Perder Toda Ilusión

OSWALD WIRTH

Pagarse de palabras sonoras y de vanas apariencias no es muy a menudo sino propio de espíritus que se pretenden serios y positivos. Aprendiendo por todas partes, sin cesar de profundizar, el Pensador efectivo se escapa de esta engañifa. Como nada abusa de él, llega a concebir la realidad despojada de las exterioridades seductoras que la adornan a los ojos del vulgo. La visión penetrante del sabio percibe el esqueleto de las cosas. Tal es el sentido de las osamentas que tapizan la Cámara del Medio.
El Maestro hace abstracción del decorado sensible que disfraza una verdad interior entristecedora: él no se ilusiona por nada y dicta un fallo implacable aún sobre lo que más ama.
Bajo este respecto se juzga desde luego a sí mismo sin complacencias. Reconociendo sus defectos y sus debilidades, se guardará bien de atribuirse una superioridad sobre sus compañeros de miseria.
El individuo no posee de propio sino el deseo más o menos intenso y constante de realizar su ideal por sus actos. Sólo este sentimiento íntimo hace nuestra grandeza efectiva. Mantengámoslo con cuidado, persuadidos de que bajo las exterioridades más humildes, encontramos a cada paso a nuestro superior.
Juzguemos también a las instituciones a que pertenecemos. No tengamos la superstición de creer que somos libres porque nuestros antepasados han muerto por la libertad. La independencia no es transmisible por herencia: es preciso sacudir el yugo cada día para hacerse y permanecer libre. Bajo una infinidad de formas pérfidas, la esclavitud nos acecha sin cesar; se impone a nuestro espíritu si la pereza intelectual nos impide buscar por nosotros mismos la verdad; nos paraliza moralmente si nuestra voluntad se adormece en las preocupaciones egoístas; se nos impone, en fin, políticamente, desde que descuidamos nuestros deberes y olvidamos nuestra dignidad de ciudadanos.
Se ha reprochado a menudo a la Franc-Masonería ocuparse demasiado de política. En realidad ella no ha sabido intervenir como habría debido. Las Logias no están destinadas a hacer el oficio de comités electorales y aún menos de agencias que procuran favores del gobierno; pero deben ser hogares de educación democrática. Es en su seno donde debe formarse el sacerdocio de la religión republicana, porque la Patria, la Cosa pública (Res-pública), es digna de un culto que corresponde a los Franc-Masones instituir.
Su misión en eso es predicar con el ejemplo por la práctica de las virtudes republicanas. Esas derivan del valor cívico aplicado a la defensa del interés general. Celoso de su soberanía, el ciudadano se siente herido por todos los abusos. Lejos de hacerse cómplice de ellos por su silencio o pactando con aquellos que los aprovechan, no vacila en sacrificar sus ventajas personales, combatiendo con firmeza todo lo que tienda a corromper las costumbres públicas. Los pueblos no tienen sino los gobiernos que se merecen. Si ellos mismos son corrompidos no pueden esperar ser gobernados con integridad.
Sujetémonos, pues, a ser puros individualmente. No solicitemos favores de nuestros mandatarios, a fin de conservar el derecho de controlarlos con severidad, sin dejarles pasar la menor flaqueza. En una democracia cada ciudadano es responsable del bien común. No lo olvidéis vosotros que en calidad de Maestros debéis ser educadores. Para ser republicano, no basta votar cuando llega el día de hacerlo ni perorar en las reuniones públicas; la tarea es más ardua y más austera. La República no se contenta con ser proclamada, puesta en carteles como una etiqueta comercial: es preciso que penetre hasta la médula de los ciudadanos e instituciones.
Sepamos ver claro a este respecto y cumplamos nuestro deber, nosotros que, desengañados de las apariencias, aspiramos a sustituirlas por la realidad.

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