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El Grande Arquitecto del Universo

OSWALD WIRTH

La Asamblea General del Gran Oriente había discutido frecuentemente el artículo 12 de la Constitución. Quedó reconocido en 1876 que la Francmasonería debe abstenerse de toda afirmación dogmática. Consultadas sobre la mantención del párrafo que estipula que la Francmasonería tiene por principios la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, las Logias ordenaron a sus mandatarios votar por la supresión de este texto. El Convento de 1877 modificó, pues, la Constitución en el sentido requerido.
Esta decisión trajo el abandono de la fórmula “A∴ L∴ G∴ D∴ G∴ A∴ D∴ U∴” que tradicionalmente se colocaba en el encabezamiento de todos los documentos masónicos.
Algunos Talleres quisieron hacer notar más tarde que el voto del Convento de 1877 no envolvía necesariamente esta medida. El dogma debía ser descartado, pero una fórmula esencialmente simbólica no tenía por qué ofhscar a nadie, puesto que cada uno quedaba libre dtinterpretarla según sus convicciones personales.
Pero una Asamblea, que no tuvo más que algunos días por delante para pronunciarse sobre un número tan grande de cuestiones, no podía aportar a su examen ni el cuidado ni la competencia deseadas. El simbolismo masónico quedaba así mutilado.
En el extranjero, se tomó de aquí pretexto para romper con el Gran Oriente de Francia. La Gran Logia de Inglaterra podía obedecer, en ésto, a un antiguo encono contra un poder masónico que había en un momento eclipsado su prestigio. Lo mismo que la Masonería Sueca, debía, por otra parte, ver con malos ojos la propaganda republicana de los masones franceses. En cuanto a las diversas Grandes Logias de los Estados Unidos, ellas fueron inspiradas tanto por sus sentimientos piadosos como por su animosidad hacia una Obediencia que quiso imponerles la fraternidad con los negros. Los clericales no dejaron naturalmente en esta ocasión de clamar contra el ateísmo de la Francmasonería.

La Masonería Iniciática

OSWALD WIRTH

La exuberancia de vida, que se manifestó en el seno de la Masonería francesa del siglo XVIII, no debía traducirse sólo en hechos enojosos.
Estrechada en la aridez de las fórmulas inglesas, la Masonería no podía avenirse con el genio latino. La palabra iniciación significa para nosotros algo más que la simple revelación de los “misterios” que permiten a los masones reconocerse entre sí. Evoca un pasado prestigiosos, e induce al Masón moderno a realizar el ideal de la Iniciación antigua.
Precisamente un académico versado en los estudios de la antigüedad, el abate Terrasson, publicó en 1728 una memoria filosófica intitulada “Sethos” que tuvo numerosas ediciones. Este cuento, inspirado en las Aventuras del Telémaco, de Fenelón, tenía por héroe un príncipe egipcio, cuya educación se completaba bajo la Gran Pirámide. Ahí, en santuarios secretos preparados a propósito, todo aspirante a la suprema sabiduría debía, al decir del autor, sufrir las pruebas más horripilantes.
Comparando esta “mise en scene” dramática, - desde luego perfectamente imaginaria -, al ceremonial de las recepciones en uso en la Francmasonería, se llegó a no ver en esto más que una pálida reminiscencia de los antiguos misterios. Algunos reformadores se preocuparon, en seguida, de imprimir al ritual Masónico un carácter más en conformidad con las tradiciones iniciáticas. Debía tender a formar realmente Iniciados, es decir hombres superiores, pensadores independientes, libres de los prejuicios del vulgo, sabios instruidos de lo que no está al alcance de todos.
Bajo el imperio de estas preocupaciones el ritual francés de los tres primeros grados fue progresivamente transformado en una verdadera obra maestra del esoterismo. Para aquel que sabe comprenderlo, enseña a conquistar realmente la Luz. Ninguno de los detalles del ceremonial eran arbitrarios:
El conjunto está lógicamente coordinado y cada parte da lugar a interpretaciones del más alto interés.
No se puede decir otro tanto del ritualismo de los grados llamados superiores, que delataban frecuentemente, de parte de sus autores, una ignorancia deplorable en materia de simbolismo. Por mal traídos que fueran, estos grados, no dejaban de presentar alguna utilidad práctica.

LA PIEDRA ANGULAR

FORT NEWTON - La Religión de la Masonería


CAPÍTULO III

LA PIEDRA ANGULAR
I

La piedra angular de la Masonería y al propio tiempo su primera y mayor regla invariable, la base de su plan, propósito y profecía es la antigua y sencilla fe en Dios, cuya purísima revelación y clarísima interpretación nos da la Santa Biblia. Dios es el Gran Arquitecto y Constructor del Universo; el Padre de la humanidad que en El se solidariza y salva; el Hacedor de cielos y tierra y de cuanto contienen, ante Quien el silencio es elocuencia y la admiración un culto. No hay otro cimiento. En Dios funda la Masonería un templo de amor fraternal, de beneficencia y verdad (1).
En nada es la Masonería tan sabia como en la colocación de sus cimientos, pues comienza por el principio y asienta primero lo primero. Dios es la primera Verdad y la final Realidad. Es la Verdad de que derivan todas las demás verdades, la piedra angular de la fe, la clave del pensamiento, el coronamiento de la esperanza. Dios es el significado del universo, su ritmo y su razón, el secreto de su integridad, la fuente de todo bien, el signo de su ordenación, su autor y su fin. Al pensar en Dios se dilata el pensamiento humano hasta su extremo límite, y la confianza en Dios es la suprema sabiduría y el más intenso gozo. La fe humana no puede trascenderse ni lejos de El puede subsistir.
Todo en la Masonería se refiere a Dios, entraña a Dios, habla de Dios y señala y conduce a Dios. Todo grado, todo símbolo, toda promesa, todo ritual, todo deber halla su significado y deriva su belleza de Dios, del Gran Arquitecto en cuyo templo todos los masones son obreros. Toda Logia está dedicada a Dios y trabaja en Su nombre para cumplir Su voluntad simbolizada en el tablero de dibujo o cuadro de la Logia (2). A ningún iniciado se le admite en la Logia sin antes confesar de hinojos su fe y confianza en Dios, cuyo amor es manantial de fraternidad. El símbolo mayor de la Masonería el Triángulo equilátero, es el más antiguo emblema de Dios en la historia y fe del hombre. Bajo la bóveda del firmamento de Dios, en el mundo donde el hombre trabaja, la Masonería actúa por la gloria de Dios.
Sobre el Altar de cada Logia, ante el cual promete el masón, está la Biblia abierta, el Libro de la Voluntad de Dios, que revela la pureza y santidad de vida. Los autores bíblicos fueron videntes que contemplaban a Dios en la Naturaleza, en el curso de la historia y en los anhelos del humano corazón. En preeminente y peculiar concepto no es la Biblia un libro que trata de Dios, sino el Libro de Dios. Aun en sus áridas crónicas se manifiesta la presencia de Dios, como David oyó que se movía en el susurro de las hojas del moral. En los Salmos, en las Profecías, en los Evangelios, en las Epístolas y en el Apocalipsis, Dios es la única Realidad, el Compañero de las peregrinantes generaciones, la atmósfera de la vida del hombre y su eterna esperanza.
Verdaderamente está Dios en la fe, ideales y actuación de la Masonería, que sin El no tuviera significado ni misión ni ministerio entre los hombres. Porque cuando la fe en Dios se desvanece, se derrumba “la casa no hecha con manos”, eterna en los cielos. También entonces se desnaturaliza la plegaria del fiel masón por la paciente perseverancia en el bien obrar y para ser “piedra viva en la casa espiritual” levantada a la gloria de Dios.
Dice un insigne masón: “Doy mi último testimonio de que Dios mueve el gran rito de la Masonería” (3).

II

No hay necesidad de aducir argumentos en prueba de la existencia de Dios, porque ni es posible ni necesaria prueba alguna. La fe no se adquiere y mucho menos se mantiene con discusiones y debates. No hay prueba basada en la razón por la que podamos creer fundamentalmente, pues los hombres no creen en Dios porque hayan demostrado su existencia sino porque no pueden menos de creer en El. La creencia en Dios no es fruto de la lógica sino de la experiencia de la vida. La razón tiene por objeto esclarecer, justificar e interpretar la verdad enseñada por la vida. La Biblia no arguye. Abre las ventanas y deja que penetre la luz.
Cada época ha aducido sus argumentos en pro de la existencia de Dios; pero los argumentos de una época resultan fútiles e inadecuados para la siguiente, como vanos fantasmas de un tiempo lejano. Los argumentos fenecen y la fe subsiste. Los cuatro argumentos históricos pueden todavía mantener su poderío, pero no bastan para demostrar la existencia de Dios, sino que tan sólo prueban que debe existir. Como dijo Voltaire: “Si no existiera Dios habría que inventarlo”, porque es necesario para la sana operación de la mente del hombre. Mientras el hombre se pregunte: ¿Quién soy?. ¿Por qué existo?. ¿De dónde vine?. ¿Adonde voy?, la única respuesta es Dios, y a medida que la mente humana se dilata y su pensamiento se fija más hondamente en los intersticios de la realidad, su visión es más clara y su fe más firme. El horizonte se ensancha, la vista se agudiza y se acrecienta la admiración de Dios (4).
A veces la verdad resplandece por efecto del error, como la noche descubre las estrellas ocultas durante el día. Razón tuvo Emerson al decir: “Doquiera haya un hombre virtuoso, habrá otro y habrá muchos”. Pero sin Dios, la vida de un hombre virtuoso es un misterio cuando no una tragedia. Es una flor exótica que medra en los aires sin semilla ni raíz. Nada la sugiere, nada la sustenta, nada cumple su promesa. Por la misma razón no es el hombre vicioso, sino el virtuoso el que más profundamente se desconsuela cuando se oscurece la visión de Dios. No hay dolor más intenso que el de la pérdida del sentido de la realidad de Dios, sobre todo si el hombre es refinadamente sensitivo, según comprueban las palabras de Nietzsche al lamentarse de la pérdida de su derecho a orar; palabras que resuenan como la obertura de una gran sinfonía de desesperación y nos hielan como una ráfaga procedente del vacío.
“Nunca más rezarás, nunca más adorarás, nunca más reposarás en ilimitada confianza. Renuncias al privilegio de permanecer ante la suprema sabiduría, la infinita misericordia, y desguarneciendo tus pensamientos, no tienes un constante amigo y vigilante en tu soledad. Ya no hay para ti redentor ni promesa de más alta vida ni razón en los sucesos ni amor en lo que te suceda. Tu corazón ya no tiene lugar de descanso en donde halle sin necesidad de buscar. ¿Negarás todo esto?. ¿De dónde sacarás la fuerza?” (Vida y Cartas de Nietzsche por su hermana).
Horrenda soledad cubre como una mortaja al hombre que pierde la fe en Dios y no es extraño que enloquezca. Tal es la fatalidad del pensamiento. Hay quienes parecen y otros que quieren ser ateos; y sin embargo, el turbulento vuelo de su mente se ve acosado por la presencia de Dios (5).
En verdad se ha dicho que Dios nos creó para El y que estaremos inquietos y fatigados y solos hasta que en El descansemos.
Jean Paul Richter tenía razón al decir que nadie está en el mundo tan solo como el que niega a Dios (6). Con un corazón huérfano, que ha perdido al mayor de los Padres permanece afligido ante el inmensurable cadáver de la naturaleza, que ya no está animado ni sostenido por el Espíritu del universo sino tendido en su sepulcro.
Difícil es mantener la fe en Dios en algunas circunstancias, pero más difícil por lo desesperado es perderla. La negación de Dios es prueba de la cordura de la fe.

III

No hay cuento de hadas tan fascinador como la historia del pensamiento de Dios en la mente del hombre. La base de la fe en Dios es la vida con sus dolores y peligros, sus alegrías y tristezas, sus tronchadas bellezas, sus fugaces amistades y sus prolongadas ausencias; una vida tan breve por larga que sea y quebrantada en su mejor etapa. Más antigua que todos los argumentos es una fe más profunda que todos los dogmas, tan antigua como el hogar y la familia, tan extrema como la infancia y la vejez, tan intensa como el amor y la muerte.
Los hombres vivían y morían con la fe en Dios siglos antes de que naciera la filosofía, mucho antes de que la lógica hubiese aprendido sus letras. Podemos oír a los poetas védicos y a los salmistas penitenciales alabar a Dios allende las Pirámides. Hace cinco mil años, un gran rey de Egipto escribió acerca de la unidad y la pureza de Dios, celebrando la belleza del mundo.
Permitidme trazar tan vividamente como me sea posible la larga y lenta ascensión de la fe en el corazón del hombre: primeramente hubo un avance de la nada a algo; el tránsito de una errabunda conciencia de sí mismo y del mundo, al sentimiento de una Entidad.
Apenas podemos darnos cuenta de las primeras meditaciones del hombre cuando pensó hallar un trono en su cerebro, al transmutarse en fe el temor, en politeísmo el animismo, y reconociendo su parentesco con el mundo, adoró a los espíritus en las piedras, en los árboles y en las aguas.
La obra de Frazier: La Rama Dorada, nos muestra al hombre tan anhelante de Dios que lo halla caminando a tientas por una selva obscura, sin otro norte que una vacilante luz.
Es una enciclopedia de supersticiones, pero retrata el nacimiento y la infancia de la fe, su tránsito de la magia al misticismo, del politeísmo al panteísmo. Es un lejano clamor desde los primitivos mitos poéticos a la poesía de Wordsworth; una dulce voz que canta entre los lagos ingleses (7); pero tanto el mito como la poesía reconocieron en diverso grado “Algo” profundamente entrefundido que mora en la luz de los ponientes soles, en las aguas oceánicas, en el vivido aire, en el azul firmamento y en la mente del hombre.
Posteriormente dio la fe un largo aunque lento paso adelante en su tránsito de Algo a Alguien; de los muchos dioses a un solo Dios que está en todo, sobre todo y a través de todo; de la personificación a la Personalidad. En la Biblioteca Pública de Boston hay una pintura que nos muestra la aurora de un más noble concepto de Dios tras la oscura noche del culto a los animales, como un orto solar en la Naturaleza, en que surge la verdad y se desvanecen las sombras. Durante siglos los antiguos dioses, las divinidades menores, dominaron en lugares y en cosas; pero cada vez iba aumentando el sentimiento de un Dios superior a todas las diversas divinidades, un desconocido y pavoroso Dios que el hombre no sabía si era bueno o malo. En ninguna de las primitivas religiones, excepto en la parsi, encontramos al Demonio o Genio del Mal, pues alguna divinidad menor cumple esta función. En nuestros mismos días, un hombre como Wells, en su obra: God, The Invisible King, ve sobre nuestra conturbada vida mortal un “Velado Ser” de carácter y propósitos desconocidos; y aunque Wells se figura haber expuesto con ello una nueva idea, es antiquísima, y así dijo un cacique samoaán a un misionero: “Sabemos que por la noche Alguien anda entre los árboles, pero nunca hablamos de ello”.
Llegó un día que la fe pasó de creer en Alguien, en una Entidad, a creer que este Alguien, esta Entidad era un Ser Divino; pasó la fe de una Potestad unificadora a un santificante Imperio Moral. De este revolucionario concepto somos deudores al genio hebreo que osó identificar la estupenda Potestad celeste con la interna ley moral, fijando así una época en la historia de la fe. Este nuevo concepto de Dios ha inmortalizado al pueblo hebreo y distinguió su antiguo santuario sobre el monte Moria como el más alto templo erigido por el hombre, porque estaba dedicado a la unidad, justicia y espiritualidad de Dios. Con la sola excepción del teísmo hinduista, todos los actuales teísmos del mundo derivan de la fe hebrea que abolió los antiguos politeísmos y panteísmos, hizo del mundo un lugar ordenado en vez del campo de juego de un tenebroso hado y una alborotada casualidad y aseguró las valiosas posesiones de la humanidad. Por esta razón, el Templo de la fe hebrea llegó a ser en Masonería el símbolo de un edificio moral que alberga cuanto de sagrado hay en la vida humana.
Precisamente porque concebimos un Dios justo que exige justicia de los hombres, no podemos darnos cuenta del horror que acosó al corazón humano hasta que advirtió y estuvo seguro de la bondad de Dios.
Desde un principio reconoció el hombre que en todo momento depende de una Potestad superior, a la que dio los diversos nombres de Hado, Fuerza, Destino, Dios. Pero la clave del problema no se refiere a la existencia de tal Potestad superior, sino a la naturaleza y carácter del Ser en cuya poderosa mano estamos, porque nuestro concepto de Dios determina el que forjamos respecto de nosotros mismos, del prójimo, del mundo, de la vida, de deber y del destino. Así no es extraño que el concepto de un Dios moral eterno e inmutablemente puro, verdadero y bueno, consuele los ánimos nobles, actualice las delicadísimas facultades del alma e inspirara la magnificente poesía eminentemente religiosa de los salmos y profecías.
Con segura y clara intuición, la Masonería exploró la complicada cantera del pensamiento y la fe del hombre y halló una valiosa piedra hasta entonces rechazada por los constructores y la aprovechó como piedra angular. Era la verdad de un Dios justo que exige del hombre que obre en justicia, que ame con misericordia y camine humildemente con lo Eterno. Con visión igualmente clara nuestros padres abrieron sobre el Altar la Santa Biblia, el código moral de la humanidad, e hicieron de ella el centro de la Logia y la magistral luz de nuestra visión. Cuando a su alrededor nos congregamos, cada uno de nosotros experimenta una profunda conmoción que le incitará a vivir bajo el hechizo de tal Libro y de sus enseñanzas; y cuando lo vemos en el Altar de la Logia comprendemos que no es la débil llama de una bujía, sino la luz de Dios que refulge a través de nuestros mortales días.

IV

Pero el gran día festivo llegó cuando la humana fe alzóse con divina intrepidez del concepto de Dios como Ser divino al de como Padre nuestro manteniendo todo lo hasta entonces ganado y elevándolo al supremo nivel. Si el monoteísmo hebreo moralizó la vida, la fe cristiana la humanizó. Indicios y vislumbres de esta omnitransfiguradora visión habían columbrado los videntes desde las cumbres de sus himnos y profecías. “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor”, había dicho el Salmista. “Como niño a quien su madre consuela, así os consolará Dios”, dijo el más insigne profeta de la antigüedad. Los antiguos videntes reconocieron que el hombre vive en Dios, que es “nuestra morada en todas las generaciones”, como casa solariega de una familia cuyos individuos van naciendo y muriendo, pero que siempre vive en ella quien mantiene sus tradiciones.
La idea de Dios renació en la vida de Jesús, apacentada por el amor, el gozo y la admiración y reveladora de la sempiterna verdad por medio de lo que hay de verdadero y sempiterno en el corazón humano.
Jesús reveló el espíritu y la naturaleza de Dios por medio de lo más profundo, sublime y santo que hay en el hombre. Las enseñanzas de Jesús en parábolas, en sermones y conversaciones de incomparable elocuencia sorprenden por lo sencillas, por su brillante colorido y calurosa simpatía. Así dice: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?”. Muy extraño es que el hombre se resista a creer que Dios es tan bueno como el hombre; y sin embargo, esto es lo que Jesús nos exhorta a pensar y creer, y resumió el evangelio del amor divino en la parábola del hijo pródigo que debería denominarse la parábola de Dios Padre.
El héroe de esta parábola no es el hijo que se marcha de la casa paterna, disipa su hacienda en orgías y vuelve hambriento, andrajoso y arrepentido a casa de su padre. Tampoco es héroe de la parábola el hijo que permanece sumiso, egoísta e indiferente en la casa paterna. El héroe de la parábola es el anciano padre, transido de pena, rebosante de amor, que todo lo sufre y todo lo perdona y espera ansioso la vuelta del hijo perdido, a quien recela muerto, pero todavía aguarda como el amor espera junto a una tumba, y que al fin reconoce sus pasos a lo lejos, corre a su encuentro, interrumpe con un beso la confesión de la culpa y todo lo olvida menos argüir con su hijo mayor para inducirle a ser fraternal e indulgente, diciéndole: “Mi hijo estaba muerto y vive; se había perdido y lo he hallado”.
Esta parábola revela un amor que transciende al tiempo, que nunca se cansa, que entraña al secreto de desconocidas redenciones. Ni el tiempo lo limita ni la muerte lo consume. Nada ni excelso ni profundo es capaz de vencerlo.
No hemos comenzado a imaginar y mucho menos a reconocer el alcance y magnitud del significado de esta revelación. Tres etapas abarcan su desenvolvimiento en la vida del hombre. La primera es cuando tiene conciencia de su propia personalidad separada de las demás y moralmente responsable de sus acciones. La segunda es cuando reconoce en Dios el Ser con quien se ha de relacionar en las vicisitudes de la vida. Lo conceptúa entonces como una Potestad o como una Persona residente en el cielo, venerable, grave, unas veces amoroso, otras severo y siempre vigilante. La tercera cuando enseñado por el personal sentimiento de paternidad pasa súbita o lentamente de la idea de Dios como una Potestad gobernante, al concepto de Dios como Padre. Entonces nace el hombre espiritual-mente. Feliz quien aprenda esta verdad, no como bella teoría, sino como el significado de la vida. Alcanzará la liberación (8).

1o. Esta fe nos dará a conocer el significado de la vida y la filosofía de la historia. Como dijo Tolstoi, lo más terrible para el hombre no es temer la muerte, pues ningún hombre valeroso la teme, sino el temor de que la vida carezca de finalidad. Si Dios es nuestro Padre, no han de consumirse fútilmente las horas de nuestros días, sino que la vida ha de tener un noble y valioso significado, y la marcha secular de la humanidad no es un ciego caminar a tientas y sin guía.
En el transcurso de los siglos mueve al hombre un “creciente propósito, invisible e imponderable respecto de los sucesos inmediatos, pero que se manifiesta claro en la lejanía del tiempo, y es el que conduce a la humanidad a su divinal destino.

2o. La fe en Dios Padre influye en nuestra interpretación de las vicisitudes de la vida. La tristeza, el mal, el pecado, todas las tragedias de la vida, la juventud tronchada en capullo, la virilidad frustrada en sus comienzos, la copa de la muerte continuamente en labios del amor y las mortales angustias que pronto o tarde todos hemos de sufrir, pueden soportarse si tenemos la seguridad de que alguna razón ha de haber para ello y que no son antojos de la casualidad ni caprichos de la suerte. Mucho es capaz de sufrir el hombre aun con quebrantado corazón si sabe que la Eterna Bondad gobierna todas las cosas y no estamos a merced de una fuerza ciega.

3o . La confianza en Dios determina nuestra estimación de los valores morales. La vida, el carácter, el honor, la virtud, el servicio, la fidelidad, el sacrificio, todas las altas y heroicas cualidades cobran nuevo esplendor y valía a la luz de la magistral verdad de la Paternidad de Dios. La disciplina de la vida no menos que su oportunidad halla reinterpretación en esta fe. La oración es tan natural como el canto del ave (9). El amor se torna profeta, vaticina un radiante porvenir y triunfa la esperanza. La vida no espanta ni la muerte aterra si estamos convencidos que en todo, sobre todo y bajo todo está el amor del Padre que nos conoce y nos cuida; un amor, como dice Dante, idéntico “al amor que mueve el sol y las estrellas”.
Tal es en empañado bosquejo, la historia de la fe en Dios en la vida del hombre que de ínfimos, vacilantes y sombríos pensamientos se alza hasta la más alta y excelsa verdad que puede conocer en este mundo y es todo cuanto necesita saber. El reconocimiento de Dios como nuestro Padre, y el convencimiento de que aunque en Su mano sostiene los mundos, nuestra inquieta, anhelosa e interrogante alma es imagen Suya y es muy valiosa a Sus ojos. En esto consiste la vida.
Muchas cosas hay en la naturaleza que nos espantan y amedrentan, y muchas en la historia que nos estremecen de horror; pero cuando conocemos que el corazón del “velado Padre de los hombres” es insondable, se renueva el mundo, y la naturaleza es una música que no siempre entona un himno bélico, sino que su canto abarca todas las cosas, el grito de triunfo y el gemido de derrota, el escarceo del arroyo sobre los guijarros, el murmullo de los árboles, la risa de los niños y el trueno de las montañas.

V

Aunque todas las enseñanzas de la Masonería entrañan la idea de la Paternidad de Dios, su ritual no afirma concretamente esta verdad y mucho menos la exige como prueba de masonismo. No es un olvido, sino una muestra de profunda sabiduría, a la que todos deben estar agradecidos si saben lo que entraña (10). Si la Masonería hiciese de la fe en la paternidad de Dios una condición indispensable para ser masón, excluiría o no admitiría en su seno a muchos hombres de noble carácter, incapaces de alcanzar dicha fe, aunque la necesitan y tratan de adquirirla entre las dificultades de la vida.
Por la práctica de la fraternidad pueden los hombres reconocer a Dios como Padre, y la misión de la Masonería es conducirlos a su reconocimiento.
En nada es la Masonería tan sabia como en su actitud respecto de las delicadas y profundas cosas del alma, como la confianza en Dios, el concepto que de El tiene y sus relaciones con El. La Masonería no establece dogma alguno respecto de Dios, y rara vez emplea Su nombre, pues casi siempre usa la augusta frase: el Gran Arquitecto del Universo, frase semejante a un cáliz en que cada masón puede derramar la verdad que haya adquirido y la belleza que haya sido capaz de contemplar, dejando a sus hermanos la misma libertad. La vida del hombre con Dios es una cosa tan interna, tan íntima, tan completamente individual, que violentar su secreto y profanar su santidad sería un sacrilegio si no una blasfemia. Es ciertamente mucha verdad que un hombre no puede aprender por otro y nadie es capaz de conocer por sí mismo; y la Masonería ofrece una solidaridad en la que los masones pueden aprender juntos la verdad que les hace hombres.
Si la Iglesia se hubiese portado con sabiduría, evitaría las agitaciones que menoscaban su influencia; argumentar coléricamente sobre Dios, no es religión, sino irreligión.
Mejor conducta es la de la Masonería que guarda silencio en presencia de una Realidad tan magna, que ante ella todos los hombres se unen en la misma pequeñez, como debieran unirse en su fe y caridad. La Masonería no conduce al masón despóticamente sino con cariñoso amor, confiándole una verdad que es respecto de la fe lo que la belleza en cuanto al arte y la melodía con relación a la música (11).

NOTAS AL CAPÍTULO III

(1) Aunque la Masonería nunca ha definido el concepto que los masones han de tener de Dios, pues deja tan inefable materia al criterio de cada cual, conviene decir que la Masonería ha sido siempre predominantemente teísta y contraria a un confuso deísmo y un vago panteísmo, sin contar con las deleznables teorías y áridas abstracciones que en la mente moderna intentan dudar de la existencia de Dios. Entendemos por teísmo la fe en que la suprema Causa del universo a que los hombres llaman Dios es una inteligente voluntad que va desenvolviendo un plan moral en cuyo transcurso influye consciente y benéficamente en los hombres y de quien pueden los hombres impetrar auxilio en sus propósitos y necesidades. La Masonería no se satisface con el concepto de una Entidad lógico-matemática ni con el Impulso Vital a que alude Bergson ni con los valores subsistenciales a que se refiere Spaulding en The New Rationalism, sino que cree en un Dios de moral amor, bondadoso, misericordioso, respondiente a los clamores del hombre y que revela Su voluntad en favor de la vida y el trabajo del hombre. La fe expuesta por Oliver en su Theocratic Philosophy of Freemasonry es todavía válida, aunque podemos interpretarla en diferentes términos según la mentalidad hoy dominante en el mundo.
(2) En algunas jurisdicciones masónicas la Logia está dedicada a Dios y a los Santos Juanes, como patronos de la Masonería, aunque no se sabe porqué no están las Logias dedicadas a Santo Tomás, el patrón de la arquitectura. Sin embargo, los Santos Juanes encarnan el genio de la Masonería. El Bautista por ser el profeta de la justicia., increpador de reyes, mártir de la pureza; y el Evangelista, el discípulo amado, por ser el heraldo del amor. Además, están los cuatro Mártires Coronados, justamente santificados en nuestra historia y leyenda, porque los santos son respecto de la religión lo que los poetas en literatura.
(3) A. E. Waite Masonería simbólica. En su obra Studies in Mysticism dice que los compiladores del moderno ritual de la Masonería simbólica, Anderson y Preston (a quienes sir Alfred Robbins llamó respectivamente el “diligente párroco” y el “batallador tipógrafo”) no sabían por la mayor parte lo que estaban haciendo, sino que escribían como guiados por aquel ciego y no obstante infalible instinto que capacitó a los sandios eruditos de pasadas épocas para ver a través de sus invertidos y mellados cristales algo de lo que realmente es la Masonería, de suerte que entre muchas patrañas y vanas invenciones proporcionaron sin darse cuenta la llave maestra del Santuario.
(4) Recientemente he tenido el honor de publicar unos comentarios referentes al actual concepto de Dios, con el título de My Idea of God al cual han contribuido pensadores de todas las escuelas espiritualistas. Otros libros sobre el mismo tema son: The Experience of God in Modern Life, por Eugene Lyman: The Meaning of God in human experience, por W. E. Hocking: Moral Values and the Idea of God, por W. R. Sorley; y The Idea of God, por Pringle-Patterson. Son valiosos volúmenes en los cuales vemos que nuestro concepto de Dios es la suma de varias emociones, intuiciones, dudas y afirmaciones que nos conducen si no a la comprensión de Dios, al menos a la seguridad de su existencia.
(5) A muchos se les ha llamado ateos, y ellos mismos se figuraban serlo, cuando en rigor se contraían a negar alguna grosera e indigna idea de Dios. Así condenaron a Sócrates por ateo porque negaba a los dioses de la mitología griega, y los primitivos cristianos eran tildados de ateos por la misma razón. Otros se creen ateos o al menos agnósticos porque no pueden demostrar la existencia de Dios como se demuestra una operación matemáticamente. Dice el doctor L. P. Jacks: “Dios es Dios precisamente porque no es posible dar una prueba que exponga su existencia más allá de toda cavilación, y porque a Sí mismo se confirma contra todas las negaciones y contradicciones, de las que El mismo es el autor”. En Guerra y Paz, pone Tolstoy en boca de un viejo masón esta pregunta dirigida al Conde: “¿A quién niegas tú?”. Pero la absoluta negación, como en el caso de Nietzsche, es insania que acaba en ofuscación, y así murió en un manicomio. Semejante negación puede ser pasajera, como vemos en la vida de George John Romaine, que perdió la fe en Dios, pero la recobró según nos dice en un bellísimo y conmovedor pasaje de su obra Thoughts on Religión.
(6) Nadie ha visto la vida sin Dios con tan terrible intensidad como Dostoievski, el eminente novelista ruso y una de las más profundas mentalidades de nuestro tiempo. En sus novelas encontramos más terror, crueldad y sufrimiento que en toda la literatura de los siglos precedentes. Estaba dotado de tan penetrante intuición que parecía ver más allá de la vida con insoportable visión. Era en verdad, según decía, un hombre atormentado por Dios y atraído hacia Dios por la mágica fuerza de los hechos en sí mismo y en la vida. Los jóvenes del día que se jactan de ateos y se figuran que es de buen tono serlo, deben leer las novelas del eminente ruso y darse cuenta de que la vida sin Dios es a modo de una eternidad gris, de soles que se enfrían, de voces afónicas que atraviesan un helado universo. (Dostoewsky, A Critical Study, por J. Middleton Murry).
(7) Alude el autor a los poetas ingleses Southey, Coleridge y Wordsworth, llamados los poetas de los lagos, porque vivieron a orillas de uno de los lagos de Cumberland, en Inglaterra. (N. del T.).
(8) Un viejo indio piel roja le decía a Egerton Young: “Tú hablas de nuestro Padre, y esto es muy nuevo y muy grato para nosotros, pues nunca habíamos creído que el Gran Espíritu fuese nuestro Padre. Le oíamos en el trueno, o le veíamos en el relámpago y nos amedrentábamos. Así es que cuando nos dices que el Gran Espíritu es nuestro Padre nos parece muy hermoso. ¿Es también tu Padre?”. “Lo es también”, exclamó Young, sin saber decir otra cosa. Pero el indio replicó: “Entonces, ¿también es el Padre de un viejo indio?”. “Desde luego que sí” - repuso Young. El piel roja repuso: “Pues así somos hermanos. Me parece que tú, mi blanco hermano, viniste con este gran libro a contar esta historia a tus hermanos de los bosques”. (By Canoe and Dog-Train, por Egerton Young).
(9) En Masonería se nos enseña que nadie debe emprender una tarea importante sin impetrar la guía y el auxilio de Dios. No es una exhortación superficial. La oración es a la par un misterio y una necesidad. Nadie sabe cómo recibe respuesta una oración, pero conoce que la ha recibido por la fuerza interna que le sostiene. Dice Meredith: “El que después de orar mejora de conducta, denota que ha sido escuchada su oración”. Y añade en otro lugar: “Tiene de bueno la oración que nos mueve a confiar descansadamente en lo desconocido, nos hace flexibles a las vicisitudes y nos predispone a la vida. Quien tenga en sí la fuente de la oración no se quejará de la suerte. La oración es el reconocimiento de la ley, el fortalecedor ejercicio del alma, el hilo de unión con las divinas leyes. Al poner el
alma en oración se recibe el influjo de la verdad externa y nos identificamos con los creadores elementos que nos alientan”. (Beauchamp's Career, cap. 29).
(10) Hay algo que pudiera llamarse “la blasfema familiaridad con Dios” según dice Mattew Arnold refiriéndose a los que hablan de El como si fuese un hombre de carne y hueso. En la Masonería se experimenta un exquisito sentimiento de reverencia, porque rara vez emplea el nombre de Dios, y esta prudente conducta está corroborada por la religión hebrea, según atestiguan las siguientes palabras del rabino Enelow: “Cuando vuestra mente afirme la existencia de Dios no permitáis que vuestra imaginación lo conciba en forma limitada y. material. La mente tan sólo debe reconocer la necesidad de la existencia de Dios y no pasar adelante. Se ha de trazar a la mente un límite que no debe trasponer. Ha de afirmar la existencia de Dios sin que intente comprenderle. Corred hacia la afirmación de Su existencia, y entonces retroceded para no formar de El una limitada imagen. Como leemos en el Libro de la Creación, del antiguo misticismo judío: “Si tu corazón se revela, vuelve atrás”. (My Idea of God, por Joseph Fort Newton).
(11) La Biblia es muy explícita en este punto, pues nos enseña que quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es mentiroso (primera epístola de San Juan, cap. 4, vers. 20). Por el amor fraternal reconocemos la paternidad de Dios. Como dijo Goethe en una memorable sentencia: “Dios no puede expresarse con palabras. Se le hade manifestar con obras”. Es decir, que no se ha de discutir ni argumentar respecto de Dios, sino demostrar nuestra fe en El por medio de una conducta de amor fraternal, de justicia y servicio. La finalidad de la Logia, como la de la Iglesia, es elevar la conciencia humana hasta la pureza de corazón en que Dios se manifiesta realmente, puesto que según dijo Cristo “los puros de corazón verán a Dios”. Recordemos a este punto las notables palabras de Coventry Patmore: “La obra de la Iglesia en el mundo no es tanto enseñar los misterios de la vida, como conducir el alma a aquel arduo grado de pureza señalado por el mismo Dios. La obra déla Iglesia termina donde comienza el conocimiento de Dios”. (The Rod, the Root and the Flower).

Esto equivale a decir que la ciencia de la iniciación es un real y no meramente ceremonial sentido, es un método de disciplina y cultura que nos capacita para recibir la suprema verdad de la maestría. Lo que esto significa experimentalmente, expuesto en alegorías, se halla descrito con incomparable y vivida belleza en el tercer capítulo de The Masonic Initiation, de W. L. Wilmshurst, un autor cuyas páginas exhalan la fragancia del significado espiritual de la Masonería.

Introducción al Libro - Religión de la Masonería - Fort Newton

FORT NEWTON - La Religión de la Masonería

INTRODUCCIÓN

¿Qué es religión? ¿Qué es la Masonería? ¿Qué relación hay entre ambas? ¿Es la Masonería una religión? Si lo es, ¿en qué consiste esta religión? Si no lo es, ¿qué actitud asume respecto de la religión? Es decir, ¿qué es la religión en Masonería y cómo la hemos de interpretar?.
Estas preguntas y otras de análoga índole se han discutido mucho más que cualesquiera otras relacionadas con la existencia y estudio de la Masonería. Las formulan amigos y enemigos, a menudo por distintos motivos y con respuestas sumamente diferentes. Por lo mismo que las cosas de religión son tan importantes, tan decisivas y afectan tan profundamente a la vida humana, quieren las gentes saber cómo está relacionada la Masonería con el supremo interés de la humanidad. Sea cual sea el modo y motivo de formular la pregunta, está muy bien que se formule.
A fin de facilitar un nítido resultado es necesario el cuidadoso, reverente, discreto y simpático estudio del asunto, para esclarecer nuestro pensamiento y emitirlo de un modo digno de su importancia. Por supuesto, que si queremos estudiar provechosamente la cuestión, hemos de conocer el significado de las palabras empleadas y las verdades de que hayamos de tratar. Pero antes, por vía de introducción, conviene echar una rápida ojeada a la cuestión tal como está planteada por la formal actitud de la Masonería contemporánea respecto de la religión.
I
En la Masonería mundial se descubren por lo menos tres diferentes actitudes respecto de la religión. Están muy distantes una de otra, según luego veremos, y parece muy difícil conciliarlas en vista de los sentimientos que la religión evoca y de su espíritu esencialmente conservador. No es necesario decir que cada una de dichas actitudes deriva de la diferencia de raza, de religión y de ambiente, que son fuerzas muy difíciles de regir. Por la misma razón, nos incumbe actualizar todas nuestras facultades de tolerancia, intuición y entendimiento si no queremos enredarnos en una maraña de prejuicios y antipatías de raza, sin contar con el profano embrollo que por extravagante monstruosidad de los hechos deriva de las diferencias de religión.
En los países de habla inglesa, la Masonería es esencial y noblemente religiosa, tanto en las creencias como en la práctica, y estamos todos conformes en lo que significamos por Religión de la Masonería. Para ingresar en nuestras Logias, el profano debe confesar y no tan sólo profesar su fe en Dios, aunque no se le exige que defina concretamente qué concepto tiene de Dios. Ha de tener fe en los principios y prácticas de la moral y en la inmortalidad del alma, sin que se le obligue a definir su concepto de la vida futura ni si es una resurrección física o un triunfo de la personalidad espiritual (1). Sin embargo, en algunas Grandes Logias, los instructores manifiestan su criterio de que significa la “resurrección del cuerpo”.
La más compleja declaración de que tengo noticia es la adoptada por la Gran Logia de Nueva York como preámbulo de su Constitución y Leyes. Expresa la “más sencilla forma de la fe de la Masonería, no débil sino incontrovertible y sugestiva”. Añádase a esto una breve exposición destinada a expresar, hasta el punto en que cabe expresar estas cosas, la atmósfera mental y disposición de ánimo subyacente en la declaración de la verdad religiosa; exposición tan importante corno la misma declaración.
Dice así:
“Hay un solo Dios, el Padre de todos los hombres”. “La Santa Biblia es la viva Luz de la Masonería y la regla y guía de la fe y de las obras”. “El hombre es inmortal”. “El carácter determina el destino”. “El primer deber del hombre, después del amor de Dios, es el amor al prójimo”. “Auxilios son del hombre la oración y la comunión con Dios”.
En vista de la imposibilidad de recluir las enseñanzas de la Masonería en formas fijas de expresión; pero reconociendo al propio tiempo el valor de las autorizadas declaraciones de los principios fundamentales, se han expuesto como sigue las enseñanzas masónicas:
“La Masonería enseña al hombre a practicar la caridad y la benevolencia, resguardar la castidad, respetar los lazos de parentesco y amistad, adoptar los principios y reverenciar las ceremonias de la religión, ayudar al débil, guiar al ciego, levantar al caído, albergar al huérfano, defender el Altar, sostener al Gobierno, inculcar la moralidad, fomentar la cultura, amar al prójimo, temer a Dios, implorar su misericordia y esperar la eterna bienaventuranza y felicidad”.
Tales son la declaración de fe y las enseñanzas masónicas en los países de habla inglesa. Son diáfanas, concisas, de noble sencillez y comprensión, y en todos sentidos dignas de la Orden y de la Gran Logia que las publicó (2). Algunos tal vez hubieran deseado más pormenores, pero la mayoría quizá prefieran una declaración todavía más concisa, satisfechos con prescindir de mucho de lo allí expuesto específicamente dándolo por supuesto y comprendido a causa del ambiente social y religioso en que vivimos.
Sin embargo, conviene tener una autorizada y explícita declaración de una Gran Logia, para evitar toda posible interpretación equivocada y toda mala inteligencia respecto a la actitud de la Masonería simbólica.
En Alemania y en las tres Grandes Logias de Escandinavia (3) se exige del candidato a la iniciación masónica que profese la religión cristiana y crea en el dogma de la Trinidad. A consecuencia de esta actitud, inflexiblemente mantenida por las Grandes Logias de Prusia, no se admite a los judíos ni siquiera en las Logias simbólicas, aunque hace algunos años se ha constituido en Prusia una Masonería con el título de “Humanitaria” que no exige del candidato a la iniciación que profese el cristianismo con la creencia en la Trinidad. Hubo algún rozamiento entre ambas clases de Masonería en Alemania, pero al fin concertaron tácitamente una buena inteligencia que les permite vivir en paz, sin inmiscuirse una en otra. Se ha de añadir que antes de la guerra mundial, las Grandes Logias de Prusia no tenían inconveniente en admitir en las Logias de su obediencia a masones de nacionalidad francesa que mantenían distinto punto de vista respecto de los no cristianos.
En cuanto a la Masonería de los países latinos baste decir que excepto las Logias dependientes de la Gran Logia de Inglaterra, todas son francamente agnósticas en punto a la fe religiosa de los candidatos, y ni la Masonería francesa ni la belga exigen la creencia en Dios como requisito indispensable para la iniciación, aunque tampoco exigen profesión de ateísmo (4), por más que en Bélgica se requiere la fe en el Gran Arquitecto del Universo, para pertenecer a ciertos grados superiores.
En la ceremonia de iniciación de primer grado dichas Masonerías no le preguntan al candidato si cree o no cree en Dios, ni consta en sus rituales nada que suponga que la Masonería sea esencialmente deísta ni que se proponga cultivar la fe en Dios.
No quiero discutir la prudencia o imprudencia de semejante actitud, y mucho menos exponer las razones históricas que movieron a la Masonería francesa a adoptarla y mantenerla. Basta señalar el abismo abierto entre las Grandes Logias cristianas de Suecia y Alemania y el agnóstico Gran Oriente de Francia, así como también un abismo entre las Logias de esta obediencia francesa y las de todos los países de habla inglesa.

II

Análogamente hallamos entre los masones de habla inglesa muy amplias diferencias de criterio respecto a las relaciones entre la Masonería y la Religión. Primeramente tenemos los que sostienen que la Masonería es una fraternidad social y filantrópica que nada tiene que ver con la Religión, excepto el reconocimiento de su existencia, la aceptación de sus ideas fundamentales y el respeto a sus ordenanzas de una manera formulista, que en nada se opone a que por su parte prosiga su obra de amor fraternal y de las enseñanzas morales consignadas en su simbolismo y en su ritual.
Por ejemplo, en la Real Enciclopedia Masónica encontramos este pasaje:
“Pero sobre todo veamos claramente en ella una institución puramente social sin asomo de tendencias políticas ni religiosas, a fin de que los hombres se consideren como hermanos por encima de toda opinión política y creencia religiosa”.
Sorprende el difuso esparcimiento de esta actitud, tanto teórica como prácticamente; y muchos masones tratan de quimera o debilidad el insistir en el aspecto religioso de la Masonería y en el alto significado espiritual de sus símbolos, por lo que cabe el temor de que la Orden, definida por el doctor Johnston como una fraternidad religiosa, esté hoy en peligro de llegar a ser una Orden puramente social dedicada a la fraternidad y a la filantropía.
Si tal ha de ser el porvenir de la Masonería, perderá seguramente lo que algunos de nosotros afirmamos que es su distintivo carácter tradicional, y se convertirá en una de tantas asociaciones, muy útil y valiosa sin duda, pero en modo alguno la Masonería por la que tanto se afanaron nuestros padres.
Cómo puede alguien interpretar así la Masonería, es difícil de entender, en vista de las ceremonias de iniciación y el espíritu de la Logia, ni tampoco puede afirmarse que la Masonería simbólica entraña la ética y el Real Arco la religión como le parece a Waite. Otros se contentan con decir que la Masonería es la “asistenta o ayudanta de la Religión”, frase que si algo significara implicaría que nuestra Orden sería una especie de sirviente encargada de hacer los bajos menesteres de la Religión, como si la Religión fuese una cuellierguida señorona demasiado altanera y orgullosa para ocuparse en los ordinarios quehaceres de la vida, cuando si la Religión tiene algún mérito o alguna belleza es precisamente la fe y el espíritu con que realizamos la más humilde tarea del mundo. Así escribió George Herbert en su modesta rectoría de Bementon, mientras los pájaros anidaban en sus aleros:
“Quien barre un aposento según Tu santa ley practica una hermosa obra”. (The Temple).
La obra de la Masonería consiste en labrar, esculpir o pulimentar las piedras de los muros, columnas y arcos del Templo de la Fraternidad, cimentado sobre la fe espiritual y la verdad moral, y construido en concordancia con las leyes de Dios, con su ayuda y en Su santo Nombre. De esta suerte, es la Masonería notoriamente algo más que una mera Orden social que inculca ideales éticos y practica la filantropía. Así dice pintorescamente Arthur Edward Waite:
“Es posible y es verdad que la Masonería nació en un figón; pero pertenece a Dios Omnipotente. Principió a vivir en un figón como vestíbulo para la vida de iglesia” (5).
En el otro extremo hallamos a amigos y enemigos que, por la espiritualidad de sus ideas y de sus ceremonias, consideran la Masonería como una religión, pues, entienden por religión un definido credo con distintivos rasgos denotadores de su fe y de su espíritu, y descubren ambos elementos en la Masonería.
Tal es la actitud de la Iglesia romana y del alto clero de la Iglesia anglicana, que también es católica excepto en su insumisión a la sede romana. Ambas iglesias consideran la Masonería como una religión rival, de índole naturalista, a la que deben oponerse por el deber que les exige su fe en la divina revelación; y preciso es confesar que la Masonería francesa (6) justifica dicho concepto por haber quitado la Biblia del altar y omitido el nombre de Dios en su ritual.
Desde luego que en la oposición a la Masonería entran otros elementos, pero la de los católicos romanos y anglicanos es la base y resumen de todos en cuanto al aspecto específicamente religioso.
Así pues, ¿quién está en lo cierto?. ¿Es la Masonería una religión?. Los primates de la Masonería simbólica, los que la estudian y la masa general de sus miembros, al menos en los países de habla inglesa, no consideran la Masonería como una religión, aunque posee algunas características que dan pie a que la consideren como religión quienes por cualquier motivo quieran así considerarla.
Algunos de nosotros preferimos decir que la Masonería no es una religión sino la Religión; que no es una iglesia confesional sino un culto en que pueden coincidir los hombres de todas las religiones confesionales, con tal de no empeñarse en que todos hayan de pensar exactamente lo mismo en todos los pormenores relativos a las cosas del cielo y de la tierra.
No es la Masonería rival de ninguna religión sino amiga de todas ellas, y proclama insistentemente las verdades subyacentes en todas las religiones y son la base de la consagración de cada una de ellas. La Masonería no es una religión, pero es religiosa (7).

III

Si examinamos el asunto desde el punto de vista histórico, encontraremos un interesante desenvolvimiento de la actitud de la Masonería respecto de la Religión.
El más antiguo documento de la Masonería simbólica, hasta hoy conocido, es el manuscrito de Halliwell, llamado el Poema Regio, que data de 1390, y es no sólo cristiano, sino definidamente católico. Su descubridor dice que parece un documento escrito por un clérigo, pues comienza con una invocación a la Trinidad y a la Virgen María e incluye instrucciones para celebrar debidamente la Misa. Los primitivos masones simbólicos fueron clérigos ortodoxos y siguieron siéndolo durante todo el período de la construcción de las catedrales.
Todo cambió al advenir la Reforma. La Masonería intervino en los varios movimientos cuyo resultado fue la emancipación de los pueblos, la libertad de conciencia y la independencia del espíritu humano. De todos modos, desde la época de Eduardo VI de Inglaterra, la Masonería simbólica de este país tuvo resueltamente afinidades protestantes, según se infiere de los Antiguos Deberes de aquella época, de la cual es notable ejemplo el manuscrito Harleian (8).
Pero aunque la Masonería inglesa llegó a ser protestante en su espíritu y principios, continuó siendo cristiana durante largo tiempo. Difícil es conocer exactamente lo que ocurrió cuando la reviviscencia de 1717 y el período de formación de la primera Gran Logia, pues el trasfondo es muy obscuro y pocos los hechos que nos muestran las influencias recibidas por los hombres que redactaron la Constitución de 1723 de la cual Gould dijo que “con toda seguridad puede atribuirse a Anderson (1).
La reviviscencia de 1717, según la describimos, no sólo dio a la Masonería una nueva forma de organización en la Gran Logia sino que respecto de la Iglesia y la Religión, asumió una nueva actitud cuya total importancia no se echó de ver hasta años después, dando con ello motivo a un cisma que duró medio siglo.
El artículo sobre “Dios y la Religión” de la Constitución de 1723, leído según la mentalidad de la época, es una extraordinaria declaración, a la vez revolucionaria y profética. Así como al advenir la Reforma, la Masonería rompió su conexión con el catolicismo, así en 1723 se desligó para siempre de toda iglesia y de toda secta religiosa, quedando de allí en adelante libre de todo sistema teológico.
La Constitución de 1723 se proponía unir a los hombres con el lazo de la común Religión eterna, “aceptada por todos los hombres” y exhortada a los masones a que “reservasen para sí sus personales creencias religiosas” y no las adujesen como prueba de masónica confraternidad (9).
Aunque pocos se dieron entonces cuenta de la enorme trascendencia de semejante declaración, a mediados del siglo XVIII se echó de ver su grandísima importancia, y en 1751 se organizó otra Gran Logia, tomando por pretexto otros motivos e influencias determinantes del cisma. La Gran Logia disidente se llamó de los “Antiguos” y denominaron de los “Modernos” a la primitiva, diciendo que se había apartado de la fe (10). Las dos Grandes Logias actuaron simultáneamente durante más de cincuenta años, no sin que se suscitara entre ellas algún rozamiento; pero al fin prevalecieron los “Modernos” que apartaron a la Masonería de toda peculiar alianza con una religión determinada. Al refundirse el año 1813 en una sola ambas Logias hasta entonces rivales quedó definitivamente afirmado el carácter universalmente religioso de la Masonería simbólica, y se eliminó de ella, con esperanza de que fuera para siempre, hasta el último vestigio de la influencia dogmáticamente teológica.
Sin embargo, no todos los masones quedaron satisfechos de la unión; y Hutchinson, Oliver y otros abogaron por una Masonería definidamente cristiana, tal como expuso Hutchinson en su obra: The Spirit of Masonery. (11). Más recientemente, en 1885, el difunto hermano Whymper reiteró muy persuasivamente el alegato, pero sin eficacia alguna en su valioso libro: The Religión of Freemasonery, hasta el extremo de insinuar que los judíos, hinduistas y mahometanos pudieran tener Logias propias, pero irregulares, lo cual era imposible desde el punto de vista de la Fraternidad.
Cabe la esperanza de que el problema esté definitivamente resuelto y que la Masonería no vuelva jamás a ser la ayudanta o asistenta de una religión dogmática, sino que, mantenedora de la religión universal, continuará siendo el “centro de unión y el medio de conciliar la verdadera amistad”, no sólo entre las personas sino entre las religiones que “de otro modo permanecerán perpetuamente distanciadas”.
Porque la Masonería es un sistema de misticismo moral que expresa la fe en Dios y en la vida eterna mediante antiguos y sencillos símbolos entresacados del arte de la construcción; que educe las mejores cualidades de la naturaleza humana y enseña la confraternidad de toda vida.
El propósito de la Masonería es ayudar a sus hijos a tener más claro concepto de sus deberes con Dios y con sus semejantes, a desenvolver sus facultades espirituales, a refinar y enaltecer su conducta en la servicial práctica de la fraternidad, dejando que cada cual añada a la profunda y sencilla fe masónica cuantos arrequives y adornos le parezcan buenos, verdaderos y bellos, con el debido respeto a las creencias, opiniones e ideales de sus hermanos y compañeros.


NOTAS A LA INTRODUCCIÓN

(1) En este pasaje, la palabra “personalidad” expresa idéntico concepto que la “individualidad” según los teósofos. (N. del T.).
(2) Conviene cotejar esta declaración de la Gran Logia de Nueva York, con el famoso Credo del Masón, compuesto por Albert Pick, que dice así: “Creer en la infinita benevolencia, sabiduría y justicia de Dios. Esperar en el definitivo triunfo del bien sobre el mal y en la perfecta armonía como final resultado de todas las concordias y discordias del universo; y ser caritativo, como lo es Dios, respecto del incrédulo, y de los errores, locuras y culpas de los hombres, porque todos formamos una magna fraternidad (Morals and Dogma pág. 531).
(3) Se refiere el autor a las Grandes Logias de Suecia, Noruega y Dinamarca. (N. del T.).
(4) En cuanto a la Masonería francesa, el autor se refiere al Gran Oriente de Francia, pues la Gran Logia de la misma nación mantiene la creencia en el Gran Arquitecto del Universo como requisito indispensable para la iniciación, aunque dejando que cada cual conciba según su criterio a la Causa sin causa de la manifestación cósmica. (N. del T.).
(5) De la obra de Waite: Masonería Simbólica, en la que también leemos el siguiente pasaje: “En presencia de Dios y Sus místicos, atestiguo un hecho en la naturaleza de las cosas. La Moralidad es un Portal, y en el simbolismo masónico, la indagación está más allá del Portal. La Moralidad es un Sendero, y quienes lo siguen deben recibir su recompensa más allá de la región ética”. Todos los escritos del hermano Waite atestiguan este hecho y nuestra época no ha conocido más prudente guía allende el Portal a.
a En cuanto a que la Masonería tuvo origen en un figón, se refiere Waite al reavivamiento de la Masonería, cuando el 24 de junio de 1717 se constituyó en el figón u hostelería “El Manzano” de Londres, la Gran Logia de Inglaterra, de la que sucesivamente fueron derivando todas las Logias hoy esparcidas por el mundo. Pero la Masonería como tal ya existía millares de años antes de la reviviscencia de 1717. (N. del T.).
(6) Recuérdese que no es toda la Masonería francesa sino tan sólo el Gran Oriente de Francia. (N. del T.).
(7) “La Masonería no es una religión”. Pero la Masonería enseña y ha conservado en toda su pureza, los dogmas cardinales de la primitiva fe que subyacen fundamentalmente en todas las religiones. La Masonería es la moral universal” (Moral y Dogma, por Albert Pike capítulo X).

El concepto de religión expuesto en las siguientes páginas incluye la moralidad, y a mi entender es más claro por lo más inteligible; pero ambos conceptos deben tenerse en cuenta. Para no estropear la vida humana es necesaria la moralidad, y para tener moralidad se ha de creer en Dios y en la vida futura.
Dos instructivas discusiones acerca de la relación entre la Masonería y la Religión se encuentran en The Masonic Initiation, capítulo I, de W. L. Wilmshurst y en Freemasonery its aims and ideal, capítulo XIV y XV, por J. S. M. Ward.

(8) En 1549, reinando Eduardo VI, se publicó por vez primera el Devocionario o Libro de oraciones; y la historia de su composición y de sus varias revisiones es también la historia de la Reforma en Inglaterra, con la enconada y larga lucha del espíritu inglés para sacudir el yugo de la Iglesia romana, que fue y es esencialmente ajena a su índole. En efecto, la Biblia inglesa es la urdimbre y el Libro de Oraciones la trama del lienzo en que el evangelio cristiano fue tejido con el ideal de raza de los pueblos de habla inglesa. Las mismas influencias intervinieron notablemente en la formación de la Masonería en Inglaterra y más tarde en los Estados Unidos, porque como he tratado de demostrar, la Masonería inglesa tiene una peculiar cualidad que la distingue de la Masonería de los países latinos. Véase mi breve estudio: Masonería Moderna, en la pequeña Biblioteca Masónica.
(9) Para más amplios informes sobre el particular, véase la magnífica obra de Eugen Lennhoff: Los Masones ante la Historia.
De documentos de la época que tengo a la vista, se refiere que la primera constitución de la Gran Logia de Inglaterra se promulgó el 24 de junio de 1721 y en ella no se habla para nada de lo tocante a Dios y a la Religión, pues este tema en el primer capítulo de los llamados Nuevos Deberes u obligaciones de un francmasón, que forman cuerpo aparte del texto constitucional. (N. del T.).
(10) Ulteriores indagaciones han puesto en claro que no hubo propiamente un cisma en la Gran Logia de Inglaterra, sino la positiva separación de dos fracciones que nunca habían estado espiritualmente unidas. La Gran Logia disidente, llamada de los “Antiguos” se constituyó en su mayor parte por Logias que no habían concurrido a la organización de la Gran Logia de Inglaterra en 1717 porque no reconocían la autoridad que ésta se había arrogado ni quisieron someterse a ella ni dieron valor alguno a las excomuniones que contra ellas lanzaba. Los masones que de Irlanda se trasladaron a Londres nutrieron la Gran Logia de los “Antiguos”, sobresaliendo entre ellos Lorenzo Dermott, calificado del “masón más admirable que existió jamás”, y con su intervención ensancharon la zanja abierta entre las dos Grandes Logias...
Un neutral pero cuidadosamente documentado relato de estos sucesos se encuentra en la obra de Gilbert W. Haynes: The Birth and Growth of the Gran Lodge of England 1717-1926.
(11) Oliver secundó la actitud de Hutchinson, el primer filósofo masónico que identificó la Masonería con la Religión, y según este criterio escribió todas sus obras, según ha demostrado Dear Pound en su breve y brillante conferencia sobre Oliver (The Philosophy of Masonry), capítulo 3. Como quiera que Hutchinson y Oliver eran cristianos, y en las obras de ambos autores resplandece esta identificación. Pero, como ya hemos visto, la Masonería se desenvolvió en diferente dirección, a nuestro juicio acertada, aunque esta diferencia de criterio no empaña el precio en que tenemos a tan valiosos intérpretes de la Masonería.