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EL PRIMER DEBER DEL INICIADO

OLSWALD WIRTH

La Iniciación no es de orden meramente intelectual y no tiene por objeto satisfacer la curiosidad gracias a la revelación de ciertos misterios inasequibles al profano. Lo que nos viene a enseñar no es una ciencia más o menos oculta, ni una filosofía que nos diera la solución de todos los problemas: es un Arte, el arte de la Vida.

Ahora bien: la teoría puede ayudarnos a comprender mejor un arte; pero sin la práctica no existe el artista. De la misma manera, no es realmente iniciado quien no posea verdaderamente el arte iniciático y es, por tanto, de absoluta necesidad aprovechar todas las oportunidades para ponerle en práctica.

Por otra parte, ¿cómo podremos empezar a practicar el arte de vivir? Muy sencillamente, procurando ayudar a nuestro prójimo. La vida es un bien colectivo: no nos pertenece particularmente; para disfrutarla debemos participar de la vida de los demás, sufrir con los que sufren y dar cuanto de nosotros dependa para aliviar sus penas.

Cuando en una Logia masónica el hermano hospitalario cumple su misión respecto al neófito, viene a recordarle que su primer deber es ayudar a los desgraciados. Podrá ver más adelante que nunca quedan olvidados los que están en el infortunio: en toda reunión masónica es obligación circular, antes de la clausura, el tronco de beneficencia.

Esta costumbre, que se observa en el mundo entero, da a la Francmasonería un carácter humanamente religioso que nunca tendrán las asociaciones profanas que pretendan revelarnos los misterios.

En todo tiempo ha habido charlatanes pontífices e hierofantes: prometen darnos una ciencia infalible, un poder ilimitado, la riqueza en este mundo y la felicidad en el otro. No piden, en cambio, más que confianza absoluta en sus palabras y ser reverenciados como semidioses. Innumerables son los que se dejan engañar y se jactan de ser iniciados después que han llegado a asimilarse algunas doctrinas y han aprendido a contentarse con el espejismo de ciertos fenómenos que más bien pertenecen a la patología: las teorías que todo lo explican y los equilibrios psico-fisiológicos nada tienen que ver con la Verdadera Iniciación.

Esta –y nunca se dirá bastante- es activa. Nos hace copartícipes en una obra, la Obra por excelencia, la Magna Obra de los Hermetistas. La Iniciación no se busca para saber, sino para obrar, para aprender a trabajar. Según el lenguaje simbólico empleado por cada escuela de iniciación, el trabajo tiene por objeto la transmutación del plomo en oro (Alquimia) o la construcción del Templo de la Concordia Universal (Francmasonería). En un caso como en el otro, se trata de realizar un mismo ideal de progreso moral. Lo que persigue el Iniciado es el bien de todos y no la satisfacción de sus pequeñas ambiciones particulares. Si no ha muerto para todas las mezquindades, es prueba de que sigue profano todavía.

Si verdaderamente ha pasado por las pruebas, su único anhelo será ponerse al servicio del perfeccionamiento general, colectivo y, por consiguiente, correr en ayuda del compañero de fatigas agobiado por el peso de su tarea. Ayudar al prójimo, he aquí el primer deber del Iniciado.

Su ayuda espontánea irá a quien le llame. No se entretendrá en buscar si el sufrimiento es o no merecido, si es la consecuencia de un mal Karma procedente de anteriores encarnaciones; los favorecidos de este mundo no están autorizados a creerse mejores que los parias de la existencia.

Una doctrina que tendiera a sugerir sentimientos de tal naturaleza resultaría eminentemente anti-iniciática. Quien soporta dignamente el dolor es un aristócrata del espíritu y es acreedor a nuestro respeto si la suerte ha sido más clemente para nosotros. Sus sufrimientos no son necesariamente expiación de unas faltas que pudiera haber cometido, y sostener semejante tesis equivale a una impiedad. Todo esfuerzo produce un sufrimiento que hace más meritorio nuestro trabajo. El dolor es santo y debemos honrar a quienes lo sufran.

Lo mejor que podemos hacer es, desde luego, solidarizarnos con ellos, compartir sus penas y sus angustias y ayudarles del mejor modo que sepamos, materialmente y moralmente. Toda iniciación que no empiece por la práctica del amor al prójimo resulta falaz, por grande que sea el prestigio que quiera dársele.

Por el fruto se conoce el árbol. Aunque no proporcione a la humanidad una alimentación del todo sana y reconstituyente, el árbol puede, sin embargo, ofrecerle un abrigo bajo sus ramas, por más que tan sólo sea utilizable su madera, una vez cortado. Para juzgar una institución es, por lo tanto, preciso ponderar los servicios que presta a la humanidad.

Si no inspira a los individuos sentimientos más humanos, si gracias a su influencia no sienten cada día más profundamente el amor, si no se vuelven más serviciales unos para otros, no tiene derecho a proclamarse iniciática, porque la Iniciación se basa sobre el desarrollo de todo cuanto contribuye a elevar al hombre por encima de la animalidad: por el corazón más bien que por la inteligencia.

Podemos comprender así toda la importancia del rito que invita al neófito a contribuir a la asistencia de viudas y huérfanos, en cumplimiento de su primer deber de Iniciado

LAS OBLIGACIONES DEL INICIADO

OLSWALD WIRTH

Al animal le basta dejarse vivir y obedecer los impulsos de su naturaleza. Sus determinaciones son automáticas sin necesidad de deliberar sobre sus actos. El mismo estado de ignorancia se encuentra también en el niño no despierto aún a la conciencia que le permitirá discernir el bien y el mal. Con el discernimiento nace la responsabilidad y ésta nos impone ciertos deberes. Estos a su vez van tomando más y más incremento a medida que nuestra inteligencia se desarrolla: quien comprende más perfectamente viene obligado a conducirse de diferente manera que el bruto dotado sólo del instinto.

Ahora bien: el Iniciado pretende penetrar ciertos misterios que escapan al vulgo; su comprensión abarca mucho más y le es, por lo tanto, necesario someterse a ciertas obligaciones menos indispensables para el común de los mortales. Para lograr la Iniciación debemos conocer estas obligaciones especiales y comprometernos por adelantado a conformarnos escrupulosamente con las mismas ¿Cuáles son, pues?

En primer lugar, se exige de todo candidato a la Iniciación la estricta observancia de la ley moral. Hay que entender por esto que el futuro iniciado debe observar una conducta irreprochable y gozar de la estima de sus conciudadanos. Por otra parte, la moral humana no tiene reglas absolutas y sufre variaciones, según el ambiente y por tanto, debe todo iniciado conformarse a los usos corrientes de la sociedad. Su deber primordial es vivir en buena armonía con sus conciudadanos y observar escrupulosamente las leyes que regulan la vida en común.

El Iniciado no se las dará, pues, de superhombre desdeñoso de la moral ordinaria, ni se considerará eximido de ninguna de las obligaciones que pesan sobre el hombre sencillamente honrado; lejos de querer aligerarse de la carga normalmente impuesta a todos, se conforma, todo al contrario, en aumentarla en proporción de sus fuerzas tanto morales como intelectuales.

La Iniciación no nos instruye de balde, ni siquiera por el gusto de instruir. Ilumina a quien quiere trabajar, a fin de que el trabajo pueda llevarse a cabo. Empecemos por aceptar un trabajo, luego damos prueba de celo y de constancia en su cumplimiento y tendremos derecho a la instrucción necesaria; pero nada recibirá quien no tenga derecho a ello.

De nada sirven las trampas en esta materia, y quien no merece instrucción no la recibe. Podrá sin duda alguna imaginarse haber aprendido, pero en este caso no será más que el miserable juguete del falso saber de los charlatanes del misterio. La iniciación verdadera no quiere deslumbrar a la gente con un brillo ficticio; es austera y nadie la puede lograr sin haberla buscado en la pureza de su corazón. Al candidato se le pregunta: ¿En donde fuisteis preparado para ser recibido Francmasón? y debe responder: en mi corazón. En efecto, debe uno estar bien resuelto al sacrificio anónimo y no desear otra recompensa que la satisfacción de colaborar en la Magna Obra.

En verdad, no puede aspirar el hombre a más elevada satisfacción, ya que por su participación en la Magna Obra tiene conciencia de divinizarse. Desanimalizar la criatura consciente para hacerla divina, he aquí el resultado a que tiene la Iniciación y, por lo tanto, lo menos que se puede exigir del postulante es que observe en la vida irreprochable conducta y sepa permanecer honrado en el lugar, por modesto que sea, que ocupa entre sus conciudadanos. Deberá justificar sus medios de existencia, la lealtad de sus relaciones y no se admitirá que se burle del prójimo ni que trate a la ligera unas promesas hechas bajo el imperio de la pasión. Sufrir honradamente las consecuencias de sus actos, sin esquivar cobardemente sus resultados, es conquistar la simpatía de los Iniciados y merecer su ayuda para sortear las dificultades.

Una vez satisfechas las condiciones previas de moralidad, garantizadas por el buen renombre del candidato, su primera obligación formal concierne a la discreción: debe comprometerse a guardar silencio en presencia de los profanos, puesto que la Iniciación confiere secretos que no deben ser divulgados.

Se trata en primer lugar de un conjunto de tradiciones que no deben caer en el dominio público. Son, en su mayor parte, señas convencionales por medio de las cuales se reconocen entre sí los Iniciados. Resultaría deshonroso el divulgarlas, y todo hombre pundonoroso debe guardar los secretos que le han sido confiados. Además, el indiscreto resultaría culpable de impiedad, hasta el punto que los verdaderos misterios no le podrían ser revelados en manera alguna.

En efecto, los pequeños misterios convencionales son sencillamente, los símbolos de secretos mucho más profundos y debe el iniciado descubrirlos, de conformidad con el programa de la Iniciación Estamos ahora muy distantes de las palabras, actitudes, gestos o ritos más o menos complicados. Todo cuanto afecta nuestros sentidos no puede en modo alguno traducir el verdadero secreto y nadie lo ha divulgado jamás, por ser de orden puramente espiritual.

A fuerza de profundizar, el pensador concibe lo que no llegará a penetrar nadie sin observar cierta disciplina mental; esta disciplina es la de los Iniciados. Por medio de las alusiones simbólicas pueden comunicarse entre sí sus secretos, pero nada absolutamente podrá entender quien no esté preparado para comprenderlos; por otra parte, nada hay tan peligroso como la verdad mal comprendida, y de aquí la obligación de callar impuesta a los que saben.

Enseñad progresivamente, de acuerdo con las reglas de la Iniciación, o de lo contrario callad. Sobre todo, cuidad de no hacer alarde de vuestro saber. El Iniciado es siempre discreto: nunca pontifica, huye del dogmatismo y se esfuerza en toda las circunstancias y en todo lugar para encontrar una verdad que sabe, en conciencia, no poseer.

Bien al contrario de las comunidades de creyentes, la Iniciación no impone artículo alguno de fe y se limita a colocar al hombre frente a lo comprobable, incitándolo a adivinar el enigma de las cosas. Su método se reduce a ayudar al espíritu humano en sus esfuerzos naturales y espontáneos de adivinación racional. Opina, además, que el individuo aislado se expone al fracaso al aventurarse con temeridad, en el dominio del misterio. Esta exploración es peligrosa, el camino está erizado de obstáculos y a ambos lados abundan los abismos. Quien emprenda solo el viaje corre el riesgo de detenerse muy pronto, pero hay que tener en cuenta que nadie quedará abandonado a sus propias fuerzas, si merece asistencia, por ser la mutua ayuda el primer deber de los Iniciados.

Tened las creencias que mejor os parezcan, pero sentíos solidarios de vuestros semejantes. Tened la firme voluntad de ser útil, de desarrollar vuestra propia energía para invertirla en bien de todos; sed completamente sinceros con vosotros mismos en vuestro deseo de sacrificio y entonces tendréis derecho a que los guías que aguardan en el umbral sagrado, vengan a dirigir a los legítimos impetrantes.

Pero es necesario dejarse guiar con confianza y docilidad, fortalecido por esta sinceridad que impone el respeto y también lleva consigo responsabilidades de mucha gravedad. Se establece un verdadero pacto entre el candidato y sus iniciadores: si llena éste los previos requisitos, deben ellos dispensarle su protección y preservarle de los tropiezos que pudieran apartarle del camino de la luz.

Tened bien en cuenta que los guías permanecen invisibles y se guardan de imponerse. Nuestra actitud interna puede atraerlos y acuden a la llamada inconsciente del postulante deseoso de soportar las cargas que impone la Iniciación. Todo depende de nuestro valor, no es sufrir unas pruebas meramente simbólicas, sino para sacrificios sin reservas.

No puede uno iniciarse leyendo, ni asimilándose unas doctrinas por sublimes que sean. La Iniciación es esencialmente operante; requiere gente de acción y rechaza los curiosos. Es preciso consagrarse a la Magna Obra y querer trabajar para ser aceptado como aprendiz, en virtud de un contrato tan formal en realidad, como si llevara estampada vuestra firma.

Las obligaciones contraídas son el punto de partida de toda verdadera iniciación. Guardaos, por tanto, de llamar a la puerta del Templo, si no habéis tomado la decisión de ser de aquí en adelante un hombre diferente, dispuesto a aceptar deberes mayores y más imperativos que los que se imponen a la mayoría de los mortales. Todo fuera ilusión y engaño al querer ser iniciado gratuitamente, sin pagar de nuestra alma el privilegio de ser admitidos a entrar en fraternal unión con los constructores del gran edificio humanitario, cuyo plan ha trazado el Gran Arquitecto del Universo.