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Publicaciones Masónicas Francesas

OSWALD WIRTH

En 1890 apareció el último número de la “Cadena de Unión”, revista mensual dirigida durante veinticinco años por el Hermano Hubert con infatigable dedicación.
“La Trulla” procura sucederle, pero los esfuerzos de sus redactores se estrellan con la apatía de los masones, que ya habían dejado fracasar el “Mundo Masónjco”.
“El “Boletín Masónico”, fundado en 1880, fue por mucho tiempo el único órgano periódico destinado a hacer conocer los trabajos de las Logias. esta publicación, que se convirtió en la “Revista Masónica Mensual”, cesó de publicarse en 1910.
Desde Octubre de 1902 se publica “La Acacia”, revista mensual de estudios masónicos redactada exclusivamente por masones. Este órgano de publicidad ha contribuído considerablemente a levantar el prestigio de la Masonería francesa ante los ojos de los masones instruidos del extranjero. A partir de 1910 la “Luz Masónica” publicó mensualmente interesantes trabajos. Estas dos revistas desaparecieron en 1914, pero “La Acacia” ha tomado fuerza y vigor y aparece mensualmente.
“El Simbolismo” apareció de 1912 a 1914 y desde 1920 hace una propaganda destinada a poner los ideales masónicos al alcance de todos los iniciables.
“La Estrella Flamígera” sólo tuvo efímera duración en 1919.
La prensa masónica une a los masones más instruídos del mundo entero, se esfuerza en disipar los malos entendidos entre las Masonerías nacionales y se levanta contra los abusos.
Cuando los gobiernos masónicos no logran entenderse y son un obstáculo a la unidad de la institución, el acuerdo se produce entre los escritores masónicos en beneficio del espíritu de universalidad que es la esencia misma de la Francmasonería.

La Gran Logia de Francia

OSWALD WIRTH

La escisión que dió nacimiento a la Gran Logia Simbólica Escocesa, no impidió al Supremo Consejo mantener su soberanía sobre los talleres colocados bajo su jurisdicción. Las Logias, sin embargo, se emanciparon poco a poco de su autoridad que, al fin de cuentas, no fue reconocida más que en teoría. Este relajamiento tuvo una repercusión tanto más enojosa sobre el tesoro central, cuanto que la gestión financiera del Supremo Consejo había levantado críticas de las cuales tomaron pretexto los Talleres, poco solícitos, para librarse de sus tributos.
Para salir de enredos el Supremo Consejo consintió en otorgar a las Logias su autonomía administrativa (decreto del 7 de Noviembre de 1894). Inmediatamente los delegados de todas las Logias Escocesas, disidentes o no, resolvieron constituirse en Gran Logia de Francia. Esta nueva federación debía reunir a las Logias colocadas hasta aquí bajo la obediencia del Supremo Consejo, con aquellas que habían formado la Gran Logia Simbólica Escocesa. la fusión fue inmediatamente aceptada en principio; pero, el 23 de febrero de 1895, se creyó necesario esperar hasta que los dos grupos hubieran liquidado sus situaciones financieras. La unidad de la Masonería Simbólica Escocesa no se realizó así, sino hasta el año 1897. No se produjo inmediatamente una fusión efectiva entre los elementos que consistieron en asociarse. Largo tiempo aún debía cada uno de ellos conservar su individualidad, con sus tendencias propias, a menudo contradictorias, en el seno de la nueva organización.
La nueva organización tuvo así un principio difí cii porque a los antagonismos que era necesario conciliar, se agregaba la necesidad de sustituir el orden a la anarquía en las relaciones entre las Logias y la autoridad central.
Gracias a las concesiones recíprocas, la armonía fue, sin embargo, siempre mantenida y progresivamente consolidada. Los Masones que llegaron a presidir los destinos de la Gran Logia de Francia supieron, por otra parte, inspirar confianza, dar a las Logias hábitos de regularidad, asegurando, con esto, el buen funcionamiento administrativo de la federación. Comprendieron, entonces, que la Gran Logia de Francia podía prepararse un brillante futuro, reanudando las relaciones fraternales con todos los poderes masónicos reconocidos como regulares. En el interés de estas relaciones, la Gran Logia tuvo el cuidado de no separarse en nada de las tradiciones simbólicas de la Masonería universal. Creyó así poder entrar oficialmente en relación con todas las demás Grandes Logias y al efecto se dieron los pasos necesarios. Se le hizo entonces la objeción de no ser completamente soberana e independiente puesto que, con el fin de permanecer “escocesa”, continüaba trabajando “en el nombre y bajo los auspicios del Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para la Francia y sus dependencias”.
Esta objeción fue salvada por un decreto del Supremo Consejo, dado el 26 de Julio de 1904, e inmediatamente después de él, la Gran Logia de Francia pudo proclamarse estrictamente autónoma, independiente y soberana. Le fue, entonces, posible a la federación francés de las Logias del Rito Escocés entrar en relaciones de amistad con numerosos poderes Masónicos extranjeros y en particular con la Unión de ocho Grandes Logias alemanas.

La Gran Logia Nacional de Francia

OSWALD WIRTH

El triunfo de la democracia en 1848 debía tener su repercusión en la Francmasonería. Diecisiete Logias se sustrajeron a la tutela del Supremo Consejo, para constituirse en confederación independiente, regida por una Gran Logia Nacional de Francia.
La nueva potencia masónica proclama la soberanía de las Logias, cuya autonomía garantiza. Ella confirma lafusión de los Ritos y declara abolidos los grados superiores, cuyos rituales pone a disposición de los Maestros.
Estos procedimientos, revolucionarios no son del agrado del Gran Oriente ni del Supremo Consejo, que rehusan reconocer la Gran Logia Nacional. Esta, en revancha, logró reanudar las relaciones seguidas con la Masonería extranjera. Pero la nueva organización era demasiado democrática.
Desagradó a la policía que ordenó la disolución de la Gran Logia. Era preciso someterse y después de haberse reunido por última vez el 15 de Enero de 1851, se disolvió después de levantar un acta de enérgica protesta.

La Restauración

OSWALD WIRTH

Los cambios dinásticos de 1814 y 1815 encontraron a la Masonería francesa en situación enojosa. Después de haber ensalzado al Imperio con todo el énfasis de una sinceridad equívoca, se creyó un deber halagar a Luis XVIII con alabanzas del mismo tono. Cuando los 100 días, fue necesario un nuevo cambio de frente y aclamar frenéticamente la segunda vuelta al legítimo rey.
Crueles humillaciones hicieron así expiar a la Masonería la falta que había cometido al salir de su esfera. No le correspondía felicitar o condenar los gobiernos bajo cuya autoridad se encontraban colocados sus adeptos, puesto que ella les exige respetar en todo y por todo el orden establecido sea cual fuere. Toda manifestación política, les estaba en consecuencia prohibida, no tan sólo por su dignidad sino que por la conciencia de su alta misión educativa y filosófica.
Sería injusticia, sin embargo, mostrarse muy severo respecto de aquellas palinodias, vistas las excepcionales dificultades de ese tiempo, de las cuales no era posible escapar de ninguna manera. La Iglesia, entonces muy poderosa, venía en efecto a ponerse en línea en contra de la Masonería que los clérigos exponían al odio de los amigos del trono y del altar.
El Papa Pío VII acababa de lanzar su bula “Ecclesiam a Jesu Christo” del 13 de Septiembre de 1821. Esta más propiamente dirigida, contra los Carbonan, cuya sociedad era ciertamente, según el Papa, “uxia imitación, si no un retorio de la Francmasofiería”. “La promiscuidad de hombres de todas religiones y de todas sectas” es un agravio capital a los ojos de la Iglesia, que rechaza “dar a cada uno por la propaganda de la indiferencia en materias de religión, toda licencia de formarse una religión según su fantasía y seguir sus opiniones, sistema que nadie puede imaginarse lo dañoso que es”.
En cuanto a la Constitución Apostólica “Quo Graviora” de León XII, aparecida el 13 de Marzo de 1825, se limita a reproducir las anteriores condenaciones, extendiéndolas a todas las sociedades secretas, presentes y por venir, que concibieran proyectos hostiles a la Iglesia y a los soberanos civiles. Los juramentos prestados por los afiliados son considerados nulos, en virtud de la decisión del III Concilio de Letrán, que declaró que “no era posible llamar juramento, pero sí perjurios todas las declaraciones contrarias al bien de la Iglesia y a las instituciones de los Santos Padres”. “Nada es tan conmovedor como el afecto del Papa por los “Príncipes Católicos” sus “Muy amados hijos en Jesucristo” que él ama “con una ternura singular y paternal”. Los exhorta a poner mano firme contra las personas que “son parecidas a esos hombres a quienes San Juan, en su segunda epístola, priva del honor de la hospitalidad, y a los cuales no quiere que se les salude, y que nuestros padres no teman llamarlos primogénitos del demonio”. Para los fieles que sean tentados a dejarse enrolar en estas sectas criminales, León XII, cita la palabra del Apóstol a los Romanos: “Aquellos que fundan estas cosas son dignos de morir, y no solamente aquellos que las fundan, sino aquellos que se asocian a los que las fhndan”. Para terminar el Papa abre las puertas al arrepentimiento. Conjura a los descarrilados a volver a Jesucristo, y “a fin de allanarles una vía fácil para la penitencia” suspende en su favor por el espacio de un año, tanto la obligación de denunciar sus asociaciones, como las reservas de las censuras en las que han incurrido, de suerte que todo confesor regular puede momentáneamente absolverlos.
Contrariamente a las del siglo XVIII, las nuevas excomuniones tuvieron en Francia pleno efecto. No existía un cuerpo jurídico para refutar o rechazar el empadronamiento y gracias al concordato de 1801 el Papa ejercía, en adelante, un poder que no le había sido jamás concedido por la antigua monarquía.

La Iglesia y la Francmasonería

OSWALD WIRTH

La Masonería francesa del siglo XVIII no era de ninguna manera hostil al Catolicismo. No discutía ninguna cuestión de dogma dejando a cada cual sus creencias y sólo pedía respetar a todo aquel que bajo una forma cualquiera se dedicaba al servicio divino. Todo sacerdote lo consideraba sagrado, cuya ordenación correspondía según las ideas de la época, a la suprema iniciación. Así los miembros del clero, tanto secular como regular, eran recibidos en las Logias con entusiasmo. Se les confería rápidamente los más altos grados, sin sujetarse a las pruebas tradicionales, y esto, comúnmente, a título gratuito, bajo simple presentación; toda información previa era considerada superflua. En estas condiciones más de un eclesiástico reunió en sí las dignidades de la Iglesia con aquellas de la Masonería, y sé encontraba esto muy natural. Sin embargo, el Papado había lanzado ya dos veces su anatema contra los Francmasones.
EL rumor público había, en efecto, revelado al Papa Clemente XII, la existencia de ciertas sociedades de Liben Muratori o de Francmasones. Le habían contado a Su Santidad que “en esas asociaciones, los hombres de todas las religiones y de toda secta, atentos a respetar una aparente honestidad natural, se ligaban entre sí por un pacto tan estrecho como impenetrable. Se sometían a las leyes y estatutos hechos por ellos mismos, y se comprometían, además, por un juramento riguroso, prestado sobre la Biblia, y bajo las penas más severas, a tener ocultas, con un silencio inviolable, las prácticas secretas de su sociedad”.
El Soberano Pontífice, poseído de las más vivas inquietudes y llamando las luces de muchos cardenales, los reunió urgentemente en Roma el 25 de Junio de 1737. No se olvidó de convocar a esta reunión al Inquisidor del Santo Oficio de Florencia, quien fue, sin duda, el que más influyó en la redacción de la bula In eminenti apostolatus specula del 28 de Abril de 1738.
Clemente XII, parte del principio de que si las asociaciones masónicas “no hacen el mal, no tienen por qué temer a la luz”. Recorre en seguida en su espíritu “los grandes males que resultan ordinariamente de esta clase de sociedades o conventículos, no sólo para la tranquilidad de los Estados, sino más aún para la salud de las almas”. Dijo, también, “con siderando que estas sociedades están en desacuerdo tanto con las leyes civiles como con las canónicas, e instruido por la palabra divina para velar día y noche como fiel y prudente servidor de la familia del Señor, para impedir a esos hombres asaltar la casa como salteadores públicos, y de arrasar las viñas como los zorros, es decir, de pervertir los corazones simples, y a favor de las tinieblas penetrar con sus procedimientes en las almas puras; para cerrar el largo camino que por esto puede ofrecerse a las iniquidades que se cometen impunemente, y por otras causas justas y razonables por nosotros conocidas, por el consejo de muchos de nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y de nuestro pleno poder apostólico, hemos resuelto condenar y prohibir estas dichas sociedades, asambleas, reuniones, asociaciones, comunidades, agregaciones o conventículos llamados: Liberi Muratori o de Francmasones, o llamadas con otros nombres, como las condenamos y prohibimos por nuestra presente constitución que permanecerá válida a perpetuidad”.
El Papa prohibió, en seguida, a los fieles toda relación con la Francmasonería, bajo pena de excomunión “para aquella persona que, no estando en artículo de muerte, no podrá recibir el beneficio de la absolución sino de nosotros mismos o del Pontífice Romano que entonces exista”.
Para terminar, ordenó al clero hacer uso de sus poderes contra los trasgresores, como fuertemente sospechosos de herejía. Deben ser castigados con las penas que merezcan, y cuando sea necesario, no debe titubear en requerir la intervención del brazo secular.
Esta Bula quedó sin efecto en Francia, pues los magistrados del Parlamento de París se negaron siempre a registrarla. No fue nunca legalmente promulgada en los Estados de Su Majestad muy cristiana, lo mismo que la Constitución apostólica Providas de Benedicto XIV, dada en 1751. Los Masones franceses pudieron así creer que las interdicciones apostólicas no les concernían.

La Francmasonería antes de la Revolución Francesa

OSWALD WIRTH

De 1773 a 1789 la Masonería tomó en Francia un gran desarrollo. Estaba entonces de moda, era de buen tono pertenecer a ella. Sus misterios excitaban la curiosidad general, tanto más cuanto que, se les creía poseedores de la llave de todos los enigmas. Parecía que las nuevas ideas se acreditaban mejor al amparo de formas masónicas. Era por esto que la Masonería servía para las más diversas propagandas. Las iniciaciones secretas daban un atractivo a las abstracciones filosóficas más arduas; inducían a reflexionar sobre problemas científicos, cuando no conferían una esperanza velada, pero mucho más formidable en materias políticas.
La influencia que las Logias ejercieron sobre esta última materia ha sido explicada por Luis Blanc en los términos siguientes:
“Es importante, dice, introducir al lector dentro de la mina que cavaban entonces bajo los tronos, bajo los altares, revolucionarios harto más profundos y activos que los enciclopedistas”.
Después demuestra cómo, la caída del antiguo régimen, fue preparada por las Logias, sin que, con todo eso, hubiera habido complot preparado por ellas. Los Masones de esa época no era ni conspiradores, ni energúmenos que se consumían en vanas declaraciones contra los abusos que sufrían. Eran solamente hombres sinceros que se contentaban con poner en práctica en las Logias las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Pero la Francmasonería presentaba en sus costumbres la imagen de una sociedad fi.indada sobre principios contrarios a los del medio ambiente:
“En las Logias Masónicas las pretensiones del orgullo hereditario estaban proscriptas y los privilegios de los nacimientos descartados”.
En el Gabinete de Reflexión, el profano leía esta característica inscripción: “Si tu respetas las distinciones humanas sal, no se las conoce aquí”. Por el discurso del orador el recién iniciado aprendía que el fin de la Masonería era el de borrar las distinciones de color, de rango, de patria, de aniquilar el fanatismo, de extirpar los odios nacionales, y era esto lo que estaba expresado bajo la alegoría de un Templo inmaterial, elevado al Grande Arquitecto del Universo por los sabios de todos los climas. Templo augusto cuyas Columnas, símbolo de fuerza y de sabiduría, estaban coronadas por las granadas de la amistad”.
“También, por las mismas bases constitutivas de su existencia la Francmasonería tendía a desacreditar las instituciones y las ideas del mundo exterior que la envolvía. Es cierto que las instrucciones masónicas imponen sumisión a las leyes, observancia de las formas y de las costumbres admitidas por la sociedad profana, respecto al soberano. Es cierto que reunidos en la mesa, los masones beben por el Rey en los Estados monárquicos y por el Magistrado Supremo en las Repúblicas. Pero semejantes reservas, encomendadas a la prudencia de una asociación que amenazaba tantos gobiernos asustadizos, no eran suficientes para anular las influencias naturalmente revolucionarias, aunque en general pacíficas, de la Francmasonería. Los que a ella pertenecían continuaban siendo ricos o pobres, nobles o plebeyos en la sociedad profana, pero en el seno de las Logias, templos dedicados a la práctica de una vida superior, ricos, pobres, nobles, plebeyos, debían reconocerse iguales y llamarse hermanos. Esto constituía una denuncia indirecta, personal y continua, de las iniquidades, de las miserias del orden social; era una propaganda activa, una prédica viva”.

El Gran Oriente de Francia

OSWALD WIRTH

A la muerte del Conde de Clermont, ocurrida el 16 de Junio de 1771, la Gran Logia, hasta entonces en sueño, fue convocada para proceder a la elección de su Gran Maestro. Su Alteza Serenísima Luis Felipe José de Orleans, Duque de Chartres, que más tarde tomó el nombre de Felipe Igualdad, obtuvo la mayoría de los sufragios.
Como su antecesor, este personaje principesco no fue jamás sino un mal masón, que llegó en 1793 hasta a renegar formalmente de la Masonería. Por lo demás, parece que no hubo muchas ilusiones a este respecto, porque junto con el Gran Maestro, cuyas funciones eran sobre todo honoríficas se nombró un administrador general, encargado de presidir los destinos de la Masonería francesa. Este puesto, secundario sólo en apariencia, fue confiado al Duque de Luxemburgo de 33 años de edad. Ninguna elección pudo ser mejor inspirada. Lleno de celo y ardor, el administrador general comprendió que le incumbía agrupar en un solo haz todas las fuerzas masónicas del reino. La anarquía había alcanzado al máximum y hacía sentir imperiosamente la necesidad de una autoridad central coordinadora. Resuelto a constituir esta autoridad, el Duque de Luxemburgo pensó desde luego en provocar reformas en el seno de la Gran Logia; pero no tardó en convencerse que nada se podría esperar por este lado. Los Maestros de Logia inamovibles se consideraban como los detentores de feudos y no admitían que sus derechos fueran puestos en duda.
Rodeándose, entonces, de los masones más competentes, el administrador general elaboré, de acuerdo con ellos, un plan completo de reorganización; después, cuando todo estuvo listo, tomé una iniciativa sin precedente, invitando a las Logias de provincias a hacerse representar en París por diputados, los que, conjuntamente con los representantes de las Logias de la capital, debían deliberar sobre el proyecto de reforma y tomar, de una manera general, medidas de interés común.
La asamblea que se reunió por esta convocatoria, a comienzos de Marzo de 1773, tomó el título de Gran Logia Nacional. Se consideró investida de plenos poderes para la organización en Francia de un gobierno masónico basado sobre el régimen representativo; la ley masónica sería en adelante la expresión de la voluntad general. Se decidió entonces que cada Logia estaría representada de una manera permanente ante la nueva autoridad central llamada Gran Oriente de Francia. Se estipuló, además, que los oficiales de los talleres serían elegidos sólo por un año, lo que puso fin al privilegio del Maestro de Logia, llamado después Venerable Maestro o simplemente Venerable.
Como existía diversidad de ritos, el Gran Oriente no tardó en realizar la uniformidad en el seno de la Masonería francesa. Se limitó a establecer una centralización administrativa que, uniendo a las Logias, les permitía permanecer ligados a los múltiples cuerpos masónicos establecidos con anterioridad. La autoridad central recibió, sin embargo, la misión de verificar los poderes de todos estos grupos, a fin de determinar exactamente los derechos de cada uno.
Todos los masones que a consecuencia de esta verificación general fueron reconocidos como regulares, recibieron comunicación a partir de 1797 de una doble palabra de reconocimiento, renovada cada seis meses. Esta medida ha permanecido como original de la Masonería francesa porque el empleo de palabras semestrales no se esparció por el extranjero donde el relajamiento continuó efectuándose con toda su antigua amplitud.

El Comienzo de la Masonería en Francia

OSWALD WIRTH

Puede ser que los refugiados ingleses se hayan dedicado en Francia a los trabajos masónicos más o menos en 1649, fecha de la condenación a muerte y de la ejecución de Carlos II. Es posible que entre aquellos que frecuentaban la corte de Saint Germain, o tal vez entre los oficiales de los regimientos irlandeses al servicio del Rey de Francia, hubiesen Masones aceptados. ¿Se reunieron alguna vez, en la forma consagrada, para “tener logia” según el uso de la época? Esto es muy posible, pero nosotros carecemos hasta hoy día de pruebas documentadas.
De todas maneras, no se trataba de fundación de logias permanentes, que sólo se reunieron periódicamente a partir del primer cuarto del siglo XVII. Todavía, nada se puede afirmar en lo relativo a las primeras logias, que fueron regularmente constituidas en el Continente: L’Amitié et Fraternité, Orden de Dunkerque (actualmente Logia N2 313 de la Gran Logia de Francia) y La Parfaite Union, Orden de Mons, reclaman la primicía, y pretenden tanto la una como la otra, ser fundadas en virtud de la constitución dictada por el duque de Montagu en 1721.
Desgraciadamente, las actas de la Gran Logia de Inglatena, no hacen ninguna mención al respecto.
En París, se hacen remontar las primeras reuniones masónicas al año 1725. Un grupo de ingleses, a cuyo frente estaba Carlos Raclyffe, que fue después Lord Derwentwater, desde la decapitación de su hermano menor (James Raclyffe, ejecutado en Londres el 14 de Febrero de 1716), el caballero Maclean (del cual los franceses hicieron Maskelyn) y Francisco Heguerty, cadete del regimiento Dillon, parecen haber tomado la costumbre de reunirse en la calle de Boucheries, en casa de un comerciante inglés llamado Hure cuya tienda se llamaba “Louis D’Argent”. Esta logia no pudo constituirse sino de motu propio, es decir en virtud de los derechos que sus fundadores creían tener por su iniciación y no pretendió quizás darse un título distintivo. Parece, sin embargo, que fue puesta bajo el patrocinio de Santo Tomás de Cantorbery. Compuesta casi exclusivamente de refugiados jacobinos no tuvo relación alguna con la Gran Logia de Londres, cuya autoridad central tendía a esparcirse.
El 7 de Mayo de 1729, Andrés Francisco Lebreton fue maestro de una Logia que se reunía en la calle de la Boucherie “A la Ville de Tonnerre” en cada de Debure. Esta fue la Logia Santo Tomás o Luis D’Argent, que el 3 de Abril de 1732 se hizo conceder una carta regular bajo el N2 90, por el vizconde de Montagu, entonces Gran Maestro de la Gran Logia de Inglaterra.
De esta Logia se desprendió otra el 1 de Diciembre de 1729, que tomó el nombre de su fundador Costown, llamado Costaud, que tomó después el nombre de “Loge des Arts Sainte Margueritte”.
Una cuarta Logia fue constituida en 1735, en la calle de Bussy en la casa de un comerciante llamado Landelle. Se llamó a Logia d’Aumont, en la que el duque de ese nombre fue recibido.