La Octoada Solar

OSWALD WIRTH

El número ocho que es el de los kabirim semíticos, se encuentra en el emblema babilónico del Sol, cuyos rayos se reparten en doble cruz. Verticales y horizontales, los primeros son rígidos y se refieren al cuaternario de los elementos, lo mismo que a los efectos físicos de la luz y del calor. Los rayos oblicuos indican, al contrario, por su ondulación que son vivientes; y como además, cada uno es triple, hacen a1usión al duodecinario de las divisiones de la eclíptica, de la que se tratará más adelante.

El símbolo del Sol, tal como se encuentra en los monumentos caldeos.
El sol era mirado como uno de los siete grandes agentes coordinadores del mundo; pero se le atribuía también una influencia permanente esencialmente reguladora. El es el que asegura el orden de las estaciones, la sucesión regular del día y de la noche, tan bien que todo funcionamiento normal fue, por extensión, considerado como obra suya. El dios-luz tiene horror al desorden, que reprime por todas partes. Es así cómo favorece el razonamiento lúcido que coordina las ideas según las leyes de una sana lógica. Modera asimismo las pasiones, a fin de que no puedan perturbar la serenidad cuyo dispensador es. Interviene, en fin, hasta en el organismo que ofusca a Apolo cuando todo no funciona ahí como debiera. La medicina ha sido colocada, pues, bajo el patronato del dios regulador, cuyo hijo, Asclepios o Esculapio, tiene el poder de curar restableciendo la armonía del ritmo vital, vuelto discordante por la enfermedad.
La virtud solar tiende a disipar todos los males: ella hace penetrar la claridad en los espíritus, la paz en las almas y restituye la salud a los cuerpos. Su acción es reparadora, tanto que el Sol ha sido considerado como el gran amigo de los vivos, como su Salvador o Redentor. En esta cualidad, conviene agrupar su radiación en cruz o, mejor aún, en doble cruz. El cristianismo naciente se impregnó ampliamente de estas nociones muy antiguas.
Un sol cuyos rayos forman ocho haces, decoraba al orador de las Logias del Siglo XVIII. Este emblema designa muy correctamente al oficial que vela por la aplicación de la ley y debe hacer la luz en el espíritu de los neófitos sobre los misterios de su iniciación.

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