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LA FUERZA REALIZADORA

OLSWALD WIRTH

Los términos de tri-unidad constructiva: Sabiduría, Fuerza y Belleza van indisolublemente unidos; por más sabias que fuesen las concepciones, quedarían vanas si la Fuerza no se empleara a las órdenes de la Sabiduría a fin de realizarlas; sin la Belleza que, armonizadas, las hace agradables, puesto que unas obras toscamente ejecutadas no merecerían ser duraderas.

Subordinada a la Sabiduría, la Fuerza obedece dócilmente y consigue al mismo tiempo complacer a la Belleza, de quien está enamorada. Si es así, el trabajo se hará según las reglas del Arte y honrará por igual al Obrero y al Arquitecto.

¿Pero cuál es esta fuerza de que hablamos aquí? ¿Es que vamos a asimilarla a la de los músculos puestos al servicio del cerebro? Resultaría, en tal caso, muy difícil explicar entonces la influencia de la Belleza. No debemos, por lo tanto, limitarnos a la analogía fisiológica. Por Fuerza los Iniciados entienden todo cuanto es activo y realizador, todo cuando produce efecto de la misma manera que llaman Sabiduría lo que concibe a dar forma o bien crear en el mundo de las ideas. En cuanto a la Belleza, le atribuyen este encanto inspirador del sentimiento y la conciben como madre del Amor que debe regir el mundo. Es reconocer en definitiva en el hombre, el microcosmos, reflejo del universo, el macrocosmos, tres factores que podemos muy bien llamar:

INTELIGENCIA ENERGÍA AFECTO

La distinción profana entre Fuerza y Materia no puede satisfacer al Obrero: quien al reflexionar se niega a separar en el mundo concreto al agente por el cual se da cuenta de que él mismo es el objeto de su trabajo y constituye la piedra que hay que desbastar y labrar.

Examinados separadamente, los términos de Fuerza y Materia son tan sólo meras abstracciones, las quimeras de un materialismo superficial sin profundidad alguna de pensamiento. En la realidad de las cosas, la materia es un efecto de la Fuerza y la prueba es que, al cesar la fuerza en su acción, la materia que debería ser indestructible se desvanece para volver a la nada. La fuerza es, por lo tanto, la creadora de lo que llamamos materia y no debemos perder de vista esta noción, si queremos comprender bien todo el alcance de la palabra Fuerza, asociada a las de Sabiduría y de Belleza.

Todo cuanto existe es energía; pero esta energía puede jerarquizarse, según sus aplicaciones, según sea más o menos reducido su objetivo. En el átomo mineral todo se reduce a la conservación del equilibrio dinámico constitutivo; tenemos aquí estricta autonomía en la estrechez de un torbellino ínfimo segregado del funcionamiento general del Universo. La fuerza atómica obra de tal suerte mecánicamente, sin que se preocupe la Sabiduría ni se interese la Belleza. Esta independencia desaparece en la célula orgánica incorporada en un conjunto del que no puede separarse sin perecer. Ya no existe por sí ni para sí. Aquí intervienen la sabiduría para construir y conservar el organismo como también la Belleza hacia la cual tiende todo lo organizado.

Además, las energías, tanto vegetales como animales, quedan pasivamente subordinadas a la Sabiduría y a la Belleza que rigen cada especie en particular. 1 Todo individuo se desarrolla, según la ley a la que queda sometido con la fatalidad de un autómata.


No puede desobedecer esta ley como lo hace el ser cuando, consciente de sí mismo, determina cada vez más su modo de obrar, a medida que se eleva por encima de la animalidad.

Cuando esta evolución ha llegado a suficiente nivel, el hombre tiene derecho a decir que ha nacido libre y a pretender a la Iniciación. Esta le enseña a conquistar plenamente su hominalidad, o sea, el estado de discernimiento que permite al individuo emplear deliberadamente su Fuerza al servicio de la Sabiduría para realizar un ideal de Belleza.

Aquí se nos presenta el tradicional enigma de la Esfinge que invita al hombre a resolver el misterio de su propia naturaleza. Individuos humanos transitorios. ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Pero no podría ser la humanidad en su conjunto, y a través de su permanencia, esta ciudad tan misteriosa como real de la que emanamos para individualizarnos y a cuyo seno tenemos que volver una vez terminada nuestra tarea material? Este pequeño hombre que nace, se agita y por fin muere, procede del gran Hombre invisible que perdura y renace a través de sucesivas generaciones. La teoría del Adán inmortal parcialmente encarnado nada tiene de absurdo y se impone al positivismo, decidido a proseguir la realidad más allá de lo que cae directamente bajo los sentidos.

Acostumbrémonos, pues, a reintegrarnos a esta Unidad humanitaria, procuremos sentirnos solidarios de la inmensa cadena de nuestros semejantes, que abarca a todos cuantos sufrieron como hombres en el pasado, trabajan con nosotros en el presente y lucharán después de nosotros en el porvenir, ansiosos de realizar un mismo ideal. El ser humano para haber conquistado verdaderamente la hominalidad debe tener, si no la conciencia absoluta, cuando menos el sentimiento de esta santa solidaridad unitiva. Es preciso vibrar bajo esta influencia para poder, en Masonería, pasar de la Perpendicular al Nivel o, en otros términos, del Grado de Aprendiz al de Compañero.

En efecto, el Aprendiz, trabajándose a sí mismo, desbastando la Piedra bruta y esforzándose para tomar integralmente posesión de sí mismo, practica el egoísmo de la caridad bien ordenada que empieza por uno mismo. Esta labor es tan sólo de preparación del individuo, en vista de hacerle apto a este trabajo de conjunto que espera a los compañeros. El Aprendiz no tiene que salir de su propia esfera; allí desarrolla lo que posee en su fuero interno, sus facultades, su energía, su valor y su voluntad; por esta razón recibe su salario al lado de una columna ardiente cuyo nombre significa: Establece, funda.

El Compañero, en cambio, va a recibirlo cerca de una columna blanca cuyo nombre se traduce por: “en él la Fuerza”. Pertenece, por lo tanto, al iniciado del 2º Grado conquistar una potencia que no reside en él mismo, a fin de participar de tal suerte a la Magna Obra de los Francmasones. El Aprendiez se asimila a la Sabiduría que debe determinar su conducta individual; el Compañero conquista la Fuerza que caracteriza la acción colectiva; y por fin, el Maestro se hace sensible a la Belleza, objetivo supremo del Arte.

¿Y cuál es esta Fuerza externa a sí mismo que debe captar el Compañero de su mano izquierda levantada para concentrarla en su corazón, sino el fuego del Cielo que fue a robar Prometeo? Se trata de un dinamismo psíquico semejante al que representa la electricidad en el dominio físico. Pero no hay que abusar de la analogía ni del símil mitológico. No hay que temer que un celoso Júpiter nos castigue si vamos a buscar en las alturas espirituales las fuerzas necesarias para la ejecución del plan, según el cual se construye el mundo. Si nos preocuparan tan sólo mezquinas ambiciones se nos podría negar este derecho y nuestro gesto de llamada quedaría sin respuesta; mientras el corazón no se haya vuelto atractivo nada puede producirse.

El hombre celeste responde al hombre terrenal tan sólo en la medida de receptividad de este último y precisamente todas las purificaciones del grado de Aprendiz tienden a ponerle en este estado de receptividad. Así que estamos en estado de recibir se nos da y la fuerza así recibida nos consagra Compañeros.

Como tales llegamos a realizar con la mayor naturalidad verdaderas maravillas, sin pensar siquiera en darnos cuenta de este proceso; parece que las cosas vienen por sí solas y, sin embargo, sin nuestra ayuda muchos resultados dejarían de producirse. Todo andaría mucho peor en el mundo a no ser por la energía que emplean en querer el bien los hombres que en su corazón rinden culto a la Humanidad. Esta especie de conspiración mental llega a hacer fracasar, a frustrar incluso los más temibles complots de la codicia, de las pasiones egoístas, del más ciego fanatismo y de la ignorancia bajo todas sus formas. Si todas las catástrofes no llegan a ser evitadas, es porque desgraciadamente se imponen como terribles lecciones completamente indispensables. Cultivando mejor la Sabiduría y procurando vibrar de un vehemente deseo del bien general, dejaremos de ser impotentes, pues podremos disponer de esta Fuerza a la que rindieron homenaje los estamperos del siglo XIII que dibujaron el Tarot.

Su oncena composición simbólica representa una mujer agraciada que, sonriente, domina un león furioso y mantiene abiertas sus mandíbulas. Es la personificación de la Fuerza Suprema, tal como la concibió la Edad Media. Ahora bien: la mujer que domina, tranquila y apacible es el Alma, mientras el animal rugiente representa la vehemencia de las pasiones, la impetuosidad de los apetitos, los instintos, el furor de energías salutíferas todas mientras no salgan de ciertos límites. De tal suerte que no se trata de matar al león, siguiendo el ejemplo de Hércules, héroe incompletamente iniciado. Su antecesor, el caldeo Gilgamés, demostró ser más sabio: se apodera de la fiera y la estrecha viva contra su corazón, indicando de esta manera que el sabio no destruye nada y prefiere asimilarse las energías que se ve obligado a combatir.

Todo va enlazado, todo procede de una misma fuente, todo es por lo tanto, sagrado. El mal es el resultado de nuestros errores, pero la Sabiduría tiene la posibilidad de poner otra vez las cosas en su lugar. El Aprendiz comete infinidad de equivocaciones y no siempre sabe evitarlas el Compañero; el Arte es dificilísimo y no se puede alcanzar la perfección de buenas a primeras. Sin embargo, el Maestro utiliza el trabajo de todos y la obra se prosigue para perfeccionarse indefinidamente.

Es, de todos modos, indispensable que una fuerza coordinadora se imponga sin violencia, pero irresistiblemente y como por efecto de un mágico encanto; así sucede que todo organismo queda dominado por un poder misterioso que sabe emplear en beneficio de todos el egoísmo de las células que constituyen el conjunto. Estas no tienen conciencia de su función, que llenan automáticamente y como obedeciendo a una sugestión irresistible. La necesidad hace concebir la función, y una vez concebida ésta ideoplásticamente, viene la creación del órgano material.

Nada puede formarse sin pre-vocación, es decir, sin vocación previa. Todo cuanto existe responde a una llamada en vista de una finalidad determinada. Según los Caldeos, los destinos de los seres quedan determinados antes de que salgan del reino de las sombras por el tribunal de Anounnaki, espíritus de las aguas tenebrosas, cuyas sentencias se dictan en la Cámara del Medio del Aralu, prisión de los muertos.2

Pero no basta que sea concebida una función, para que el órgano indispensable en su cumplimiento se produzca “ipso facto”. La Sabiduría que concibe quedaría estéril sin la Fuerza que ejecuta. Esta última realiza en acto el ideal hasta ahora en potencia, para emplear el formulismo acostumbrado por los Hermetistas. La Fuerza realizadora se confunde también con el Poder creador, cuyo ejercicio está confiado a los Obreros del Gran Arquitecto del Universo.


El Iniciado debe, pues, considerarse como un agente divino y no creerse limitado a los solos recursos dinámicos que puede encontrar en sí mismo; su propio fuego interno no resulta suficiente para llevar a feliz término su tarea desinteresada. Al gastarlo generosamente, este ardor se agota en perjuicio evidente del sujeto; éste languidece y llega a punto de fallecer, cuando se siente reanimado por un calor externo que, paulatinamente, invade todo su ser y le devuelve íntegra su potencia de acción. Alquimia y Masonería, aunque utilicen símbolos diferentes, concuerdan en materia iniciática: las operaciones de la Magna Obra corresponden a las pruebas del ritual masónico. 3

Después de sufrir la purificación por el fuego, el Aprendiz asciende a Compañero. El fuego interno diabólico ha atravesado su prisión corporal, que abandona para unirse al fuego externo celeste. En este momento se produce en el corazón del adepto un atractivo vacío; su mano derecha se crispa sobre su pecho, mientras la izquierda dirige un llamamiento a las energías que quiere recuperar. Su gesto es elocuente y equivale a la más ardiente plegaria; no dejará de ser atendida, si la actitud es verdadera y traduce unas disposiciones mentales adecuadas y sinceras.

Por desgracia, no todos los Compañeros saben acercarse en espíritu y en verdad a la columna B.’. Hay malos obreros que matan al maestro Hiram; pero la Tradición es imperecedera y nada puede perderse de lo que es digno de perdurar.

La obra, por lo tanto, se prosigue en medio de perturbaciones y de angustiosas peripecias, sin que lleguen a descorazonarse y a paralizarse los que a ella se consagran con toda su alma, porque estos valientes benefician de la gran cadena de Unión dinámica, formada por todos cuantos, muertos o vivos, vibran de un amor ferviente para la Humanidad.

En resumen, la Iniciación nos enseña a amar, no de una manera egoísta como sucede en el mundo profano, sino con una anegación verdadera y eficiente. Depuremos nuestros sentimientos; amemos para amar y no para ser amados. Que nuestra alma rebose de generosidad si aspiramos a consagrarnos a la Magna Obra; para poder participar eficazmente es indispensable purificar nuestro metal y hacer que adquiera ductibilidad, a fin de aprovechar bien la corriente de la Fuerza realizadora.

El buen Obrero y perfecto Compañero dispone para su trabajo de una energía que no es tan sólo la suya propia. Después de modificar su naturaleza por las purificaciones sufridas, ha podido acercarse a la Columna, cuyo contacto confiere la Fuerza.

Por desgracia, las iniciaciones ceremoniales no pasan de los ritos externos, y no son más que míseras afectaciones cuando nada les corresponde internamente. ¿Cuánto tiempo tardaremos en comprender el valor de los símbolos y su significado respecto a la vida?

Ojalá se vaya gradualmente ensanchando el reducido círculo de los verdaderos Iniciados, para que la Fuerza misteriosa, acumulada por estos agentes de buena voluntad, tenga por fin intervención en los asuntos de la humanidad y nos encamine hacia nuestro ideal masónico: el Templo universal de paz y de armonía.

MASCULINIDAD Y FEMINEIDAD

OLSWALD WIRTH

Doña Gina Lombroso, hija y colaboradora del célebre antropólogo, nos ha remitido un estudio sobre el Alma de la Mujer que ayuda a comprender la ley del binario a la que aluden las dos columnas Jakin y Bohaz, levantadas a la izquierda y a la derecha del templo de Salomón.

Los Francmasones atribuyen suma importancia a esta dualidad, imagen de los extremos abstractos o subjetivos entre los cuales se desenvuelve la realidad concreta y objetiva. Los Masones que han penetrado el significado de los misterios dividen lo que es uno para poder discernir y comprobar; pero estas distinciones indispensables a nuestra función mental no deben ser motivo de ilusiones. Las abstracciones, hijas de nuestra mente, marcan los límites de lo real, del mismo modo que las columnas de Hércules pretendían marcar los límites del mundo conocido.

Cuando hablamos de activo, de pasivo, de espíritu y de materia, de bien y de mal, debemos tener buen cuidado de no objetivar nuestros conceptos más allá de la realidad. Todo cuanto existe es necesariamente mediano y mixto, a la vez activo y pasivo, espíritu y materia, bien y mal.

A la luz de estos principios, tan familiares a los iniciados, podemos aplicar las distinciones teóricas de doña Gina Lombroso en el terreno de una sana aplicación a la práctica. Cuando nos representamos las características de la masculinidad por un lado, y de la femineidad por el otro, bueno es recordar que no los encontramos realizados en ser alguno humano. Podemos concebir la humanidad como situada entre dos polos inaccesibles, la masculinidad pura y la femineidad.

Esta polarización masculina y femenina repercute en los individuos y vemos según los casos, predominar una u otra, con el bien entendido, que la mayor masculinidad realizada lleva consigo siempre algo de femineidad, de igual manera que la femineidad queda también modificada por ciertas influencias masculinas. Tanto los hombres como las mujeres llevamos un atavismo masculino y femenino a la vez, de tal manera, que desde el punto de vista psíquico, somos en realidad andróginos con predominio masculino o femenino.

De no ser así, resultaría imposible la vida; las exageraciones de la masculinidad o de la femineidad harían del todo imposible la armonía, la buena inteligencia y la fusión entre los seres. Insensible y brutal, el hombre tiranizaría a la mujer sin miramientos hasta que lograra ella feminizarle. Esta feminización es, por otra parte, fatal en virtud de lo que llaman los ocultistas choque de rechazo. El hipnotizador que se alaba de su poder pretendiendo que el sujeto es su cosa, no se da cuenta que a su vez ha pasado en parte en poder de su instrumento pasivo.

A toda influencia puesta en juego corresponde una contrainfluencia recibida y esta constatación entra de lleno en las aplicaciones de la ley del binario iniciático. Por la virtud de su sumisión y de su dulzura, la mujer obtiene predominio sobre el hombre y le impone la civilización. Hechicera por instinto, ha sabido adivinar que su fuerza estriba precisamente en su resignación en el dolor como en el artificio y, como nada se pierde, el triunfo de la mujer queda asegurado en el dominio espiritual, gracias a las virtudes operativas de la femineidad. ¿No se dijo acaso que su pie aplastaría algún día la cabeza de la serpiente, o sea, el egoísmo del macho?

No es ésta precisamente la tesis de doña Gina Lombroso; establece una comparación entre el hombre, egocentrista, y la mujer, alterocentrista. El significado de estas palabras nos da a entender que la mujer busca por centro de sus deseos y de su ambición, no su misma persona, sino otra distinta que ama o de quien anhela el amor: marido, hijos, padre, amigo.
El hombre, al contrario, hace de sí mismo, de sus intereses, de sus placeres, de sus ocupaciones, el centro del mundo en donde vive. Este doble punto de partida de masculinidad y femineidad se refleja en los individuos de uno y otro sexo y de ahí que convenga en la práctica imponer ciertos temperamentos a la distinción, teóricamente muy acertada, de doña Gina Lombroso.

En el hombre predomina el ardor sulfuroso de los alquimistas; es un centro de acción autónomo cuya organización responde perfectamente a la conquista del mundo externo. Dominado por lo que apetece, por lo que considera deseable, se lanza a la realización de sus aspiraciones sin consideraciones de ninguna clase para él mismo como para los demás. Tanto la debilidad como la sensibilidad le inspiran tan sólo desprecio, por ser por naturaleza rudo, grosero y hasta cierto punto salvaje.

Por fortuna el hombre es sociable y siente la necesidad de unir sus esfuerzos a los de sus semejantes, lo que explica sus tendencias a la disciplina, la inclinación que siente para los grupos y las colectividades organizadas.

Añadiremos que el hombre razona y da presa a la argumentación; le interesan las abstracciones; fácilmente llega a considerarlas como reales, de tal manera que muy a menudo es juguete de sus concepciones quiméricas.

¿Y la mujer? En lugar de obrar por impulso propio, sus determinaciones son casi siempre consecuencia de las influencias externas y su tónica es recibir todo lo que viene del exterior. Su naturaleza atrae el influjo penetrante del mercurio de los Herméticos; los materiales que va acumulando no proceden de su fuero propio; son como quien dice prestados y de ahí el altruismo femenino, diametralmente opuesto al egoísmo masculino. Este último procede de la convicción de pertenecerse a sí mismo, sentimiento que la mujer rechaza por naturaleza. Esta quiere siempre entregarse y es feliz cuando el hombre la posee.

Pero aquí interviene la ley del Binario, en virtud de la cual no puede uno dar sin recibir, en medida estrictamente equivalente, ni recibir sin venir obligado a la restitución en una forma u otra. La mujer, al abandonarse con abnegación, atrae por lo tanto de un modo irresistible. La atracción puede muy bien no ser inmediata y corre el riesgo de no producir los efectos soñados por la interesada, pero nada se pierde, en la esfera de los sentimientos como en el dominio material; esto nos explica la influencia innegable de la mujer en todas las épocas.

Hecha la mujer no para ejercer el mando ni para conquistar la tierra, sino para fundar un hogar y reproducir la especie, sus preocupaciones son opuestas a las del hombre. Se esfuerza en ser agradable, en cautivar por la dulzura, buscando en resumidas cuentas, el amor de los otros a fin de poder amar. La maternidad es el eje normal de su existencia; por instinto rodea al hombre de seducciones, a fin de atraerle y de conseguir la familia indispensable a su ternura.

En razón de su función de madre, la mujer limita su cariño al estrecho círculo de los suyos. No es sociable en tan alto grado como el hombre: el sentimiento de franco compañerismo, tan natural entre los varones, no cuadra bien con la sensibilidad femenina.

Menos sensitivo, el hombre es de temperamento pacífico y soporta con indulgencias los pequeños defectos de sus compañeros de lucha y de trabajo. Siente la fraternidad y se complace en desempeñar su papel de comparsa en este concierto de mutua admiración que caracteriza las agrupaciones masculinas. No sucede lo mismo con la mujer. Temiendo en todas una rival, guarda una actitud defensiva con las personas de su sexo y las observa sin gran benevolencia, pronta a recoger y aún a amplificar la menor impresión desagradable. En esto no hace más que obedecer los impulsos de una organización más refinada.
Sintiendo y adivinando muchas cosas que no afectan la sensibilidad más grosera del hombre, se alarma también con más facilidad. Poco dispuesta a seguir punto por punto las demostraciones lógicas, o le vengan con la elaboración lenta y metódica del pensamiento: éste le viene a la mente como formulado de antemano. El cerebro femenino funciona a la inversa del cerebro masculino. No supone esto inferioridad intelectual para unos ni otros, y la intelectualidad femenina produce resultados tan dignos de admiración como los más notables que tiene a su activo la intelectualidad masculina.

La masculinidad y la femineidad mentales se combinan en dosis muy variables en los individuos de ambos sexos. Muy pocas son las mujeres cuyo cerebro es estrictamente femenino, y también, por fortuna, los hombres distan mucho de pensar únicamente según la tendencia de su sexo. La intelectualidad más equilibrada será, desde luego, la que participará en proporciones armoniosas, del razonamiento masculino y de la intuición femenina.

Sin embargo, las especializaciones, hasta las más exageradas, tienen su utilidad cuando se completan y producen la afinidad entre los contrarios, fuente eterna de fusión en todos los dominios entre la masculinidad y la femineidad.

No queda más, por ahora, que sacar de lo que antecede la moraleja relativa a la Iniciación femenina.

El Alma de la Mujer nos ayudará a resolver este problema.

Después de leer este libro parece producente renunciar al ensueño de una Masonería femenina, con sus secretos propios y completamente desinteresada de la cooperación masculina.1

El hombre puede prescindir de la mujer para las empresas propias de su sexo. No quiere admitirla en un lugar que, a su juicio, no le corresponde, y en esto tiene razón. La mujer, por el contrario, no quiere prescindir del hombre, puesto que tan sólo por él vive. Las mujeres no se sienten atraídas unas hacia otras y no aspiran poco ni mucho a juntarse, en vista de ejercer sobre el mundo en su conjunto una influencia colectiva transformadora. Comprenden perfectamente que su esfera de acción debe limitarse a estos seres humanos que tienen a su alrededor. Tienen el poder de formar el alma de estos seres.

Hechiceras inconscientes van amasando las almas y operan unas invisibles metamorfosis de innegable realidad. De un bruto hacen un civilizado, de un guerrero sanguinario un héroe animado de los más nobles sentimientos caballerescos. La acción de la mujer se manifiesta en el mundo a través del hombre. Para ella el hombre lo es todo; sobre él concentra sus potencias todas, y si el hombre es grande lo debe a la mujer.

Entonces ¿qué podemos hacer para la mujer aún siendo Iniciados? Enseñarlo lo que sabemos y luego dejarla y que obre siguiendo los dictados de su naturaleza. En el pasado cupo encontrar el camino para llegar al corazón del hombre y bajo su influencia el hombre amoldó su conducta al ideal femenino.

La mujer de hoy día vale tanto como sus hermanas de antaño y a buen seguro le seremos deudores de esta regeneración que anhelan los pueblos hastiados de masculinismo exagerado.

EL TEMPLO DE LA FRATERNIDAD

FORT NEWTON - La Religión de la Masonería

CAPÍTULO VI
EL TEMPLO DE LA FRATERNIDAD

Un Dios y Padre de todos, sobre todo, a través de todo y en todo.
San Pablo.

El universo rectamente considerado es una comunidad de hombres.
Cicerón.

Todos los hombres son hermanos.
Confucio.

Levántate y pulsa el arpa de la fraternidad.
Iphal.
I
Si se nos invitara a que definiéramos la Masonería en una sola frase, podríamos decir que es el reconocimiento de Dios por la práctica de la fraternidad. O recordando una familiar, pero profunda frase de nuestro ritual, diríamos que es fraternalmente amor, beneficencia y verdad, pues por la práctica del amor fraternal y de la beneficencia aprendemos la verdad. De lo contrario, la suprema Verdad que no enseña el significado de la vida resulta una fe formalista, una filosofía discutida o una mera ficción (1).
Tal es el genio de la Masonería y su prudente arte de toda época.
Sabe que no podemos conocer la verdad hasta que nos mostramos dignos de ella, la alcanzamos y la vivimos. Por esta razón, en tiempos antiguos no se les enseñaba todo a las gentes, como si la verdad fuese un tesoro a propósito para recibirlo más bien que un trofeo que se hubiese de conquistar. A nadie se le confiaba la verdad hasta que se le juzgaba digno de recibirla, porque el abuso de la verdad es terrible cosa de que resultan desastrosas tragedias como demuestra la historia. No todos son capaces de recibir las verdades superiores y mucho menos de usarlas debidamente. Por lo tanto, aun a riesgo de parecer como si negara su propia fe, a la verdad de la fraternidad humana, añade la Masonería esta otra verdad: la fraternidad humana depende de la valentía y fortaleza del hermano.
A primera vista parece esto una contradicción, pero no lo es. Ambas verdades se equilibran, y cada una de por sí es imperfecta. La verdad de que todos los hombres son hermanos, aisladamente consideradas, suele caer en un vago y ensoñador sentimentalismo, tan abundante en nuestros días. De la propia suerte, la verdad de que el hombre ha de ser capaz de fraternidad puede conducir a un sentimiento de aristocrática vanidad. La Masonería armoniza sabiamente ambas verdades, considerando a cada masón como una piedra en bruto que se ha de labrar, escuadrar y pulir para convertirla en un sillar del Templo de la Fraternidad.

II
En nuestros nobles ensueños, confusa o claramente se nos aparece siempre la visión de un Templo en que juntos trabajamos como hermanos y obreros constructores. Es una necesidad, una inspiración y una profecía. Una de las supremas necesidades del hombre es el sentimiento del bien común, y que este bien colectivo ha de realizarse en comunidad de intereses y obligaciones.
Tan verdad es hoy como hace siglos la sentencia que dice: “Quien busca exclusivamente lo suyo, pierde las cosas comunes”, es decir, pierde lo suyo, porque nadie puede vivir por sí mismo.
En una de sus poesías considera William Morris los problemas humanos como una enmarañada selva hasta que se los estudia a la luz del significado de la vida colectiva, cuando “al mirar al cielo vemos el resplandor de la clara luz que abrillanta los breñales”.
Desde un principio, los videntes de la raza humana miraron al cielo en busca del significado y finalidad de la vida, de la meta de sus anhelos y aspiraciones, del propósito de la organización de la vida en el hogar, en la política, en la industria, en la moral convivencia y en la fe espiritual, tratando de señalar la salida de la “enmarañada selva” por donde vaga el hombre.
Platón soñó en una república ideal, pero su visión no nos satisface porque estratificaba la sociedad en castas. También tenemos la Ciudad de Dios, de San Agustín, escrita cuando Roma se tambaleaba próxima a su ruina, y otras Utopías como la de Thomas More, en las cuales vemos a la humanidad tratando de forjar un exacto concepto de la meta de sus esfuerzos y aspiraciones (2). Pero todos estos sueños palidecen ante la visión que resplandece en la mente del Instructor de Galilea, que nos dio un ideal adaptado a nuestra necesidad. En nada reveló el dulce Instructor más verdaderamente su grandeza que en su admirable fe en la común redención de la humanidad, al representársela viviendo bajo la ley de amor en dilecta comunidad aquí en la tierra. La llamó el reino de los cielos, para cuya descripción empleó todos los recursos de su incomparable lenguaje a fin que las gentes comprendieran real y vívidamente la verdad.
Si transferimos el ideal de Jesús al simbolismo masónico, tendremos la visión de un Templo viviente, noble, majestuoso, erigido lentamente en el transcurso de los siglos para albergar las sagradas posesiones del hombre, de modo que cada operario no sólo es un constructor, sino una piedra viva, cúbicamente encuadrada y finamente pulida para colocarla como sillar de la fábrica. Cada generación de constructores añadió una columna, un arco o una espira, así como el trabajo de muchas manos erigió las viejas catedrales cuya grandeza iguala a la arquitectura de las montañas. Cada generación de masones siguió edificando sobre lo que dejaron edificado sus predecesores. Por su amplitud, belleza y esplendor es la del templo viviente la más noble visión que ha tenido la tanteante mente humana, y suscita aún en la más roma inteligencia la idea de algo inmortal con la seguridad del profético significado de la vida.
Tal es el bosquejo del Templo de Fraternidad trazado por la divina mano, y con relación a este Templo hemos de interpretar todas las instituciones y actividades humanas, pues en él tienen su sanción la Iglesia y el Estado, el arte, la industria, la ciencia y la vida moral. Allí cabe la esperanza de realizar el hermoso sueño de un mundo inconsútil, sin costura, en que el hombre uno esté unido con el Dios uno, en que todos los hombres se reconozcan hermanos como hijos de un mismo Padre en la tierra, en el cielo, sin solución de continuidad.
Además, cada masón halla en el Templo de Fraternidad el valor de su propia vida cuyo significado no podría conocer de otra manera más sencilla, clara y conmovedora, que relacionándola con el magno propósito del Maestro Constructor. El ideal del Templo nos emancipa de toda insignificancia y futilidad, y nuestros pasajeros días tienen divino significado y encierran consoladoras promesas, porque únicamente cuando nos alistamos en la falange de operarios del Eterno revela nuestra vida su eterna cualidad y su divina promesa.

III
Según hemos dicho, la base de nuestro Templo de Fraternidad es la realidad de la Paternidad divina, porque inevitablemente el concepto que tenemos de Dios determina el concepto que tenemos del prójimo. Si consideramos a Dios simplemente como una Potestad, no son hermanos los hombres. Si como un monarca, serán sus súbditos, pero no hermanos entre sí. Si Dios es nuestro Padre, como nos enseñó Cristo, entonces todos los hombres son hermanos. La realidad de una Filiación común nos liga en una común Fraternidad que no podemos eludir.
Las palabras de Jesús resumieron y glorificaron la sabiduría que le precedió; y sus enseñanzas pueden concretarse a su vez en sencillos términos: el amor fraternal del hombre y el reino de los cielos en la tierra (3). Dios, el Padre de todo, sobre todo y en todo y a través de todo, en cuya insondable Paternidad fueron amorosamente concebidos los hombres de todas las épocas y todas las razas con una sola naturaleza, unas mismas necesidades y un común destino. Sobre este inconmovible cimiento fundó Jesús toda su enseñanza. El espíritu de su religión fue que la idea de familia incluyese a toda la humanidad; su ley, el amor a Dios y al prójimo; su ideal, una Fraternidad en que realmente hallarán su fruición y complemento la vida individual y la vida colectiva. La Fraternidad no es un mero detalle de la religión, sino su esencia y gloria, y la Regla de Oro es el principio por el cual la podemos realizar.
En todas las enseñanzas de Jesús le oímos decir, que aunque tuviéramos la elocuencia de un ángel y entregásemos nuestro cuerpo a las llamas, nada seríamos si no tuviéramos caridad. En la parábola del hijo pródigo, aparece el hermano mayor con un carácter antipático porque se muestra enemigo de su arrepentido y andrajoso hermano. En la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, el rico levanta la vista desde el infierno en donde se halla, no por ser rico, sino porque no tuvo compasión del pobre Lázaro que mendigaba a sus puertas; y el recuerdo de la falta de caridad que había tenido con su prójimo le atormentaba más terriblemente que el fuego literal, porque el remordimiento le quemaba el alma.
Análogamente, en la parábola del buen samaritano rechaza Jesús a los sacerdotes, no porque lo fueran, sino porque se figuraban que Dios estaba en el templo para escuchar los cantos y las oraciones, sin ocuparse en las desgracias y penas de las gentes, cuando en realidad está por doquiera como invisible compañero del que tropieza y cae por el camino de la vida, y su verdadero sacerdote es el despreciado samaritano que socorrió a un menesteroso sin discutir de raza ni de religión. También domina el mismo espíritu en la parábola del Juicio Final en la que se concentran en espíritu y verdad las enseñanzas de Cristo. No se condenan los hombres por la heterodoxia de sus creencias dogmáticas ni por no creer en dogmas teológicos, sino porque no dieron de comer al hambriento ni vistieron al desnudo ni visitaron al enfermo y al preso; en una palabra, por su falta de fraternidad, para quien como para el exquisito poeta de nuestra Orden “el coronamiento de todo bien y la estrella de la vida es la Fraternidad”.
Tal debe ser nuestra intuitiva comprensión y más todavía nuestra práctica, si nuestro fraternal sentimiento no ha de disiparse como agua en cesto. Ha de arraigar en la profunda verdad en que todos los hombres son hijos de Dios; y por consiguiente, hermanos que han de compartir los bienes de la naturaleza y el indefectible amor de Dios, reflejado en el amor al prójimo, que tiene mayor interés por un semejante que por todas las riquezas materiales del mundo.
De la propia suerte, si no vivimos según las leyes de nuestra naturaleza superior, se nubla la belleza del mundo y o hemos de marchar cada cual por su lado o luchar unos contra otros en espantosa confusión. Para practicar la filosofía de la fraternidad hemos de saber que no se contrae a las sencillas relaciones de parentesco y amistad, sino que es el lazo que une a todos los hombres en espiritual parentesco y unidad; que la vida es compañerismo, mutualidad y servicio; en una palabra que hermana a los hombres en la paternidad de Dios (4).

IV
Seguramente preguntarán algunos: Si la fraternidad es la manifiesta voluntad de Dios respecto de los hombres, ¿qué fundamentos ha de tener en la naturaleza humana y en la vida práctica?. Ante todo, la fraternidad es un hecho físico. La humanidad es esencialmente la misma en su estructura física; están forjados los cuerpos humanos en la misma fragua o vaciados en el mismo molde y tienen la misma configuración. San Pablo, en el discurso ante el Areópago ateniense, pronunció aquellas memorables palabras: “De una sangre hizo Dios todo el linaje de los hombres”, y esto es literalmente verdad por mucho que hiera nuestro orgullo. Si nos remontáramos a veinte generaciones atrás, encontraríamos para cada uno de nosotros más de cien mil ascendientes y el número llegaría a cinco millones si nos remontáramos a cincuenta generaciones. En la Europa occidental no hay ni una reliquia neolítica que no sea familiar para cada uno de nosotros, manejada por sangre de nuestras venas. En verdad, todos somos parientes y nuestra sangre está mezclada sin distinción de raza, aunque los lazos de la carne no sostengan engarzado al mundo en el hilo de la vida.
También la fraternidad es un hecho intelectual. Sócrates descubrió que la naturaleza humana es universal. Mediante sus indagadoras preguntas observó que cuando los hombres piensan profundamente sobre un problema, denotan una mente común y un común sistema de verdad. Así se dio cuenta del parentesco y unidad mental del linaje humano, y que las ultérrimas conclusiones de las más esclarecidas mentes son armónicas, cuando no idénticas. De aquí se infiere que pueblos muy distanciados necesitaran valerse de los mismos símbolos representativos de conceptos filosóficos.
La verdad referente a las primitivas manifestaciones del pensamiento es igualmente verdad en las ciencias y letras. Es universal. Un hecho observado en Egipto es comprobable en Inglaterra. No hay química alemana ni astronomía inglesa ni matemáticas rusas. Lo más excelente en Rusia, como sus novelistas, sus músicos y pintores no es ruso, es humano. Goethe y Schiller, Kant y Koch son parientes de Shakespeare y Darwin, de Hugo y Pasteur en el mismo reino de la mente, del que todo investigador de la verdad es ciudadano, todo poeta un magnate y un caudillo todo instructor. El reino de la mente no tiene límites, y hay allí discusión sin conflicto y emulación sin rencores porque el trofeo de cada uno es el trofeo de todos.
También la fraternidad es un hecho espiritual. Bajo las sectas que separan y sobre los dogmas que dividen hay una esencial unidad espiritualmente humana. Las religiones son muchas, pero la religión es una. Las fundamentales creencias y esperanzas de la humanidad son las mismas aunque difieren en interpretación y expresión, como difieren los hombres en grado de moral y espiritual desenvolvimiento. Las mismas verdades fundamentales reconocen los hombres de todas las épocas y de todas las razas. Los mismos deberes morales nos obligan según nuestra claridad de entendimiento para reconocerlos y nuestro valor para cumplirlos. En moral sucede como en música, que los instrumentos están separados, pero han de obedecer a las leyes de la armonía. Como dijo William Penn, todos los hombres justos pertenecen a una sola religión, y cuando la muerte les arrebate la máscara, se reconocerán unos a otros; pero felizmente, sabemos que no hemos de esperar la muerte para manifestar nuestro sentimiento de fraternidad.
Dice Albert Pike:
A ingentes y ahora invisibles alturas de conocimiento y sabiduría se hubiese remontado el intelecto humano, si desde el día del diluvio obedeciera fielmente la humanidad alguna de las lecciones que le enseñaban las industriosas abejas, y reunidos los hombres en Logias practicaran sinceramente la caridad, la tolerancia y la fraternidad; y si así hubiesen procedido los que profesaban la fe cristiana, seguramente alcanzaran un inimaginable grado de dicha y prosperidad.

V
Desde este punto de vista, la única historia digna de ser escrita es la historia del desenvolvimiento de la fraternidad humana. ¿Cómo se abrió paso este ideal entre las rudas fuerzas de la naturaleza inferior?. ¿Cuánto ha intentado y hecho en beneficio de la humanidad?. ¿Cuáles han sido las condiciones de sus victorias, las causas de sus fracasos y cómo está hoy día en el pensamiento y conducta del hombre?. Estas son las preguntas merecedoras de respuesta. Sin embargo, por extraño que parezca, no se ha escrito todavía la historia de la fraternidad humana y hemos de esperar que aparezca el verdadero historiador de la humanidad. La historia escrita es a lo sumo la de los reyes y de las conquistas, la del hombre explotador del hombre (5).
En el futuro se han de escribir otra clase de historias, en las que aparezca el hombre comprensivo y servicial de su prójimo. La nueva historia se está ahora elaborando, a medida que se estrechan las relaciones internacionales, se acortan las distancias y el individuo va conociendo mejor a la colectividad. El gran descubrimiento de nuestra época no es el radio ni la radio, sino el de la unidad esencial del linaje humano. Es una verdad que nos hemos visto forzados a reconocer desde que la ciencia moderna ha aniquilado las distancias y acercado los términos del planeta. Por la misma razón estamos frente a cinco grandes problemas de urgente resolución y cada uno de ellos es un reto a la práctica de la fraternidad humana, y para resolverlos hemos de unirnos con lucidez de entendimiento y caridad de corazón sin perder de vista “el resplandor de la abierta luz”.
Ante todo, debemos en algún modo organizar la moral inteligencia y práctica capacidad del mundo y abolir la guerra, pues de lo contrario la guerra acabará con nosotros, y reducirá a cenizas humeantes el Templo del Hombre, como estuvo a punto de suceder en nuestra época.
En segundo lugar debemos afrontar la amenaza de una corrosiva anarquía con un profundo sentimiento de fraternal compañerismo y obligación en el cual cada individuo no cuente más que por uno, y todos se unan en el sacratísimo sentimiento de la común voluntad expresada en la ley, el orden y las actividades de la sociedad.
En tercera consideración tenemos que mientras las distancias fueron grandes y los pueblos vivían separados, no se notaba mucho razonamiento; pero hoy día el mundo se ha convertido en una casa de vecindad y se entremezclan varias razas, de modo que las relaciones entre las razas han de ser con el tiempo un agudo y vital problema. Si se convierte en un foco de irritación, será insoluble. Sólo la fraternidad puede resolverlo.
En cuarto término, la lucha industrial es irremediable si su solución se entrega a la acción de los extremistas, de modo que la lucha desquicie a la sociedad. Tambiém aquí nuestra única esperanza está en la gradual intensificación de los comunes intereses y responsabilidades, hasta que al fin los intereses privados sepan ponerse al servicio del interés general (6).
Finalmente, si la fraternidad es la cuarta dimensión de los problemas que hemos de resolver, se infiere de ello que nuestra más apremiante necesidad es la renovación espiritual, el reconocimiento de una común fe en Dios, el Padre, por la cual sirva el hombre al hombre como a su hermano. Necesitamos una más pura llama de visión moral que nos capacite para ver la verdad y obrar rectamente.
Porque es evidente que tareas tan transcendentales requieren fe en la recta ordenación del mundo, aquella fe que afirma, fortalece y santifica. Y tan vigorosos esfuerzos requieren también fe en la rectitud del mundo y de la humanidad. A menos que tengamos fe en el hombre, potencial o actualmente igual a lo que nuestra labor exige, se desvanecerán nuestras esperanzas y caeremos en la desesperación.
Así como hemos aprendido a usar de la naturaleza para superarla, debemos rehusar hacer del pasado del hombre la medida de su porvenir. De la propia suerte que hemos descubierto nuevas fuerzas en la naturaleza, hemos de creer que el hombre ha de actualizar nuevas potencias latentes en su interior. En una palabra, por medio de una de estas nuevas potencias podrá el hombre sobreponerse a la locura de rechazar el común sentimiento de cooperación.

VI
Tal empresa incumbe a la Masonería por su espíritu, su historia y su actuación; y a la poesía de la fraternidad añade un clarividente realismo de intuición y método. Su primer mandato es “Sea la luz”, y caminar en la luz significa que hemos de ver las cosas tales como son y tratar con realidades. Nadie puede computar demasiado altas las posibilidades del hombre; pero fácilmente podemos estimar en demasía sus alcances y sufrir una desilusión. La sabiduría de la Masonería está en que la primera condición de la Fraternidad es no ilusionarnos respecto de ella, pues de lo contrario se frustrarán las ilusiones, como sucedió a muchos que disgustados desertaron del campo de la Fraternidad (7).
La Masonería obra sabiamente en no intentar de pronto la Fraternidad universal sino que comienza por aproximación. Sabe que para tener Fraternidad es necesario tener antes hermanos, y a este fin se dirige su labor. De aquí que escoja de la masa general de la humanidad los anhelosos de Fraternidad, que parezcan capaces de cumplir los deberes a que obliga, y procura enseñarles a vivir fraternalmente en medio de una sociedad egoísta. Dicho de otro modo, la Masonería toma el mundo tal cual es y a los hombres tales como son, siempre imperfectos, a veces antipáticos, y considera meritoria la lucha por la Fraternidad no a causa de lo que son los hombres, sino de lo que en sí entrañan para llegar a ser. Creyente en el bien potencial del hombre subyacente bajo la superficie de malignidad procura aducir las mejores cualidades humanas y hacernos piedras dignas de emplearse en el Templo.
Cómo lo efectúa no hay necesidad de manifestarlo aquí, excepto decir que la Masonería tiene un exquisito arte propio para disciplinar a los hombres, en fraternal rectitud. A la vivísima luz de la Logia vemos la vida tal como es, destituida de rango, pompa y poderío, y moviéndose sobre un plano de tiempo y muerte. Nos muestra muy claramente al prójimo con sus defectos, limitaciones, e ineptitudes; pero también con sus necesidades, sus luchas, su hambre de satisfacción, sus anhelos de verdad y belleza, con el frenesí de su vida. También nos muestra no menos claramente a nosotros mismos, con nuestros errores, egoísmos y repugnancias; y la primera lección de sabiduría es que desechamos toda ilusión acerca de nosotros mismos. Este conocimiento hace a los hombres prudentes y amables, pacientes unos con otros, deseosos de perdonar, dispuestos al auxilio, puesto que todos necesitamos la misericordia de Dios y el amor del prójimo. Con tan sencillos medios, apoyados en antiguos y elocuentes símbolos, con espíritu de verdad, caridad y compañerismo, la Masonería predispone a los hombres para ser obreros del Templo de la Fraternidad.
En el estrepitoso clamor del mundo nuestra sabia Masonería no vocea ni grita roncamente ni se agita ni formula programa. Trabaja silenciosa y suavemente enseñando a los hombres la religión de la vida fraternal, pues sabe que cuantos más hombres haya en el mundo de “amplio corazón y auxiliadora mano” más pronto se realizarán nuestros sueños de un más justo, dulce y feliz mundo futuro, con la final esperanza del reino de Dios en la tierra. Lentamente se levanta el Templo, edificado por el amor de muchos corazones y la lealtad de muchos obreros hasta que al fin quede completo y dedicado.
Todavía la Nueva Era está como medio construido edificio que hacia el firmamento se levanta, abierto a todas las amenazas de tormentas que rugen en derredor. El andamiaje oculta las paredes y caliginoso polvo flota y cae mientras moviéndose de un lado a otro, trabajan con ahínco los masones en su tarea.

NOTAS AL CAPÍTULO VI
(1) Traté de exponer en mi obra: The Great Light in Masonry la fe y filosofía de la fraternidad desde el punto de vista masónico, y no voy a repetir aquí lo allí expuesto, salvo un bosquejo a modo de recuerdo. En primer lugar, el concepto masónico de la vida significa que estamos en el mundo para hacer algo y llegar a ser algo. Dios hizo la tierra, el mar y el firmamento, pero no abrió caminos ni edificó casas, que debe construir el hombre. En segundo lugar, si el hombre ha de construir algo permanente, debe fundarlo en la voluntad de Dios, pues de lo contrario, edificará sobre arena su casa y las lluvias la derrocarán. En tercer lugar, el hombre no puede conocer la voluntad de Dios y mucho menos cumplirla, sin el auxilio del mismo Dios, que la Masonería le enseña a impetrar por medio de la oración, la obediencia y la fidelidad. En cuarto lugar, la voluntad de Dios es manifiestamente favorable a la unidad del linaje humano, y Su propósito es la fraternidad, y como dijo Conrad, la historia es el registro de la desesperada lucha por la fraternidad en contra del egoísta aislamiento del hombre. Por último, así aprendemos a edificar solidariamente, a fin de terminar y dedicar el Templo de la Fraternidad, que es la meta de la Masonería. (Speculative Masonry, por A. S. MacBride).
(2) Aunque todas las grandes religiones del mundo enseñan la fraternidad humana como un dogma fundamental de fe, la base en que la apoyan difiere en cada caso. Por ejemplo, el budismo basa la fraternidad en la creencia de que todos los hombres están sujetos al sufrimiento y deben hermanarse por simpatía. Es una piadosa fraternidad. El mazdeísmo afirma que los hombres son hermanos porque todos han de alistarse en el ejército de la gran guerra cósmica de la luz contra las tinieblas. Es una fraternidad militar. El confucionismo basa la enseñanza en el sentido di la común tarea de favorecer la evolución de la humanidad. Es una fraternidad de servicio. El cristianismo funda la fraternidad sobre la más amplia y profunda verdad de la Paternidad de Dios. Es posible sintetizar todas estas profundas y hermosas verdades en una más comprehensiva visión, como se entrefunden los instrumentos de una orquesta, si recordamos las palabras del vidente en el libro sagrado de China: “La humanidad es el corazón del hombre y la justicia su sendero. La mente amplia ve la verdad en las distintas religiones; la mente estrecha sólo” ve las diferencias”. (Comparative Religion and The Religion of the Future, por A. W. Martin).
(3) La esencia de las enseñanzas de Jesús, su profunda y gozosa experiencia de la divina Paternidad, su identificación con los dolores de la humanidad con cuyos pecados cargó; y su emancipadora visión del reino de los cielos, se encuentran en obras tales como The Jesús of History, por T. R. Glover; la titulada By An Unknown Disciple, de autor anónimo y una de las mejores escritas; The Young Man From Jerusalem, por W. C. Balantine, de exquisito y profundo significado; Toward the Understanding of Jesús, por
W. C. Simkovich, uno de los más eruditos ensayos de nuestra generación; y el primer capítulo de la segunda parte de Jesús Man of Genius, de Middleton Murry, de extraordinario valor por su interpretativa intuición y notable estilo.
(4) Un análisis y exposición de la metafísica de la Fraternidad, tan erudita como aleccionadora, se encuentra en la obra: Self and Neighbor, por E. H. Hirst, que trata de la psicología y de filosofía y moral de la Fraternidad. El último capítulo interpreta la aplicación del principio de fraternidad a las complejas vicisitudes y circunstancias de la vida, demostrándonos cuan fácil es emplear en nuestro trato con el prójimo frases amables y cuan difícil concretarlas en hechos positivos. La verdad puede ser sencilla, pero su aplicación es muy complicada. Quienes gusten de sólidos manjares mentales debieran leer conjuntamente con este libro el titulado: The Reconstruction of the Spiritual Ideal, por tánica moral si hemos de tener una viviente religión de fraternidad. Dicha obra es una de las mejores de nuestra época.
(5) Por extraño que parezca no se ha escrito ninguna historia particular de la Fraternidad humana, en cuanto alcanzan mis noticias, a no ser que consideremos como tal The Outine of History, de H. C. Wells, y The Human Adventure, por Breasted y Robinson, cuyo intento fue mostrar indirectamente, la unidad del linaje humano y lo necesario de la fraternidad. De todos modos se ha intentado lograr el reconocimiento de que debe llegarse al positivo bienestar de la humanidad en conjunto, que ha de tener por base la fraternidad universal. Los propagadores de la fraternidad en Inglaterra han editado la hermosa obra Tlie Growth of Brotherhood, por A. T. Dakin, que señala el pausado desarrollo del sentimiento de solidaridad en la decadente civilización romana entre los años 50 y 430 de nuestra era; en la naciente civilización cristiana medieval del 405 al 1500; y en la creciente civilización de 1500 en adelante. Además debo citar The Challenge of Brotherhood, de Tom Sykes, querido amigo mío, con quien fui por toda Inglaterra predicando la fraternidad cuando estaba agotada por la guerra y entenebrecida por la aflicción. Es muy necesaria una verdadera Historia de la Fraternidad; pero es una de las cosas que henos de aguardar, y uno de sus capítulos ha de ocuparlo la Masonería.
(6) La historia no ha conocido época alguna tan a propósito como la presente para el arraigo de la Fraternidad en un mundo solidarizado en multitud de aspectos, en el que el hombre va aprendiendo a vivir en comunidad. Ha llegado a ser necesario el hermoso sentimiento de fraternidad en vista de la enorme presión de los hechos que van sobreviniendo. Pero la fraternidad se ha de transmutar de sentimiento en conocimiento, de emoción en raciocinio si ha de llegar a su plenitud el sentimiento de solidaridad que fue más amarga, pero provechosa lección enseñada por la guerra mundial. En un mundo la Masonería, la más antigua y magna fraternidad conocida de los hombres, ha de hacer su obra.

¿Cómo se comportará la Masonería con esta admirable época y cómo se colocará a nivel de la oportunidad que le depara?. ¿Es una ciencia progresiva como dice ser?. ¿Puede la Masonería unirse en una común empresa con el Bien general en servicio de la humanidad?. ¿Qué porvenir aguarda a la Masonería?. Estas preguntas están discutidas en un artículo titulado The Future of Masonry en la revista The Master Masón, vol. 2, pág.
43. En resumen: ¿llegará a ser la Masonería el sepulcro de un ideal o el centro de una fraternal y creadora empresa?.
(7) Dice John Galsworty en su obra: Fraternity: “Acaso las gentes que tienen lo que se llama un bajo concepto de la naturaleza humana son más tolerantes, comprensivos e indulgentes que quienes considerando lo que la naturaleza humana pudiera ser, propenden a odiar lo que la naturaleza humana es”.
Añade Félix Adler en The Ethical Standard: “¿Cuál es el radical mal del mundo?. A mi modo de ver es la mezquina estimación que de sí mismos hacen los hombres. Es su animalidad en contraste con su espiritualidad. Es que se figuran que son animales, aunque de orden superior, y no seres espirituales. Indudablemente, el hombre es un animal; pero es algo más. En su breve vida está inscrito un jeroglífico de eterno valor. No es el hombre un mero producto de la naturaleza, una simple ola en la corriente del tiempo que se levanta y se desvanece dejando tan sólo por señal un escarceo en la superficie”.
No hay oposición entre estas dos afirmaciones. Cada una es el complemento de la otra. La tragedia de nuestra época es que estamos perplejos entre un cínico realismo y un sentimental idealismo; uno que no espera nada y otro que lo espera todo de la naturaleza humana. Ambos yerran; y la Masonería es sabia al evitar la falsedad de los extremos. El hombre es capaz de Fraternidad y un candidato a ella, aunque al presente esté todavía muy lejos de practicarla.

Revisión de los Rituales

OSWALD WIRTH

Las fórmulas tradicionales de la Francmasonería habían dejado de ser comprendidas por un gran número de Masones. La iniciación verdadera estaba perdida. Se reclamaba, por consiguiente, reformas tendientes a simplificar todo, bajo el pretexto de ponerse en armonía con el progreso - y desgraciadamente también con la ignorancia - del siglo.
El Gran Colegio de los Ritos del Gran Oriente de Francia, creyó dar una satisfacción a todas las exigencias publicando un ritual inspirado en los deseos formulados por los Talleres (1886).
Pero el nuevo ceremonial no fue del gusto de los Masones instruídos, que lo consideraron desprovisto de todo alcance esotérico. Bajo este punto de vista, muchas Logias se negaron a abandonar sus antiguos usos. Otras, por el contrario, renunciaron a toda clase de simbolismo. De aquí provino una falta absoluta de homogeneidad, contra la cual era importante reaccionar.

La Encíclica “Humanum Genus”

OSWALD WIRTH

En su Alocución solemne “Multiplices inter” del 25 de Septiembre de 1865, Pío IX había enumerado los actos por los cuales sus predecesores habían pretendido exterminar “esta sociedad perversa vulgarmente llamada Masonería”. Pero él constata con el corazón herido: “Estos esfuerzos del Trono Apostólico no han tenido el éxito que era de esperar”. La secta masónica no ha sido vencida ni destruída: por el contrario, ella se ha desarrollado de tal manera que en estos días tan difíciles se muestra en todas partes impunemente y levanta su frente con más audacia que nunca”. Con este nuevo anatema, la Masonería no se sintió peor. Pero como el Papado no puede resolverse a reconocer la inutilidad de sus fulminaciones vemos nuevamente aparecer, el 20 de abril de 1884, una larga instrucción de
S.S. León XIII.
El Papa toma por su cuenta a la Masonería y a lo que él llama el “naturalismo” por oposición al sobrenaturalismo revelado de la Iglesia. Aplica su elocuencia a refutar las doctrinas que atribuye a menudo gratuitamente a sus adversarios. Pero lo que sorprende en un Papa que se ha querido hacer pasar por hombre de genio, es que se haya hecho eco de los más ridículos cuentos. “Aquellos que están afiliados, dice, deben prometer obedecer ciegamente y sin discusión a las imposiciones de los jefes, de estar siempre listos, a la más pequeña notificación, al más ligero signo, para ejecutar las órdenes dadas sometiéndose desde luego en caso contrario, a los castigos más rigurosos, y aún a la muerte. De suerte, que no es raro que la pena capital sea infligida a aquellos que están convictos, sea de haber divulgado la disciplina secreta de la Sociedad, sea de haber resistido a las órdenes de los jefes y ésta se practica con tal destreza que, generalmente, el ejecutor de estas sentencias de muerte escapa a la justicia establecida para velar sobre los crímenes y castigarlos”.
¿Quién es en nuestros días el hombre de buen sentido que acepta todavía semejantes fábulas?. ¿Es admisible que se obre de buena fe cuando se hace eco de calumnias tan ridículas?. En todo caso, se comprende a los Masones del siglo XVIII que no tomaron en serio las excomuniones.

LA INASEQUIBLE AMANTE

OLSWALD WIRTH

Un joven teósofo, por cierto bien impuesto de metafísica, ha tenido a bien someter a mi apreciación algunas páginas fruto de sus estudios en el Campo de Chalons, en donde estuvo movilizado en 1920. Titula su disertación: Por qué busca el hombre la Verdad y cómo puede alcanzarla. Empieza como sigue: El hombre quiere saber, quiere conocer. ¿Por qué? Porque es, porque siendo es en consecuencia procedente como función del Ser. El Ser es verdad y, por tanto, él es asimismo Verdad en su esencia y por este hecho solamente su norma es aspirar a la Verdad.

El autor piensa haber establecido de tal suerte la identidad del hombre con la Verdad, que anhela, como también la posibilidad de alcanzarla, puesto que tal es su norma. Considerando luego que procedemos de la Verdad, el joven dialéctico no vacila en decirnos lo que somos en realidad.

Puesto que desea conocer mis observaciones de viejo simbolista, me permitirá la contestación en el lenguaje que acostumbro usar. He perdido, en efecto, la costumbre de razonar sobre abstracciones y desconfío de los argumentos edificados sobre palabras.

Cierto día, conversando acerca de cuestiones religiosas y mitológicas con un sacerdote de mucha erudición, le dije humorísticamente: “Al fin y al cabo, en el dominio de lo desconocido, los poetas son quienes mejor aciertan”. A buen seguro, contestó el sacerdote, son los que menos se equivocan, pero, por desgracia, los teólogos son quienes menos aciertan.

Comprendí entonces que la culpa es de los creyentes cuando exigen precisiones del todo imposibles sobre el objeto de sus preocupaciones. Algunos conceptos permanecerán siempre lejanos, vagos e indeterminados para nuestro entendimiento; si intentamos examinarlos al microscopio a fin de precisarlos llegaremos tan solo a falsearlos y se puede muy bien decir que la teología toda es una empresa quimérica para demostrar lo indemostrable. El campo del razonamiento es muy limitado; es este pequeño círculo comprendido entre los dos puntales de nuestro compás intelectual.

En la totalidad de esta área nuestra visión es exacta y nuestras deducciones lógicas; pero no vayamos a razonar más allá de nuestra razón, que debe reconocer su impotencia cuando del infinito se trata. Lo que no tiene principio ni fin, ni lugar determinado, ni duración en el tiempo, ni calidad de ninguna especie, queda fuera del dominio de la razón y sobre este punto podemos callar únicamente. Debemos honrar por nuestro silencio lo que se impone a nosotros y permanece velado a nuestra comprensión. El primer acto del candidato al franquear el umbral del templo de la iluminación debe ser inclinarse humildemente delante del insondable misterio que nos rodea.

Esta lección ritualística nos convida racionalmente a limitar nuestras miras especulativas. El hombre quiere saber y muy saludable es esta curiosidad que le mueve a instruirse. Pero limitado como lo es, en sus medios de constatación, como en su potencia intelectual, bueno será que también se pregunte a sí mismo qué es lo que realmente necesita saber y que busque tan solo lo que podrá ver claramente con su inteligencia.

Seamos positivos al abordar este gran misterio de la Vida. ¿Es que verdaderamente necesitamos conocer la fuente de donde mana, como también la meta final hacia la cual nos dirigimos? Aceptamos la Vida tal como se nos presenta, satisfechos de constatar que nos impone una tarea. ¿No es acaso el principal trabajo de nuestra inteligencia hacernos plenamente conscientes de esta tarea?

Obreros de la Vida, esforcémonos en comprender lo que la Vida espera de nosotros y procuremos instruirnos para poder cumplir con perfección. Gracias a esta orientación seguiremos el camino recto sin ceder a los desvíos de una vana curiosidad. El sabio nunca se jacta de poder contestar a todo; sabe demasiado que su saber es muy poco en comparación de su ignorancia. Su luz abarca tan sólo un reducido espacio, pero es lo suficiente para que pueda salir airoso de su trabajo y no tiene más ambición.

Hay una verdad que el hombre puede buscar y alcanzar: es únicamente esta verdad cuya misión es orientarle en el sendero de la Vida. Es la Verdadera Luz, simbolizada por la Estrella flamígera. En cuanto a la Verdad que alcanza el hombre en virtud de su norma no puedo dejar de relacionarla con la escuadra (en latín norma). Junto con el compás, este instrumento decora el mandil del Maestro Masón, libre ya de la ilusión después de su estancia en la cámara del medio. A su modo de ver, el campo de su saber es el estrecho dominio de la relatividad, el ínfimo espacio que puede iluminar su razón. Discurrir sobre el misterio de las cosas es perder el tiempo. Más vale callar y buscar las certidumbres tan sólo en el campo de la acción.

Nada podemos saber de lo que conviene creer con relación a los enigmas que atormentan los humanos, pero cada uno de nosotros puede adivinar sin esfuerzo excesivo lo que de él exige la Vida y así una verdad se nos revela proporcionada a nuestra norma: es una verdad de orden moral que emana de las mismas leyes de la Vida.

Esta verdad nos obliga en primer lugar a ganarnos la Vida en el más alto sentido de esta corriente expresión. Cada día contraemos obligaciones con la Vida y debemos esforzarnos en cumplirlas honradamente, inspirándonos en esta rigurosa equidad cuyo emblema es la escuadra masónica. Debemos ser conscientes de nuestros deberes para con nuestros semejantes, compañeros de nuestra vida. Sus derechos y sus deberes son idénticos a los nuestros y nuestra actitud hacia ellos nos viene dictada, sin vacilaciones, por la escuadra, norma determinante de toda forma de vida normal.

Por tanto, dudaremos de las afirmaciones arriesgadas de los espíritus temerarios sobre las cosas imposibles de ser positivamente controladas; en cambio, en la vida práctica, podremos obrar con absoluta certidumbre: aquí la norma (escuadra) nos dicta la conducta a seguir con impecable precisión. Si sabemos conducirnos en la vida con absoluta seguridad, ¿qué más podemos desear? Todo lo demás pudiera muy bien resultar vanidad pura y nada más. Limitemos el dominio de nuestras investigaciones partiendo de lo que podemos comprobar objetivamente, sin pedir al razonamiento más de lo que puede dar de sí. La razón humana se equivoca al querer escalar el cielo. Es firme tan sólo en el plano terrenal y aún aquí tropieza a menudo.

El simbolismo filosófico nos enseña a no pagarnos con palabras y el valor que concede a nuestras concepciones es muy relativo; a su modo de ver no son más que las imágenes imperfectas de cuanto aspiramos a representarnos.

La Verdad nos atrae; la perseguimos sin tregua; pero para el simbolista la Verdad no es una palabra susceptible de entrar en una ecuación silogística. Es una virgen que huye eternamente, atrayendo con irresistible poder el pensador enamorado de la inasequible diosa.

Así lo cantan los poetas, y si bien es verdad que, lo mismo que los filósofos, no llegan tampoco a estrechar en sus brazos a la Verdad, cuando menos les queda el júbilo de recoger de vez en cuando la enternecida sonrisa de la eterna fugitiva.

Revisión Constitucional

OSWALD WIRTH

El primer Código masónico regular del Gran Oriente data de 1826. Antes de esta época la confederación no estaba regida más que por estatutos que se remontaban a 1813 y por la serie de decretos, comúnmente contradictorios, adoptados por las asambleas sucesivas.
En 1839 se hizo una revisión de los estatutos adoptados en 1826; pero en 1847 se puso en estudio una modificación más a fondo de la ley Masónica. Se llegó así a un proyecto de constitución elaborado por una comisión especial. Este trabajo fue sometido en 1849 a la sanción de los representantes de todas las Logias de Francia sin distinción de rito. Todos los Masones regulares habían sido invitados a cooperar en esta obra de reforma, pero solos los Talleres del Gran Oriente enviaron delegados.
La nueva Constitución permite a las Logias ejercer un control permanente sobre los actos de la administración central. A este efecto los mandatarios de todos los Talleres se reunían cada alio durante una semana en Asamblea o Convento, con la misión de votar las medidas de interés común, de proceder a la elección de los administradores de la Orden, de sancionar la gestión financiera, etc...

El Reinado de Luis Felipe

OSWALD WIRTH

La Francmasonería no había conspirado contra el gobierno de Carlos X, pero manifestaba sus simpatías por las ideas liberales que prevalecieron en 1830. La monarquía constitucional lo consideró un crimen y se demostró más quisquillosa aún que el régimen anterior.
Condenados desde entonces a una reserva extrema, los Masones se apartaron de todo trabajo serio. Estándoles prohibida la política, ésta se tramaba fuera de las Logias, en las “ventas” de los Carbonarios o al amparo de conciliábulos más secretos todavía. Las ideas nuevas, de las cuales SaintSimon y Fournier se habían convertido en apóstoles, se discutían en adelante fuera de la Francmasonería que se mostraba recelosa de acogerlas. En estas condiciones, en los templos masónicos sólo resonaban los ecos de las querellas que se renovaban sin cesar entre el Gran Oriente y el Supremo Consejo. Había en eso con que aburrir a numerosos Hermanos que al retirarse obligaron a sus Logias a caer en sueño.
Hubo, sin embargo, tentativas de fusión de Ritos, desde luego en 1819 y 1826, después en 1835 y 1841. Si no llegaron a unirse, concluyeron, sin embargo, por tolerarse recíprocamente y a vivir casi en buena inteligencia. El 10 de Diciembre de 1830 las dos potencias rivales ofrecieron una fiesta en común al general Lafayette.
Un despertar de las actividades masónicas parece manifestarse en 1840, por la fundación de una casa de socorros en favor de los Masones desgraciados.
El Gran Oriente procuró, en seguida, sacudir la modorra de las Logias publicando un Boletín trimestral de sus trabajos (1843). Masones instruidos se encontraron así envalentonados para publicar obras sobre la Francmasonería. Se les tomó a mal porque, predispuesta contra divulgaciones declaradas ilícitas, la autoridad masónica persiguió de la manera más odiosa al Hermano Ragon, Venerable de la Logia “Les Trinosophes”, autor de un Curso Filosófico e Interpretativo de las Iniciaciones Antiguas y Modernas, después al Hermano Clavel, culpable de haber hecho imprimir sin permiso una Historia Pintoresca de la Francmasonería.
Más tarde el Gran Oriente está tan mal inspirado que entraba la feliz iniciativa de las Logias de provincia, que se reunieron en Congreso en la Rochelle (1845), en Rochefort y Strassbourg (1846), después en Saintes y en Tolosa (1847).

La Masonería Imperial

OSWALD WIRTH

Después de la Revolución, la Masonería fue sometida en todos los países a un régimen de estrecha vigilancia. Para hacerse tolerar, los masones tuvieron que hacer protestas en las diversas monarquías, de su adhesión al soberano.
En Francia, el primer Cónsul, llegó hasta el punto de querer suprimir la Francmasonería. La delegación de los H∴ H∴ Massena, Kellermann y Cambaceres, lo decidieron, sin embargo, a mantener una asociación que sólo sería temible si se le obligaba a ocultarse. Llegado a Emperador, Bonaparte, juzgó más político autorizar a su hermano José para tomar la alta dirección de la Orden, aceptando el puesto de Gran Maestro que le había sido ofrecido. Pero Cambaceres y Murat le fueron nombrados adjuntos, a fin de ejercer una estrecha vigilancia en beneficio del Gobierno.
La Masonería se convirtió así, en cierto modo, en una institución oficial. Invadida por un tropel de dignatarios del Imperio, tuvo que abstenerse de todo aquello que podía contribuir a la emancipación de los espíritus. No le estaba permitido vivir sino bajo la condición de manifestar en todas las circunstancias, la adulación más llana al despotismo. Este régimen trajo el apogeo material del Gran Oriente que en 1814 contaba con 905 Logias de las cuales 73 eran de militares.
Contrariamente a lo que podía esperarse, estas últimas eran a menudo muy independientes; fueron en el extranjero las propagandistas de los principios de la Revolución. Los oficiales republicanos, pudieron así conspirar al amparo de fórmulas masónicas especiales.
Es así como una cierta Orden de Lyon intervino en la tentativa del General Mallet que en 1812 quiso alzarse contra el imperio.
La Masonería de adopción, so pretexto de brillantes fiestas de beneficiencia, alenté las pretensiones de la Emperatriz Josefina.

EL ÚLTIMO TÉRMINO

FORT NEWTON - La Religión de la Masonería


CAPÍTULO VII
EL ÚLTIMO TÉRMINO
I

Lentamente el Templo se levanta sin el son de hachas ni martillos, como monumento de muchas vidas, el ideal y meta de la Masonería, el último término. ¿Pero qué de los constructores?. Van muriendo, como ha de morir todo cuanto vive y pasan de la naturaleza a la eternidad. El Templo permanece y los constructores fenecen, aunque perduran como piedras vivas en los arcos y en el altar. Una generación sigue a otra, y cada época deja la obra incompleta y cada obrero deja su marca. Cada uno hace bien o mal su obra, deposita su caja de herramientas y desaparece llevándose su blanco mandil. Cada cual se marcha solo, y aunque amigos y hermanos le siguen hasta el borde de las tinieblas, se vuelven entristecidos. El padre deja a su hijo, el maestro a sus oficiales y aprendices, y el masón la suave luz de su Logia. Trabajamos juntos, y morimos en soledad. Los soldados marchan a la batalla con tacto de codos, y cada cual muere individualmente sin que nadie comparta el último e inefable suspiro que su alma dirige al nativo hogar. Muere »1 soldado, pero el ejército sigue su marcha al redoble del tambor y ondeando sus banderas hasta alcanzar la victoria o sufrir la derrota. El obrero muere, pero el Templo se alza con sus columnas y sus arcos, y su cúpula asume nebulosa forma en nuestros sueños.
El Templo se alza; pero ¿en dónde están los constructores que en su belleza soñaron, y solícita y amorosamente labraron sus piedras con el nivel y la escuadra?. ¿Qué importa que el rey Salomón en el pináculo de su gloria proyectara y construyera un Templo y con himnos y sacrificios lo dedicara a la santidad de Dios, si con toda su realeza cayó en el insensible polvo que ni piensa ni conoce?. ¿Qué importa que el maestro constructor derramase sobre el Templo su talento y su amor con toda la habilidad de su arte, trabajando pacientemente en continua oración, si cayó anegado en su propia sangre y no ve el Templo majestuosamente erigido a la luz del sol ni acariciado por el suave misticismo de la noche?.
Pero cabe otra pregunta cuya respuesta entraña profundísimos resultados morales que igualmente afectan al honor de Dios y al orden moral del mundo. Salomón experimentó el gozo de proyectar el Templo y el Maestro constructor tuvo intenso placer en emplear sus poderosas facultades en construirlo; pero ¿qué de la multitud de obreros que se esforzaron en realizar el proyecto labrando las piedras, soportando cargas, sentenciados al penoso trabajo a que siempre estuvo sujeto el obrero manual?. ¿Acaso murieron y cesaron de ser, hundiéndose en un borroso e indistinguible montón de polvo, desconocidos y olvidados, dejando tan sólo una débil marca para mostrar que vivieron estos fieles operarios y desaparecieron como barridos escombros?. ¡No! La Masonería no lo considera así. Por la naturaleza de Dios en cuya loanza fue construido y consagrado el Templo, por el mérito de cada obrero que añadió su amor y su trabajo a la fábrica, por la justicia de Dios, firma la Masonería que también son inmortales los constructores. Vivían como piedras vivas en el Templo, pero a medida que en él trabajaban iban construyendo en su propio ser un templo tan imperecedero como el que externamente construían. Además ni el Templo ni su ritual no son de por sí fines, sino medios conducentes a la finalidad de cada operario, aun el más humilde, llegue a ser un santuario de fe, una urna de amor y un altar de pureza, compasión y verdad. Eternamente se alza el Templo y con él sus constructores que participan de su hermosura y de sus promesas.
Dice C. R. Kennedy en The Servant in the House:
A veces prosigue la obra en profunda oscuridad y otras en ofuscante luz; tan pronto bajo la pesadumbre de indecible angustia, como al son de joviales risas y heroicas y tronantes aclamaciones. A veces, en el silencio de la noche, se puede oír el suave martilleo de los compañeros que se adelantaron a escalar la cúpula y en ella trabajan.

II
Si el hombre muere ¿volverá a vivir?. A esta antigua y doliente pregunta, que así mismo se hizo el primer hombre que vio morir a su prójimo, responde afirmativamente la Masonería porque Dios es Dios y el hombre es el hombre y la vida es lo que es (1). En cuanto reconocemos que da dignidad, valor y significado a la vida, ya no se necesita argumentar en favor de la inmortalidad, y mientras no lo reconocemos, es inútil todo argumento. La fe afirma el valor de la vida. La religión realiza el valor de la vida. En el fondo, la fe en la inmortalidad es la fe en la conservación de los altos valores de la vida, y como quiera que estos valores sean individuales, se necesita la fe en la individualidad y una moral confianza en la inmortalidad del amor. Si nada valiera la vida, nada valdría la inmortalidad. Si la vida tiene valor real ha de ser inmortal.

NOTAS AL CAPÍTULO VII
(1) Para el cristiano, Dios, el hombre y la vida se entrefunden en Cristo, la Vida que interpreta la vida. Sin embargo, no sirve en estos casos de mucho la fe, y menos cuando se relaciona con el destino de los seres a quienes hemos amado y perdido. Algún consuelo recibiéronlos lectores de The Little Book of Life after Death, de Gustav Trenchner con introducción de William James, en el que se demuestra la continuidad de la vida en el más allá. Otro libro auxiliador es Faith in a Future Life, por A. W. Martin, en el que se discute la pregunta: ¿Qué satisfactorio fundamento tiene la creencia en la vida después de la muerte?. Examina Martin una serie de razones, sin olvidar las aducidas por el espiritismo, la doctrina del ser sublimal y la reencarnación y el karma de los teósofos. Del análisis de todos estos fundamentos infiere que el más satisfactorio para la fe en la vida futura es la experiencia moral.

LAS ENSEÑANZAS DE LA FRANCMASONERIA

OLSWALD WIRTH

Al proponerse unir fraternalmente a los hombres a pesar de todo cuanto tiende a separarlos, la Francmasonería moderna ha tenido buen cuidado de no imponer a sus adeptos sistema alguno de creencias marcadamente delimitado.

Ya, al publicar el Libro de las Constituciones, redactado por James Anderson, declaraba en 1723 que su intención era dejar a los hombres en absoluta libertad, tocante a sus opiniones, tanto religiosas como políticas. Fiel a esta actitud, la Francmasonería deja campo abierto a todas las discusiones, y se abstiene de pronunciarse sobre ninguna determinada, hijas todas de la humana curiosidad.

Es la gran muda, y si bien posee su secreto, se ha condenado ella misma a no revelarlo jamás. Nos dice: Buscad, profundizad, trabajad, removed el terreno: el tesoro que os prometo es el mismo que fue la recompensa de los hijos del labrador de la fábula. Buscando la verdad es cuando comprendemos que se nos escapa y, entonces, aprendemos a tener indulgencia con los errores de los demás. En adelante nos abstenemos de condenar practicando la tolerancia, virtud por excelencia de los Francmasones.

Después de todo, ésta no es más que la obligada cortesía con respecto a quienes opinan de distinto modo. ¿Con qué derecho vamos a pretender que se equivocan ellos y nosotros no? ¿Es que pretendemos poseer un criterio infalible para discernir lo verdadero de lo falso? Lo cierto es que la Francmasonería predica sobre este punto, una humildad verdaderamente cristiana, de la que podría mostrarse celosa la Iglesia.

Tenemos conciencia de lo poco que podemos conocer y nos inclinamos con religioso respeto delante del misterio que nos rodea. Sin querer beneficiar de revelación alguna sobrenatural, no pretendemos enseñar a los hombres lo que deben creer; en cambio, todo ser humano, animado de deseo verdadero de buscar la verdad por sus propias fuerzas y con absoluta independencia, puede ingresar en nuestra escuela. Nos esforzaremos en guiarles en sus esfuerzos de investigación y podrán aprovecharse de nuestra larga experiencia tradicional.

Si esperan de parte nuestra afirmaciones concretas, no tendrán más que decepciones, pues nosotros mismos nos hemos prohibido todo dogmatismo sobre cualquier materia. A todas las cuestiones la Francmasonería contesta siempre por medio de símbolos, enigmáticos de por sí y que invitan a la reflexión. Cada uno puede interpretarlos a su manera y todo lo que puedan sugerir es justo, a condición de satisfacer a la lógica. Las interpretaciones contradictorias vienen a presentarnos una misma verdad, pero bajo aspectos diametralmente opuestos. El iniciado lo sabe y no se extraña de ello.

Se limita a sonreír viendo la solución materialista de los unos y la espiritualista de los otros. ¿Qué nos importa que haya opiniones contradictorias si, de antemano, queda bien sentado que nada sabemos en definitiva y que nadie puede erigirse en juez de las convicciones ajenas?

Pero sacar de lo que antecede la conclusión de que los Francmasones no tienen concepción doctrinal alguna común a todos, fuera ir demasiado lejos. Para juntos poder perseguir un mismo ideal, es de toda necesidad participar de las mismas ideas y tener idéntica manera de apreciar y de sentir.
¿Cuál es, pues, este lazo intelectual y moral que une los Francmasones en el tiempo como en el espacio? La idea fundamental de la Francmasonería es la construcción de un edificio humanitario; los hombres son los materiales vivientes y deben ellos mismos labrarse, para luego ajustarse armónicamente, formando un edificio único, verdadero Templo de la Belleza que nunca llegará a ser terminado.

Toda la iniciación masónica se limita a enseñar el arte de construir humanitariamente. No le vayan, pues, a pedir la revelación de los secretos del universo o de la naturaleza humana: sus secretos son los del labrado de las piedras humanas, destinadas a pasar de su primitivo estado grosero, inutilizable para nuestro edificio humanitario, al estado de materiales encuadrados y pulimentados a la perfección, en vista de su colocación en el gran edificio; por cierto, son estos secretos de la mayor importancia, por ser relativos al Misterio de la Vida.

¿Qué es la Vida? ¿Qué finalidad tiene? ¿Cómo puede el hombre ponerse en armonía con la vida universal? Todas estas cuestiones nos las propone la iniciación masónica sin resolverlas dogmáticamente, pero proporcionando elementos suficientes para contestar de modo satisfactorio a quienes saben interpretar los símbolos.

Sin embargo, las especulaciones filosóficas preocupan tan sólo a un número reducido de Francmasones que podríamos llamar los doctores de la institución. La mayor parte no se interesa por los análisis sutiles y queda satisfecha con la parte sentimental. Su sensibilidad la hace vibrar bajo la influencia del sentimiento general y poderoso del amor a la humanidad. Instintivamente, esta muchedumbre ha divinizado la humanidad y pretende servirla con desinterés. Quiere el progreso, el mejoramiento para todos en el porvenir.

He aquí el origen de esta fe masónica activa e independiente de toda opinión particular. La Masonería es la Iglesia del Progreso humano, y si alguna acción ejerce en el mundo es debido a las firmísimas convicciones de sus adeptos en el advenimiento de una humanidad mejor, más clarividente y más fraterna.

Algunos escépticos quieren ridiculizar esta fe que califican de cándida; parecen olvidar que, de compartir su escepticismo la humanidad, el progreso humano no pasaría, en efecto, de ser una mera ilusión. En cambio, los convencidos y confiados en su utopía le prestan una fuerza de realización que triunfa de todos los obstáculos.

Si creemos en el progreso y obramos en consecuencia, el progreso será un hecho; si lo negamos, teóricamente como prácticamente, nunca llegará a ser realidad. En materia de creencias imitemos a las muchedumbres creyendo con firmeza lo que es conveniente creer y, cuando menos, no vayamos a amortiguar una fe inspiradora muchas veces de actos generosos. Se impone al Iniciado el silencio, sobre todo cuando se trata de las convicciones que sirven de base a la moral del pueblo.

Tengamos cuidado de no perturbar bruscamente las almas bajo pretexto de emanciparlas. Debemos saber callar delante de quienes no están preparados a comprender y, al hablar, procuremos más bien provocar la reflexión en lugar de querer convencer a toda costa. Esta es la sana tradición iniciática.

“MASONISMO” Y FRANCMASONERÍA

OLSWALD WIRTH

las iglesias cristianas no han realizado sino de una manera muy imperfecta el Ideal cristiano. No podía suceder otra cosa, siendo así que los hombres, considerados en su conjunto, no son ángeles ni siquiera santos. Tampoco son sabios tal como aspira a formarlos la Iniciación, y cuando llegan a merecer el título de filósofos o amigos de la Sabiduría, no son más que reducida falange que no encuentra colocación adecuada en ninguna de las instituciones organizadas.

No dejaría de ser cándido el figurarse que una asociación de hombres pudiera llegar a la perfección. Los individuos pueden alcanzar una perfección relativa, pero no las colectividades, y la Francmasonería no puede escapar a la misma ley. Demasiado numerosos son sus adheridos para poder llegar todos al nivel de Iniciados verdaderos; sin embargo, la institución no deja de merecer el respeto y ser digna de simpatía. En efecto, trabaja para la realización de la Magna Obra, pero la transformación del plomo profano en oro iniciático no puede verificarse instantáneamente ni por virtud de un mágico conjuro.

Un Francmasón es un hombre como los demás, menos instruido muchas veces que buen número de los aficionados a las ciencias ocultas; consciente de su ignorancia busca la verdad sin prejuicio, con toda sinceridad. Tal vez no llegará muy lejos en sus investigaciones intelectuales y dejará tan sólo de compartir los errores más groseros de sus contemporáneos. Aunque negativa, esta sabiduría no deja de tener su valor.

Pero es por el corazón más bien que por la inteligencia que se llega a ser un verdadero Francmasón. el adepto efectivo es, ante todo, un hombre de buena voluntad y anhela el bien, con toda la fuerza de su ser interno; la fuerza de la Francmasonería estriba precisamente en el querer colectivo de sus miembros; se reúnen para trabajar, y como nada se pierde en la esfera de las energías puestas en acción, toda Logia viene a ser un foco de transformación social y humanitaria.

No vayamos, sin embargo, a pedir a la inmensa mayoría de los Francmasones que razonen sus actos. Obran por instinto y de acuerdo a sus tradiciones algo oscuras, pero cuya influencia sugestiva perdura, sin embargo, a través de los siglos.

Además, existe una doctrina masónica sin fórmula explícita, que viene a ser para la Francmasonería lo que es el cristianismo para las iglesias cristianas: es el Masonismo.

Todas las críticas que dirigen a la Francmasonería sus adversarios –y con más severidad, si cabe, sus amigos- se refieren a nuestra institución tal como funciona, trabajando del mejor modo que sabe, sin que logre llegar a la realización perfecta de sus muy legítimos desideratas. Pero ni una objeción siquiera ha sido nunca presentada contra el Masonismo por quienes han llegado a comprenderlo. Bien al contrario, al Masonismo ha debido en todo tiempo la Francmasonería y debe aún hoy todavía sus reclutas de más valor.

Según opinión de los pensadores más eminentes, no hay filosofía superior a la que se desprende del simbolismo de la Francmasonería. Tiene la inestimable ventaja de no presentarse bajo el aspecto de sistema cerrado; su objeto en enseñar a cada uno las reglas comprobadas de toda sana construcción intelectual. El Francmasón aprende a construir el templo de sus convicciones personales, pero todo y construyéndolo con arreglo a su conveniencia particular y para sí mismo, observa las leyes de una arquitectura tradicional, gracias a la cual persiste la unidad en la construcción del gran santuario universal, edificado según el plano del Gran Arquitecto del Universo.

En resumen, el ideal iniciático no puede ser realizado colectivamente por una asociación numerosa de hombres, forzosamente incapaces de elevarse en su conjunto muy por encima del nivel de la medianía de la humanidad.

Que se esfuerce, pues, cada uno individualmente para matar en sí el profano y favorecer al mismo tiempo el nacimiento del Iniciado. Sobre todo no se apresure nadie en ser admitido Francmasón hasta que el Masonismo se haya revelado a sus meditaciones. Debe haberse hecho uno mismo Francmasón, por el propio esfuerzo y en su propio corazón, antes de querer llamar a la puerta del Templo.

El mayor escollo de las instituciones iniciáticas reside en la deficiente preparación de los candidatos, y sus fracasos son debidos en gran parte a una prematura asimilación de los elementos profanos sin que medie el debido contraste. Se hacen la ilusión de poder transformar en iniciado cualquier individuo; éste podrá muy bien no tener más defecto que su absoluta ignorancia de todo lo relativo a la Iniciación.

En el interés del buen reclutamiento de la Francmasonería es ya tiempo que se vaya ilustrando el público sobre las cuestiones iniciáticas, para llegar a comprender que ni la virtud de una ceremonia, ni la admisión en debida forma en una asociación cualquiera, pueden conferir la Iniciación.

El verdadero iniciado ha de iniciarse a sí mismo. Podrá tener quien le guíe, en verdad, pero tan sólo le valdrá la entrada en el sendero de la Verdadera Luz el esfuerzo que habrá realizado.

Exige la iniciación que aprendamos a adivinar. Demos pruebas, pues, de nuestra aptitud, adivinando cuando menos el significado general de la Iniciación. Y si no sabemos adivinar nada, bien inútil será querer participar de los misterios.

EL FUEGO SAGRADO

OLSWALD WIRTH

Huyendo de las llanuras de los conflictos, donde entrechocan tumultuosamente los antagonistas, el aspirante franquea el río de la vida colectiva. Lejos de dejarse llevar por la corriente, sabe resistir sus más potentes embestidas y afirma de éste modo su individualidad. Por fin ha triunfado el elemento fluido y trepando por la abrupta pendiente de la orilla, puede desde lo alto, contemplar las aguas cuyos torbellinos le separan del inmenso campo de batalla en donde los vivientes se combaten sin tregua alguna. Ésta tierra que pisa de hoy en adelante es la de la paz en el aislamiento, como también la de la muerte y de la aridez; cuando vuelve la espalda al río se le ofrece el espectáculo del desierto en el cual penetró Jesús al salir de las aguas bautismales del Jordán.

El aspirante se interna en las arenas, en medio de las rocas calcinadas. No hay la menor vegetación, ni rastro de ser viviente: aquí el dueño absoluto es el sol, que todo lo seca y mata. Ésta luz, que no proyecta la menor sombra, corresponde a la luz de la razón humana, que pretende hacer omisión de todo lo que no sea ella misma. Ésta razón analiza y descompone, pero su misma sequedad le incapacita para vivificar nada. Bien está que nos esforcemos en razonar con absoluto rigor, pero no vayamos a hacernos ilusiones sobre el poder de la razón, cuya labor no pasaría de demoledora si estuviera llamada a ser dueña absoluta de nuestra mente.

Tengamos bien presente que el Iniciado no debe ser esclavo de nada, ni siquiera de una lógica llevada al extremo.

Si la verdadera sabiduría nos aparta de la vida, de sus alucinaciones y de sus quimeras, es sencillamente para enseñarnos a dominarla, no a la manera de los anacoretas que la desdeñan, sino como conquistadores del principio vital que anima todas las cosas del universo. La potencia que rige el mundo tiene por símbolo el Fuego tal como lo concibieron los alquimistas: muy lejos de consumir y de destruir, su ardor anima y construye. Se va propagando a todo cuanto vive, pero el Fuego de los sabios comporta una infinidad de grados en directa correspondencia con las diferentes vidas que produce su actividad. Es preciso que el individuo sepa inflamarse de un ardor divino si pretende ser algo más que un autómata incapaz de realizar la Magna Obra. Por más que el agua del río le haya purificado externamente, limpiándole, como quien dice, de cuanto enturbia el juicio de la mayoría de los mortales, el aspirante quedaría condenado a vagar sin provecho en el dominio de la esterilidad, si retrocediera delante de la prueba suprema, la del Fuego.

El ardor del Sol se hace cada vez mayor y le anuncia que la prueba es inminente. Delante de esta amenaza el aspirante puede aún retroceder para permanecer en las riberas del río, estableciendo allí su morada, a la manera de los moralistas que pierden el tiempo en lamentaciones sobre las miserias humanas y en bellas predicaciones que se pierden en el desierto.1

Pero el Iniciado no malgasta el tiempo en discursos: es un hombre de acción, un agente eficiente de la Magna Obra por cuyo medio es creado y transformado el mundo: si el aspirante siente la vocación del heroísmo, no vacilará en exponer a la llama su pie desnudo.2

1 Juan, el precursor, bautiza y predica la penitencia a orillas del Jordán, pero no tiene por misión esta obra de redención en vista de la cual Jesús se interna en el desierto para ayunar y purificarse durante cuarenta días. El Evangelio es muchas veces, y a su manera, un ritual iniciático.
2 En la preparación del candidato y según un antiguo ritual masónico, se prescribe desnudar ciertas partes de su cuerpo y, entre ellas el pie izquierdo, como si el contacto directo con el suelo tuviese su importancia para el candidato que, vendados los ojos, pone el pie sobre un terreno que desconoce en absoluto.
No retrocederá aunque las llamas surjan bajos sus mismas plantas, pero se verá obligado a detenerse cuando lleguen a formar una muralla infranqueable. Si quiere volver atrás, que no pierda un instante; aún hay tiempo y tiene libre el camino para batirse en retirada. Pero si domina sus angustias y afronta estoicamente la barrera del fuego, ésta crece y forma las dos alas.
Bien pronto forma un semicírculo cuyos extremos se juntan por fin, dejando el temerario por completo envuelto en una hoguera circular cuyo fuego le abrasa. Las llamas se aproximan cada vez más al aspirante, que permanece impávido dispuesto a ser pasto del fuego.

En efecto, la purificación suprema es obra del fuego que destruye en el corazón del Iniciado el último germen de egoísmo o de mezquina pasión. Éste ardor purificante de que hablamos aquí no es otra cosa que el amor que nos señala San Pablo en el capítulo XII de la Epístola 1ª a los Corintios, en los siguientes términos:

“Por más que supiera hablar todos los lenguajes de los hombres, y que comprendiese el lenguaje de los ángeles, si no tengo el amor, no soy más que el bronce que resuena o el ruidoso címbalo.
Y por más que tuviera el don de profecía, aunque conociera todos los misterios y poseyera toda la ciencia; por más que tuviera toda la fe posible, hasta el punto de poder transportar las montañas, si no tengo el amor no soy nada.
Y por más que distribuyera todos mis bienes a los pobres y abandonara mi cuerpo a la hoguera, si no tengo el amor esto no me sirve de nada.”

Conocedor de las nociones iniciáticas difundidas por la corriente del pensador helénico, el apóstol acertó en su modo de sentir; todos los dones de la inteligencia, todos los poderes de acción serán vanos si no van aplicados al servicio de la gran causa del bien general. Es preciso amar, llegar hasta el sacrificio absoluto de sí mismo para ser admitido en la cadena de unión de los iniciados. Es por el corazón, y tan solo por el corazón, que llega uno a ser Francmasón, obrero fiel y colaborador verdadero del Gran Arquitecto del Universo.

El ceremonial de recepción es simbólico y representa objetivamente lo que debe realizar el candidato en su fuero interno. Si todo queda limitado a unas formalidades externas, la iniciación es meramente simbólica y marca tan solo la admisión en una cofradía de iniciados superficiales que han sabido conservar un conjunto de exterioridades tradicionales y nada más. No han visto más que la cáscara del fruto; sin embargo, en el interior está la semilla, el núcleo central, de tal manera que el iniciador que obra de conformidad con la letra del ritual, pone a disposición del verdadero candidato un esoterismo velado que se conserva intacto al abrigo de toda profanación.

Cuando la Francmasonería o cualquier otra confraternidad iniciática hace referencia a la inviolabilidad de sus secretos, se trata no del continente de los secretos, siempre comunicable, sino de su contenido inteligible. Se puede divulgar la letra muerta, pero no el espíritu que los privilegiados de la comprensión sabrán penetrar.

Por otra parte, es indispensable sentir para poder comprender. La punta de una espada hiere al candidato cerca del corazón en el momento de admisión en el Templo para buscar la luz. Antes de poder discernir, hay que abrirse a las verdades cuyo germen existe en nosotros. Cada uno lleva en sí una Belle au bois dormant que la verdadera iniciación despierta, pero quien no ame no podrá despertar a la sempiterna durmiente.

No se debe despreciar el intelectualismo; sin embargo, su dominio absoluto nos condena a una estéril y desesperante especulatividad. Cayendo en el exceso contrario, la iniciación caballeresca desdeñaba el saber para enaltecer únicamente el amor, inspirador de las acciones sublimes. Mejor equilibrados, el Hermetismo de la Edad Media, la escuela rosicruciana y la Francmasonería moderna han preconizado el desarrollo simultáneo del intelecto y del sentimiento.

Es indispensable que nos capacitemos para reconocer la verdad, a fin de conquistar la luz que debe iluminar nuestras acciones. Por otra parte, si no tenemos el acicate de un ideal, ¿cómo podremos sentirnos impulsados hacia la Iniciación? Lo que atrae y fascina es precisamente, una presentida belleza. Un amor secreto nos empuja hacia el santuario y nos infunde valor para arrostrar los obstáculos de las múltiples pruebas que aún nos esperan antes de alcanzar el móvil deseado.

Aunque no pudiésemos comprender más que medianamente, lo esencial sería llevar siempre en nuestro corazón la chispa del Fuego Sagrado, a fin de ser capaces de elevarnos cuando lo requiera la acción. Los mejores masones no son los más eruditos ni los más ilustrados, sino los más ardientes y constantes trabajadores, porque son los más sinceros y los más convencidos. Quien ama con fervor está muy por encima de quien se contenta de saber: la verdadera superioridad se afirma por el corazón, la cámara secreta de nuestra espiritualidad.

Los que no han sabido amar se pierden en el desierto sin pasar por la prueba del fuego. Escépticos arrastran su vida en eterno desencanto, son verdaderos fantasmas ambulantes más bien que hombres que honran la vida con sus energías. Será necesario el sufrimiento para enseñarles el amor. En resumen, el sufrimiento no es en sí un mal, puesto que sin el purificante dolor nadie llega a ser grande.