviar sus enseñanzas para hacerlas converger con sus propios intereses personales, aquellos que le imponía su estrechez intelectual, en lo que vendría a representar su intento de introducir en la Orden la obligación de que todos los masones fueran católicos y asistieran a las ceremonias religiosas; esto es, hacer, del exoterismo religioso, en este caso el católico, un paso imprescindible para recibir la iniciación masónica, lo cual representa, entre otras cosas, desviarla hacia un sectarismo y sustraerle así su característica principal, su universalidad. Es evidente que este modo de pensar va contra los propios fundamentos de la Masonería, pues si bien cualquier masón puede usar de sus creencias religiosas, tomar una muleta u otro tipo de soporte que le sean útiles para su proceso particular, sin embargo nunca lo tratará de imponer. La tendencia, tanto a nivel grupal como individual, hacia cualquier sectarismo o integrismo, a veces disfrazado de ceremonialismo religioso (tipo santurrón), que se introduce en las logias, es para el masón señal inequívoca que le alerta y le lleva a reflexionar acerca de los peligros a que podrían conducir tales desviaciones, dirigidas siempre a provocar la desunión y la desarmonía, siendo uno de los modos en que "penetran los metales en el templo".

De cualquier modo para todo aquel que toma la obra de Guénon como guía en su camino iniciático, toda ella resulta significativa, y va conformando una enseñanza o punto de vista imprescindible para distinguir, y no confundir o mezclar, los diferentes planos en que esta enseñanza está expresada. Para todo esto que decimos remitimos al lector al artículo de Federico González titulado "Breve sobre la necesidad del exoterismo", que puede verse en el número 9-10 de SYMBOLOS, volumen, por otro lado, íntegramente dedicado a Guénon.

Otro caso de aprovechamiento ilícito de la obra de este maestro de la Tradición lo protagoniza F. Schuon, quien en un tiempo fuera uno de sus colaboradores, y que se convirtió en un ejemplo de la más burda desviación de los Principios por causa de una envidia y afectación tan infantil que nos cuesta ver de dónde vienen sus intenciones verdaderas, y más nos cuesta creer que pueda tener incluso seguidores, pues su insulsa y equívoca obra, que necesariamente está sustentada, a modo de planta parásita, en la de Guénon, de quien toma siempre las ideas para desvirtuarlas, es el mejor exponente de lo que decimos. Aunque no nos interesa el personaje ni sus monagos, pues allá cada cual, lo que nos importa es denunciar su delito de malversación, al tratar de asociar sus elucubraciones personales a las exposiciones doctrinales de Guénon. Hoy en día a los schuonianos, que consideran "la estética una cualidad para la iniciación", se les han unido también otros grupúsculos de tendencia integrista, tanto católica como islámica o de otro signo extremista, neo-nazis, etc., creando con ello un escandaloso desconcierto. Aunque esto no es nuevo en la historia del pensamiento esotérico, y la propia Masonería ha padecido ya en otras ocasiones intentos de desvirtuarla, (pensemos en el caso del ultra católico Leo Taxil a quien se debe la mayor difamación sufrida por la Masonería, pues a pesar de retractarse ya había creado la confusión y el recelo). Por eso no debemos dejar de prestarle al asunto la atención que requiere, con el fin de hacer las cosas claras y marcar las diferencias, o por lo menos para no colaborar, por omisión, a tal fraude. De cualquier manera no vamos a dejar de proclamar aquella divisa masónica que dice "Uno para todos y todos para Uno". Hace falta un coraje intelectual para ser masón.

No nos vamos a extender en el tema, pues todo está documentado y suficientemente explicado en diversos medios. Remitimos tanto el número anteriormente citado de SYMBOLOS, donde se reúne una buena información y documentación, se da cuenta de otras publicaciones y autores, en especial franceses, que han comprendido la importancia de liberar la obra de Guénon de sus parásitos. Igualmente hay un Cuaderno elaborado por el colectivo de redactores de SYMBOLOS, titulado "Schuon versus Guénon", dentro de su colección "Cuadernos de la Gnosis" que se puede consultar.

En cuanto al tema de la iniciación femenina en la obra de Guénon quisiéramos hacer algunas consideraciones más relacionadas particularmente con la Masonería. Está claro, y así lo pone de manifiesto el propio Guénon, que la Masonería es una vía iniciática basada en un oficio cuyo ejercicio lo han llevado a cabo los hombres; por consiguiente después de señalar los diferentes inconvenientes relacionados con esta circunstancia, y tras reconocer que todos los oficios femeninos que en su día sirvieron de soporte a las iniciaciones femeninas, por haberse desarrollado en el interior de las viviendas, han desaparecido con mayor facilidad que los de los hombres, Guénon indica que esta dificultad no es insuperable y sugiere que siguen habiendo oficios femeninos susceptibles de servir de base a una iniciación, tal y como puede leerse en el capítulo Iniciación femenina e iniciación de oficio. Sobre este asunto Guénon hace una simple sugerencia, pues considera que no le corresponde a él ir más lejos.

Por nuestra parte entendemos que no se trata de adaptar los rituales masónicos para adecuarlos a un oficio más particularmente femenino, y mucho menos dada la realidad actual de las cosas, donde oficios y tareas son plenamente compartidos por hombres y mujeres; sin embargo sí entendemos que algunas mujeres tengan necesidad, en algún momento de su recorrido masónico, de hacer una adaptación intelectual con un oficio tradicionalmente desarrollado por mujeres, y por tanto, tal vez, más afín a su naturaleza femenina como aquellos relacionados con la tejeduría, oficio o arte que todos los pueblos de la tierra han conocido, y en especial Guénon habla del bordado, pues sin duda son de los que mejor se adaptan al simbolismo de la construcción basados como están estos oficios en la ciencia del número y de la geometría, que son los fundamentos de la propia Masonería. Por otro lado recordaremos que entre los fundadores míticos de la Masonería, y según se relata en las leyendas de los Old Charges, encontramos a Noemá, inventora del "arte del tejido", hermana de Tubalcaín, inventor del arte de la forja, así como de Jabal y Jubal, creadores respectivos de la geometría y de la música, artes y ciencias todas ellas de las que han derivado multitud de oficios, tanto femeninos como masculinos, los cuales estaban "hermanados" con el arte constructivo.

Base de su interpretación y exposición acerca de las ideas tradicionales lo constituyen las doctrinas orientales, especialmente las hindúes, donde ve un orden perfectamente transferible para exponer lo esencial de esas doctrinas a la mentalidad de los occidentales, es decir que extrae de las doctrinas hindúes la luz espiritual o intelectual que difunde en un Occidente que prácticamente la había perdido a causa de una falta de identificación con los principios.

Sin embargo nunca trató de orientalizar la cultura occidental, sino de vivificarla, devolviéndole su propia identidad. Para ello rescató su historia sagrada, su tradición. Ahí está el Esoterismo de Dante una obra de síntesis histórica y simbólica, fundamental para conocer la historia del pensamiento hermético occidental y por consiguiente para conocer los orígenes de la propia Masonería. Empleó el espíritu de las artes y las ciencias, es decir las imágenes evocadoras propias de nuestra cultura, y no formas orientales, pero en definitiva siempre habló de Metafísica y de Ciencia Sagrada, que sobrepasan todas las contingencias. Por ello el Oriente al que se refirió es un Oriente arquetípico. "El Oriente verdadero –escribió en Oriente y Occidente, pág. 241–, el único que merece verdaderamente ese nombre, es y será siempre el Oriente tradicional, aun cuando sus representantes se vean reducidos a no ser más que una minoría, cosa que todavía hoy, está lejos de producirse. Es ese el Oriente que consideramos, así como al hablar de Occidente, consideramos la mentalidad occidental, es decir, la mentalidad moderna y antitradicional allí donde se encuentre, dado que tenemos en cuenta ante todo la oposición de estos dos puntos de vista y no simplemente la de dos términos geográficos". Asimismo, y en lo que respecta a la Masonería, queremos recordar la importancia que en ésta se concede al "Oriente", que no es sólo el símbolo de la dirección cardinal, sino también y sobre todo el símbolo del Oriente espiritual de donde proviene la "luz" del Gran Arquitecto que ilumina interiormente la logia del masón.

Fueron avatares de la vida los que hicieron que rehiciera su vida familiar en el Cairo, lugar en el que falleció hace ahora 50 años. Es decir en un país situado, precisamente en el intermedio geográfico entre Oriente y Occidente, lo cual, según la ley de correspondencias, es un símbolo que ubica su obra en la historia y el momento cíclico en que ésta se manifiesta. Tampoco vamos a dejar de fijarnos en la idea de Unión o Fusión contenida en el nombre islámico que escogió, "Juan, el Servidor del Unico", para ver que Guénon encarnó el Principio de Unidad y Síntesis del pensamiento Tradicional, tan necesario para un tiempo de desunión como el presente. "En efecto, se tiene demasiado la tendencia a pensar que la admisión de un sentido simbólico debe suponer el rechazo del sentido literal o histórico; una opinión semejante sólo puede ser resultado del desconocimiento de la ley de correspondencia que es el fundamento mismo de todo simbolismo, y en virtud de la cual toda cosa, que proceda esencialmente de un principio metafísico del que obtiene toda su realidad, traduce y expresa este principio a su manera y según su orden de existencia, de tal forma que, de un orden al siguiente, todas las cosas se encadenan y corresponden para concurrir a la armonía universal total, que es, dentro de la multiplicidad de las manifestaciones, como un reflejo de la misma unidad principial" (El Simbolismo de la Cruz, pág. 11). Toda su obra constituye un trazado simbólico en el que se leen los planos del Gran Arquitecto del Universo, construida por la aplicación constante de lo vertical sobre lo horizontal, es decir que siempre parte de ideas y principios eternos que a medida que se van incorporando a nuestro pensamiento, lo van ordenando.

Está claro que Guénon no era un hombre corriente. Su "curriculum" no sólo lo conforma su extensísima obra, doblada por su correspondencia, sino que además hay que añadir los idiomas que llegó a conocer, incluidas lenguas prácticamente desaparecidas, sin olvidarnos de la gran cantidad de autores y obras de todas las épocas que llega a citar. Por otro lado, no se puede decir que fuera un hombre encerrado en su biblioteca, o que viviese apartado en una especie de confinamiento. Estar informado de los aconteceres, de todo lo que estaba sucediendo en el mundo, tenía para él el mayor interés y nunca dejó de estar atento a los "signos de los tiempos", demostrando que su estancia en Egipto no constituyó ni mucho menos un lugar de retiro, sino un centro de trabajo desde donde siguió desarrollando y difundiendo las ideas tradicionales, lo cual no puede dejar de verse sino como una operación civilizadora, consistente en llamar la atención de quienes fuesen, o sean, capaces de enlazar intelectualmente con su pensamiento pero sin ejercer ninguna presión sino aportando su luz al mundo, tal como corresponde hacer al maestro masón. "Ser guía de los hombres sin ejercer dominación, esta es la virtud oculta", nos recuerda Lao-Tse.

En este sentido y tal como enseña el ritual masónico, los masones deben "acabar fuera la obra emprendida en el Templo", y esto sólo puede hacerse considerando también al mundo como un templo, y a todos los hombres como hermanos. Es así que "el Maestro Constructor lleva su Logia interior a todas partes, él mismo es eso, una miniatura del Cosmos, diseñada por el Gran Arquitecto del Universo" nos dice F. González (Hermetismo y Masonería, pág. 109. Kier, Bs As). En su caso Guénon asume un trabajo de constructor y ordenador, a través de la escritura y el libro, lo cual indica que toma una decisión, pues ve esa posibilidad que hay en él y tiene necesidad de desarrollarla, y con ello no hace sino ser un exponente más de la tradición, tan arraigada en el Occidente, que toma al libro como medio ideal de cristalizar, conservar y transmitir las ideas perennes. De hecho, el libro, como símbolo de la comunicación y revelación, es decir como soporte sagrado, ocupa el lugar principal de la Logia al estar situado en el altar de los juramentos junto al compás, símbolo del Cielo, y la escuadra, símbolo de la Tierra, conformando todos ellos las "Tres Grandes Luces" de la Masonería. Y aunque este libro esté representado casi siempre por la Biblia, donde se describe también la cosmogonía mediante la imagen del templo de Salomón, está sintetizando en realidad a todos los libros sagrados revelados de todas las tradiciones. Este es igualmente el sentido que tiene la idea de universalidad en la Masonería.

Finalizamos el desarrollo de estas ideas, que son nuestra aportación y reconocimiento en este homenaje al gran metafísico, simbolista y maestro masón René Guénon. Sin embargo no podemos dejar de extender nuestro reconocimiento hacia todos los maestros de la Tradición, aquellos seres que habiendo recibido la voz del Nous, de Hermes, y el espíritu constructor de Hiram, y con ello la clave para leer la Gran Síntesis del Libro de la Vida, deciden servir al Unico, a su ser mismo trabajando como obreros a las órdenes del Gran Arquitecto, empleando su propio Arte, el obtenido del pulimento de su piedra. En definitiva a todos aquellos que reúnen y difunden ese Conocimiento perdido o más bien oculto, a todos quienes estén llamados a aprehenderlo, y lograr hacer reverdecer en su corazón y en su intelecto la rama de acacia, símbolo de la Tradición viva.

"En lo que concierne a la creación o la manifestación universal; podría decirse que ésta está formada por letras separadas, que corresponden a la multiplicidad de los elementos, y que reuniendo esas letras se la reduce por eso mismo a su Principio, con tal que esa reunión se opere de modo de reconstituir el nombre del Principio efectivamente. Desde ese punto de vista, 'reunir lo disperso' es lo mismo que 'recobrar la Palabra perdida', pues en realidad, y en su sentido más profundo, esa 'palabra perdida' no es sino el verdadero nombre del Gran Arquitecto del Universo". Símbolos Fundamentales, pág. 263. Eudeba, Bs As.