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La Masonería de Adopción

OSWALD WIRTH

Los masones franceses soñaban o pensaban desde 1730, hacer participar a la mujer en los trabajos masónicos. Diversas asociaciones fueron creadas con este objeto, de 1740 a 1750, bajo los títulos de Felicitaire Orden des Chevaliers et Chevalieres de J’Ancre, la Orden des Chevaliers-Nymphes de la Rose, la Orden des Dames Ecossaises de l’Hospice du Mont-Taba, la Orden de la Perseverance, etc. Pero todas estas creaciones no se acercaban sino muy vagamente a la Francmasonería, la que en 1774 acordó su protección oficial a la Masonería de Damas.
Numerosas Logias de Adopción fueron entonces fundadas. Entre ellas se distinguió la Logia Candor, cuyas brillantes fiestas atrajeron a las más altas notabilidades de la Corte (Duquesa de Chartes, Duquesa de Borbón, Princesa de Lamballe, etc.).

LA INICIACIÓN FEMENINA

OLSWALD WIRTH

Con razón o sin ella, la Iniciación a los misterios de la Magna Obra no ha alcanzado hasta la fecha a la mujer. Si hubo en la antigüedad algunas iniciadas femeninas, es que los Misterios nacidos de religiones particulares perseguían una finalidad estrictamente religiosa: pretendían, en efecto, asegurar una bienaventurada inmortalidad a sus adeptos divinizados por sus ritos secretos.1

Empero los romanos como los griegos reconocieron a la mujer un alma tan digna del favor divino como la del hombre y no podían, por tanto, imponer la distinción de sexos en el aspecto puramente místico.

Pero los misterios clásicos, cuya herencia recogió el cristianismo, han repercutido muy lejanamente sobre las iniciaciones modernas. Lo que caracteriza estas últimas es su carácter operativo; se preocupan de nuestra labor en esta tierra y sus secretos se refieren a un arte de práctica muy difícil. Para el alquimista se trataba de operar sobre los metales, y para la Francmasonería de la construcción de edificios materiales. A pesar de todo, la metalurgia de los alquimistas les condujo a sutiles especulaciones sobre los poderes de la naturaleza y el labrado de las piedras les sugirió también transposiciones fecundas en el dominio humano y así se fue desarrollando el concepto de este inmenso trabajo humanitario que, es en nuestros días, el objeto de la Iniciación Masónica.

Lógicamente, este trabajo necesita indistintamente de la colaboración de todas las fuerzas humanas, tanto masculinas como femeninas; pero, por otro lado, la tradición está en desacuerdo con la lógica; los adeptos de la Alquimia eran todos varones y nunca ninguna mujer soñó entrar como aprendiz al lado de un maestro albañil. Al volverse exclusivamente especulativa, la Francmasonería moderna hubiera podido adaptar sus antiguos usos a su nuevo programa. No se preocupó de ello y quiso seguir, como antes, exclusivamente masculina por medida de prudencia y con razón, tanto como podemos apreciarlo.

Esta afirmación necesita ser explicada; en efecto, somos partidarios del masculinismo del pasado, pero convencidos que conviene estudiar cómo y de qué manera podemos asociarla realmente a la Magna Obra. Lo cierto es que no se la podía admitir de golpe y porrazo en una asociación compuesta de hombres solamente y organizada en base de este sexo únicamente. La Logia inglesa se constituyó tomando como modelo el Club; éste no corresponde poco ni mucho a la mujer, cuyo elemento verdadero es el salón. De tal manera que, para estar la mujer en su ambiente, sería preciso transformar las logias en salones o viceversa. No es cosa del todo imposible; incluso es deseable bajo muchos aspectos. Pero, prácticamente y hasta nueva orden, lo más prudente es que sigan las logias organizadas como lo son actualmente, dejando que algunos salones escogidos se transformen, si no en logias, por lo menos en focos de iniciación femenina.

Esta metamorfosis depende únicamente de la mujer; no tiene necesidad alguna de solicitar autorización de las autoridades masónicas para trabajar en su propia casa como iniciada o, para ser más modesta, como aspirante a la iniciación femenina.

Para que germine la idea es indispensable para la mujer conocer las bases de la Iniciación y, de acuerdo con este criterio, hemos procurado formularlas en esta misma publicación durante todo el año 1922. la mujer debe aspirar a la Iniciación, no por satisfacer la mezquina satisfacción de ingresar en una colectividad hasta ahora celosamente reservada a los hombres, sino porque siente en ella la vocación para la Magna Obra humanitaria. Si sufre y se da cuenta de las miserias humanas, sólo le faltará descubrir el secreto de lo que podemos llamar la dinamización de los buenos sentimientos.


Ahí está el gran secreto de la Iniciación femenina, la palabra perdida que deben otra vez encontrar las mujeres a ejemplo de los Maestros Masones. A ellas corresponde el conquistar nuevamente un poder que su sexo supo ejercer en el pasado. ¿Acaso no fundó la mujer la civilización, llegando a domar el macho bruto y bárbaro? No dudaban de ello los estamperos de la Edad Media cuando representaban la Fuerza bajo la figura de una mujer que, sonriente, mantiene abierta las mandíbulas de un león furioso. Cuanto noble hizo la Caballería debe atribuirse a la influencia femenina. Y por lo que toca a esta cortesía que valió a Francia la conquista de la Europa culta del siglo XVIII ¿no fue acaso genuinamente femenina?

Por desgracia, un feminismo mal entendido incita a la mujer de hoy día a masculinizarse, como si se considerara inferior y sintiera la necesidad de subir hasta la masculinidad ¡Equivocación lamentable y también traición a la femineidad! La mujer difiere del hombre y rinde homenaje a su fuerza; en cuanto al hombre, si admira a la mujer es precisamente cuando se caracteriza como tal. Conscientemente o no, rinde homenaje a sus cualidades peculiares, incluso cuando brillan por su ausencia. En resumidas cuentas, el hombre quiere encontrar en la mujer dotes de complemento que a él precisamente le faltan.

Es inútil extendernos más sobre este asunto y basta reconocer que, según acabamos de ver, la iniciación femenina debe diferenciarse esencialmente de la masculina, en tanto que es Iniciación verdadera. Si se trata tan solo de esta iniciación meramente simbólica y convencional, cuyos ritos no han de traducirse en una transformación de nuestra vida, es del todo indiferente que hombres y mujeres queden sometidos a las mismas ceremonias ridículas. Los hombres que han tenido la idea de aplicar a las mujeres las pruebas de su ritual masculino, han probado ipso ipso que el simbolismo masónico era para ellos letra muerta: la Masonería mixta debía de nacer a la fuerza en esta época de ignorancia absoluta del significado del ceremonial masónico, que los masones más clarividentes consideran tan sólo como supervivencia de un pasado formalista e ignorante.

En nuestros tiempos se aprecia mejor el simbolismo profundo de los pensadores y comprendemos cuán absurdo es proponer a la mujer un programa iniciático cuya tendencia fuera el desarrollo de la masculinidad. Si la mujer ha de ser iniciada, debe serlo en los misterios de la Femineidad.

Pero surge aquí una dificultad considerable ¿Cuáles son estos misterios? ¿En dónde están formulados? ¿Cómo descubrirlos? Hasta ahora nadie ha contestado a estas preguntas ni tenemos precedentes en materia de iniciación femenina; es preciso buscar el camino en la ausencia de toda indicación que nos pudiera suministrar algún intento anterior. A lo más podemos recordar los errores cometidos, procurando evitarlos en lo sucesivo; se tendrá que proceder por tanteos, sin pretender que repentinamente surja la iniciación femenina, como salió Minerva de la cabeza de Júpiter.

De todos modos, podemos vislumbrar algunos principios fundamentales:

1. El propósito de la mujer debe ser influir más eficazmente sobre la humanidad en conjunto, sobre la marcha del progreso, esforzándose particularmente para infundir en las almas el espíritu de la verdadera civilización.
2. Debe volverse consciente de sus medios de acción particulares (Misterios de la Iniciación femenina).
3. Las mujeres deben adiestrarse en la influencia colectiva, teniendo por objetivo una labor de orden superior, sin limitarse a la influencia individual que desde tiempo vienen ejerciendo.
4. A las mujeres corresponde buscar el modo de asociación y cooperación más adecuado a su modo de ser.
5. Es conveniente, asimismo, que tengan sus secretos propios, secretos que confiarán tan sólo a los hombres que juzgarán dignos de conocerlos.

El problema interesa a todos nuestros lectores, tanto hombres como mujeres; que todos trabajen para encontrar la solución; por su parte, el Simbolismo pide a todos su fraternal colaboración.

LA MASONERIA Y EL ARTE DEL BORDADO

MARIA ANGELES DIAZ
I

La Masonería es una vía iniciática cuya realidad emana del Gran Arquitecto del Universo, principio a cuya Gloria los masones realizan todos sus trabajos. Y es apoyándose en la simbólica del oficio de constructor como el masón cumple su labor interna de auto-conocimiento. Tomándose a sí mismo como un pequeño todo, llega a descubrir en sí mismo las leyes que rigen el cosmos.

Siendo simbólicos todos los oficios tradicionales, estos permiten la apertura a espacios internos de uno mismo, lo que sucede de forma simultánea al propio desarrollo de la función del oficio, por constituir su estructura un código ordenado que imita el modelo cósmico, siendo esta cualidad la que les confiere a dichos oficios su papel de soportes para la transmutación de la conciencia.

Es así que, en el origen de la Masonería, el trabajo operativo de construcción se hallaba perfectamente unido al propio proceso interno del masón, por lo que el rito y el símbolo se cumplían al mismo tiempo que el edificio externo se iba levantando. El aprendiz masón, asesorado por su maestro de obras, aprendía a descubrir las aristas de la piedra bruta, de la que él mismo era símbolo vivo. Ayudándose con las herramientas propias del oficio, es decir con la escarpa, o cincel, y el mazo, desbastaba y pulía la piedra al mismo tiempo que pulía sus propias imperfecciones y condicionamientos psicológicos, que son el impedimento principal para que la piedra llegue a ser cúbica y tallada a escuadra, convirtiéndose en la parte sólida y estable que requiere todo edificio bien construido. El desarrollo de las facultades intelectuales del masón operativo se producía al aplicar a la propia construcción efectiva del edificio, la transposición simbólica de la idea trascendente. Pues la regeneración psíquica, el ordenamiento de lo mental, nace de la comprensión del Orden Superior a que el símbolo permanentemente alude, por medio de la sugerencia y la evocación que afloran al meditar sobre él. De este modo el masón descubría facultades en sí mismo, antes incluso insospechadas, y que de no ser por la propia purificación psicológica y la aplicación al rito de la memoria, nunca tendrían la oportunidad de desarrollarse.

Hemos de destacar el hecho de que este oficio de constructor era desempeñado exclusivamente por hombres. Esto es debido a que la mujer tenía sus propios ritos iniciáticos, adaptados a oficios más particularmente femeninos, y a través de los cuales llevaba a cabo su trabajo de realización interna. Estos oficios están relacionados sobre todo con el tejido, como fue el caso de las "hiladoras de seda". Desafortunadamente ningún ritual que se refiera a este tipo de iniciaciones femeninas parece haberse conservado hasta hoy, al menos en cuanto a Occidente se refiere, aunque se sabe, eso sí, que dichos oficios estaban vinculados al Compañerazgo, organización iniciática artesanal muy cercana a la Masonería. Se da la circunstancia de que aunque los oficios relacionados con el tejido están más vinculados a la mujer, algunos de entre ellos eran desempeñados por hombres y por mujeres conjuntamente. Esto sucedió, por ejemplo, en el arte de la tapicería durante la Edad Media occidental. Con frecuencia esos tapices, de una sugestiva y gran belleza, además de una laboriosa composición artesanal, se confeccionaban para adornar las catedrales construidas precisamente por los masones y los compañeros. Lo que hace suponer que existían talleres durante la construcción de estos edificios dedicados exclusivamente a estos trabajos y por consiguiente en estrecha relación con la propia tarea de los constructores y arquitectos. Sin embargo, los tapiceros y tapiceras, eran dirigidos en su labor por maestras tejedoras y bordadoras, que al mismo tiempo que enseñaban la técnica del oficio, también transmitían su código simbólico. Que una mujer, en este caso concreto, fuera la que dirigiera también a los hombres, nos indica claramente la preeminencia del elemento femenino en el arte del tejido. Actualmente, entre los indios guatemaltecos, todavía se sigue conservando el arte de la tejeduría, como patrimonio de su cultura, y cuyos brocados1 repiten los modelos geométricos, florales, de animales o pájaros, que desde siempre han constituido los motivos de sus ornamentos. Constituyendo dichos brocados el reflejo de una simbólica mediante la que este pueblo, descendiente de los antiguos mayas, expresa y transmite su mensaje. Precisamente son los brocados realizados por "mano de mujer" los de mayor prestigio por la belleza de su composición, confirmándose con ello lo que anteriormente decíamos acerca de la preeminencia femenina en un arte que le es propio. De todos modos hay que señalar que todo oficio desempeñado conjuntamente por hombres y por mujeres, es siempre algo excepcional, ya que en una sociedad tradicional siempre existió una clara distinción entre oficios masculinos y femeninos, los cuales están adaptados a las condiciones particulares de las naturalezas del hombre y de la mujer, que aunque una en esencia, es doble y se manifiesta como dual, y en aparente oposición, en el plano de las formas.

Los ritmos de las estaciones, los ciclos y los períodos de la luna y de las cosechas..., están tan unidos al propio organismo de la mujer, que ésta los vive de forma espontánea y natural. Ese es un rito del que participa por imperativo divino, y al cual no es menester añadirse porque ya es en ella. Esta realidad señala el modo distinto que la mujer tiene de desvelar los secretos de las cosas y de reflejar el orden del universo. De esa visión particular del mundo nacen sus oficios, caracterizados por el empleo de materiales sensibles y acordes con su naturaleza receptiva (yin). Dicha receptividad está simbólicamente en correlación con la de la Tierra; ésta, en su quietud activa, acoge en sus entrañas la semilla, a la que fertiliza por la acción captadora de las energías del cielo, y de cuya unión nace el fruto de la cosecha. Naturalmente esta relación cielo-tierra se mantiene entre el hombre y la mujer. Esto es como decir que es a través de la unión de los complementarios como se llega a la visión sintética del Orden Universal, siendo que de esta unión, surge la vida en todos sus órdenes de realidad.

Ahora bien, dejando de lado los caminos religiosos, ya que es la Masonería una vía iniciática que en Occidente mantiene vivos sus ritos y su código simbólico, es a ella a la que la mujer hoy en día puede incorporarse en el camino del Conocimiento, sin que los símbolos masónicos que se refieren al oficio de la construcción suponga un condicionante a su realización, sino un modo nuevo de adaptación a la realidad de los tiempos. Pero sin dejar al margen el estudio y la investigación de los símbolos y ritos propios de los oficios femeninos, sabiendo de antemano que estos se reúnen en la unidad de un mismo mensaje. El interés por hallar la analogía entre la simbólica del oficio de constructor y la simbólica de los oficios de mujer, constituiría, pues, el trabajo colectivo de una Logia femenina, rescatando así una herencia que es conforme a su naturaleza. Decimos logias femeninas, no logias mixtas, pues éstas, como advierte René Guénon, suponen una desviación de todo proceso iniciático auténtico.2

Teniendo, pues, la Masonería un origen artesanal, su simbólica está de una u otra manera vinculada a cualquier oficio tradicional, y particularmente, como hemos visto, a los relacionados con el tejido. Así lo demuestran, además, algunas leyendas masónicas relativas a los orígenes míticos de esta Orden iniciática, como más adelante veremos.

Laberinto de Cormerod
Todo ello nos lleva a pensar que es en el arte de tejer, y más particularmente en el de bordar, donde mejor puedan hacerse estas correspondencias simbólicas entre distintos oficios, basándonos en el "don de lenguas" a que se refiere la Tradición. Pues la palabra se ilumina cuando expresa la armonía del mundo, que es también su Verdad. El bordado es una representación de ello, y su locución se expresa por medio del color, de la textura del tejido y del brillo de las sedas, que son los elementos con los que el bordado configura su código y su mensaje tradicional.
II
Señalaremos que en antiguos manuscritos masónicos se habla de Noemá3 como la primera tejedora. Concretamente se dice que ésta inventó el arte de tejer que hasta entonces no se conocía. Por ello –dicen los manuscritos– es que a este oficio se le llama "arte de mujer". Por otro lado, René Guénon se refiere al arte del bordado como un ejemplo de oficio exclusivamente femenino, resaltando el hecho de que estos oficios son perfectamente susceptibles de servir de soporte a una iniciación4. Todo ello nos lleva a la conclusión de que es a través del bordado, tomado como una parcela en el orden de los oficios femeninos, como pueda lograrse la síntesis que haga posible la transposición simbólica con el propio simbolismo de la Masonería.

Diremos que la Logia es un lugar protegido y "encuadrado" simbólica y ritualmente, donde se fijan los signos que hacen reconocible ese espacio sagrado. Asimismo, una tela dispuesta para su ornamentación, es el enmarque inicial y protector al abrigo del cual se despliegan todas las formas manifestadas de la creación del bordado. Esto es, un espacio yin (receptivo o femenino), dispuesto para atraer la energía yang (activa, masculina).

Este encuadre que circunscribe el tejido es ya un espacio cualificado por la medición y la elección de la textura de la tela, en donde la bordadora traza el orden que antes ha sido diseñado en el plano de las ideas. Esta acción que lleva a cabo la bordadora es idéntica a la del maestro arquitecto, cuyos planos y diseños geométricos son la traducción simbólica de las ideas y principios universales que se plasmarán en la construcción del edificio. La tela, que en el simbolismo geométrico se corresponde con la horizontal, representa el plano donde se describen y multiplican todas las formas indefinidas de la creación. La vertical vendría dada por la aguja, símbolo del eje que comunica entre sí los distintos planos de la manifestación. De la acción de la aguja sobre la tela (yang sobre yin, la vertical sobre la horizontal) surge el relieve del bordado, es decir el resultado final de esa unión entre complementarios.

A su vez, este encuadre que circunscribe el tejido dispuesto para el bordado, guarda una perfecta analogía con el cuadro de Logia masónico, donde se trazan los signos más significativos del grado a que este cuadro corresponda. Dicho cuadro, medido a escuadra, es decir con justa proporción, simboliza el plano en donde se hará manifiesta la inteligencia creadora. El representa una síntesis de la Logia, que es asimismo una imagen del cosmos. Los cuatro lados del rectángulo del cuadro, o análogamente del tejido, están orientados según las cuatro direcciones del espacio: Este-Oeste y Norte-Sur. Es, por consiguiente, un espacio ordenado y delimitado, y este orden es además consagrado por el rito de su trazado y de su diseño, tal y como los antiguos masones operativos lo realizaban. Aquí podemos ver una correspondencia entre el trazado del cuadro de la Logia, efectuado con una tiza sobre el pavimento, y la propia aplicación de la aguja y la hebra sobre el tejido, igualmente enmarcado como hemos dicho. En ambos casos el gesto ritual es el mismo. El masón y la bordadora cumpliendo su oficio se hacen co-partícipes del "gesto" del Gran Arquitecto. Esto es, las leyes del macrocosmos adaptadas al microcosmos, que no es sino la misma cosa.

Laberinto de Saint Omer
De igual modo, la parte de un bordado en nada difiere del conjunto íntegro de la obra, sino que cada una de sus divisiones la contiene por entero. "La parte contiene al Todo", nos dice la Tradición. Así, en el camino hacia el conocimiento de uno mismo y del mundo, también es menester parcelar el terreno’ o campo’ de la conciencia, es decir "limitarlo" y "medirlo", plasmando en él una estructura geométrica análoga a la estructura del cosmos, lo cual se lleva a cabo a través de diferentes etapas para concluir en lo que está más allá de esos mismos límites, esto es lo supra-cósmico y lo metafísico.

La fragmentación del tejido a la que está sujeta la técnica del bordado en el bastidor, define la situación concreta en el plano o dibujo, es decir, y por analogía, la propia realidad espacio- temporal de uno mismo, evitando así la dispersión de las ideas. Es por la acción reiterada de las herramientas del oficio, el hilo y la aguja sobre la tela, como el bordado va tomando relieve. O sea, que la reiteración de aquello comprendido por el símbolo, su ritualización, conduce la mente al reconocimiento de la Idea, que configura al símbolo y al rito.

Este reconocimiento inicial que efectúa la aguja y el hilo dentro del tejido enmarcado, representa el recorrido por el laberinto de la psiqué, al cual el iniciado intenta poner orden. Este orden, que es también armonía, comienza a definirse a medida que la bordadora rellena los espacios de la tela. De esto se desprende que sólo aquello que uno puede nombrar (definir) es en definitiva lo que comprende, y eso es porque en el nombre de las cosas está su propia esencia, lo que en verdad ellas son. De esta manera el bordado es bello porque en él se recrea la Belleza, el Orden y la Armonía que comprendió la bordadora, siendo por eso mismo que la obra es simbólica, pues con ella transmite esa comprensión.

Hemos anotado ya que los útiles principales del oficio de la bordadora son la aguja y el hilo. La primera tiene su manejo ascendiendo desde la tela, por el eje invisible que conecta los mundos, conexión que confirma en su descenso donde traba en un punto del relieve la unión entre el plano superior y el inferior, el cielo y la tierra. Esto es, la Idea fijada en el plano concreto de las formas. Lo que equivale a decir que la comprensión de lo supra-individual, repercute inmediatamente en lo individual. La aguja, símbolo axial, cuya función es semejante también a la de la plomada, ubica la hebra conductora en la horizontal (equivalente al nivel) configurando la cruz. De arriba (del plano de las ideas arquetípicas), descienden las energías superiores que fecundan la materia, convirtiendo en acto lo que estaba en potencia, que no habrá sino de reflejar una energía en esencia inmutable.

Nos estamos refiriendo aquí al simbolismo propio del bordado efectuado sobre bastidor, en el cual, como decimos, la aguja asciende verticalmente y desciende de igual modo. Este doble recorrido que hace la aguja, tiene su inicio en la parte inferior e interior de la tela, donde fija la hebra por medio de un nudo. Esto significa que todo proceso iniciático parte del lugar más oculto del ser. De su propio corazón. De no ser así el intelecto creador no podría renacer a la luz de su realidad. El nudo representa el enganche con la tradición y la fe intrépida, sin la cual el camino se convierte en un viaje hacia otra parte de las tinieblas, quizá mucho más oscuras y lúgubres del ser humano; son las tinieblas sin retorno a que conduce la mente desposeída del sentido sagrado de la existencia. Este primer nudo con que da inicio toda labor de bordado, equivaldría a la "piedra de fundamento" en el simbolismo constructivo. Es decir la primera piedra con que se da inicio a la obra.

La hebra queda así sujeta desde lo invisible, o sea por debajo de la tela, hasta lo visible, por encima de ella. Al descender, la aguja atraviesa el tejido, quedando nuevamente oculta, pero no así el relieve creado. En verdad, los útiles o los símbolos de toda vía iniciática son únicamente mediadores, pero nunca un fin en sí mismos, y estos dejan de ser necesarios cuando se llega a encarnar la idea que están representando, dando nacimiento a la verdadera libertad del ser, integrado conscientemente en la trama del universo. Esto sucede al ritualizar todas las acciones, es decir al participar del orden del mundo, análogo al de la Gran Obra, lo que en la simbólica del bordado está representado por el ritmo (rito) de ascenso y descenso de la aguja, recreando, por la sucesión cíclica de los puntos, la manifestación del bordado.

En la ornamentación, trabajada sin bastidor, la acción de las herramientas del oficio permiten la descripción de otros símbolos geométricos, tales como el círculo5, la espiral6, la cruz7, el triángulo8, y tantas otras como sugiera el tipo de punto con que se efectúe la labor. Esto puede ser así debido a la ductilidad de la tela no tensada por el aro o marco del bastidor. Como vemos cada tipo de punto o técnica aplicado a este oficio tiene una sugerencia particular. El arte de la bordadora consiste en tornarse hebra, revestir su alma de brillo y de color, y penetrando con la aguja la trama y la urdimbre del tejido universal ir reconociendo su propio ensamblaje con el resto de la creación. Siendo que todos los seres conforman el rico y majestuoso bordado de la existencia.

Lo que decimos no necesita mayor exposición para comprobar que este oficio es un soporte totalmente válido para la meditación. O lo que es lo mismo, una auténtica vía simbólica de acceso al Conocimiento, ya que su estructura es un perfecto diseño de la realidad del Orden Universal al que por analogía está representando.

Hemos dicho que el hilo es el conductor de la obra, lo que la encadena y al mismo tiempo la une. Significa que para que se produzca una auténtica regeneración de la mente, uno debe comprometerse firmemente con la Tradición, aplicando su capacidad intelectual en descifrar los códigos simbólicos que la representan. Estando firmemente convencido que existe un mensaje revelador de la Verdad, de la Unidad que da la vida y la ordena. Una vez admitido que este mensaje está contenido en cada símbolo, inmediatamente uno debe sentir la imperiosa necesidad de descifrarlo. Lo que exige un estado permanente de vigilia.

Este primer nivel de reconocimiento de uno mismo, se corresponde con el primer trazado de la hebra sobre la tela, ya que el bordado sin bastidor no se trabaja por partes conclusas, sino que su desarrollo se efectúa a través de diferentes etapas9 es decir, que por el plano del dibujo deben hacerse varios recorridos, tantos como colores y tipos de punto vaya a contener la obra, pasando así de la multiplicidad de todas sus formas a la unidad del conjunto del bordado. Decimos que este primer trazado encuentra su correspondencia simbólica con la iniciación masónica, durante la cual el recipiendario entra por primera vez en la Logia, y antes de recibir la Luz solicitada, efectúa un primer recorrido por el plano del Templo, tomando noción de sus proporciones y medidas que son análogas a las del cosmos. Por ello, al cruzar la "puerta estrecha" que separa el mundo profano del sagrado, el recipiendario penetra en el orden de su propio universo, el que recorre como neófito, es decir como nuevo nacido.

La segunda etapa del bordado consiste en el relleno de otros espacios del tejido, ya cualificados por el primer recorrido del hilo sobre él. La semilla que ya fue plantada ha brotado y comienza su crecimiento. El viaje hacia el centro de uno mismo aparece ya definido en su estado individual y humano, y es tiempo de ver resultados. Estos no se logran sino hay una realización efectiva, esto es, entregándose abiertamente y sin reservas a la obra. La multicolor belleza con que se expresa la manifestación, nacida de su realidad invisible, muestra su exuberancia sólo cuando se la recrea. No es sino la libre elección que uno hace a través de su inteligencia, la que permitirá que la venda caiga de sus ojos, y goce con ella.

Asimismo, este segundo viaje que realiza la aguja, reafirmada en la hebra, guarda estrecha relación con el segundo grado masónico, el de compañero. Este, que ya ha sido instruido en su etapa de aprendiz, descubierta y desbastada su piedra bruta, se encuentra ahora capacitado para efectuar su tallaje, para lo cual tiene el apoyo de las herramientas propias del oficio, diseñadas especialmente para hacer más fácil su trabajo. Este segundo nivel en el bordado se hace al amparo del primero, es decir que es gracias a una primera toma de conciencia, a un compromiso adquirido con uno mismo y con la Tradición, como se hace posible que la conciencia ascienda a otros niveles de comprensión. Simbólicamente, esto podría describirse mediante una espiral de movimiento centrípeto que encuentra su centro en el corazón mismo del ser humano, donde reside la verdadera intuición intelectual.

La plancha de trazar, la tela, que aparecía "blanca" al principio, es decir virgen, toma las formas que la artesana borda sobre ella, formas que han sido realizadas siguiendo los planos del Gran Arquitecto del Universo. La bordadora no hace sino imitar esos planos, siendo ese trabajo un viaje por la trama y la urdimbre del tejido universal. Contando y midiendo (numerando y geometrizando) en un pequeño espacio (el del bordado, en este caso), las medidas y proporciones del cosmos, el resultado habrá de ser una obra hecha conforme al Plan Divino, en la que la bordadora también está incluida.

La culminación de la obra artesanal se produce tras el último recorrido que la aguja y el hilo efectúa por la tela. Esta fase corresponde al relleno de los espacios más pequeños, aquellos más internos del "mandala" del bordado y de la existencia. Son los puntos que concluyen la obra, dándole su verdadera unidad por la complementariedad de todas sus partes, a las que el hilo, conducido por la aguja encadena y conecta con su principio; es decir, la idea de donde surgieron, la no forma. Dicho de otra manera: que todas las partes del ser individual coexisten y quedan resueltas en el Ser Universal, Principio y Fin de todas las cosas.

Es así, como ocurre en la elaboración del propio bordado, que toda vía iniciática consta de diversas etapas de realización, las cuales van señalando la paulatina integración de todos los estados del ser, ligándolos a su unidad. Esa Unidad es como el ornamento del bordado al que nada se le puede restar o añadir, y que no guarda diferencia con ninguno de sus puntos, de los cuales no es posible prescindir una vez terminada la obra, compuesta por todos los colores y matices, todas las formas y sus relieves. Por tanto, el acabado del bordado es la expresión máxima dentro de este arte, por tratarse de la recreación de la Gran Obra, la del Supremo Hacedor, en la que todos los seres están insertados como lo están los hilos del bordado.

Pero el trabajo de la bordadora no concluye al término de su obra, como tampoco la creación está acabada, sino que ésta continúa haciéndose a cada instante. El hilo, conductor de su viaje por los diferentes planos de la existencia, es el símbolo de su propia alma, y esta no puede quedar sujeta a ninguna forma o imagen determinada. Significa que la bordadora no debe identificarse con su obra, ya que de ser así coartaría su libertad y en consecuencia su propia realización, pues lo que hace a la obra "perfecta" es aquello que no está incluido en ella, ni forma parte de ningún elemento de los que la componen, pero que sin embargo es lo que le da toda su realidad. "El principio de una cosa no es ni una de sus partes entre las otras ni la totalidad de sus partes, sino aquello en que todas las partes se reducen a una unidad sin composición"10. La belleza del bordado es solamente una envoltura de la verdadera Belleza y ésta no está encadenada a la existencia relativa, sino que es la Existencia misma que trasciende toda dualidad, que es también toda ilusión y toda forma. El bordado representa uno de los velos de Maya la diosa hindú, hacedora de las formas, que es también el Arte con el que el Gran Arquitecto realiza la obra de la creación. Detrás de esos velos se halla el misterio de la vida. Por ello el verdadero trabajo de la bordadora no debe tener otra finalidad que la de ir descorriendo esos velos, con la esperanza de hallar el Conocimiento, e identificarse con la realidad que emana de él.

NOTAS
1 El brocado es la técnica de aplicar hilos de colores durante la propia elaboración del tejido, de modo que estos hilos formen diseños sobre él.
2 Oswald Wirth a propósito de la iniciación femenina dice: Hace falta mujeres con coraje capaces de rescatar el simbolismo de la aguja.
3 Noemá, hermana de Tubalcaín, ambos hijos de Sela y de Lamec, de la descendencia de Caín (Génesis IV). Es de destacar, en este sentido, la imagen de Eva con una rueca, tal y como se ve en uno de los capiteles del claustro del monasterio de San Juan de la Peña (España).
4 Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage (tomo II, cap. "Initiatión fémenine et initiations de métier").
5 En el punto llamado de "cadeneta" "vainica" "creta" y otros.
6 En el punto de "nudos" en el que la hebra se enrosca a la aguja como una serpiente, que es también la imagen del Arbol de la Vida, eje del mundo con la serpiente enroscándose a su alrededor. Esta geometría nos lleva de nuevo a la correspondencia con el trazado del cuadro de la Logia.
7 En el punto llamado "de marcar" o "de cruz".
8 En el punto "rumanía".
9 Conviene aclarar, que cuando el bordado es unicolor y trabajado a un sólo punto, las fragmentaciones de la tela ya sean en bastidor o fuera de él, son acabadas en cuanto a su porción se refiere. Esto no es así cuando la tonalidad del bordado es variada. En este caso cada color implicado en el diseño de la labor, se hace por separado.
10 Ananda Coomaraswamy, citado por René Guénon en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. XLIII: "La piedra angular".

LA MASONERIA: UNA PUERTA ABIERTA A LA INICIACION FEMENINA EN OCCIDENTE


1er. cuadro de La Franc-Maçonne, 1744

Quisiéramos que estas palabras fueran un canto alegre y armónico, como una brisa suave y fresca que nace del corazón, penetre y regenere a quien la escucha, y a él retorne.

Quisiéramos expresar sin miedos ni prejuicios la posibilidad abierta de regeneración y realización espiritual para todas aquellas mujeres que en el oscuro y sombrío Occidente moderno buscan sinceramente el Conocimiento y la identificación con la Verdad, escuchan la llamada interior y se aventuran a seguirla, pues no es sino tan conocida voz que les pregunta de nuevo quién son, de dónde vienen y a dónde van, su misma voz.

Nos parece sumamente extraño que, siendo la Masonería una de las escasas vías iniciáticas de Occidente que sirve de soporte a la regeneración total de la individualidad y a la conquista de la universalidad del ser, se ponga constantemente en tela de juicio, cuando no se ignore, silencie o niegue, la posibilidad que las mujeres puedan gozar de esta ayuda magnífica para recorrer el camino interior hacia el Conocimiento, o cuando menos, para recibir virtualmente la influencia espiritual que es el germen de toda ulterior realización.

Se dice que hubo una edad de oro en la que no era necesaria la iniciación, pues el hombre, siendo uno consigo mismo y con toda la existencia universal, era plenamente consciente de la perfecta unidad del Principio Supremo y todas las cosas, del No-Ser y el Ser, y del Ser y toda la manifestación. Ubicado en el centro de la rueda cósmica, conectado axialmente con lo alto y lo bajo, conocedor de la identidad de las leyes que rigen el microcosmos y el macrocosmos, el hombre y la mujer vivían su distintividad como el reflejo de la indefinida riqueza de las posibilidades del Ser, que al darse a conocer a sí mismo por un acto misterioso, lo hace polarizándose, pero sin dejar de ser Él mismo. Y dicha polarización se expresa a todos los niveles y en diferentes grados de profundidad; así podemos referirnos a la energía positiva y a la negativa, al macrocosmos y al microcosmos, a lo alto y a lo bajo, a la luz y a la oscuridad, al aspir y al expir. En el caso del ser humano, este binario se concreta, incluso a nivel más exterior y corporal, en hombre y mujer. Los opuestos no lo son sino en apariencia (sólo podemos ver opuestos si nos situamos en el punto de vista de la manifestación y no en el de los principios, que es el único real y desde el cual todo es unidad), y puede decirse que a un nivel superior aquéllos no son sino complementarios, mientras que en el plano de los arquetipos universales expresan la fusión esencial sin confusión jerárquica, siendo sólo posible, más allá de la unidad, hablar de no-dualidad:

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó…" (Gn. 1, 27)

Este es un pasaje bíblico de gran misterio y profundidad cuya meditación puede ayudarnos a entrever los múltiples sentidos del ser humano, de su naturaleza andrógina, de su función intermediaria entre cielo y tierra; y a comprender que su polarización es nuevamente el símbolo del binario primigenio que sólo tiene sentido en y desde la unidad.

Con la caída, el hombre olvida el sentido de la unidad y de la no-dualidad, y empieza a leerlo todo desde una perspectiva dual, partida y fragmentada, bajo la cual el sujeto de conocimiento, el objeto y el conocimiento mismo son cosas diferentes. Ante esta pérdida de conciencia aparecen, por un acto de gracia divina, símbolos, ritos y mitos que, adaptados a la naturaleza de los hombres, al espacio geográfico y al tiempo cíclico que les ha tocado vivir, les pueden servir de soportes para emprender el retorno a su eterna morada, de la cual sólo han salido ilusoriamente.

En los tiempos que suceden a la edad de oro, de oscuridad creciente de acuerdo con las leyes del devenir cíclico, es donde surge la necesidad de la iniciación, en el sentido de inicio o entrada a un camino de conocimiento –los Pequeños Misterios, el Arte Real o la Gran Obra– que conduce al punto central de la individualidad donde uno se puede despojar de ella ascendiendo por los estados superiores del ser. En el mundo moderno, la oscuridad llega al extremo; hombres y mujeres malvivimos desorientados, somos unos extraños en nuestra propia piel, y naufragamos entre pequeñeces, particularidades y vanidades individuales. El orden social ha perdido su carácter tradicional y ya no existen modelos exteriores que ubiquen a cada individuo en el lugar que le corresponde en el cosmos. Incluso las vías iniciáticas se han visto afectadas por este olvido y han decaído; en concreto, las formas iniciáticas propias y adecuadas a la naturaleza de las mujeres de Occidente han desaparecido totalmente. No sabríamos decir a qué responde esta ausencia, ni porqué esto ha sucedido –sería muy interesante indagar los factores que han conducido a este estado de cosas–, pero, más allá de los detalles, su sentido profundo tendrá. Lo cierto es que se diría que en pleno siglo XX las mujeres occidentales han quedado como huérfanas y sin ningún soporte iniciático, si no fuera porque la Masonería brinda esta posibilidad a todo hombre y mujer que se abra sinceramente y sin prejuicios a la llamada del Espíritu. Las mujeres han ensayado vías alternativas para llenar este creciente vacío espiritual, pero con demasiada frecuencia estos intentos se han visto marcados por el pensamiento racional y el deseo, y han tenido poco que ver con la llamada del corazón. Así, por ejemplo, se ha puesto la atención sobre formas iniciáticas de otras tradiciones todavía vivas sin seguir buscando y llamando dentro de la propia tradición Occidental. No queremos negar con ello que los vehículos que ofrecen otras tradiciones puedan ser una ayuda inestimable para algunas mujeres, siempre y cuando se busque con el corazón y se tenga la certeza de que la vía elegida es aquélla que resulta adecuada a su naturaleza; pero es necesario estar atento para no caer, por ignorancia o por moda, en algo que puede acabar siendo una simple imitación de formas sin comprender su sentido profundo. En cuestión de iniciación, nada puede inventarse; el mensaje, la vía, los soportes son revelados, y si estos no tienen una naturaleza suprahumana, ¿cómo podrían ser válidos para aprehender lo supraindividual, lo supraformal, lo universal?

Llegados a este punto, volveremos a insistir en que la Masonería es una puerta abierta en Occidente para todo hombre y mujer que busca en esta vida el camino para llegar a identificarse con el Conocimiento. Mucho silencio pesa sobre la incorporación de las mujeres a la Orden Masónica; un silencio que, creemos, puede deberse a diversos problemas de orden doctrinal y psicológico, prejuicios e ideas preconcebidas. La Masonería ha ido modificando la forma de sus ritos y realizando diferentes adaptaciones para hacer posible que el mensaje único, virgen, la transmisión de lo revelado y lo universal pudiera llegar a los hombres de las distintas épocas; y, como ya dijimos anteriormente, si las vías iniciáticas propias de las mujeres occidentales han desaparecido, ¿por qué no iba a ser posible que una cadena iniciática viva, entroncada con la Tradición Unánime, realizase en su interior una adaptación, para acoger en su seno también a las mujeres que caminan por la senda de la vida buscando su verdadera identidad? ¿Acaso en este siglo de sombras hombres y mujeres no buscamos la misma Luz, el mismo Conocimiento, la Verdad una y única? Es muy posible que lecturas chatas de ciertos autores que se manifiestan al respecto, como René Guénon, puedan tejer en nuestra mente muchas ideas preconcebidas. Más allá de disquisiciones racionales y lecturas rasantes, ¿estamos dispuestos a abrir el corazón y escuchar las certezas ante las cuales no hay duda posible?

Los problemas o desviaciones de orden psicológico que pueden suponer trabas a la vinculación de las mujeres a la Masonería tienen nombres propios; el machismo y la misoginia tiñen las relaciones profanas entre los hombres y las mujeres del mundo moderno, y enturbian un trabajo que debe llegar más allá del orden sutil y que tiene que ver con lo universal, con nuestra verdadera esencia. También el feminismo y la misantropía contribuyen al olvido de nuestra condición andrógina y hacen que nos veamos ilusoriamente como seres cada vez más distintos que luchan de manera encarnizada por una igualdad por lo bajo, lo que no hace sino aumentar la separación y el divorcio, en vez de buscar dicha igualdad por lo alto, lo cual tiene que ver con la vinculación a un Principio Superior, que une y religa todo lo que de él sale de manera armónica y jerárquica.

Seguramente habrá otras razones de orden doctrinal o psicológico que puedan servir para poner objeciones a la iniciación masónica femenina. Aquí hemos apuntado lo que son claramente errores, con el fin de desenmascararlos. Ahora bien, ninguna argumentación exterior a favor o en contra de dicha vinculación iniciática puede tener valor para aquél que vive en su interior, en lo más recóndito y solitario de su ser, la llamada del Espíritu. Uno solicita ser recibido masón porque lo guía una certeza inexpresable que ha anidado en su corazón. Fuera de esto, todo lo demás no son más que elucubraciones.

Al arcano XX del Tarot se lo relaciona con nuestro siglo, y en una de sus múltiples lecturas nos habla de la resurrección de los muertos y del advenimiento de un nuevo matrimonio, que puede ser, entre otros, el de cada ser consigo mismo, con su verdadera esencia supraindividual. El ángel anuncia y llama con su trompeta; el sacerdote, que también emerge del sepulcro, recibe el efluvio celeste y, desde su ubicación axial y central, concilia los opuestos, los complementa y los fusiona. Bendice la unión. Este es el símbolo del maestro interior, el guía verdadero de todo hombre y mujer que viaja por la tierra en búsqueda de la inmortalidad. Esa resurrección es posible aquí y ahora, y las mujeres occidentales de finales del siglo XX podemos seguir uniendo –como ha sido desde siempre– la lucha heroica en pos de la regeneración a la de los hombres.

Se nos invita a abrir ese espacio del corazón, todavía virgen y no contaminado por las mareas psíquicas del caos y el desorden, y a dejarnos fecundar por el espíritu. La aventura no está exenta de peligros; se pide voluntad, recta intención, valor, perseverancia y paciencia, pues tratándose de una obra que excede lo humano, el Espíritu soplará cuando quiera y donde quiera. ¿Cómo, pues, podríamos desestimar a la Masonería universal como vehículo para facilitar el recorrido a todo aquél que se sienta tocado por el Conocimiento? Estamos invitadas, la barca pasa y se dispone, permanentemente, a cruzar las aguas del alma y a conducirnos a la identificación con el fuego del Espíritu que nunca se consume.

Mireia Valls




SOBRE LA INICIACION FEMENINA

Mª VICTORIA ESPIN
1era parte
I
La individualidad, por sí misma, niega lo universal y a la vez lo manifiesta. No es la individualidad quien conoce lo Universal, lo que esta más allá de ella misma, sino que es el Misterio que se deja conocer a ella para reincorporarla a sí mismo, al Sí mismo. No es el hombre, en tanto que ser individual, quien conoce, el Conocimiento se manifiesta a su través, se desvela. Como símbolo, el hombre, vela y revela aquello que simboliza. No son las facultades individuales las que permiten al hombre conocer; es a través de estas que conoce cuando se someten a un orden y "dejan de ser" ellas mismas para ser canales de Aquello que las trasciende y en lo cual tienen su razón de ser. Como ser individual, el hombre, no es sino un conglomerado de elementos perecederos y finitos; que nace y muere según su ciclo de existencia, de acuerdo a la ley de los ciclos por la cual todo nace y muere pasando de un estado a otro de ser. Ordenar, ponerse a la orden, es lo que el hombre puede hacer. "El hombre puede, desde su existencia terrestre, liberarse del imperio del Demiurgo o del Mundo hylico, y esta liberación se opera por la Gnosis, es decir por el Conocimiento integral". (1) Podríamos decir que el hombre se hace a sí mismo. Adán es el primer formador (Adán protoplastas). Él, que permanecía en la Unidad del Padre, se reveló y actualizó su naturaleza humana, transmitiendo a sus descendientes esta separación del Sí Mismo. La caída supone un desmembramiento, una fragmentación de la Unidad; recordemos la muerte de Osiris a manos de Seth¬Tifón, su hermano, su desmembramiento, y cómo Isis juntó sus miembros para darles nueva vida. Isis es la Sabiduría "cuyo corazón sólo puede abrir la llave del Conocimiento, al que llegaremos a través de la mirada interna que propicia el trabajo iniciático". (2) Esta herencia de que hablamos, genética podría decirse, se ve incrementada por sus descendientes y así, en progresión geométrica, haciéndose cada vez más patente la dualidad, la multiplicidad, el hombre ha ido alejándose de la Edad de Oro hasta llegar a la Edad de Hierro en la que se encuentra en la actualidad. Una vez separado, escindido, el hombre debe, si quiere volver a ser, hacer el camino de vuelta; para ello deberá restablecer la unidad en sí mismo.
A medida que se ha ido produciendo el alejamiento de la Edad de Oro, el Modelo, la Guía, la Doctrina, la Tradición que es el hilo de Ariadna para volver al origen, se ha ido ocultando cada vez más hasta llegar a lo profundo de la caverna, el corazón de la tierra, análogo al corazón del hombre, sede de la Inteligencia. Aún así las cosas el hombre puede volver a su Patria de Origen que es celeste. El fuego está en el interior de la tierra, también en su interior los materiales combustibles, en el hombre el fuego arde en su corazón, ese es su centro y altar, su tabernáculo, y para que pueda arder hace falta una purificación previa. Purificación del cuerpo (tierra) purificación del alma (agua y aire). El hombre ha de morir primero, ha de renunciar a los frutos de este mundo para que arda su fuego interno, para que la chispa divina pueda inflamar su corazón.
II
Aparece, para algunos, como increíble, incomprensible, cuando no como una traición a Jesús, el hecho de que en esta época, en Occidente, quien conserva y transmite la Iniciación enlazando con la cadena de la Tradición Unánime en su "versión occidental", no sea la Iglesia católica. ¿Cuáles fueron los motivos por los que el catolicismo en Occidente pasó a una exteriorización cada vez mayor hasta quedar convertido en algo puramente religioso, exotérico? Intentar responder esa pregunta puede ser trabajo vano, y desde luego una pérdida de tiempo cuando la cuestión se plantea como una tozudez en defender aquella Institución que quiere identificarse con la Iglesia de Cristo, cuando evidentemente no se manifiesta como tal. El por qué no se ha conservado ese vínculo en la Iglesia y sí en la Masonería por ejemplo, dejando al margen explicaciones cíclicas, históricas, que seguro las hay, más bien hay que verlo como uno de esos misteriosos designios de la Providencia, lo que no disminuye en nada la responsabilidad que pueda caberles a los representantes de dicha iglesia.
III
"La iniciación es la transmisión de una influencia espiritual". Es un segundo nacimiento, un nacimiento a otra realidad "más elevada" en la jerarquía del Conocimiento. Es también la posibilidad del peregrinaje hacia el Centro. El paso a las aguas inferiores, el acceso a la esfera de la luna, madre de este nuevo ser: el hombre nuevo, que ha nacido al plano de Yetsirah o mundo de la Formación. En este plano el ser va tomando consciencia de su alma, recipiente de múltiples reflejos, muchas veces distorsionados, de las sefiroth de construcción que están por encima de Yesod, esfera de la luna. Si el cuerpo humano es un depósito concreto de posibilidades, el alma, al nivel que estamos considerando, lo es también de grado aún mayor. Este cuerpo sutil, el alma inferior, participa por reflejo de la luz de las otras sefiroth y, es un cuerpo "sofisticado", denso, por la creencia del hombre de que él es eso; tomar consciencia de que la luna, si bien ilumina, recibe su luz del sol, es tomar consciencia de que por encima de Yetsirah está Beriyah, plano o mundo cuya entrada está en Tifereth, esfera del sol. La luna, antorcha de la noche, es una luz tenue si la comparamos con el sol, pero si bien puede verse como una carencia, algo inferior, también puede hacerse otra lectura: la luna que anuncia, señala, refleja, manifiesta en la oscuridad de la noche la existencia de la luz. Ella está ahí diciendo: llega hasta mí y conocerás a Aquél que me ilumina, llega hasta mí y te pariré de nuevo para que con ese nuevo cuerpo puedas ascender. Símbolo de entrega y humildad, dándose recibe la luz que a su vez refleja; sus cuatro fases que se suceden hasta completar un ciclo: creciente, llena, menguante y nueva, le indican al iniciado los estados de ánimo que atravesará; que no olvide en sus momentos de euforia o depresión que son períodos pasajeros, fases lunares. En principio el hombre, como la noche, está sumido en tinieblas. La iniciación es un nacimiento a la luz, el caos es fecundado por la chispa divina generándose un nuevo orden. Esta transmisión espiritual que es la Iniciación puede ser efectuada por un Maestro, Chaman, Gurú, eslabón de una cadena iniciática y por tanto cualificado para transmitir dicha iniciación, o también, por un grupo que trabajando en Nombre del Principio que sustenta la Organización Iniciática a la que pertenecen, realiza un Rito de iniciación conforme a la enseñanza de la Tradición, aunque ellos no sean, o no todos, conscientes de la función que desempeñan; mejor dicho aunque en ellos permanezca en estado virtual la iniciación que recibieron en su día. ¿Es indispensable haber recibido la Iniciación para que se dé la posibilidad de ese viaje de regreso al Origen? Citaremos a Guenon: "no estamos en la época Primordial en la que todos los hombres poseían normal y espontáneamente un estado actualmente vinculado a un alto grado de iniciación", y más adelante: "estamos en el Kali¬yuga, es decir en un tiempo donde el conocimiento ha devenido oculto y donde sólo algunos pueden aún alcanzarlo, con tal de que se coloquen en las condiciones requeridas para obtenerlo; una de esas condiciones es la iniciación." (3) La Iniciación vincula al iniciado con la Tradición Unánime y Primordial a través de la cadena iniciática con la que él ha ligado; bien podría decirse que recibe con ella una tabla de salvación, una barca para navegar en las turbias aguas del psiquismo. Respecto a lo que más arriba señalábamos como vías posibles de recibir la Iniciación hay que añadir una tercera que es la de "aquellos seres excepcionales que se han iniciado ¬por distintas razones¬de manera individual, sin gurú visible y son llamados los solitarios". (4) Este punto que estamos considerando es particularmente importante en este momento cíclico y, si bien hay un peligro en tratarlo porque hay quien se imagina poderse iniciar a sí mismo, con mucha facilidad, y que por lo tanto no tiene necesidad de vincularse a una cadena iniciática sino de nombre como ha sido el vergonzoso caso schuonesco y su impostura de mezcolanza religiosa varia; también es verdad que en ausencia de la posibilidad de recibir la iniciación por la vía "normal", tienen que saber aquellos que se sienten llamados que, a pesar de todo, ello puede ser. Empieza a ser posible en el momento que uno se da por aludido cuando lee un texto sagrado, cuando toma consciencia de que le están hablando a él y responde a esa palabra. "En los tiempos que corren no hay un espacio ideal ¬o a veces concreto¬, donde las iniciaciones puedan ocurrir. Tampoco hay un tiempo específicamente señalado, pues el tiempo tiene la virtud de regenerarse perpetuamente; siempre es ahora para trabajar, y desde luego hay una estrecha relación entre la Simbólica, y la realización espiritual, expresada por lo que se ha dado en llamar la vía simbólica, uno de cuyos medios, la oración del corazón, u oración concentrada, es una reiteración circular y constante de la invocación. Esperar el tiempo y lugar oportuno para la iniciación puede ser una causa de alejamiento definitivo". (5)
IV
Se invita al iniciado a hacer suyo ese nuevo estado que posibilita la iniciación; ese nuevo estado es un espacio interno que le permite contemplar el mundo con otra luz, con la cual siendo el mismo aparece completamente distinto. El aprendiz irá aprehendiendo que no existe la casualidad, sino la causalidad, que el tiempo no es uniforme como tampoco el espacio, sino que hay un tiempo sagrado y una geografía sagrada, una historia sagrada y arquetípica tanto para una civilización como para un individuo. Aprenderá que forma parte de una danza misteriosa en la que absolutamente todo está incluido, que tiene un Destino al que regresar, que no es, sino su Principio, su Origen. Qué decir del papel que juegan las circunstancias externas en un proceso que es interno. Podríamos decir que ninguna si vemos como separado uno y otro, pero, por el contrario, no hay tal separación y el aprendiz puede ver fuera como reflejado aquello que está ocurriendo en su interior. Esto nos lleva a la distinción de profano y sagrado. Si bien es verdad que al principio, sobre todo, conviene distinguir entre estas dos modalidades, asimismo es verdad que, también desde el principio, hay que intentar tener una visión sacra, queremos decir verlo todo como sagrado. Esta aparente contradicción se debe al hecho de que, si bien todo está incluido, como decimos, hay grados y conviene poner el acento en lo alto y respetar la jerarquía. ¿Y qué será el mal, si nos movemos en el plano de la dualidad, para aquél que pretende realizar el viaje de vuelta?: será todo aquello que lo aleja de su meta, que lo aparta de su camino, que le entretiene; eso es lo que deberá aprender a distinguir el aprendiz; apostando siempre por lo que es y evitando lo que para él es, cuando menos, una pérdida de tiempo; muchas cosas aparecen como inofensivas y en realidad son cualquier cosa menos eso. Para que el iniciado haga efectiva la iniciación, con la consiguiente transmutación de su ser y el paso a un nuevo estado, es necesario que sin reservas ni limitaciones abandone aquel mundo al que antes pertenecía: el mundo profano que le mantiene esclavizado, y esas cadenas que lo aprisionan irán siendo cada vez más ligeras en la medida que se vuelque en el trabajo de pulir la piedra bruta que es él mismo. El pulido de la piedra se realiza en dos fases: la primera es la observación de si mismo que le permitirá al aprendiz ir viendo aquello que son meras adherencias, añadidos a su naturaleza virginal; en una segunda fase, aunque en realidad es difícil, si no imposible, establecer límites entre ellas, el aprendiz se servirá del cincel para deshacerse de aquellas adherencias de que hablamos, en realidad la misma paciente observación es la herramienta, es decir el cincel, siempre y cuando haya una recta intención y una voluntad firme en desechar aquello que no es. Si tomamos la simbólica de la caza para ilustrar este proceso, el cazador será el aprendiz, la pieza a cobrar, el mismo aprendiz, el arma la paciencia, la actitud de observación la acción concreta y precisa. Aquel que cobre esta pieza habrá también comenzado a convertir la piedra bruta en piedra cúbica. El hombre nuevo que nace con la Iniciación debe reorientar su vida; de hecho la misma iniciación es una reorientación. Efectivamente es una cuestión de orientación lo que determinará los frutos de su trabajo, entendiendo aquí por eso un acercamiento o alejamiento de su Patria celeste de la cual está exiliado. La orientación marca la dirección y es precisamente esta dirección, señalada al iniciado, la que debe mantener, lo cual conseguirá poniendo la atención siempre en lo Alto con lo cual, las desviaciones más o menos largas, más o menos penosas, serán sólo aparentes y le reconducirán al Camino. Dice el Tao Te King : si lo enfrentas no verás su rostro, si lo sigues no verás su espalda. (6) El proceso por el cual de virtual que era la posibilidad recibida pasa a ser efectiva, es el paso por el laberinto; laberinto de formas y de sonidos; laberinto del alma de uno mismo que personalmente ha construido, levantando muros aquí y allá, abriendo brechas, puentes y ventanas, haciendo que el aire circule por él de modo "ordenado" a sus deseos, creencias, egos. Este paso por el laberinto es un recorrido en espiral que realiza el ser, partiendo de un punto de la circunferencia hasta llegar al centro de la misma, siendo ese centro el Origen del estado humano, mejor dicho el punto de integración del mismo, pues si bien la realización del estado humano no presupone un paso por todas las modalidades del mismo, de modo sucesivo, lineal, lo que sería inacabable, sí que dicha realización las contiene a todas, mejor dicho las integra. (7) Decimos que es el punto de integración y no el de origen porque el origen propiamente dicho no puede estar en dicho estado, pues queda fuera de los límites del mismo. Esta llegada al centro de que hablamos, es la llegada al centro de la cruz que realiza aquél que ha tomado su cruz sobre sí hasta el punto mismo en que esa cruz es erguida y convertida en Arbol de Vida. La llegada al centro de la cruz es el término de los Pequeños Misterios que coincide con la restauración del estado Edénico, la realización del estado humano, simbolizado por la cruz de dos dimensiones que tiene como centro uno de los puntos del eje vertical que a su vez reúne los centros de los estados múltiples del ser. El Hombre Verdadero es la realización de la cruz de que hablamos, que contiene virtualmente al Hombre Trascendente, el Hombre Universal, cuya realización se vincula a los estados supraindividuales y a los Grandes Misterios. La realización del estado humano supone, pues, una vuelta al Paraíso. En el centro del mismo nos dice el Génesis que está el Arbol de la Vida, en ese mismo centro brota una fuente de la que salen cuatro ríos en las cuatro direcciones; las aguas de la Vida se extienden pues en las direcciones de los brazos de la cruz horizontal, el Arbol de la Vida podríamos decir que forma la tercera dimensión de la cruz.
La purificación en estos cuatro ríos está relacionada con la purificación por los elementos simbolizada en el rito de iniciación masónico con los distintos viajes. El ser purificado por los cuatro elementos alcanza la quinta esencia, el éter primordial: fuente, origen de los otros cuatro. Aquél que conoce la Fuente de la Vida, que bebe directamente sus aguas, no volverá a tener sed y será a su vez fuente de vida. Hay que saber también que no se puede llegar al centro, no se puede beber el Agua de la Vida si no se va pertrechado adecuadamente. En el camino el peregrino va vistiendo las túnicas de diferentes colores que unidas forman una blanca túnica de luz; va desnudándose de las capas que ocultaban su verdadera naturaleza. Los dones que recibe el peregrino en su viaje serán su ofrenda, no se puede llegar con las manos vacías; también podríamos decir que no se puede llegar, si no es con las manos vacías. (8) Aquel otro cuerpo que nace con la iniciación y crece alimentado con la Enseñanza, con la Tradición, llegará, Dios lo quiera, a entrar en comunión con todos aquellos que, antes que él, y también después, accedieron en alas de la Gracia, por la renuncia de sí mismos, a otros mundos, a otros estados, donde nada significa el tiempo y el espacio, pues estos no son sino dos de las condiciones que definen el estado humano, o que limitan al ser en ese estado. (9) De las cinco condiciones que definen el estado humano: tiempo, espacio, materia, forma y vida, el tiempo queda abolido, mejor dicho empieza a ser abolido, cuando el ser, libre de su condicionamiento, lee en el pasado y también en el futuro su realidad del momento presente, es entonces cuando el hombre constata que nada se pierde, que nada es en vano, que bajo una nueva luz reviven los espacios desiertos y los tiempos muertos, que lo que menos pareció ser, es, lo que sí es.
V
Para recorrer este camino del que hablamos se requiere un cambio de mentalidad y, un vivir según ese cambio, dice el refrán "vive como piensas porque si no acabarás pensando como vives". Eso no quiere decir que tenga que cambiar, necesariamente, sus circunstancias externas sino, que sus actos han de ser ordenados y responder a otros "intereses", que aún moviéndose en lo individual no pierda de vista lo Universal, que una sus potencias a las del Supremo Ordenador y, no campee por su cuenta preocupado por sus intereses particulares, aunque estos sean muy "elevados". Si nos ocupamos de los asuntos de Dios El se ocupará de los nuestros. Conviene recordar aquella cita evangélica "mirad los lirios del campo como crecen, no se fatigan ni hilan, pero Yo os digo que ni Salomón, en toda su Gloria se vistió como uno de ellos." (10) Lo que acabamos de decir está relacionado con la Fe, que junto con la Esperanza y la Caridad forman las llamadas virtudes teologales. Esta virtud (la Fe) es la que ha de caracterizar al aprendiz, así como la Esperanza al compañero y la Caridad al Maestro, recordemos también que la Fe se relaciona con el apóstol Pedro, la Esperanza con Santiago y la Caridad con Juan Evangelista, los tres apóstoles que presenciaron la Transfiguración del Señor. Si tomamos el camino de ascenso a la montaña como símbolo del camino iniciático, hemos de hacer ese ascenso acompañados por esas tres virtudes: FE, ESPERANZA Y CARIDAD. Se requiere también el total abandono y confianza del aprendiz en su Guía intelectual, en la Tradición, en su Maestro, si tiene la suerte de tenerlo, que representa para él, el hilo de Ariadna. Esta confianza y obediencia a una guía aparentemente externa a él, posibilitará, por un lado una purificación de su individualidad, y simultáneamente el fortalecimiento y crecimiento de su Maestro interno, hasta el momento en que este tome las riendas (que por otro lado siempre tuvo). Esto coincide con el paso al tercer grado y la posibilidad de acceder a los estados supraindividuales del Ser. Hablamos de regeneración, de transmutación del ser, o lo que es lo mismo de un cambio de estado, que no supone el abandono del anterior, sino la liberación del mismo; las verdaderas cadenas que aprisionan al hombre no son externas, siempre circunstanciales, puntuales, sino las interiores, aquellas que él ha generado. Este acercarse a la luz hasta quedar absorbido en ella presupone una pérdida de la sombra, la que según Platón "es el conocimiento por los sentidos y también el conocimiento racional que, aunque más elevado, tiene su fuente en los sentidos". (11) Para completar estas breves notas sobre la Iniciación no está de más, creemos, citar aquellas palabras del Maestro Jesús: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (12) que como siempre ocurre con aquellas palabras que son Verdad, cuando uno logra traspasar su literalidad, paradójicamente llega a constatar que son literalmente ciertas.

NOTAS
1. "El Demiurgo". René Guenon.
2. El Tarot de los Cabalistas. Federico González. Ed. Kier (en pág. autor).
3. Aperçus sur l'Initiation, cap. IV. R. Guenon.
4. F. González, SYMBOLOS N 9¬10 p. 417.
5. Cosmogonía Perenne; el simbolismo de la Rueda". F. González.
6. Tao Te King, XIV.
7. "Cuando esta vibración ha alcanzado un efecto pleno extendiéndose y repercutiendo hasta los confines del ser, éste, que a partir de este momento ha realizado su plenitud total, evidentemente, ya no está obligado a recorrer tal o cual ciclo particular, pues los abarca todos en la perfecta simultaneidad de una comprensión sintética y 'no distintiva'." R. Guenon. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Barcelona.
8. "Has perdido tu vida, decían mirando mis manos vacías y nadie oía al Dios que cantaba en mi corazón." Louis Cattiaux. El Mensaje Reencontrado. Ed. Sirio, Málaga.
9. Dice la canción: si las distancias son largas en la tierra, y nada más, a qué le llaman distancia, eso me habrán de explicar.
10. Mateo, 6 (28¬29). Biblia de Jerusalén.
11. Cita de R. Guenon en Mélanges cap. VI.
12. Mateo, 7 (7¬8). Biblia de Jerusalén.

SOBRE LA INICIACION FEMENINA II

jeroglífico Mes. Horapolo.

SOBRE LA INICIACION FEMENINA
Mª VICTORIA ESPIN
2ª Parte1


I

Queremos empezar tratando un tema que ha sido piedra de toque para muchos lectores, hombres y mujeres, de la obra de René Guénon. Poca referencia se hace en ésta a la posibilidad de que la Masonería sea una vía iniciática válida para la mujer; y cuando se refiere a este tema, en principio, pareciera que niega esa posibilidad.

"Sabemos bien que algunos de nuestros contemporáneos han pensado que en el caso en que el ejercicio efectivo de un oficio haya desaparecido, la exclusión de las mujeres de la iniciación correspondiente había perdido por ello mismo su razón de ser; pero eso es un verdadero sinsentido, pues la base de tal iniciación no está por ello cambiada, y, como ya lo hemos explicado en otro lugar, este error implica un total desconocimiento del significado y del alcance real de las cualificaciones iniciáticas. Como decíamos entonces, la conexión con el oficio, totalmente independiente de su ejercicio exterior, permanece inscrita necesariamente en la forma misma de esa iniciación, y en aquello que la caracteriza y constituye esencialmente como tal, de modo que en ningún caso podría ser válida para quienquiera no fuera apto para ejercer el oficio en cuestión"2.

Ante esta cuestión, que aparece como irresoluble, solo podemos decir que tenemos una realidad donde se ha impuesto la masonería mixta; decimos se ha impuesto en el sentido de que se da más allá de lo que muchos hemos pensado al respecto. Muchos de nosotros hemos acabado aceptando este hecho como algo necesario, tan necesario que ha hecho que fuera posible.

"Lo posible habita cerca de lo necesario"

dice Pitágoras en sus Versos de oro, y así, más allá de nosotros, de la misma Masonería, nos atreveríamos a decir, no podemos ver esto, la incorporación de la mujer a la Masonería, primero en logias femeninas y ahora mixtas, sino como algo Providencial. No podemos negar la evidencia y esta es que actualmente hombres y mujeres están trabajando en las logias masónicas, hombro con hombro, haciendo efectiva la iniciación recibida3.

Sabemos que una iniciación que tenga en cuenta todos los aspectos del ser es preferible, por eso es que ha habido iniciaciones sapienciales, guerreras y artesanas. También iniciaciones masculinas y femeninas. Lamentablemente, en este momento, de todas esas posibilidades queda en Occidente una Orden iniciática, artesana y masculina en su origen.

Continuamos leyendo a Guénon:

"De todos modos podría tal vez entreverse una solución considerando lo siguiente: los oficios pertenecientes al Compañerazgo tuvieron siempre, habida cuenta de sus afinidades más particulares, la facultad de afiliar tales o cuales oficios, y conferir a éstos una iniciación de la que antes carecían, iniciación que es regular por el hecho mismo de ser una adaptación de una iniciación preexistente: ¿no habría algún oficio que sea susceptible de efectuar tal transmisión con relación a determinados oficios femeninos? El asunto no parece enteramente imposible, y quizá no carece de antecedentes en el pasado. Sin embargo no hay que ocultar que habría grandes dificultades respecto de la necesaria adaptación, que evidentemente es mucho más delicada que si se tratara de oficios masculinos: ¿dónde podrían encontrarse hoy hombres suficientemente competentes como para lograr tal adaptación con un espíritu rigurosamente tradicional y guardándose de introducir la menor fantasía que arriesgaría comprometer la validez de la iniciación trasmitida? De cualquier manera, no podemos obviamente hacer otra cosa que formular una sugerencia, ya que no nos toca a nosotros ir más lejos en este sentido; pero oímos tan frecuentemente deplorar la inexistencia de una iniciación femenina occidental que nos ha parecido que valía la pena indicar al menos lo que, en este orden, nos parecía constituir la única posibilidad actualmente subsistente"4.

Se habla de un oficio, y del conocimiento y desarrollo de éste como soporte de la realización intelectual-espiritual y, pensamos nosotros, ¿qué impide que sea el de escritor (que puede ser ejercido a la vez por hombres y mujeres), siguiendo a Hermes5, escriba divino, el que nos brinde este soporte? y si esto es así ¿dónde mejor que en la Masonería? No sería dicho oficio –o labor– el único, también ello puede efectuarse pintando, diseñando, educando, difundiendo, estudiando arte y arquitectura, filosofía, letras, física, matemáticas, medicina, y cualquiera otra profesión –o cualquier otro elemento de ella– que estudie las Artes y Ciencias Liberales; siendo innumerables los que pueden ser ejecutados tanto por hombres como por mujeres. Es decir, no apoyándose sólo en las labores de aguja, sino ejerciendo las actividades profesionales de dichas disciplinas. Imitar a las Musas. Y ante todo el pensar, antes que el escribir; con las menores programaciones posibles.

La construcción en que se vuelca todo masón es interna; en otro tiempo, simultáneamente, se construían templos que no eran sino el reflejo en el plano horizontal y a la vez el soporte de la labor interna, vertical, que llevaban a cabo aquellos masones de la Edad Media. En un momento dado la Masonería deja de ser operativa, en ese sentido, y pasa a ser llamada especulativa; se quiere decir con esto que la construcción es interna solamente, lo que no es sino la adecuación de la Orden a un cambio de necesidades; mejor dicho, la adaptación de la misma para seguir cumpliendo su función, vehiculando una transmisión espiritual emanada del Principio que conoce con el nombre de Gran Arquitecto del Universo. Poco importa que construyamos o no templos y sí, que continúe cada masón la construcción de su castillo interno, lo que hace posible la pervivencia de la Orden y la continuidad de la cadena iniciática que desde tiempo inmemorial ha llegado hasta nuestros días; uniendo a iniciados de todos los lugares y tiempos eslabón tras eslabón.

La escritura, en el sentido que la estamos considerando, es decir como sagrada, en definitiva no es sino la manifestación de la Palabra, la acción del Verbo que tomando al hombre como vehículo se expresa para que éste comprenda y acceda, gracias al conocimiento de la Cosmogonía6 y la encarnación de la misma, a la Ontología y la Metafísica.

Se le enseña al masón a conocer las letras, a deletrear, a leer y finalmente a redactar lo que va comprendiendo de los Misterios de la Orden, de sus Símbolos, Mitos y Ritos. En realidad se trata de llegar a ser Arquitecto, de encarnar el Principio, de que verdaderamente Hiram renazca en cada iniciado. De llegar a conocer el modelo al punto de poder redactar los planos del mismo. El maestro ha de conocer a la perfección la plancha de trazar. Bien podríamos decir que es labor fundamental para él la formulación por su propia mano (vehículo de la Inteligencia) de la Cosmogonía. El trazado del círculo es el primer trabajo que realiza el maestro masón.

El lenguaje con el que la Masonería expresa el modelo cosmogónico no es otro que el de los símbolos, incluido el rito que es el símbolo en acción y el mito, que no es sino un símbolo transmitido oralmente. En definitiva la lengua de Oc. Las siete artes liberales en conjunto nos auxilian en el estudio, meditación y comprensión de ese código simbólico. De ellas la Gramática, Lógica y Retórica tratan directamente de la letra, de la palabra, su articulación y pronunciación. La Aritmética de los números y sus cualidades. El sonido, el Verbo creador, "actúa" con "número, peso y medida", la medida podemos conocerla a través de la Música; el peso gracias a la Geometría, a la que podemos ver como la plasmación, la floración del número; en este sentido el triángulo sería el peso del tres, el cuadrado el del cuatro, etc. y ese peso no es distinto del número, es este, a otro nivel. En cuanto a la Astronomía conjuga la Aritmética, la Música y la Geometría.

En resumen estas ciencias, estas artes, nos enseñan a conocer el lenguaje con el que está escrito el Libro de la Creación, el mismo con el que el hombre ha escrito los libros sagrados, herencia a sus descendientes de la Tradición que, como hilo de Ariadna, nos permite salir del laberinto.

La Logia está delimitada en la horizontal por el cuaternario, como lo está todo cosmos; extendiéndose de Norte a Sur y de Este a Oeste. En ese pequeño mundo que también se extiende del Zenit al Nadir se halla incluido absolutamente todo; es un modelo simbólico capaz de llevarnos por su comprensión a la del Cosmos y a la de nosotros mismos. La cosmogonía masónica está constituida, como decimos, por símbolos, mitos y ritos. Muchos de esos símbolos no son específicos de la masonería sino que son Universales. Para comenzar toda la Bóveda celeste.

"Al conocer el cosmos, es decir al conocer los Números (númenes) o Ideas que lo conforman, su síntesis ontológica, el hombre se eleva por su intermedio al conocimiento de la Deidad que lo produce y que ha incluido la posibilidad de trascenderlo a través del vacío central de la rueda. Los números, vehículos de la unidad de la que se generan, y letras a su vez, están en el corazón de toda forma tradicional sirviendo en ella de concordia vertical y horizontal, constituyendo un simbolismo fundamental que posibilita el entendimiento de esas 'lenguas' entre sí."7

II

"Puesto que el Demiurgo ha creado el mundo entero no con las manos, sino por la palabra, concíbele pues como siempre presente y existente y habiendo hecho todo y siendo Uno Solo, y como habiendo formado, por su propia voluntad, a los seres. Porque verdaderamente es este su cuerpo, que no se puede tocar, ni ver, ni medir, que no posee dimensión alguna, que no se parece a ningún otro cuerpo. Ya que no es ni fuego, ni agua, ni aire, ni aliento, pero todas las cosas provienen de él. Ahora bien, como es bueno, no ha querido dedicarse esta ofrenda sólo a sí mismo ni adornar la tierra sólo para él, sino que ha enviado aquí abajo, como ornamento de este cuerpo divino, al hombre, viviente mortal, ornamento del viviente inmortal. Y, si el mundo ha triunfado sobre los vivientes por la eternidad de la vida, el hombre ha triunfado a su vez sobre el mundo por la razón y por la Inteligencia. El hombre, en efecto, ha llegado a ser el contemplador de la obra de Dios, y ha quedado maravillado y ha aprendido a conocer al Creador."8

Conociendo el Cosmos uno se conoce a sí mismo pues sabemos que el microcosmos es imagen del macrocosmos y por tanto de constitución análoga. En el macrocosmos los principios de los cuales toda la manifestación deriva son: Purusha y Prakriti, Esencia y Substancia, simbolizados por el rayo luminoso y el plano de reflexión; que en el hombre se relacionan con el espíritu y el alma. En términos alquímicos serían: el Azufre y el Mercurio.

"El Azufre, cuyo carácter activo hace que se le asimile a un principio ígneo, es esencialmente un principio de actividad interior, que se considera irradia a partir del centro mismo del ser. En el hombre, o por semejanza con éste, tal fuerza interna suele identificarse en cierta forma con el poder de la voluntad; (…) El azufre por su 'interioridad', sin que pueda ser asimilado al Cielo mismo, pertenece al menos, evidentemente, a la categoría de las influencias celestiales; (…) En cuanto al Mercurio, su pasividad, correlativamente a la actividad del Azufre, le hace ser mirado como principio húmedo (…) Yin (…) el Mercurio no se sitúa en la esfera corporal, sino en la esfera sutil o 'anímica': en razón de su exterioridad, se puede considerar que representa el 'ambiente' (…) constituido por el conjunto de las corrientes de la doble fuerza cósmica".9

Análogo es el nacimiento de un mundo al de un ser. En el nacimiento físico de cada uno, ese mundo, ese microcosmos, se inicia con la unión de un hombre y una mujer, un espermatozoide y un óvulo que pueden relacionarse, a su nivel, con la primera dualidad: Esencia y Substancia. Esos dos se unen y son el germen de un ser humano, germen que crecerá alimentado por los cuatro elementos y conformado por ellos. Las ciencias tradicionales relacionan los huesos con la tierra, el agua con los líquidos, el aire con el aire y el fuego con parte del sistema circulatorio de la sangre y el sistema nervioso.

"Los Elementos se hallan por doquier, y en todas las cosas de maneras diferentes; primeramente en todas las cosas que contiene este mundo inferior, pero [en él] son impuros y groseros; en las cosas celestes son más puros y netos, y vivos en lo que está por encima de los cielos, perfectos, bienaventurados y acabados de todas maneras. Los elementos son, pues, en el arquetipo, las ideas de todo lo que se produce; en las inteligencias, las potencias; en los cielos, las virtudes; y en todo lo que existe aquí abajo, las formas groseras e imperfectas".10

Los cuatro elementos, constitutivos del ser, surgidos de una "fuente única": el Eter, son la base y fundamento de la creación y se manifiestan de modo dual: la tierra es fría y seca, el agua fría y húmeda, el aire caliente y húmedo y el fuego caliente y seco. El Eter escapa a esta dualidad, reside en el corazón, centro del microcosmos, en la cámara más interna y oculta del mismo y simboliza la presencia del Espíritu en él. Por otro lado, el fuego y el aire son activos, Yang, y el agua y la tierra pasivos, Yin.

Todos los cuaternarios, como por ejemplo los cuatro puntos cardinales, las cuatro edades del hombre, los cuatro yugas, los cuatro cuadrantes del modelo de ciudad tradicional, etc. son la expresión de la unidad en el plano creacional, es la cruz horizontal cuyos radios surgiendo de un centro común impulsan la circunferencia y ponen en marcha la rueda de la creación.

"La idea arquetípica que divide los ciclos temporales –cósmicos, naturales, humanos, etc.– según la ley cuaternaria y que se representa con el signo de la cruz inscrita en el círculo, constituye un claro ejemplo de lo que es una verdad universal reconocida unánimemente en todas las culturas arcaicas tradicionales"11.

El cuatro corresponde en el Arbol de la Vida de la Cábala a la Sefirah Hesed, situada en Beriyah, plano de la Creación, mundo de los Arquetipos, y representa la unidad en ese plano. 4+3+2 +1 = 10 = 1+0 = 1.

El aire juega un papel determinante en el momento del alumbramiento, en el que el niño llena por primera vez sus pulmones y llora; ese llanto es una respuesta a la penetración del macrocosmos, con el que directamente (hasta ese momento lo hacía indirectamente a través de su madre) se comunica; comunicación por medio de la respiración, de la que por cierto depende su vida, y que no cesará hasta su muerte. Con esa primera inspiración, recibe la influencia de los Regentes, de los siete planetas,

"personificación en el firmamento de las deidades",

que como hadas madrinas, o malas brujas, asisten a su nacimiento imprimiéndole su sello.

"Pero el Noûs Dios, siendo andrógino, existiendo como vida y luz, procreó con su palabra un segundo Noûs demiurgo que, siendo dios del fuego y del aliento vital, modeló Regentes, siete en número, que envuelven en sus círculos al mundo sensible; y su gobierno es llamado destino"12.

La Sefirah número siete, Netsah, representa la unidad en el plano de Yetsirah, mundo de las Formaciones. 7+6+5+4+3 +2+1= 28 = 2+8 = 10 =1+0 = 1.

El iniciado, en su viaje va liberándose de estas influencias en la medida que se le hace necesario; conforme las va conociendo puede dejar de estar condicionado por ellas. En este sentido el conocimiento de la carta natal puede ser de gran utilidad, pues es como una radiografía del momento del nacimiento, donde queda reflejada la posición de los planetas y las relaciones entre ellos; las cuales señalan una serie de influencias que serán determinantes en la medida que no las conozcamos y nos abandonemos a su influjo.

"Si el lugar geográfico y el tiempo histórico en que nacemos nos condicionan, lo hace aún en mayor medida la fuerza y la energía sutil y desconocida de las estrellas. Investigar sobre ellas y sobre lo que significa el Zodíaco, y su relación con nuestra personalidad, formas y acontecimientos diarios, sin caer en la superstición o la simpleza, es una manera de conocer las fuerzas anímicas que nos rigen, aprovechar su contenido y librarnos de sus influencias negativas".13

Es el movimiento lo que está en el origen de la manifestación formal sutil, que a su vez es origen de la manifestación grosera. La quietud, la no acción, es pues imprescindible, si es que podemos decirlo así, para salir del plano de la manifestación. Es un gesto de vuelta; mejor dicho: una retirada del gesto. El Principio del movimiento, el Noûs Demiurgo, se expresa en siete regentes con movimientos distintos que expresan las leyes del mismo en siete ritmos, siete notas. Conocer estas notas, el número que les corresponde, su medida o duración, su geometría o recorrido, es acercarnos al conocimiento de las leyes del cielo.

En la tierra las energías de los planetas son expresadas por los metales.

"La astrología y la alquimia (...) se refieren respectivamente al conocimiento del cielo y de la tierra, constituyendo ambas el saber de la cosmogonía completa, la ciencia de los ciclos y la ciencia de las transmutaciones: la 'arquitectura' experimentada en forma directa."14

III

Cada una de estas siete potencias tiene una cara luminosa y una cara oscura, una de ellas puede ser llamada virtud la otra vicio, ambas tienen la misma raíz. Estas energías, simbolizadas por la generosidad, la templanza, la paciencia, la humildad, la castidad, la caridad y la diligencia, son otras tantas túnicas, por decirlo de algún modo, que el iniciado viste en su viaje de retorno. La generosidad libera al hombre de la forma, la templanza lo equilibra, la paciencia le salva, la humildad disuelve los egos, la castidad le hace engendrar, la caridad le hace crecer, la diligencia entorpece los manejos del Adversario. Las túnicas de color están en correspondencia a las investiduras que recibe el iniciado en los sucesivos cielos planetarios por los que va ascendiendo. Nada tienen que ver las virtudes mencionadas con rollos morales o religiosos y, sí, con una actitud, con una disposición interna. Junto a las virtudes también están los vicios, así como las primeras son un auxilio en el peregrinaje, los segundos llevan al hombre al cansancio, a la rutina y al sueño. En definitiva lo atan a su individualidad. En el viaje de vuelta, de restauración de la Unidad, el hombre se enfrentará en un momento dado a esa cara oscura de las estrellas. Potencias negativas que hoy están más presentes que nunca.

Al ser humano, en su estado caído, le parece que le falta tiempo, eso, en el momento cíclico en que estamos, es casi una tortura para muchos, traducido en dos patologías características de nuestros días: la ansiedad y el estrés.

El deseo, la avidez; la necesidad ilusoria de cosas materiales hasta un grado nunca visto reina por doquier, y es estimulada por la publicidad continuamente.

Igualmente la tendencia al poder, a imponerse a los demás, como una necesidad, llegando a todo tipo de maldades, grandes y pequeñas, que enturbian las relaciones humanas y sacan la parte animal del hombre, al punto de comportarse peor que las bestias.

Este hombre, orgulloso de sí, desprecia la humildad y la considera menos.

Se confunde la Belleza con la estética cuando se habla de Belleza, de arte, rara vez se la sobrepasa y peor que eso: el hombre se identifica con su cuerpo, lo trata como objeto de consumo, lo tortura imponiéndole, en nombre de la moda y de hábitos y dietas contra toda lógica y necesidad, una disciplina que lo acerca más y más a la máquina y le aleja de las Musas, de su inspiración; en resumidas cuentas de la alegría.

Qué diremos de la envidia, que se ha convertido en endémica en este mundo donde todos creen tener derecho a todo y ser iguales aunque haya que bajarle el piso al vecino para conseguirlo.

Queremos mencionar aquí también otro enemigo en el Camino: la tristeza; ésta es la pesantez del alma y así como la gravedad de la tierra atrae los cuerpos hacia sí, la tristeza atrae al alma hacia la tierra impidiéndole ascender. La depresión, hoy día, afecta hasta a los niños.

*
* *

En el Apocalipsis son siete las iglesias a las que se señala sus actos favorables y contrarios. Esas siete reúnen la Iglesia que es la Novia, es decir la Jerusalén celeste.

A los de la primera se les dice:

"el que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios".

A la segunda:

"el vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda".

A la tercera:

"al vencedor le daré maná –escondido–, y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe".

A la cuarta:

"al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones, las regirá con cetro de hierro, como se quebrantan las piezas de arcilla. Yo también lo he recibido de mi Padre y le daré el Lucero del alba".

A la quinta:

"el vencedor será revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Angeles".

A la sexta:

"al vencedor le pondré de columna en el santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo".

A la séptima:

"Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono"15.

IV

El viaje de retorno comienza cuando uno se da cuenta de que el mundo en el que vive no es su hogar y conoce, repara, que verdaderamente ha sido expulsado del Paraíso y que le corresponde a él volver a ese "lugar", es decir efectivizar un estado que está a su alcance si en verdad así lo quiere.

Como el Mago de la carta número uno del Tarot, ha de trabajar con los tres principios y los cuatro elementos, ayudado de las herramientas que le son dadas, para realizar la Obra; gracias a lo cual podrá recuperar sus prerrogativas asumiendo la función de mediador entre Cielo y Tierra. En realidad sólo tiene que estar dispuesto, a la orden. Entregando su individualidad, sería mejor decir liberándose de ella, recibe todo lo necesario. Está dicho pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Esto requiere un reconocimiento de que uno no sabe, de que no tiene, de que no es, de que está en un estado de necesidad del que, él solo, no puede salir. Y será por su llamada, su petición de auxilio hacia lo alto, que la Gracia divina le rescatará de su indigencia, siendo recibido en el Templo, en un espacio y tiempo sagrados donde la regeneración de su psique es posible.

Por hacer su voluntad se separa del Principio, la salida del Edén es, para él, la ruptura de la Unidad. En el Génesis bíblico Adán y Eva son expulsados del Paraíso por comer (mejor dicho por desobedecer y comer el fruto prohibido) del Arbol de la ciencia del bien y del mal, es decir de la dualidad; ellos, que hasta entonces permanecían en la unidad del Padre, son arrojados a la dualidad de su razón, al mundo roto que amanece en el momento en que toman conciencia de su individualidad. Se avergüenzan de estar desnudos ante Dios y se esconden de El. ¿Por qué se ven desnudos? porque les falta la túnica de luz que han perdido al transgredir el orden establecido. Ese gesto ha de ser borrado mediante la entrega, sin reservas, de esa voluntad individual y egoísta, a la Voluntad; lo cual le permite al iniciado acceder de nuevo al estado central y ocupar su lugar en la creación.

El principio creador da lugar a la manifestación entera sin salir de sí mismo. El formador por su acción produce un mundo al que marca con su sello, la parte de él que pone en su obra, saliendo de sí mismo en su gesto impulsado por un deseo separador.

El viaje iniciático, es en espiral y supone atravesar esferas de luz y de oscuridad. En este conocimiento tanto su aprendizaje como su enseñanza es circular y con la repetición, reiteración siempre nueva, es que

"la materia se convierte en propiedad del que la aprende".

Esta espiral va alternativamente de la columna de la Gracia a la del Rigor del Arbol de la Vida, cruzando, al hacerlo, la del Equilibrio. Lo que está simbolizado por el eje central y las dos serpientes del caduceo.

El Arbol de la Vida podemos relacionarlo con el símbolo del Yin Yang. Las Sefiroth dos, cuatro y siete corresponderán a la parte Yin del símbolo chino en cuyo caso la Sefirah siete será el punto blanco en el negro. Las tres, cinco y ocho corresponderán a la parte Yang, siendo el ocho el punto negro de la misma. La columna central del Arbol constituida por las Sefiroth uno, seis, nueve y diez, y que reúne a las otras dos, será el Tao que las abarca

"y que en sí no es ni el uno ni el otro, ya que por el contrario ellos –el Yin y el Yang– no son sino atributos de su ser indiferenciado"16.

Hemos querido mencionar esta relación, aunque sólo sea de pasada, de los números siete y ocho con los puntos blanco y negro del símbolo chino por indicar una de esas aparentes rupturas de orden –par, par, impar, en un caso; o impar, impar, par en el otro– que son precisamente la confirmación del mismo y los puntos clave para llegar a su comprensión.

Regresar a la Luz presupone un recorrido por todo el velo de oscuridad que la individualidad ha ido desplegando a lo largo de su "existencia". Quien verdaderamente busca la luz, tarde o temprano se verá sumergido en la oscuridad, torturado por la ausencia de aquélla, sometido a un vaivén de corrientes alternas que acabarán por fundirlo. Esta fusión, o esta unión, será preludio de la Luz.

V

El hombre debe tender, ante todo y constantemente, a realizar la unidad en él mismo, en todo lo que le constituye, según todas las modalidades de su manifestación humana: unidad del pensamiento, unidad de la acción, y también, aquello que quizás es lo más difícil, unidad entre el pensamiento y la acción. Por otra parte es importante señalar que, en lo que concierne a la acción, lo que vale esencialmente es la intención, ya que es lo único que depende por completo del hombre mismo, sin que sea afectada o modificada por las contingencias exteriores como lo son siempre los resultados de la acción.
René Guénon17

En principio uno es llamado luego va constatando que ni siquiera es; ese uno que creyó ser algo, en realidad no es. Ese uno, que creyó ser, entregándose fue disuelto y fusionado, mejor dicho tomó consciencia de ambas partes, la universal y la individual.

Las túnicas de que hablábamos antes como investiduras recibidas en los cielos planetarios, son representativas de un color: verde para la Tierra, blanco para la luna, plateado para mercurio, mensajero de los dioses que se mueve en los planos intermediarios guiándonos desde el primer cielo, el blanco de la Luna, al séptimo, el negro de Saturno; amarillo para Venus, naranja para el Sol, rojo para Marte y azul para Júpiter.

Uno recorre los cielos a la vez que los infiernos, hay continuos descensos y ascensos, muertes y renacimientos; es, volviendo al tema que tocamos anteriormente de las dos serpientes del caduceo, el movimiento de las corrientes Idâ (femenina, lunar, descendente) y Pingalâ (masculina, solar, ascendente) enroscadas en el eje central de Sushumnâ donde se entrecruzan seis veces. En realidad el descenso es también un ascenso, uno no hace sino ascender es decir acercarse al Principio. Se viven como descensos los ascensos por Idâ y como ascensos el recorrido por Pingalâ. Es un movimiento de ascenso simultáneamente por dos vías, una oscura y otra luminosa, aun cuando uno sienta que está en una u otra alternativamente.

Asciende de la tierra a la esfera de la luna por un sendero de luz y oscuridad. En el momento que llega, la luz se impone, es la esfera de Yesod; ahí la luz le permite ver la oscuridad recorrida o mejor el camino recorrido hasta llegar allí. Tramo del mismo que corresponde a la visión del plano horizontal en su realidad ilusoria frente a la de lo vertical.

Es con la luna con que se encuentra el iniciado pues comienza su camino cruzando precisamente esa esfera. Puerta de acceso es para el hombre la luna; paradójicamente, hoy, que el hombre ha puesto el pie en su superficie, es cuando sus posibilidades de llegar a ella –en el verdadero sentido– son menores pues se ve incapacitado, cada vez más, para un conocimiento otro, único que verdaderamente puede conducirle a esta luminaria y más allá.

Malkhuth, única Sefirah que pertenece al plano de Asiyah es central; podría verse esto como que se da ahí una armonía, una conjugación de las dos corrientes cósmicas: positiva y negativa. En realidad, en este plano, ellas se encuentran en estado caótico. Con la iniciación el hombre es penetrado por las dos corrientes cósmicas. Dice el I Ching:

"Primero hay que separar para luego juntar",

y es trabajo del iniciado conjugarlas hasta conseguir que la oposición de paso a la complementariedad y a la unión.

En el momento que el viaje continúa en ascenso por el Arbol de la Vida, el ser es nuevamente sumido en la luz y la oscuridad del tramo de camino que tiene ante sí; le esperan nuevas muertes y nuevos nacimientos, el recorrido del laberinto de su alma, que llevará a cabo sin riesgo si su intención es recta y toma como guía a la Tradición, a sus mensajeros, a Hermes psicopompo y guía de las almas en el Inframundo y por tanto del iniciado que, como sabemos, hace un camino análogo al viaje post mortem.

En Tifereth, sol de mediodía, el hombre recupera sus prerrogativas celestes; accede a la esfera que separa, y une, el mundo formal del informal. De ahí en más las vestiduras que toma son informales; le queda por vestir y reunir el rojo y el azul, los principios masculino y femenino que las Sefiroth cinco y cuatro, simbolizan. El cruce del plano de Beriyah es la conciliación de los opuestos, o lo que es lo mismo, la unión de los complementarios; el conocimiento de los principios masculino y femenino y la armonización de los mismos, su integración. Una vez conseguida esa unión, el Andrógino, posibilidad virtual en Tifereth, se realiza. La dualidad ha de quedar borrada para que sea posible el ascenso por la cúpula y la salida por su sumidad.

Prakriti, la substancia y Purusha, la esencia, potencia pura y acto puro, son los dos principios de cuya interrelación emerge el cosmos entero, los diez mil seres de la tradición extremo-oriental. Más allá de la distinción Cielo-Tierra, yin-yang, masculino-femenino, positivo-negativo, macho-hembra o cualquier otro par de complementarios, está la Unidad de la cual ambos derivan o mejor dicho surgen.

"La unidad principial exige en efecto que no haya oposiciones irreductibles; pues, si bien es verdad que la oposición entre dos términos existe en las apariencias y posee una realidad relativa en un cierto nivel de existencia, dicha oposición debe desaparecer como tal y resolverse armónicamente, por síntesis o integración, al pasar a un nivel superior. Pretender que ello no es así, sería querer introducir el desequilibrio incluso en el orden principial mismo, mientras que (…) todos los desequilibrios que constituyen los elementos de la manifestación considerados 'distintivamente' concurren necesariamente al equilibrio total, que nada puede afectar ni destruir. El mismo complementarismo, que sigue siendo una dualidad, debe, en cierto estadio, desvanecerse ante la unidad, al equilibrarse y neutralizarse en cierto modo sus dos términos uniéndose hasta fusionarse indisolublemente en la indiferenciación primordial."18

A Binah le corresponde el negro, la virgen negra, el sol de medianoche. Hay que llegar al negro, ser devorado por Saturno. La recuperación del sentido de eternidad se abre en Tifereth y es plenamente efectiva en Daath, punto que corresponde al ojo de Shiva, de ahí en más no queda sino el ascenso a Kether, a la Unidad y la salida a su través que es la llegada al reposo del No-Ser.

Este proceso de unión, que coincide con el viaje iniciático, como decimos, es también el pulido de la piedra, es la Gran guerra santa, la que libra el individuo consigo mismo hasta conseguir que todas las desarmonías, sus egos, sean ordenados para confluir a la armonía total, lo que equivale al cese de la guerra y al restablecimiento de la paz; paz que corresponde a un estado en el cual el ser desde el centro contempla el movimiento sin verse afectado por él. Aquél que cree firmemente que la naturaleza entera, la vida, no es sino un gesto de la Deidad: su escritura, su música, no encuentra nada que añadir ni restar, situado en el centro, dejando de ser, sumará o restará según convenga sin importarle nada ni nadie, ni siquiera él mismo.

La Sabiduría ilumina y guía al hombre en su camino de retorno, en el peregrinaje que pasa por la llegada al Centro, por la conquista del Graal, la vuelta al Paraíso que no es el término del viaje sino una etapa, en la que conviene no detenerse si es que queremos arribar verdaderamente al Uno y aún Más Allá. Nos "acercamos" al No-Ser mediante el Ser, a través del cruce de las puertas que comunican los mundos, cada una de estas puertas precisa, para ser abierta, que se pronuncie la palabra de paso; nada hará que se abra sin el conocimiento de ese Nombre, nada le impedirá cruzarla a aquél que es ese Nombre.

NOTAS
1 La primera parte de este trabajo se encuentra en el Nº 13-14 de SYMBOLOS, dedicado a "Masonería".
2 René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage tomo II, cap. "Initiation féminine et initiation de métier". Editions Traditionnelles, París 1992.
3 Ver sobre este tema, Mireia Valls, "La Masonería: una puerta abierta a la iniciación femenina en Occidente". SYMBOLOS Nº 13-14, 1997.
4 René Guénon, Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, t. II.
5 Plutarco dice en su Isis y Osiris: "Hermes es el dios Thot. Era inventor de la escritura y padre de la historia.... Como inventor de la escritura es dueño de las palabras divinas, señor de los escritos divinos; es el dios de las letras, las ciencias y la historia." Isis y Osiris 11, nota 49. Editorial Obelisco, Barcelona 1997.
6 "La cosmogonía es una ciencia que ha existido en todos los pueblos arcaicos y tradicionales y se refiere al conocimiento del hombre (cosmos en pequeño) y el universo (hombre grande), hecho que de modo unánime y de manera perenne se ha repetido a lo largo del tiempo (historia) y del espacio (geografía) describiendo una sola y única realidad, la del cosmos, que, por otra parte, es la misma que vivimos y habitamos hoy los contemporáneos, pues es esencialmente inmutable a pesar de las cambiantes formas en que puede expresarse o ser aprehendida, ya que se mantiene perennemente viva." Federico González, Simbolismo y Arte. Ed. Symbolos, Barcelona 1998.
7 José Manuel Río, "René Guénon, Maestro Hermético". SYMBOLOS Nº 23-24: "René Guénon II", 2002.
8 Hermes Trismegisto, "Discurso de Hermes a Tat: La Crátera, o la Mónada". SYMBOLOS Nº 11-12, 1996.
9 René Guénon, La Gran Tríada, cap. XII. Ed. Obelisco, Barcelona 1986.
10 Cornelio Agrippa, Filosofía Oculta. I. "La magia natural". Ed Kier. Buenos Aires, 1994.
11 Fernando Trejos, "Notas sobre el número y el cuaternario". SYMBOLOS Nº 21-22: "Fin de Ciclo IV. Estudios sobre Ciclología", 2001.
12 Hermes Trismegisto, Poimandrés I. SYMBOLOS Nº 11-12.
13 Federico González, El Tarot de los Cabalistas, Vehículo Mágico, cap. I, apartado "Astrología". Ed. Kier, Buenos Aires 1993.
14 Federico González, La Rueda, Una Imagen Simbólica del Cosmos, cap. 4. Ed. Symbolos, Barcelona 1986.
15 Apocalipsis, 2, 3.
16 Federico González, El Tarot de los Cabalistas: cap. IV, apartado "Complementación de opuestos".
17 René Guénon, Le Symbolisme de la Croix: cap. VIII. Maisnie-Trédaniel, París 1984.
18 Ibid., cap. VII.