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La Decadencia de las Corporaciones

OSWALD WIRTH

Haciéndose rica y poderosa, la Iglesia tuvo necesariamente que corromperse. Llegó una época en la que el alto clero, entregado a todas las intrigas de la política, hacía alarde de un lujo de lo más insolente y ni aun se tomaba la molestia de disimular la corrupción de sus costumbres.
Los fieles se escandalizaban. Su antiguo fervor fue reemplazado por la duda y numerosas herejías pudieron arraigarse en los espíritus. Esto fi.ie la aurora del despertar intelectual que se preparaba.
Este nuevo estado de ánimo, tuvo su repercusión en la arquitectura religiosa. Las donaciones se hicieron escasas. A fuerza de construir Iglesias las había por todas partes y los miembros de las confraternidades de San Juan encontraban cada vez menos donde emplear su talento. Se habían especializado en exceso en el estilo llamado Gótico, ya pasado de moda. Después vino el cisma de Lutero, que desencadenando terribles guerras religiosas, terminó de desorganizar las antiguas corporaciones de constructores.
Amenazaban desaparecer sin dejar más que vagos rastros documentados, pero afirmando su pasado poderío por los monumentos incomparables, que se impondrán siempre a la admiración de la posteridad.

Las Confraternidades de San Juan

OSWALD WIRTH

Estos Arquitectos de la Edad Media gustaban celebrar los solsticios, conforme a los usos de las más antiguas épocas paganas. A fin de poder permanecer fieles a las tradiciones equívocas, bajo el punto de vista cristiano, escogieron como patronos los dos Santos Juanes, cuyas fiestas caen en épocas solsticiales.
Quien sabe, si al abrigo de esta elección, el antiguo culto de Jano volvió a encontrar adeptos más o menos conscientes. Lo mismo que los dos santos solsticiales, el dios de la doble cara, presidía la entrada del sol en cada uno de los hemisferios celestes. Jano era, por otra parte, el genio de todos los comienzos, tanto de los años como de las estaciones, de la vida y de la existencia en general. Pues, es preciso no perder de vista que Comienzo se dice Initium en latín. Los iniciados debían, pues, ver la dignidad tutelar de la Iniciación en este inmortal encargado de guardar las puertas (Janua), de donde él separaba a los que no deben entrar. Una vara (vaculum) le servía para ésto. Tenía, además, una llave para indicar que tenía derecho para abrir y cerrar, revelar los misterios a los espíritus elegidos o sustraerlos ala curiosidad de los profanos indignos de conocerlos.
Etimológicamente, Juan, es verdad, no proviene de Jano, pero sí del hebrero Jeho H’annan, que se traduce por “aquel que Jeho favorece”. El mismo verbo viene en H’anniBaal o Annibal, que significa favorito de Baal. Pero, Jeho y Baal, no son sino nombre o títulos del Sol. Este, era considerado por los Fenicio como un astro quemante, a menudo homicida, cuyos estragos eran temibles. Los mistagogos (sacerdotes griegos) de Israel veían al contrario, en él, la imagen del Dios Luz que ilumina las inteligencias. Jeho H’annan, Johanes, Hehan o Juan, son así sinónimos de hombre iluminado, a la manera de los profetas. Lo mismo que los artistas de las catedrales, instruidos sin duda en las doctrinas esotéricas muy antiguas, el Pensador verdadero o iniciado está, entonces, en el derecho de Ilamarse Hermano de San Juan.
Anotaremos, finalmente, que San Juan Bautista se nos presenta como el precursor inmediato de la Luz redentora o del Cristo solar. Es la Aurora intelectual que, en los espíritus, precede al día de la plena comprensión. Asperay ruda, su voz resonaba a través de la esterilidad del desierto, despertando los ecos dormidos. Sus acentos vehementes sacuden las mentalidades rebeldes y las preparan para acoger las verdades que deben ser reveladas.
Si el huraño Precursor representa, simbólicamente, a las descoloridas blancuras de la mañana, conviene por oposición, representar a San Juan el Evangelista, como rodeado de la gloria empurpurada del atardecer. Personifica la luz crepuscular de la tarde, aquella que inflama al cield cuando el sol desaparece del horizonte. El discípulo preferido del Maestro fue, en efecto, el confidente de sus luces secretas, reservadas para las inteligencias escogidas de los tiempos futuros. Se le atribuye el Apocalipsis, que, bajo el pretexto de descorrer el velo de los misterios cristianos, los disfrazó (encubrió) bajo enigmas calculados para arrastrar a los espíritus perspicaces más allá de las estrecheces del dogma. También, es de la tradición Johanista, que se han aprovechado todas las escuelas místicas que, bajo el velo del esoterismo, han aspirado a la emancipación del pensamiento. No olvidemos, en fin, que el cuarto Evangelio comienza por una introducción de un alto alcance iniciático, sobre el cual se presté durante mucho tiempo el juramento masónico. La doctrina del Verbo hecho carne, es decir, la Razón divina encarnada en la Humanidad, se remonta, por otra parte, según Platón, a las concepciones de los antiguos hierofantes. En estas condiciones, el título de Logias de San Juan, conviene mejor que cualquier otro, a los Talleres, donde los inteligentes, después de haber sido preparados para recibir la luz, son conducidos a asimilarla progresivamente, a fin de poderla reflejar a su turno.

LA PIEDRA ANGULAR

FORT NEWTON - La Religión de la Masonería


CAPÍTULO III

LA PIEDRA ANGULAR
I

La piedra angular de la Masonería y al propio tiempo su primera y mayor regla invariable, la base de su plan, propósito y profecía es la antigua y sencilla fe en Dios, cuya purísima revelación y clarísima interpretación nos da la Santa Biblia. Dios es el Gran Arquitecto y Constructor del Universo; el Padre de la humanidad que en El se solidariza y salva; el Hacedor de cielos y tierra y de cuanto contienen, ante Quien el silencio es elocuencia y la admiración un culto. No hay otro cimiento. En Dios funda la Masonería un templo de amor fraternal, de beneficencia y verdad (1).
En nada es la Masonería tan sabia como en la colocación de sus cimientos, pues comienza por el principio y asienta primero lo primero. Dios es la primera Verdad y la final Realidad. Es la Verdad de que derivan todas las demás verdades, la piedra angular de la fe, la clave del pensamiento, el coronamiento de la esperanza. Dios es el significado del universo, su ritmo y su razón, el secreto de su integridad, la fuente de todo bien, el signo de su ordenación, su autor y su fin. Al pensar en Dios se dilata el pensamiento humano hasta su extremo límite, y la confianza en Dios es la suprema sabiduría y el más intenso gozo. La fe humana no puede trascenderse ni lejos de El puede subsistir.
Todo en la Masonería se refiere a Dios, entraña a Dios, habla de Dios y señala y conduce a Dios. Todo grado, todo símbolo, toda promesa, todo ritual, todo deber halla su significado y deriva su belleza de Dios, del Gran Arquitecto en cuyo templo todos los masones son obreros. Toda Logia está dedicada a Dios y trabaja en Su nombre para cumplir Su voluntad simbolizada en el tablero de dibujo o cuadro de la Logia (2). A ningún iniciado se le admite en la Logia sin antes confesar de hinojos su fe y confianza en Dios, cuyo amor es manantial de fraternidad. El símbolo mayor de la Masonería el Triángulo equilátero, es el más antiguo emblema de Dios en la historia y fe del hombre. Bajo la bóveda del firmamento de Dios, en el mundo donde el hombre trabaja, la Masonería actúa por la gloria de Dios.
Sobre el Altar de cada Logia, ante el cual promete el masón, está la Biblia abierta, el Libro de la Voluntad de Dios, que revela la pureza y santidad de vida. Los autores bíblicos fueron videntes que contemplaban a Dios en la Naturaleza, en el curso de la historia y en los anhelos del humano corazón. En preeminente y peculiar concepto no es la Biblia un libro que trata de Dios, sino el Libro de Dios. Aun en sus áridas crónicas se manifiesta la presencia de Dios, como David oyó que se movía en el susurro de las hojas del moral. En los Salmos, en las Profecías, en los Evangelios, en las Epístolas y en el Apocalipsis, Dios es la única Realidad, el Compañero de las peregrinantes generaciones, la atmósfera de la vida del hombre y su eterna esperanza.
Verdaderamente está Dios en la fe, ideales y actuación de la Masonería, que sin El no tuviera significado ni misión ni ministerio entre los hombres. Porque cuando la fe en Dios se desvanece, se derrumba “la casa no hecha con manos”, eterna en los cielos. También entonces se desnaturaliza la plegaria del fiel masón por la paciente perseverancia en el bien obrar y para ser “piedra viva en la casa espiritual” levantada a la gloria de Dios.
Dice un insigne masón: “Doy mi último testimonio de que Dios mueve el gran rito de la Masonería” (3).

II

No hay necesidad de aducir argumentos en prueba de la existencia de Dios, porque ni es posible ni necesaria prueba alguna. La fe no se adquiere y mucho menos se mantiene con discusiones y debates. No hay prueba basada en la razón por la que podamos creer fundamentalmente, pues los hombres no creen en Dios porque hayan demostrado su existencia sino porque no pueden menos de creer en El. La creencia en Dios no es fruto de la lógica sino de la experiencia de la vida. La razón tiene por objeto esclarecer, justificar e interpretar la verdad enseñada por la vida. La Biblia no arguye. Abre las ventanas y deja que penetre la luz.
Cada época ha aducido sus argumentos en pro de la existencia de Dios; pero los argumentos de una época resultan fútiles e inadecuados para la siguiente, como vanos fantasmas de un tiempo lejano. Los argumentos fenecen y la fe subsiste. Los cuatro argumentos históricos pueden todavía mantener su poderío, pero no bastan para demostrar la existencia de Dios, sino que tan sólo prueban que debe existir. Como dijo Voltaire: “Si no existiera Dios habría que inventarlo”, porque es necesario para la sana operación de la mente del hombre. Mientras el hombre se pregunte: ¿Quién soy?. ¿Por qué existo?. ¿De dónde vine?. ¿Adonde voy?, la única respuesta es Dios, y a medida que la mente humana se dilata y su pensamiento se fija más hondamente en los intersticios de la realidad, su visión es más clara y su fe más firme. El horizonte se ensancha, la vista se agudiza y se acrecienta la admiración de Dios (4).
A veces la verdad resplandece por efecto del error, como la noche descubre las estrellas ocultas durante el día. Razón tuvo Emerson al decir: “Doquiera haya un hombre virtuoso, habrá otro y habrá muchos”. Pero sin Dios, la vida de un hombre virtuoso es un misterio cuando no una tragedia. Es una flor exótica que medra en los aires sin semilla ni raíz. Nada la sugiere, nada la sustenta, nada cumple su promesa. Por la misma razón no es el hombre vicioso, sino el virtuoso el que más profundamente se desconsuela cuando se oscurece la visión de Dios. No hay dolor más intenso que el de la pérdida del sentido de la realidad de Dios, sobre todo si el hombre es refinadamente sensitivo, según comprueban las palabras de Nietzsche al lamentarse de la pérdida de su derecho a orar; palabras que resuenan como la obertura de una gran sinfonía de desesperación y nos hielan como una ráfaga procedente del vacío.
“Nunca más rezarás, nunca más adorarás, nunca más reposarás en ilimitada confianza. Renuncias al privilegio de permanecer ante la suprema sabiduría, la infinita misericordia, y desguarneciendo tus pensamientos, no tienes un constante amigo y vigilante en tu soledad. Ya no hay para ti redentor ni promesa de más alta vida ni razón en los sucesos ni amor en lo que te suceda. Tu corazón ya no tiene lugar de descanso en donde halle sin necesidad de buscar. ¿Negarás todo esto?. ¿De dónde sacarás la fuerza?” (Vida y Cartas de Nietzsche por su hermana).
Horrenda soledad cubre como una mortaja al hombre que pierde la fe en Dios y no es extraño que enloquezca. Tal es la fatalidad del pensamiento. Hay quienes parecen y otros que quieren ser ateos; y sin embargo, el turbulento vuelo de su mente se ve acosado por la presencia de Dios (5).
En verdad se ha dicho que Dios nos creó para El y que estaremos inquietos y fatigados y solos hasta que en El descansemos.
Jean Paul Richter tenía razón al decir que nadie está en el mundo tan solo como el que niega a Dios (6). Con un corazón huérfano, que ha perdido al mayor de los Padres permanece afligido ante el inmensurable cadáver de la naturaleza, que ya no está animado ni sostenido por el Espíritu del universo sino tendido en su sepulcro.
Difícil es mantener la fe en Dios en algunas circunstancias, pero más difícil por lo desesperado es perderla. La negación de Dios es prueba de la cordura de la fe.

III

No hay cuento de hadas tan fascinador como la historia del pensamiento de Dios en la mente del hombre. La base de la fe en Dios es la vida con sus dolores y peligros, sus alegrías y tristezas, sus tronchadas bellezas, sus fugaces amistades y sus prolongadas ausencias; una vida tan breve por larga que sea y quebrantada en su mejor etapa. Más antigua que todos los argumentos es una fe más profunda que todos los dogmas, tan antigua como el hogar y la familia, tan extrema como la infancia y la vejez, tan intensa como el amor y la muerte.
Los hombres vivían y morían con la fe en Dios siglos antes de que naciera la filosofía, mucho antes de que la lógica hubiese aprendido sus letras. Podemos oír a los poetas védicos y a los salmistas penitenciales alabar a Dios allende las Pirámides. Hace cinco mil años, un gran rey de Egipto escribió acerca de la unidad y la pureza de Dios, celebrando la belleza del mundo.
Permitidme trazar tan vividamente como me sea posible la larga y lenta ascensión de la fe en el corazón del hombre: primeramente hubo un avance de la nada a algo; el tránsito de una errabunda conciencia de sí mismo y del mundo, al sentimiento de una Entidad.
Apenas podemos darnos cuenta de las primeras meditaciones del hombre cuando pensó hallar un trono en su cerebro, al transmutarse en fe el temor, en politeísmo el animismo, y reconociendo su parentesco con el mundo, adoró a los espíritus en las piedras, en los árboles y en las aguas.
La obra de Frazier: La Rama Dorada, nos muestra al hombre tan anhelante de Dios que lo halla caminando a tientas por una selva obscura, sin otro norte que una vacilante luz.
Es una enciclopedia de supersticiones, pero retrata el nacimiento y la infancia de la fe, su tránsito de la magia al misticismo, del politeísmo al panteísmo. Es un lejano clamor desde los primitivos mitos poéticos a la poesía de Wordsworth; una dulce voz que canta entre los lagos ingleses (7); pero tanto el mito como la poesía reconocieron en diverso grado “Algo” profundamente entrefundido que mora en la luz de los ponientes soles, en las aguas oceánicas, en el vivido aire, en el azul firmamento y en la mente del hombre.
Posteriormente dio la fe un largo aunque lento paso adelante en su tránsito de Algo a Alguien; de los muchos dioses a un solo Dios que está en todo, sobre todo y a través de todo; de la personificación a la Personalidad. En la Biblioteca Pública de Boston hay una pintura que nos muestra la aurora de un más noble concepto de Dios tras la oscura noche del culto a los animales, como un orto solar en la Naturaleza, en que surge la verdad y se desvanecen las sombras. Durante siglos los antiguos dioses, las divinidades menores, dominaron en lugares y en cosas; pero cada vez iba aumentando el sentimiento de un Dios superior a todas las diversas divinidades, un desconocido y pavoroso Dios que el hombre no sabía si era bueno o malo. En ninguna de las primitivas religiones, excepto en la parsi, encontramos al Demonio o Genio del Mal, pues alguna divinidad menor cumple esta función. En nuestros mismos días, un hombre como Wells, en su obra: God, The Invisible King, ve sobre nuestra conturbada vida mortal un “Velado Ser” de carácter y propósitos desconocidos; y aunque Wells se figura haber expuesto con ello una nueva idea, es antiquísima, y así dijo un cacique samoaán a un misionero: “Sabemos que por la noche Alguien anda entre los árboles, pero nunca hablamos de ello”.
Llegó un día que la fe pasó de creer en Alguien, en una Entidad, a creer que este Alguien, esta Entidad era un Ser Divino; pasó la fe de una Potestad unificadora a un santificante Imperio Moral. De este revolucionario concepto somos deudores al genio hebreo que osó identificar la estupenda Potestad celeste con la interna ley moral, fijando así una época en la historia de la fe. Este nuevo concepto de Dios ha inmortalizado al pueblo hebreo y distinguió su antiguo santuario sobre el monte Moria como el más alto templo erigido por el hombre, porque estaba dedicado a la unidad, justicia y espiritualidad de Dios. Con la sola excepción del teísmo hinduista, todos los actuales teísmos del mundo derivan de la fe hebrea que abolió los antiguos politeísmos y panteísmos, hizo del mundo un lugar ordenado en vez del campo de juego de un tenebroso hado y una alborotada casualidad y aseguró las valiosas posesiones de la humanidad. Por esta razón, el Templo de la fe hebrea llegó a ser en Masonería el símbolo de un edificio moral que alberga cuanto de sagrado hay en la vida humana.
Precisamente porque concebimos un Dios justo que exige justicia de los hombres, no podemos darnos cuenta del horror que acosó al corazón humano hasta que advirtió y estuvo seguro de la bondad de Dios.
Desde un principio reconoció el hombre que en todo momento depende de una Potestad superior, a la que dio los diversos nombres de Hado, Fuerza, Destino, Dios. Pero la clave del problema no se refiere a la existencia de tal Potestad superior, sino a la naturaleza y carácter del Ser en cuya poderosa mano estamos, porque nuestro concepto de Dios determina el que forjamos respecto de nosotros mismos, del prójimo, del mundo, de la vida, de deber y del destino. Así no es extraño que el concepto de un Dios moral eterno e inmutablemente puro, verdadero y bueno, consuele los ánimos nobles, actualice las delicadísimas facultades del alma e inspirara la magnificente poesía eminentemente religiosa de los salmos y profecías.
Con segura y clara intuición, la Masonería exploró la complicada cantera del pensamiento y la fe del hombre y halló una valiosa piedra hasta entonces rechazada por los constructores y la aprovechó como piedra angular. Era la verdad de un Dios justo que exige del hombre que obre en justicia, que ame con misericordia y camine humildemente con lo Eterno. Con visión igualmente clara nuestros padres abrieron sobre el Altar la Santa Biblia, el código moral de la humanidad, e hicieron de ella el centro de la Logia y la magistral luz de nuestra visión. Cuando a su alrededor nos congregamos, cada uno de nosotros experimenta una profunda conmoción que le incitará a vivir bajo el hechizo de tal Libro y de sus enseñanzas; y cuando lo vemos en el Altar de la Logia comprendemos que no es la débil llama de una bujía, sino la luz de Dios que refulge a través de nuestros mortales días.

IV

Pero el gran día festivo llegó cuando la humana fe alzóse con divina intrepidez del concepto de Dios como Ser divino al de como Padre nuestro manteniendo todo lo hasta entonces ganado y elevándolo al supremo nivel. Si el monoteísmo hebreo moralizó la vida, la fe cristiana la humanizó. Indicios y vislumbres de esta omnitransfiguradora visión habían columbrado los videntes desde las cumbres de sus himnos y profecías. “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor”, había dicho el Salmista. “Como niño a quien su madre consuela, así os consolará Dios”, dijo el más insigne profeta de la antigüedad. Los antiguos videntes reconocieron que el hombre vive en Dios, que es “nuestra morada en todas las generaciones”, como casa solariega de una familia cuyos individuos van naciendo y muriendo, pero que siempre vive en ella quien mantiene sus tradiciones.
La idea de Dios renació en la vida de Jesús, apacentada por el amor, el gozo y la admiración y reveladora de la sempiterna verdad por medio de lo que hay de verdadero y sempiterno en el corazón humano.
Jesús reveló el espíritu y la naturaleza de Dios por medio de lo más profundo, sublime y santo que hay en el hombre. Las enseñanzas de Jesús en parábolas, en sermones y conversaciones de incomparable elocuencia sorprenden por lo sencillas, por su brillante colorido y calurosa simpatía. Así dice: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?”. Muy extraño es que el hombre se resista a creer que Dios es tan bueno como el hombre; y sin embargo, esto es lo que Jesús nos exhorta a pensar y creer, y resumió el evangelio del amor divino en la parábola del hijo pródigo que debería denominarse la parábola de Dios Padre.
El héroe de esta parábola no es el hijo que se marcha de la casa paterna, disipa su hacienda en orgías y vuelve hambriento, andrajoso y arrepentido a casa de su padre. Tampoco es héroe de la parábola el hijo que permanece sumiso, egoísta e indiferente en la casa paterna. El héroe de la parábola es el anciano padre, transido de pena, rebosante de amor, que todo lo sufre y todo lo perdona y espera ansioso la vuelta del hijo perdido, a quien recela muerto, pero todavía aguarda como el amor espera junto a una tumba, y que al fin reconoce sus pasos a lo lejos, corre a su encuentro, interrumpe con un beso la confesión de la culpa y todo lo olvida menos argüir con su hijo mayor para inducirle a ser fraternal e indulgente, diciéndole: “Mi hijo estaba muerto y vive; se había perdido y lo he hallado”.
Esta parábola revela un amor que transciende al tiempo, que nunca se cansa, que entraña al secreto de desconocidas redenciones. Ni el tiempo lo limita ni la muerte lo consume. Nada ni excelso ni profundo es capaz de vencerlo.
No hemos comenzado a imaginar y mucho menos a reconocer el alcance y magnitud del significado de esta revelación. Tres etapas abarcan su desenvolvimiento en la vida del hombre. La primera es cuando tiene conciencia de su propia personalidad separada de las demás y moralmente responsable de sus acciones. La segunda es cuando reconoce en Dios el Ser con quien se ha de relacionar en las vicisitudes de la vida. Lo conceptúa entonces como una Potestad o como una Persona residente en el cielo, venerable, grave, unas veces amoroso, otras severo y siempre vigilante. La tercera cuando enseñado por el personal sentimiento de paternidad pasa súbita o lentamente de la idea de Dios como una Potestad gobernante, al concepto de Dios como Padre. Entonces nace el hombre espiritual-mente. Feliz quien aprenda esta verdad, no como bella teoría, sino como el significado de la vida. Alcanzará la liberación (8).

1o. Esta fe nos dará a conocer el significado de la vida y la filosofía de la historia. Como dijo Tolstoi, lo más terrible para el hombre no es temer la muerte, pues ningún hombre valeroso la teme, sino el temor de que la vida carezca de finalidad. Si Dios es nuestro Padre, no han de consumirse fútilmente las horas de nuestros días, sino que la vida ha de tener un noble y valioso significado, y la marcha secular de la humanidad no es un ciego caminar a tientas y sin guía.
En el transcurso de los siglos mueve al hombre un “creciente propósito, invisible e imponderable respecto de los sucesos inmediatos, pero que se manifiesta claro en la lejanía del tiempo, y es el que conduce a la humanidad a su divinal destino.

2o. La fe en Dios Padre influye en nuestra interpretación de las vicisitudes de la vida. La tristeza, el mal, el pecado, todas las tragedias de la vida, la juventud tronchada en capullo, la virilidad frustrada en sus comienzos, la copa de la muerte continuamente en labios del amor y las mortales angustias que pronto o tarde todos hemos de sufrir, pueden soportarse si tenemos la seguridad de que alguna razón ha de haber para ello y que no son antojos de la casualidad ni caprichos de la suerte. Mucho es capaz de sufrir el hombre aun con quebrantado corazón si sabe que la Eterna Bondad gobierna todas las cosas y no estamos a merced de una fuerza ciega.

3o . La confianza en Dios determina nuestra estimación de los valores morales. La vida, el carácter, el honor, la virtud, el servicio, la fidelidad, el sacrificio, todas las altas y heroicas cualidades cobran nuevo esplendor y valía a la luz de la magistral verdad de la Paternidad de Dios. La disciplina de la vida no menos que su oportunidad halla reinterpretación en esta fe. La oración es tan natural como el canto del ave (9). El amor se torna profeta, vaticina un radiante porvenir y triunfa la esperanza. La vida no espanta ni la muerte aterra si estamos convencidos que en todo, sobre todo y bajo todo está el amor del Padre que nos conoce y nos cuida; un amor, como dice Dante, idéntico “al amor que mueve el sol y las estrellas”.
Tal es en empañado bosquejo, la historia de la fe en Dios en la vida del hombre que de ínfimos, vacilantes y sombríos pensamientos se alza hasta la más alta y excelsa verdad que puede conocer en este mundo y es todo cuanto necesita saber. El reconocimiento de Dios como nuestro Padre, y el convencimiento de que aunque en Su mano sostiene los mundos, nuestra inquieta, anhelosa e interrogante alma es imagen Suya y es muy valiosa a Sus ojos. En esto consiste la vida.
Muchas cosas hay en la naturaleza que nos espantan y amedrentan, y muchas en la historia que nos estremecen de horror; pero cuando conocemos que el corazón del “velado Padre de los hombres” es insondable, se renueva el mundo, y la naturaleza es una música que no siempre entona un himno bélico, sino que su canto abarca todas las cosas, el grito de triunfo y el gemido de derrota, el escarceo del arroyo sobre los guijarros, el murmullo de los árboles, la risa de los niños y el trueno de las montañas.

V

Aunque todas las enseñanzas de la Masonería entrañan la idea de la Paternidad de Dios, su ritual no afirma concretamente esta verdad y mucho menos la exige como prueba de masonismo. No es un olvido, sino una muestra de profunda sabiduría, a la que todos deben estar agradecidos si saben lo que entraña (10). Si la Masonería hiciese de la fe en la paternidad de Dios una condición indispensable para ser masón, excluiría o no admitiría en su seno a muchos hombres de noble carácter, incapaces de alcanzar dicha fe, aunque la necesitan y tratan de adquirirla entre las dificultades de la vida.
Por la práctica de la fraternidad pueden los hombres reconocer a Dios como Padre, y la misión de la Masonería es conducirlos a su reconocimiento.
En nada es la Masonería tan sabia como en su actitud respecto de las delicadas y profundas cosas del alma, como la confianza en Dios, el concepto que de El tiene y sus relaciones con El. La Masonería no establece dogma alguno respecto de Dios, y rara vez emplea Su nombre, pues casi siempre usa la augusta frase: el Gran Arquitecto del Universo, frase semejante a un cáliz en que cada masón puede derramar la verdad que haya adquirido y la belleza que haya sido capaz de contemplar, dejando a sus hermanos la misma libertad. La vida del hombre con Dios es una cosa tan interna, tan íntima, tan completamente individual, que violentar su secreto y profanar su santidad sería un sacrilegio si no una blasfemia. Es ciertamente mucha verdad que un hombre no puede aprender por otro y nadie es capaz de conocer por sí mismo; y la Masonería ofrece una solidaridad en la que los masones pueden aprender juntos la verdad que les hace hombres.
Si la Iglesia se hubiese portado con sabiduría, evitaría las agitaciones que menoscaban su influencia; argumentar coléricamente sobre Dios, no es religión, sino irreligión.
Mejor conducta es la de la Masonería que guarda silencio en presencia de una Realidad tan magna, que ante ella todos los hombres se unen en la misma pequeñez, como debieran unirse en su fe y caridad. La Masonería no conduce al masón despóticamente sino con cariñoso amor, confiándole una verdad que es respecto de la fe lo que la belleza en cuanto al arte y la melodía con relación a la música (11).

NOTAS AL CAPÍTULO III

(1) Aunque la Masonería nunca ha definido el concepto que los masones han de tener de Dios, pues deja tan inefable materia al criterio de cada cual, conviene decir que la Masonería ha sido siempre predominantemente teísta y contraria a un confuso deísmo y un vago panteísmo, sin contar con las deleznables teorías y áridas abstracciones que en la mente moderna intentan dudar de la existencia de Dios. Entendemos por teísmo la fe en que la suprema Causa del universo a que los hombres llaman Dios es una inteligente voluntad que va desenvolviendo un plan moral en cuyo transcurso influye consciente y benéficamente en los hombres y de quien pueden los hombres impetrar auxilio en sus propósitos y necesidades. La Masonería no se satisface con el concepto de una Entidad lógico-matemática ni con el Impulso Vital a que alude Bergson ni con los valores subsistenciales a que se refiere Spaulding en The New Rationalism, sino que cree en un Dios de moral amor, bondadoso, misericordioso, respondiente a los clamores del hombre y que revela Su voluntad en favor de la vida y el trabajo del hombre. La fe expuesta por Oliver en su Theocratic Philosophy of Freemasonry es todavía válida, aunque podemos interpretarla en diferentes términos según la mentalidad hoy dominante en el mundo.
(2) En algunas jurisdicciones masónicas la Logia está dedicada a Dios y a los Santos Juanes, como patronos de la Masonería, aunque no se sabe porqué no están las Logias dedicadas a Santo Tomás, el patrón de la arquitectura. Sin embargo, los Santos Juanes encarnan el genio de la Masonería. El Bautista por ser el profeta de la justicia., increpador de reyes, mártir de la pureza; y el Evangelista, el discípulo amado, por ser el heraldo del amor. Además, están los cuatro Mártires Coronados, justamente santificados en nuestra historia y leyenda, porque los santos son respecto de la religión lo que los poetas en literatura.
(3) A. E. Waite Masonería simbólica. En su obra Studies in Mysticism dice que los compiladores del moderno ritual de la Masonería simbólica, Anderson y Preston (a quienes sir Alfred Robbins llamó respectivamente el “diligente párroco” y el “batallador tipógrafo”) no sabían por la mayor parte lo que estaban haciendo, sino que escribían como guiados por aquel ciego y no obstante infalible instinto que capacitó a los sandios eruditos de pasadas épocas para ver a través de sus invertidos y mellados cristales algo de lo que realmente es la Masonería, de suerte que entre muchas patrañas y vanas invenciones proporcionaron sin darse cuenta la llave maestra del Santuario.
(4) Recientemente he tenido el honor de publicar unos comentarios referentes al actual concepto de Dios, con el título de My Idea of God al cual han contribuido pensadores de todas las escuelas espiritualistas. Otros libros sobre el mismo tema son: The Experience of God in Modern Life, por Eugene Lyman: The Meaning of God in human experience, por W. E. Hocking: Moral Values and the Idea of God, por W. R. Sorley; y The Idea of God, por Pringle-Patterson. Son valiosos volúmenes en los cuales vemos que nuestro concepto de Dios es la suma de varias emociones, intuiciones, dudas y afirmaciones que nos conducen si no a la comprensión de Dios, al menos a la seguridad de su existencia.
(5) A muchos se les ha llamado ateos, y ellos mismos se figuraban serlo, cuando en rigor se contraían a negar alguna grosera e indigna idea de Dios. Así condenaron a Sócrates por ateo porque negaba a los dioses de la mitología griega, y los primitivos cristianos eran tildados de ateos por la misma razón. Otros se creen ateos o al menos agnósticos porque no pueden demostrar la existencia de Dios como se demuestra una operación matemáticamente. Dice el doctor L. P. Jacks: “Dios es Dios precisamente porque no es posible dar una prueba que exponga su existencia más allá de toda cavilación, y porque a Sí mismo se confirma contra todas las negaciones y contradicciones, de las que El mismo es el autor”. En Guerra y Paz, pone Tolstoy en boca de un viejo masón esta pregunta dirigida al Conde: “¿A quién niegas tú?”. Pero la absoluta negación, como en el caso de Nietzsche, es insania que acaba en ofuscación, y así murió en un manicomio. Semejante negación puede ser pasajera, como vemos en la vida de George John Romaine, que perdió la fe en Dios, pero la recobró según nos dice en un bellísimo y conmovedor pasaje de su obra Thoughts on Religión.
(6) Nadie ha visto la vida sin Dios con tan terrible intensidad como Dostoievski, el eminente novelista ruso y una de las más profundas mentalidades de nuestro tiempo. En sus novelas encontramos más terror, crueldad y sufrimiento que en toda la literatura de los siglos precedentes. Estaba dotado de tan penetrante intuición que parecía ver más allá de la vida con insoportable visión. Era en verdad, según decía, un hombre atormentado por Dios y atraído hacia Dios por la mágica fuerza de los hechos en sí mismo y en la vida. Los jóvenes del día que se jactan de ateos y se figuran que es de buen tono serlo, deben leer las novelas del eminente ruso y darse cuenta de que la vida sin Dios es a modo de una eternidad gris, de soles que se enfrían, de voces afónicas que atraviesan un helado universo. (Dostoewsky, A Critical Study, por J. Middleton Murry).
(7) Alude el autor a los poetas ingleses Southey, Coleridge y Wordsworth, llamados los poetas de los lagos, porque vivieron a orillas de uno de los lagos de Cumberland, en Inglaterra. (N. del T.).
(8) Un viejo indio piel roja le decía a Egerton Young: “Tú hablas de nuestro Padre, y esto es muy nuevo y muy grato para nosotros, pues nunca habíamos creído que el Gran Espíritu fuese nuestro Padre. Le oíamos en el trueno, o le veíamos en el relámpago y nos amedrentábamos. Así es que cuando nos dices que el Gran Espíritu es nuestro Padre nos parece muy hermoso. ¿Es también tu Padre?”. “Lo es también”, exclamó Young, sin saber decir otra cosa. Pero el indio replicó: “Entonces, ¿también es el Padre de un viejo indio?”. “Desde luego que sí” - repuso Young. El piel roja repuso: “Pues así somos hermanos. Me parece que tú, mi blanco hermano, viniste con este gran libro a contar esta historia a tus hermanos de los bosques”. (By Canoe and Dog-Train, por Egerton Young).
(9) En Masonería se nos enseña que nadie debe emprender una tarea importante sin impetrar la guía y el auxilio de Dios. No es una exhortación superficial. La oración es a la par un misterio y una necesidad. Nadie sabe cómo recibe respuesta una oración, pero conoce que la ha recibido por la fuerza interna que le sostiene. Dice Meredith: “El que después de orar mejora de conducta, denota que ha sido escuchada su oración”. Y añade en otro lugar: “Tiene de bueno la oración que nos mueve a confiar descansadamente en lo desconocido, nos hace flexibles a las vicisitudes y nos predispone a la vida. Quien tenga en sí la fuente de la oración no se quejará de la suerte. La oración es el reconocimiento de la ley, el fortalecedor ejercicio del alma, el hilo de unión con las divinas leyes. Al poner el
alma en oración se recibe el influjo de la verdad externa y nos identificamos con los creadores elementos que nos alientan”. (Beauchamp's Career, cap. 29).
(10) Hay algo que pudiera llamarse “la blasfema familiaridad con Dios” según dice Mattew Arnold refiriéndose a los que hablan de El como si fuese un hombre de carne y hueso. En la Masonería se experimenta un exquisito sentimiento de reverencia, porque rara vez emplea el nombre de Dios, y esta prudente conducta está corroborada por la religión hebrea, según atestiguan las siguientes palabras del rabino Enelow: “Cuando vuestra mente afirme la existencia de Dios no permitáis que vuestra imaginación lo conciba en forma limitada y. material. La mente tan sólo debe reconocer la necesidad de la existencia de Dios y no pasar adelante. Se ha de trazar a la mente un límite que no debe trasponer. Ha de afirmar la existencia de Dios sin que intente comprenderle. Corred hacia la afirmación de Su existencia, y entonces retroceded para no formar de El una limitada imagen. Como leemos en el Libro de la Creación, del antiguo misticismo judío: “Si tu corazón se revela, vuelve atrás”. (My Idea of God, por Joseph Fort Newton).
(11) La Biblia es muy explícita en este punto, pues nos enseña que quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es mentiroso (primera epístola de San Juan, cap. 4, vers. 20). Por el amor fraternal reconocemos la paternidad de Dios. Como dijo Goethe en una memorable sentencia: “Dios no puede expresarse con palabras. Se le hade manifestar con obras”. Es decir, que no se ha de discutir ni argumentar respecto de Dios, sino demostrar nuestra fe en El por medio de una conducta de amor fraternal, de justicia y servicio. La finalidad de la Logia, como la de la Iglesia, es elevar la conciencia humana hasta la pureza de corazón en que Dios se manifiesta realmente, puesto que según dijo Cristo “los puros de corazón verán a Dios”. Recordemos a este punto las notables palabras de Coventry Patmore: “La obra de la Iglesia en el mundo no es tanto enseñar los misterios de la vida, como conducir el alma a aquel arduo grado de pureza señalado por el mismo Dios. La obra déla Iglesia termina donde comienza el conocimiento de Dios”. (The Rod, the Root and the Flower).

Esto equivale a decir que la ciencia de la iniciación es un real y no meramente ceremonial sentido, es un método de disciplina y cultura que nos capacita para recibir la suprema verdad de la maestría. Lo que esto significa experimentalmente, expuesto en alegorías, se halla descrito con incomparable y vivida belleza en el tercer capítulo de The Masonic Initiation, de W. L. Wilmshurst, un autor cuyas páginas exhalan la fragancia del significado espiritual de la Masonería.

LOS CONTRUCTORES - FORT NEWTON

FORT NEWTON - La Religión de la Masonería


CAPITULO II

LOS CONSTRUCTORES

I

Según ya dijimos, no es nuestro propósito tratar de la actitud de la Masonería respecto de las religiones confesionales eclesiásticamente organizadas, sino el de estudiar nuestra Orden como expresión por sí misma de esperanza, vida y fe religiosa.
Si la Religión, según la hemos interpretado, es una amplia solidaridad, un sentimiento de la esencial unidad de toda vida, en la que todos los hombres estamos ligados al deber y al servicio, entonces la Masonería es una de las múltiples manifestaciones de la Religión así consideradas; es una parte de la espiritual experiencia de la humanidad y un aspecto de la Vida divina en la tierra.
Así es que para conocer el genuino significado de la Masonería, debe estudiarse en el contexto de la historia espiritual de la humanidad, de la que es peculiar y significativo aspecto. De lo contrario, no sólo fuera la Masonería un misterio sino un enigma tan ininteligible como si fuese obra de hombres de otro planeta, sin lugar en nuestra apreciación de los valores espirituales de la humanidad.
En esto consiste el mérito de la obra de Arthur Edgard Waite a cuya clarividencia y copiosa erudición han de estar agradecidos cuantos estudian la Masonería (1) pues ve que la vida espiritual de la humanidad es una indagación y una conquista, cualquiera que sea la forma que asuma o el ritual de que se valga, y la Masonería es uno de los tres magnos rituales en que el hombre trató de sorprender artísticamente y encarnar experimentalmente el misterio y verdadero significado de la vida (2).
La intuición de la unidad de la vida espiritual en todas las almas enlaza todas las cosas y nos infunde una muy amplia tolerancia, una paciente simpatía y una clara comprensión de cada una de las modalidades que la indagación de Dios ha tomado, tanto en los países cristianos como en los llamados paganos.
No quiere esto decir que todas las formas de fe sean igualmente profundas, estén en un mismo nivel de desenvolvimiento y tengan el mismo valor para guiar la conducta humana; ni mucho menos significa negar la realidad de la revelación, en el libro de la Santa Ley, de la ley moral y de la verdad espiritual que ilumina nuestro sendero como lámpara guiadora de nuestros pies. Quiere decir que nos ayudará a ver y comprender cómo y por qué en respuesta a los esfuerzos del hombre, todavía se le revelan la verdad y la justicia; que realizará nuestras aspiraciones y nuestros sueños espirituales; que nos dará a entender que aunque las religiones son muchas, no hay más que una sola Religión; la vida de Dios en la vida del hombre, como ya sabemos que dijo Henry Scrougall, muerto en la flor de su edad.
Si no acertamos a observar la Masonería desde este tradicional punto de vista, no podremos ver su real belleza e infinita sugestividad ni comprender su admirable simbolismo.
La Masonería es única tanto por las verdades que enseña y la experiencia que aspira a realizar, como por el espíritu y el método con que nos conduce a la magna finalidad de la vida, a algo inefable y memorable que los entendidos entrevén en lontananza. Mantiene la Masonería un sencillo y profundísimo secreto, para cuya revelación no existen palabras apropiadas, y que sólo cabe insinuar en símbolos y dramas. Por esto la Masonería nos habla en parábolas y mitos primievales.

II

Por lo tanto ¿qué es la Masonería?. Al escuchar esta pregunta pensamos en la respuesta que dio San Agustín a otra pregunta análoga, diciendo: “Lo sabía hasta que me lo preguntaste; pero en cuanto me lo has preguntado, ya no lo sé”.
Hay en la Masonería algo único, un lazo diferente de todos los demás lazos, que une a los hombres de toda categoría, tipo y temperamento en estrecha confraternidad. Es algo a la par tierno y profundo (y podríamos llamarlo místico si no se hubiese abusado tanto de esta palabra) que todos sentimos y ninguno puede ni cuida de analizar.
Nos sentamos en la Logia, sabiendo cada cual exactamente lo que ha de hacer; según los antiguos, sencillos y familiares símbolos nos juntamos sobre el nivel y nos separamos sobre la escuadra; y sin embargo, nadie sabe como se entreteje un lazo tan sutil como el aire y tan firme como el acero. Es algo admirabilísimo, extraordinario, y pretender analizarlo sería lo mismo que si intentáramos trazar un cerco alrededor de un perfume (3).
No obstante, como quiera que hayamos emprendido la tarea de exponer como mejor podamos, algo del profundo significado de la Masonería, debemos intentar alguna especie de definición, o mejor dicho, una designación de su forma, espíritu y propósito. Acaso nos ayude a ello la enumeración de varias definiciones, ninguna exacta, como así lo reconocerían sus autores, cada uno de los cuales subrayó un aspecto o segmento del multilateral y frondoso significado de la Masonería; y todas las definiciones denotan de consumo a la par la necesidad y la futilidad de definirla.
Cada individuo ve en la Masonería lo más cercano a su propia naturaleza y necesidades, a su propio corazón y pensamiento; pero hay mucho más de lo que cada individuo ve, pues la Masonería con sus símbolos es un hermoso misterio que cada cual contempla desde su propio punto de vista, sin que nadie lo descubra por completo.

De A.G.Mackey:
La definición de la Masonería como “un sistema de moralidad velado en alegorías e ilustrado por símbolos”, se ha citado tantas veces, que resultaría pesada si no fuese por su hermosura, que denota su carácter interno. Las ceremonias son externas adiciones que no afectan a su esencia.

De M. M. Johnson:
La Masonería es una antigua sociedad masculina con secretos métodos de reconocimiento; enseñanzas simbólicas, en parte esotéricas; una filosofía moral basada en el monoteísmo que inculca la fraternidad entre los nombres y la creencia en la inmortalidad.

De A. C. L. Arnold:
Masonería es amistad, amor e integridad. Amistad que se sobrepone a las ficticias distinciones sociales, a los prejuicios de religión y a las condiciones económicas de la vida.
Amor sin límites ni tibiezas que no conoce desigualdades. Integridad que ataca al hombre a la eterna ley del deber.

De G. F. Moore:
Masonería es la ciencia de la vida en una sociedad de hombres, con signos, símbolos y ceremonias, que tiene por base un sistema de moralidad y por propósito el perfeccionamiento y dicha del individuo y de la humanidad.

De A. S. MacBride:
La palabra Masonería entraña en todas sus variantes conocidas, la idea de unidad. Desde este punto de vista parece que la Masonería es la conjunta construcción de varias unidades, como piedras, ladrillos, maderas, hierros o seres humanos en un compacto edificio. Cuando aplicamos este concepto a la Masonería simbólica, significamos la construcción moral de la humanidad en un simbólico edificio trazado de conformidad con un deliberado plan.

De R. W. Abbott:
La Masonería es el arte de la fraternidad humana; un código de revelaciones y leyes éticas que conmueven a todos los hombres por su pureza, justicia y fe, y ordena a sus miembros que extiendan la justicia a toda la humanidad, instruyéndolos en la amplitud de mente, firmeza en la rectitud y pureza de cuerpo y ánimo, e inculcándoles el amor a Dios, a la familia y a la patria y el respeto de los derechos del prójimo.

De Oscar Posner:
La vida separa a los hombres. Para unir a los hombres se necesita un arte. Un medio de este arte, no el arte mismo, es la Masonería. Por tanto, la Masonería es el medio de un arte que se esfuerza en unir a los hombres separados por la vida, a fin de que puedan entrar en una nueva comunión unos con otros.

De Albert Pike:
La Masonería es la subyugación de lo humano por lo divino en el hombre; el vencimiento de los apetitos y pasiones por la razón y el sentido moral; un contiguo esfuerzo, lucha y guerra de lo espiritual contra lo material y sensual. Cuando el luchador logra la victoria y coronado de laureles descansa sobre su escudo, goza del verdadero Santo Imperio.

De Germán Handbuch:
La Masonería es la actividad de hombres estrechamente unidos, que mediante formas simbólicas tomadas principalmente del arte de la construcción, trabajan en beneficio de la humanidad, procurando enaltecerse moralmente y enaltecer a los demás; y por tanto, llevan a cabo una liga universal de la humanidad, que ellos aspiran a formar aun ahora en corta escala.
Todas estas definiciones son más bien descripciones, excepto la primera, tomada del Libro de la Constitución; la segunda, que podría figurar en un tribunal de justicia; y la última, que nos capacita para llamarnos constructores.
Las demás definiciones son hermosas y verdaderas descripciones. La de Pike describe el propósito de cada denominación religiosa, el esfuerzo de que es capaz todo ser humano y en modo alguno exclusivo de la Masonería, a menos que la interpretemos como parte de la común aspiración espiritual de la humanidad, a pesar de su peculiar simbolismo.
Hace años traté de reunir las descripciones a las que puede añadirse la siguiente de

W. N. Pontón, Gran Maestre que fue de la Gran Logia de Ontario (Canadá):
“Digamos más bien que la Masonería, tal como la vemos en nuestros anhelos y tratamos de realizarla en nuestra fraternidad, es como una de las catedrales que nuestros hermanos construyeron en otro tiempo. La fe es su cimiento; la rectitud su piedra angular; la fortaleza y la sabiduría sus muros; la belleza su configuración: el amor fraternal sus arcos; la reverencia su techumbre; la Biblia su lámpara; el misticismo su órgano; la caridad su incienso, la fraternidad su sacramento; la beneficencia su ritual; sus símbolos los ventanales que a medias revelan y a medias ocultan una verdad insusceptible de palabras, demasiado amplia para encerrarla en dogmas, demasiado brillante para la vista ordinaria, y que sólo se nos insinuará cuando estemos preparados para contemplarla con más clara visión”.
“La Masonería no es un templo de Misterios ni un Depósito de Rituales ni un Reformatorio de delincuentes ni una Oficina de Asistencia Social, sino el dichoso, tranquilo, refinado e intelectual hogar de hombres de buena voluntad y recto criterio, de hermanos y no esclavos, de hombres de claro entendimiento y templado ánimo, de jóvenes y viejos que atraídos por una magnética afinidad de asociación se unen en un compañerismo muy superior a las multitudes gregarias. Son hombres que actúan en un mundo de moción y emoción, de aspiración y deliberado progreso; que llegan a conocerse íntimamente unos a otros en estrecha y familiar asociación, convencidos de que la fraternidad humana comienza con la completa virilidad del individuo”.
“Es una perfecta descripción de todas las cosas que sentimos, amamos y tratamos de expresar y que casi se expresan por sí mismas, infundiéndonos el gozo de su reconocimiento”.
“También describe perfectamente la atmósfera en que los masones viven y el gentil, gozoso y libre espíritu con que trabajan unidos por una magnética y creadora afinidad, buscando la verdad sin envidia, discutiéndola sin rencor y esforzándose en realizarla en su vida privada y en servicio de la sociedad. Porque la Masonería es Verdad, Caridad y Servicio. La Caridad sin la que nada valen los dogmas; la Verdad que jamás perjudicó a nadie; y el Servicio o práctica del bien, que es la más bella arte conocida entre los hombres”.

III

Por consiguiente, hay una antigua, sencilla, sabia y tan profunda como práctica Religión de la Masonería. Una Religión de fe, libertad y fraternidad, que acepta las verdades de fe y revelación, pero que deja que cada cual las interprete como su conciencia le dicte, para evitar discusiones que arriesgan degenerar en disputas con menoscabo de la vida religiosa.
La Religión de la Masonería no es una teología en el sentido eclesiástico de la palabra, ni una filosofía como la de Platón o la de Kant, sino más bien una sabiduría viviente, un moral misticismo práctico, digámoslo así, velado por alegorías e ilustrado con signos, símbolos y dramas.
Pueden aplicarse a los tres grados de la Masonería simbólica las palabras de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. El camino de rectitud de conducta y justicia fraternal; la verdad de una ley moral y espiritual tan exacta como la geometría; y una vida eterna descubierta y vivida temporáneamente.
Recordemos que la Religión de la Masonería es sencilla y profunda, precisamente porque interpreta espiritualmente la vida y descansa sobre las mismas bases y está sujeta a las mismas pruebas que cualesquiera otras interpretaciones del significado de la vida, y como tal está expuesta a la negación de los escépticos y a la persecución de las fuerzas tenebrosas.
Así nos incumbe al menos afirmar la fe por la cual vivimos como hombres y masones en contra de los ciegos pensamientos y del agotador cinismo a cuyo toque se marchitan los más delicados valores de la vida como flores en la escarcha. No necesitamos dar razón de, nuestra fe, porque la profunda fe del hombre es más honda que la razón, es la base de la razón y tan profunda como las necesidades, la vida y la naturaleza del hombre.
La Masonería, como todo lo mejor de la vida del hombre, descansa en la fe, que la lógica no puede demostrar ni refutar, de que la vida tiene su valor y significado y que no es un accidente sin finalidad ni propósito. Esta sana y saludable fe nos muestra el valor de la vida y nos mueve a obrar de acuerdo con este valor.
No es una opinión que mantenemos sino una emoción que nos mantiene. “Es una afirmación y un acto que promete la realidad de las verdades eternas”.
Como chispas que ascienden hasta el sol, así esta alta y heroica fe del hombre se sobrepone a todas las negaciones y encuentra confirmación y consagración en Dios y en la divina ley de vida y amor. Nunca se ha expresado más notablemente esta verdad que en las palabras de Richard Hooker, una de las más claras mentalidades de su época, contemporáneo de Bacón y Shakespeare, que muerto a los 49 años de edad, nos legó un pasaje tan famoso por la alteza del pensamiento como por la majestad del estilo. Dice así:
“No podemos menos de reconocer la ley cuyo sitial es el seno de Dios y su voz la armonía del mundo. Todas las cosas del cielo y de la tierra le tributan homenaje; las mínimas reciben su cuidado y las máximas no se substraen a su poderío. Ángeles, hombres y toda criatura, por alta que sea su condición, cada cual a su manera admiran de consumo a la ley como madre de su paz y de su dicha”.
“La Masonería tiene la seguridad, atestiguada a la par por la experiencia humana y la revelación divina, de la existencia de un mundo espiritual, y de una moral universal cuyas leyes son tal reales y tan exactas como las leyes del mundo físico. Tiene la Masonería la seguridad de un vasto, potente, vivido y benéfico orden, más radiante que cuanto cabe imaginar, del que el simbolismo en las esparcidas letras de un alto lenguaje nos da indicios y vislumbres, hasta que el indagador de la realidad se reconoce a sí mismo y comprende. De otro modo, nuestro simbolismo de nada serviría, porque no tendría nada que simbolizar, y la vida fuera como un relámpago en las tinieblas que se desvanecería en el vacío. En protesta contra tan tenebrosa filosofía, nuestra fe masónica permanece inmutable, como un Templo que protectoramente cobija las cosas santas de la vida”.
La fe masónica puede exponerse brevemente con más pormenores, como sigue:
1o. La fe en el universo como campo de fraternidad.-La Masonería cree que el mundo en que vivimos, a pesar de los hechos en apariencia contradictorios, estuvo destinado desde un principio a la fraternidad. A primera vista no resulta así, porque la Naturaleza parece como si tuviese dientes y garras de fiera, sin preocuparse de los altos valores. A muchos les horroriza la aparente indiferencia de la Naturaleza respecto de los altos ideales del hombre, y parece fútil el anhelo de fraternidad en este mundo. En verdad que esta actitud de la Naturaleza es como un reto al valor del hombre; pero la Masonería admite el reto, y por temeraria que parezca su fe, afirma la posibilidad de hermanar a los hombres, pues contra la ley de la lucha por la existencia se opone a la ley del auxilio mutuo sin la que hace siglos hubiese perecido la humanidad. Lento pero seguro ha de ser el triunfo de la ley de amor fraternal sobre la de lucha egoísta. El hombre es parte de la Naturaleza, y como aspira ardientemente a la fraternidad, cree que el universo no está en contra de su fe (4).
2o. La fe en el ser espiritual del hombre. -El hombre es un animal, pero si no fuese otra cosa, la religión y la fraternidad serían fútiles ficciones y viviría según la ley de la manigua.
Pero el hombre es algo más que un animal, pues tiene “pensamientos que vibran a través de la eternidad”. Es ciudadano de dos mundos, y la gloria de su vida es vivir en dos mundos a un mismo tiempo. No es durable una fraternidad basada en la naturaleza inferior del hombre. Solamente un lazo espiritual puede hermanar a los hombres, pues ningún otro lazo es capaz de resistir la fuerza bruta de nosotros mismos y del mundo exterior. Todo otro lado es como cuerda de arena tan débil como el agua. La fraternidad se funda en la fe de la esencia espiritual y moral del hombre capaz de desinteresada amistad, abnegación y sacrificio.
3o. Fe en los ideales espirituales. -La fraternidad, según el concepto masónico, sería imposible si el hombre fuese juguete del destino, si sus altos ideales estuvieran supeditados a sus bajos instintos, si el interés egoísta fuese lo único que le moviera a luchar, sufrir, trabajar y servir. La historia del heroísmo humano refuta esta cínica filosofía. La devoción del hombre a los grandes y desinteresados ideales de libertad, justicia, misericordia y verdad es un abrumador testimonio de cuanto en él pueden las influencias espirituales. No pueden ser simplemente aspiraciones humanas; han de ser inspiraciones divinas que recibe el hombre en sus horas de calma y le inducen a más nobles resultados y le moldean de conformidad con un divino dechado.
Estos tres aspectos de la fe contienen las magnas afirmaciones de la Masonería religiosa: la Paternidad de Dios, la Fraternidad humana, la Geometría del carácter y la Vida perdurable.
IV
Tal es la fe sobre que edifica la Masonería, la fe que mantiene la vida superior del hombre, la fe que reúne en un solo haz los fluctuantes rayos de la antigua luz de la religión con los más brillantes de la revelación de la ley moral y de la verdad espiritual según resplandecen en el Libro de la Santa Ley.
Las tres luces de la Logia nos dan la pista de la Religión de la Masonería, de la Santa Biblia que sostiene la escuadra y el compás, símbolos de la revelación; la justicia y la redención, enseñándonos que si caminamos a la luz de la verdad y obedecemos la ley de justicia, nuestra naturaleza superior prevalecerá contra la inferior, lo celeste contra lo terreno; y así cielo y tierra se entrefunden en la Logia: la tierra donde el hombre prosigue su labor y el cielo a que aspira.
Ciertamente, la Religión de la Masonería es la Religión universal, la que puede unir a los hombres, pues sus principios son tan amplios como el mundo y tan altos como el firmamento. La naturaleza y la revelación se entrefunden en la fe masónica; su moral está arraigada en el orden del mundo, y su techumbre es la bóveda celeste. No olvidemos que la Logia, aunque como local de reunión tiene techo arquitectónico, representa en pintura el cielo estrellado, porque en realidad una Logia se reúne bajo la bóveda celeste, y de día la alumbra el sol y de noche las estrellas, de lo que proviene la influencia que exalta y ennoblece la vida humana (5).
Simbólicamente al menos no tiene más artesonado que el arqueado firmamento, y la tarea del hombre consiste en reflejar en su conducta la ley y el orden de la refulgente en lontananza ciudad de Dios.
El compás es el símbolo del aspecto celeste de la Masonería, y es el más espiritual de todos sus instrumentos de trabajo, cuyas dos puntas representan la ley natural y la ley revelada, y entre ambas nuestra vida está colocada bajo un pabellón de estrellas.
Aunque tenemos del mundo un concepto muy distinto del que tuvieron nuestros antiguos hermanos, pues sabemos que es redondo y no plano y cuadrado, todavía es verdadera su intuición respecto a que el hombre debe imitar el orden del mundo en que vive. Tal es también nuestro anhelo y propósito, nuestro culto y nuestra labor. Todo hombre tiene derecho a construirse una casa, pero si quiere que de abrigo le sirva ha de obedecer a ciertas leyes físicas al construirla. Si las obedece, quedará en firme su casa, pero no si las desobedece. Lo mismo sucede con las leyes morales que gobiernan la construcción del carácter. Si como dice Ruskin las leyes de la arquitectura son leyes morales, también son morales las leyes de la arquitectura espiritual. En resumen, la idea básica de la Masonería es que el orden moral, como el mundo físico, es un reino de ley, orden y belleza en el que la obeciencia es libertad y estabilidad.
Sobre este hecho levanta la Masonería su noble y hermoso emblema de la vida humana en todos sus aspectos. La Logia simboliza el mundo, arqueado por el firmamento, y en el centro un altar de promesa y plegaria. De la propia suerte, la iniciación es nuestro nacimiento de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la fe moral y espiritual, de un ambiente con nuevos motivos y experiencias. El cable remolcador es como el cordón umbilical que une al feto con el cuerpo de la madre, y no se corta el cable hasta que al prestar la promesa de la vida moral, se teje un lazo invisible que une al iniciado con sus hermanos en el moral esfuerzo de construir un mundo de fraterna buena voluntad.
En el primer grado aprendemos la moral y la caridad, que siempre han de estar unidas; y si se nos juzga dignos, pasamos después al segundo grado, como si dijéramos de la juventud a la virilidad, con más amplio conocimiento y más graves responsabilidades; y finalmente, si somos íntegros y valerosos, descubrimos en el tercer grado que aunque vivimos en el tiempo somos ciudadanos de la eternidad. Así queda descrito en una elocuente alegoría de sublime sencillez, un mundo ideal regido por la sabiduría, la fortaleza y la fraternidad, en el que estamos para cumplir nuestro deber, construir nuestro carácter y vencer al destino (6).
Es un gran día para el neófito, cuando la Masonería le revela su significado, su plan de conducta, su propósito, su profecía de un Templo de la Fraternidad, en donde pueda el edificar su vida, sus pensamientos y aspiraciones,-que durarán lo qué el mundo dure.
En su forma moderna, la Masonería es un conjunto de simbolismos en el que confluyen tres corrientes de fe, por las cuales el hombre es constructor de un Templo, peregrino en busca de la perdida verdad, y si por su heroísmo lo merece hallará el sublime Secreto de Vida.
Primeramente es un constructor que desbasta las piedras arrancadas de la cantera del mundo y las labra en formas bellas según la voluntad y el designio de Dios, y en su nombre y con su auxilio, para construir en unión de sus hermanos, como los antiguos masones construían las catedrales.
Después es un peregrino que viaja desde Occidente, donde muere el Sol y es lugar de muerte, hacia Oriente, donde nace el Sol y es lugar de vida. Es la fatigosa y larga peregrinación del alma que todavía calza las sandalias de la naturaleza humana.
Finalmente halla aun en este mundo la vida eterna, y puede conocer el secreto mientras está en el oscuro sendero del mundo. ¡Oh alma mía! recuerda, lucha, persevera y regocíjate.
Decidme si en todo el mundo de los sabios y los poetas, de los pensadores y los filósofos habéis hallado una fe más profunda, un plan de vida más noble, una labor más exigente, una esperanza más consoladora. Uno piensa en el soneto en que Carl Claudy preguntaba a la Masonería cuál era su significado, y respondía a la pregunta en palabras que son un canto para nuestras almas, diciendo: ¿Qué tiene tu ciencia de la vida que le permite vivir?. ¿Qué vital destello se oculta en tus promesas?. Los millones de seres a quienes enseñaste según iban hollando tus amables senderos, conocen el secreto de la fuerza que les infundiste: Soy el camino que conduce a los hombres a Dios.

NOTAS AL CAPÍTULO II

(1) En mi obra Los Arquitectos parte I cap. 4 pagué tributo a la intuición y talento exegético del hermano Waite, quien desde entonces ha proseguido su acertada exposición de la vida espiritual de la humanidad en los libros muy valiosos para los peregrinos por el sendero de la iniciación. Además de The Brotherhood of the Rosy Cross, que es una maravilla de investigación en un difícil campo, ha publicado Emblematic Freemasonry, y The Way of Divine Union, su obra maestra y la mejor de cuantas se han escrito en nuestra época.
(2) Los tres magnos rituales de la humanidad son: el Prajapati del antiguo hinduismo; la Misa de la Iglesia Cristiana y el Tercer Grado de la Masonería Simbólica. Por mucho que difieran en sus pormenores y por dispares que parezcan externamente, los tres atestiguan a la profundísima intuición del alma humana, que si Dios llega a ser hombre, el hombre puede llegar a ser Dios. Cada uno de los tres rituales expresa el descubrimiento de la Divinidad en el hombre, como prueba y profecía de nuestra inmortalidad y eternidad en el tiempo.
(3) ¿Por qué ingresan los hombres en la Masonería?. ¿Qué señuelo los atrae?. ¿Qué hechizo los mantiene largos años en ella?. Como tenue cable remolca nuestros corazones, cuando tantos lazos desatan los rozamientos del mundo. ¿Preguntaremos qué es la Masonería a los animales salvajes?. ¿Qué secretos murmuran las montañas a los oídos del montañés tan calladamente que pueden escucharse sobre el estrépito y vocerío del mundo?. ¿Qué misterio revela el mar al marinero, el desierto al árabe, el hielo ártico al explorador y las estrellas al astrónomo?. Cuando hayamos respondido a estas preguntas quizá podamos adivinar el encanto de la Masonería. Quien sepa lo que es, el cómo y el porqué podría ser el cable remolcador de Dios entre los humanos corazones. (The Magic of Freemasonry por Arthur E. Powell.)
(4) En nuestros días conturba el ánimo de muchos pensadores el temor de que la Naturaleza se oponga a la realización de los altos ideales humanos, pues hay un aparente conflicto entre los nobles valores de la vida y la ordenación del mundo tal como nos la revelan las ciencias naturales, como si la Naturaleza no atendiera a lo más sagrado para el hombre. Se advierte este temor en las poesías de Tennyson y Arnold, por no citar otros, y se refleja en las dudas religiosas de nuestra generación. (Véase Science and the Modern World por A. N. Whitehead, cap. 5). Por el contrario, hay un cúmulo de hechos nunca mejor expuestos que por el príncipe Kropotkin en su obra: Mutual Aid que encuentra en el orden natural las raíces del amor, del sacrificio y de la justicia. Hay indicios de que dicho temor tan prevaleciente en el pasado siglo, se va desvaneciendo y llega una más clara y verdadera visión que nos muestra el mundo como una escuela experimental de penas y gozos, como la morada del velado Padre de los hombres.
(5) Una de las más hermosas características de la Masonería es que se vale de los más antiguos y sencillos hechos de la vida para enseñar su verdad y así influye tan íntima y profundamente en nuestro ánimo. Todo oficio relacionado directamente con la naturaleza,

como el de pastor, cazador, labriego y constructor, nos conmueve con ancestrales instintos y recuerdos y nos acerca a la poesía. Como dice Stevenson, el labrantío del suelo, el cuidado de un rebaño, la construcción de una casa, reciben el rocío de la mañana de la humanidad. Por la misma razón, el paso por un desierto, una techumbre resguardadora de la tempestad, un hogar lumbreante en la oscuridad, pueden conmover el corazón como símbolos de las necesidades y de la fraternidad humana.
Se ha descrito la vida con varias figuras de pensamiento: como una batalla, como un viaje, como una escuela, como una peregrinación, como la edificación de una casa; y la Masonería, con su instinto por las cosas antiguas y sencillas, nos exhorta a recordar que somos peregrinos en busca de una ciudad, que somos constructores y debemos echar firmemente los cimientos y comprobar nuestra obra con la escuadra y la plomada. Es la Masonería tan sencilla como sabia, y emplea emblemas tan profundos como familiares. En una palabra, la Masonería es una de las grandes Poesías del mundo. (The Magic of Freemasonry por Arthur E. Powell).
(6) Para más completa exposición de los tres grados, como pasos en el ascendente camino del desenvolvimiento humano, el primero moral, el segundo intelectual y el tercero espiritual, véase The Meaning of Masonry por W. L. Wilmshurst, especialmente los tres primeros capítulos en los que un sabio y benévolo instructor expone claramente el profundo simbolismo masónico. (Véase también Symbolism of the Three Degrees of Masonry por Oliver D. Street).
El hombre anda a tientas en las tinieblas de la ignorancia hasta llegar al Vestíbulo de la Ciencia, donde se le enseña a conocer las cosas por el testimonio de los sentidos, y adquiere la certeza nacida de la experimentación. De aquí, si tal merece, pasa el Vestíbulo de la Sabiduría en donde aprende el significado de las cosas e intuye la verdad por la delicada percepción mental. Finalmente si es valioso y perspicaz puede pasar al grado superior de la comprensión y ser un Maestro de compasión. ¿Qué es comprensión? Es el arte intuitivo de enlazar los hechos de la experimentación con las interpretaciones de la sabiduría para hallar la verdad, o sea la adaptación de las formas a la vida del espíritu (Initiation, por A. A. Bailey).
Así la iniciación es algo más que una ceremonia; es un empinado y áspero camino que debemos recorrer para conocer la verdad, y del cual los grados y dramas son tan sólo medios y símbolos. Es la iniciación un comienzo, como se infiere de la etimología de la palabra in ire (entrar) o lo que tanto monta, pasar de lo físico a lo espiritual, para lo que se necesita tiempo, paciencia, valor y disciplina.