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EL HOMBRE VERDADERO Y EL HOMBRE TRANSCENDENTE

RENE GUENON

En lo que precede, hemos hablado constantemente del «hombre verdadero» y del «hombre transcendente», pero nos es menester aportar todavía a este respecto algunas precisiones complementarias; y, en primer lugar, haremos observar que el «hombre verdadero» mismo (tchenn-jen) ha sido llamado por algunos «hombre transcendente», aunque esta designación es más bien impropia, puesto que el «hombre verdadero» es solo el que ha alcanzado la plenitud del estado humano, y puesto que no puede llamarse verdaderamente «transcendente» más que a lo que está más allá de este estado. Por eso es por lo que conviene reservar esta denominación de «hombre transcendente» a aquel que se ha llamado a veces «hombre divino» u «hombre espiritual» (cheun-jen), es decir, a aquel que, habiendo llegado a la realización total y a la «Identidad Suprema», ya no es, hablando propiamente, un hombre, en el sentido individual de esta palabra, puesto que ha rebasado la humanidad y está enteramente liberado de sus condiciones específicas , así como de todas las demás condiciones limitativas de cualquier estado de existencia sea el que sea . Así pues, ese ha devenido efectivamente el «Hombre Universal», mientras que ello no es así para el «hombre verdadero», que solo se ha identificado de hecho al «hombre primordial»; no obstante, se puede decir que éste es ya, al menos virtualmente, el «Hombre Universal», en el sentido de que, desde que ya no tiene que recorrer otros estados en modo distintivo, puesto que ha pasado de la circunferencia al centro , el estado humano deberá ser para él necesariamente el estado central del ser total, aunque no lo sea todavía de una manera efectiva .
El «hombre transcendente» y el «hombre verdadero», que corresponden respectivamente al término de los «misterios mayores» y al de los «misterios menores», son los dos grados más altos de la jerarquía taoísta; esta comprende además otros tres grados inferiores a estos , que representan naturalmente etapas contenidas en el curso de los «misterios menores» , y que son, en el orden descendente, el «hombre de la Vía», es decir, el que está en la Vía (Tao-jen), el «hombre dotado» (tcheu-jen), y, finalmente, el «hombre sabio» (cheng-jen), pero de una «sabiduría» que, aunque es algo más que la «ciencia», todavía no es más que de orden exterior. En efecto, este grado más bajo de la jerarquía taoísta coincide con el grado más elevado de la jerarquía confucionista, estableciendo así la continuidad entre ellas, lo que es conforme a las relaciones normales del Taoísmo y del Confucionismo en tanto que constituyen respectivamente el lado esotérico y el lado exotérico de una misma tradición: el primero tiene así su punto de partida allí mismo donde se detiene el segundo. Por su parte, la jerarquía confucionista comprende tres grados, que son, en el orden ascendente, el «letrado» (cheu) , el «docto» (hien) y el «sabio» (cheng); y se dice: «El cheu mira (es decir, toma como modelo) al hien, el hien mira al cheng y el cheng mira al Cielo», ya que, desde el punto límite entre los dos dominios exotérico y esotérico donde éste último se encuentra situado, todo lo que está por encima de él se confunde en cierto modo, en su «perspectiva», con el Cielo mismo.
Este último punto es particularmente importante para nosotros, porque nos permite comprender como parece producirse a veces una cierta confusión entre el papel del «hombre transcendente» y el del «hombre verdadero»: en efecto, eso no se debe solo a que, como lo decíamos hace un momento, este último es virtualmente lo que el primero es efectivamente, ni a que hay, entre los «misterios menores» y los «misterios mayores», una cierta correspondencia que representa, en el simbolismo hermético, la analogía de las operaciones que acaban respectivamente en la «obra al blanco» y en la «obra al rojo; hay todavía ahí algo más. Es que el único punto del eje que se sitúa en el dominio del estado humano es el centro de este estado, de tal suerte que, para quien no ha llegado a este centro, el eje mismo no es perceptible directamente, sino solo por este punto que es su «huella» sobre el plano representativo de este dominio; en otros términos, esto equivale a lo que ya hemos dicho, a saber, que una comunicación directa con los estados superiores del ser, al efectuarse según el eje, no es posible más que desde el centro mismo; para el resto del dominio humano, no puede haber más que una comunicación indirecta, por una suerte de refracción a partir de este centro. Así, por una parte, el ser que está establecido en el centro, sin estar identificado al eje, puede desempeñar realmente, en relación al estado humano, el papel de «mediador» que el «Hombre Universal» desempeña para la totalidad de los estados; y, por otra parte, aquel que ha rebasado el estado humano, elevándose por el eje a los estados superiores, es por eso mismo «perdido de vista», si se puede expresar así, para todos aquellos que están en este estado y que todavía no han llegado a su centro, comprendidos aquellos que poseen grados iniciáticos efectivos, pero inferiores al grado del «hombre verdadero». Éstos no tienen desde entonces ningún medio de distinguir el «hombre transcendente» del «hombre verdadero», ya que, desde el estado humano, el «hombre transcendente» no puede ser apercibido más que por su «huella» , y esta «huella» es idéntica a la figura del «hombre verdadero»; por consiguiente, desde este punto de vista, uno es realmente indiscernible del otro.
Así, a los ojos de los hombres ordinarios, e incluso de los iniciados que no han acabado el curso de los «misterios menores», no solo el «hombre transcendente», sino también el «hombre verdadero», aparece como el «mandatario» o el representante del Cielo, que se manifiesta a ellos a través de él en cierto modo, ya que su acción, o más bien su influencia, por eso mismo que es «central» (y aquí el eje no se distingue del centro que es su «huella»), imita la «Actividad del Cielo», así como ya lo hemos explicado precedentemente, y la «encarna» por así decir al respecto del mundo humano. Esta influencia, que es «no-actuante», no implica ninguna acción exterior: desde el centro, el «Hombre Único», que ejerce la función del «motor inmóvil», ordena todas las cosas sin intervenir en ninguna, como el Emperador, sin salir del Ming-tang, ordena todas las regiones del Imperio y regula el curso del ciclo anual, ya que, «concentrarse en el no actuar, tal es la Vía del Cielo» . «Los antiguos soberanos, absteniéndose de toda acción propia, dejaban al Cielo gobernar por ellos… En el techo del Universo, el Principio influencia al Cielo y a la Tierra, los cuales transmiten a todos los seres esta influencia, que, devenida en el mundo de los hombres buen gobierno, hace manifestarse los talentos y las capacidades. En sentido inverso, toda prosperidad viene del buen gobierno, cuya eficacia deriva del Principio, por la intermediación del Cielo y de la Tierra. Por eso es por lo que, los antiguos soberanos no deseaban nada, y el mundo estaba en la abundancia ; no actuaban, y todas las cosas se modificaban según la norma ; permanecían abismados en su meditación, y el pueblo estaba en el orden más perfecto. Es lo que el adagio antiguo resume así: para aquel que se une a la Unidad, todo prospera; a aquel que no tiene ningún interés propio, incluso los genios le están sometidos» .
Así pues, se debe comprender que, desde el punto de vista humano, no haya ninguna distinción aparente entre el «hombre transcendente y el «hombre verdadero» (aunque en realidad no haya ninguna medida común entre ellos, como tampoco la hay entre el eje y uno de sus puntos), puesto que lo que les diferencia es precisamente lo que está más allá del estado humano, de suerte que, si se manifiesta en este estado (o más bien en relación a este estado, ya que es evidente que esta manifestación no implica de ningún modo un «retorno» a las condiciones limitativas de la individualidad humana), el «hombre transcendente» no puede aparecer en él de otro modo que como un «hombre verdadero» . Por ello no es menos verdad, ciertamente, que, entre el estado total e incondicionado que es el del «hombre transcendente», idéntico al «Hombre Universal», y un estado condicionado cualesquiera, individual o supraindividual, por elevado que pueda ser, no es posible ninguna comparación cuando se los considera tal como son verdaderamente en sí mismos; pero aquí solo hablamos de lo que son las apariencias desde el punto de vista del estado humano. Por lo demás, de una manera más general y a todos los niveles de las jerarquías espirituales, que no son otra cosa que las jerarquías iniciáticas efectivas, solo a través del grado que le es inmediatamente superior cada grado puede percibir todo lo que está por encima de él indistintamente y recibir sus influencias; y, naturalmente, aquellos que han alcanzado un cierto grado pueden siempre, si así lo quieren y hay lugar a ello, «situarse» en no importa cuál grado inferior al suyo, sin ser de ningún modo afectados por este «descenso» aparente, puesto que poseen a fortiori y como «por añadidura» todos los estados correspondientes, que, en suma, ya no representan para ellos más que otras tantas «funciones» accidentales y contingentes . Es así como el «hombre transcendente» puede desempeñar, en el mundo humano, la función que es propiamente la del «hombre verdadero», mientras que, por otra parte e inversamente, el «hombre verdadero» es en cierto modo, para este mismo mundo, como el representante o el «substituto» del «hombre transcendente».

LA CATEDRAL, PIEDRA VIVA

Christian Jacq y François Brunier

Cap. IX de "El mensaje de los constructores de catedrales", Barcelona, Plaza & Janés, 1976.

Ciudad feliz, Jerusalén, tu nombre es visión de paz, tú que te elevas en los cielos, tú hecha de piedras vivas... Del cielo desciendes, prometida esposa del Señor. El cimiento, la piedra angular, es Jesucristo, enviado del Padre. ¡Oh, ciudad! Al juntar tus muros, Jesucristo unió la Ciudad santa y el creyente que lo recibe descubre en su Dios su morada.
(ANALECTA HYMNICA, LI, n.º 102).

Quiéralo o no el hombre, el mundo sigue edificándose cada día; el Universo es un lugar de perpetuas mutaciones, de transformaciones incesantes que en su mayoría se nos evaden. El tiempo que transcurre nos permite comprobarlo, en parte, en nuestra propia existencia, ya que nuestra apariencia física se modifica igual que nuestra visión personal de la vida. En el fondo de ese movimiento existe algo inmutable, un punto central: la raza "Hombre" se encuentra en cada individuo, el Universo permanece en equilibrio y nos impregna con su radiación.

Para la Edad Media es esencial conciliar el movimiento y lo inmutable. De lo contrario, el hombre permanece estático o se convierte en la presa fácil de las circunstancias y de los acontecimientos fugaces. Entonces es cuando se impone la idea de una doble ciudad: la de los dioses, segura en su eternidad que nada será capaz de corromper, y la de la tierra, que las civilizaciones van construyendo sucesivamente hasta la extinción de la Humanidad. El arte del maestro de obras consiste en armonizarlas y hacerlas coincidir con el mayor rigor.

La catedral perfecta del Universo es la ciudad de Dios. Todo está ordenado en ella de acuerdo con unos ritmos que no varían nunca. Los planetas cumplen su revolución con una tranquila constancia, el sol se levanta cada mañana por el Este y las fases de la luna se repiten cada mes. Es posible prever, por la observación y el cálculo, el desplazamiento de los astros y comprender las leyes celestes que aplica el arquitecto soberano de los mundos, sin fallar un solo instante. Si el cielo es el lugar donde se expresan magnificas verdades, la organización de la Tierra ha de hacerse a su imagen. Así, pues, los maestros de obras tienen el deber de volver a crear la morada divina en el suelo de Occidente con el fin de que todos los hombres tengan ante sus ojos una imagen de la arquitectura secreta del paraíso, una imagen que les permitirá perfeccionarse y edificar el templo en sí mismos.

Así puede reconstituirse la gestión de los creadores de catedrales. En primer lugar, reconocer la armonía del Universo y de sus leyes, seguidamente manifestarla en una construcción de piedra y, por último, ofrecerla al hombre como ejemplo a seguir. El ciclo del visitante contemporáneo es absolutamente inverso: al contemplar Saint-Sernin, de Toulouse, ve primero una iglesia, luego percibe la belleza como elemento esencial de su propia nobleza. De una manera más o menos consciente siente en él el espíritu de la catedral concreta. Seguidamente observa la perfección de las líneas y las curvas, la coherencia de los muros, la precisión de los detalles esculpidos. Adquiere conciencia de que se encuentra situado de nuevo dentro de un orden en el que los juegos de luz desempeñan el principal papel. Y de un modo completamente natural se interroga sobre la fuente de esta luz y sobre el origen de esta arquitectura, y vuelve a encontrar la comunión perdida con el Universo entero.

Para la Edad Media, el destino humano está claro: venimos de Dios y vamos hacia Dios. No hemos elegido el día de nuestro nacimiento y tampoco elegiremos el de nuestra muerte. Nuestra aventura se desarrolla entre esos dos limites, tan misterioso uno como el otro y somos responsables de la orientación que adoptemos: negarnos a aceptar el misterio, hundiéndonos en la ignorancia o aceptarlo tal como es y avanzar hacia el Conocimiento. El milagro de las catedrales es uno de los pocos que nos da el medio de progresar por esta última vía. Ellas son otros tantos hitos indicadores en el bosque de los símbolos, otras tantas brújulas que mantienen el sentido de la vida.

Además, la catedral aúna a los seres pasados, presentes y por venir. Desde el origen, el espíritu humano trata de penetrar los secretos de la Naturaleza. La gruta prehistórica, los primeros templos de madera, los vastos edificios de piedra son resultados de una misma intención y surgieron del mismo ideal. Por esto, todos los constructores de todos los tiempos se han reunido en la catedral medieval. Los justos que han ocupado un lugar en los cielos junto al Señor dirigen el pensamiento de los maestros de obras y se encuentran presentes entre nosotros al afirmarse un arte sagrado. Es frecuente en las leyendas de la Edad Media que unos personajes del más allá vuelvan a la tierra y pidan al arquitecto que erija una iglesia en un lugar designado por ellos.

En el interior de las catedrales se celebraba, a cada instante, la unión entre el hombre y el Creador. Esas mansiones sagradas, alcanzando a la vez la mayor altura y la más lejana profundidad, integran el cuerpo inmortal de la Sabiduría al cuerpo mortal del individuo y de esta alianza surge el hombre nuevo que habla todas las lenguas.

El símbolo de la ciudad celeste era ya conocido por las civilizaciones más remotas. Por ejemplo, la Babilonia terrena tenía su modelo en la Babilonia de las alturas. En Egipto, los casos son numerosos. De la inmensa ciudad de Tebas, donde hoy día se admiran los templos de Karnak y Luxor, se nos ha dicho que se llama el orbe de la Tierra entera y que sus piedras angulares están colocadas en los cuatro pilares. Están, pues, con todos los vientos y sujetan el firmamento de Aquel que está oculto. En Roma, el Panteón representaba también la esfera celeste.

En el momento en que se impone el Cristianismo, la noción de Iglesia tiene dos sentidos complementarios. Por una parte, es la comunidad local dirigida por el Antiguo, y por otra, la sociedad universal de fieles. Volvemos a encontrar estas dos dimensiones en la catedral de la Edad Media. Es, a la vez, el faro de una ciudad de características bien señaladas y el emblema de la totalidad de los peregrinos. Ciudades tan modestas como Chartres o 5aint-Bertrand-de-Comminges consagraron todos sus esfuerzos a la construcción de sus grandes iglesias, porque se consideraban como reinos completos donde debían realizarse todos los elementos de la vida espiritual magnificados por la catedral.

Al visitar el Sacré-Coeur, nos sentimos limitados por una época y por un lugar exacto. Ese monumento artificial, hecho de piedras inertes, apenas despierta nuestro interés. Por el contrario, al franquear el umbral de una catedral nos sentimos acogidos por piedras vivas. En el templo, nuestros pensamientos se entretejen con la imagen de las nervaduras, nuestros sentimientos se ennoblecen y se yerguen siguiendo la línea de los pilares y nuestra mirada se colma con el color inmaterial de las vidrieras. Para el hombre de la Edad Media, la catedral es, de una manera tangible, la Jerusalén celeste. Sabe que la palabra de las piedras le revela las virtudes que necesita y le pone en guardia contra los errores fatales; sabe que la cripta comunica directamente con nuestra Madre la Tierra y que la ventana circular de la bóveda se abre ante nuestro Padre el Cielo. En la catedral ya no es un caminante, un forastero inquieto por el mañana, sino un invitado colmado de las más valiosas riquezas, un hijo que Nuestra Señora recibe en su palacio. Sin embargo, lo que le espera es el trabajo y no el reposo. Y también sabe que ese trabajo es un don porque transforma el mundo en plegaria y el alma en luz.

Si el templo medieval representa el Universo, es el Libro el que nos permite interpretarlo. Sería vano creer en una posibilidad de lectura directa por medio de cualquier instrumento. Nuestra mirada es naturalmente imperfecta y debemos recurrir al texto sagrado que componen las piedras para comprender el lenguaje de Dios. Todo pasa como si cada uno de nosotros poseyera una letra, que sola, no es de utilidad alguna. Al unirlas en una sociedad profana, tampoco obtenemos un resultado más satisfactorio porque formamos palabras artificiales o las letras chocan entre sí carentes de toda coherencia. Por el contrario, los maestros de obras conocen la tradición y los símbolos y son capaces de redactar un libro inteligible en el que cada letra ocupa su lugar y en el que se inscriben las más altas verdades. A buen seguro, las páginas se encuentran dispersas por toda la tierra. Descubrimos una en Milly-la-Foret, otra en Bayona, una tercera en Colonia, una cuarta en Canterbury. A nosotros nos corresponde viajar y reconstituir el Libro inicial donde podremos escribir nuestra experiencia aportando la piedra nueva de nuestra conciencia.

"Lo que irradia aquí dentro, os lo presagia la puerta dorada -decía el texto grabado en la fachada de la iglesia abacial de Saint-Denis-. Por la belleza sensible, el alma adormecida se eleva a la belleza verdadera y de la tierra en la que yacía sumergida resucita al cielo al ver la luz de sus esplendores". Con ocasión de la consagración de una catedral se celebraba la bienaventurada ciudad de Jerusalén, esa visión de paz construida con piedras vivas en los cielos y rodeada de ángeles como el cortejo de una novia. Ella descendía de las alturas para que la esposa quedara unida al Señor y que cada hombre digno de Jesucristo fuera el testimonio de aquel casamiento. La iglesia desbordaba de melodías, de alabanzas y de cánticos mientras que el Dios triple y único abría las puertas. Implorando su clemencia, los elegidos que participaban en la celebración pedían "la revolución de los años hasta los tiempos más remotos", de manera que la obra realizada fuera eterna y animada por una constante alegría.

Mundo transfigurado, la catedral contiene una luz que no existe en parte alguna fuera de ella porque es fruto de un esfuerzo libremente realizado. El maestro de obras le confía aquello que su civilización tiene de más elevado con el fin de que ella lo distribuya sin restricciones a las generaciones futuras. La ofrenda hecha al templo se multiplica hasta el infinito y se transmite por los siglos de los siglos.

Estas concepciones simbólicas no tendrían más que un valor secundario si la catedral de la Edad Media no hubiera sido, ante todo, el centro vital de la ciudad donde se había establecido una comunidad humana. Los medievales no la admiraban como un monumento agradable por sus formas, sino como una referencia esencial de la vida social. La catedral es útil porque sacraliza la vida cotidiana. Si se comparara la ciudad a un torno de alfarero del que nacen las actividades de cada día, la catedral sería el eje invisible alrededor del cual se organiza todo.

El edificio ejerce una protección mágica. Su campanario ahuyenta a los demonios y provoca la llegada de los ángeles que ayudarán a los ciudadanos con sus consejos. Las gárgolas disipan las tempestades y las flechas atraen el influjo magnético que se extenderá sobre la población y la mantendrá en resonancia con los movimientos celestes. La construcción entera en un talismán gigantesco que pone a la comunidad al abrigo de las fuerzas hostiles; una ciudad privada de templo está expuesta a las peores calamidades.

Cada ciudadano ejerce un oficio en el cual se concentra olvidando en cierto modo las funciones que ejerce su prójimo. Cuando acude a la catedral se encuentra con los que tienen otra profesión y charlan sobre sus respectivos éxitos y fracasos para que el trabajo del individuo se convierta en bien de todos. Gracias al templo, los elementos dispersos del cuerpo social conquistan de nuevo su indispensable unidad. Además, los gremios habrán confiado sus denarios a los constructores y en el transcurso de los años siguen ofreciendo objetos litúrgicos, vidrieras y esculturas. El embellecimiento y la conservación de la iglesia no quedan abandonados a un administrador, sino que dependen de la responsabilidad colectiva. En el mismo interior de la catedral, la población tomaba las decisiones determinantes para su porvenir; se daban cursos, se representaba en la nave el repertorio del teatro sacro y se acudía a cosechar informaciones relativas a los asuntos del reino. La catedral permanecía abierta a todas las horas del día y de la noche. Campesinos, artesanos, caballeros y burgueses mantienen numerosas conversaciones antes y después de la celebración de la liturgia que les da un mismo hálito, un mismo ideal sin cesar avivado.

La Edad Media intentó crear comunidades, no multitudes. A la unidad de las piedras juntas respondía la unidad de la comunidad de hombres ligados por la veneración de un mundo sagrado. El "cuerpo místico" de Jesucristo se encarnaba, precisamente, en el alma de una población unida alrededor de su iglesia.

Las reuniones y las fiestas tenían un carácter espiritual muy importante, que con frecuencia ha sido mal comprendido. Las celebraciones calificadas de "licenciosas" en las que, por ejemplo, se veía entrar en la catedral un hombre y una mujer desnudos a lomos de un asno, fueron instauradas por la propia Iglesia, especialmente en las ciudades donde existía un capítulo importante de canónigos. Los eclesiásticos de la Edad Media tenían el sentido del juego de la vida, de lo precario de las jerarquías y sabían que, de vez en cuando, había que replantear los valores adquiridos. A través de la fiesta se liberaba una energía crítica, una oleada carnavalesca donde se representaba un mundo al revés cuya visión permitía apreciar el valor auténtico del mundo ordenado.

El maestro de obras y el abad pensaban que el hombre no soporta el aburrimiento ni la monotonía y que una tensión excesiva hacia lo absoluto "rompería" su alma. Gracias a la alternación del acto y de la meditación, de la seriedad y la risa, es posible alcanzar un equilibrio que no se hunda en la uniformidad. En el siglo XIV se rechazó este ritmo de la vida comunitaria y una corriente rigorista, acompañada además por los más abyectos crímenes, condenó las fiestas. Debemos citar aquí un párrafo de una carta circular de la Facultad parisiense de Teología, fechada en marzo de 1444. Los últimos sabios de la época medieval explicaban de una manera admirable el profundo sentido de la fiesta de los Locos:

"Nuestros predecesores, que eran unos grandes personajes, permitieron esta Fiesta. Vivamos como ellos y hagamos lo que ellos hicieron. No hagamos estas cosas con seriedad, sino tan sólo por juego y para divertirnos, siguiendo la antigua costumbre, a fin de que la locura que nos es natural y que parece nacida en nosotros desaparezca y se evada por ese canal, al menos una vez al año. Los toneles de vino estallarían si de vez en cuando no se les abriera la piquera o el bitoque para que penetrara el aire en ellos. Ahora bien, nosotros somos unos viejos bajeles o unos toneles con los sellos mal colocados que el vino de la Sabiduría haría estallar si lo dejásemos hervir de esa manera con una continua devoción al servicio divino. Hay que airearlo y aflojarlo por temor a que se pierda y se desparrame sin beneficio alguno". No se prestó oídos a la advertencia y la supresión de las fiestas privó a la sociedad de sus más cálidos colores.

El prodigio más grande llevado a cabo por la catedral fue el de reunir todas las expresiones artísticas cuya necesidad hemos señalado anteriormente. La palabra del obispo manifiesta el arte del Verbo, el pensamiento del maestro de obras el de la arquitectura, la mano del artesano el de la escultura, los Misterios el del teatro ritual y los cánticos el de la música. Con ellos se evita la dispersión tan temida que el diablo lanza en nuestro camino, y en el alma, que no es uniformidad, comulgan las aspiraciones más nobles. El templo es comparable al cáliz del Grial que contiene las respuestas a cualquier interrogante, crea los reyes y hace fructificar las mieses. El mal caballero, aquel que se aferra exclusivamente a su interés personal, no es capaz de verlo. Con el fin de evitar su fracaso, hay que operar una "conversión de la mirada" que franquea el obstáculo de los detalles materiales y nos conduce hasta el coro de la catedral.

Una de sus funciones más extraordinarias y de las menos conocidas es la de ser una central que emite y distribuye la energía cósmica. Este concepto es de origen egipcio ya que en los templos faraónicos se hacia la ofrenda a los dioses para que la creación se renueve y aporte su dinamismo a la Humanidad. No hay ninguna diferencia entre la energía espiritual y la que hace moverse la corteza celeste y agita los mares. Un número reducido de sacerdotes iniciados la acumula en el lugar santo y se ocupa de regularizarla. Como escribía Heer, nuestras antiguas iglesias son comparables a los trituradores atómicos, ya que en ellas se concentran los poderes benéficos, conservados constantemente por el recogimiento, la liturgia y los símbolos. En vez de disociar la materia y de jugar a aprendiz de brujo, el sabio medieval manejaba las fuerzas universales con respeto y lucidez. De este modo impedía la inevitable explosión que se produce cuando el hombre destruye los ciclos naturales que no llega a comprender a causa de su vanidad.

Si la catedral es el guía por excelencia de nuestra vida interior, expresa su enseñanza con la mayor severidad. Después de haber abierto nuestro corazón, exige la abertura de nuestra conciencia. "Yo soy -nos dice- el Camino, la Verdad y la Vida, pero tú habrás de luchar contigo mismo para franquear el umbral y comprender el sentido de las figuras de piedra. No basta el más ferviente sentimiento; tienes que ponerte en orden, pensar tu vida y vivir tu pensamiento. Las piedras de los muros, pulidas y cuadradas representan los santos, es decir, los hombres purificados por la mano del Maestro de Obras supremo. Han permanecido entre nosotros para indicarnos el camino". Y Michelet escribía:

"Hombres vulgares que creéis que esas piedras sólo son piedras, que no sentís circular la savia, cristianos o no, reverenciad, besad el signo que contienen. Aquí hay algo grande, eterno".

Pasar por delante de la catedral sin verla sería perder para siempre esa realidad humana nacida de una unión sagrada entre el espíritu y la mano y manifestada en la tierra de Occidente. Y san Bernardo puntualiza:

"Es preciso que en nosotros se cumplan espiritualmente los ritos de que han sido objeto materialmente esas murallas. Lo que los obispos han hecho en este edificio, es lo que Jesucristo, el Pontífice de los bienes futuros, opera cada día en nosotros de una manera invisible... Entraremos en la casa que no ha sido erigida por la mano del hombre, en la morada eterna de los cielos. Se construyó con piedras vivas, que son los ángeles y los hombres".

Cuando la piedra habla, la materia se convierte en espíritu, el hombre y la catedral son una sola carne. Más allá de las edades, la piedra nos llama por nuestro verdadero nombre y podemos oír el eco de su palabra que resuena bajo las bóvedas y repercute de símbolo en símbolo.

"HERRAMIENTAS" Y TEXTOS SIMBOLICOS

John Deyme de Villedieu

De entre los símbolos que ha recogido la Franc-Masonería a lo largo del tiempo, los de la Logia de Aprendiz revisten sin duda una importancia particular, aunque tan solo fuera por el hecho de que son los primeros en llamar la atención del nuevo Masón. Por otro lado, dichos símbolos son relativamente numerosos y un libro no sería suficiente para agotar todas sus significaciones, ya que éstas, hablando con propiedad, son inagotables. En cuanto a la importancia que conviene atribuir a esos símbolos, ésta no sólo viene dada porque sean los primeros en imprimirse en la sensibilidad del Aprendiz nuevamente "creado", "constituido" y "recibido", sino también porque muchos de esos símbolos, que remontan a los orígenes del arte arquitectónico, desbordándolo incluso, han sido conocidos por muchas civilizaciones y conllevan un valor y un sentido verdaderamente universales.

Sin embargo, antes de ir más lejos, no estaría de más recordar lo que es un símbolo, o al menos lo que no es y con lo que no habría que confundirlo, especialmente en una organización que se pretende auténticamente iniciática y tradicional. Alguien ha dicho que el símbolo es una herramienta y, tratándose de la Franc-masonería, esta definición nos parece totalmente adecuada. Ahora bien, ¿cómo utilizar esas herramientas si se ignora lo que representan y el papel que desempeñan en el ritual? Hemos oído incluso a Maestros masones decretar que la Masonería trata de otra cosa, y que es inútil estudiar el simbolismo 1, pudiendo cada cual decir lo que quiera de un símbolo, ya que no se trata sino de una apreciación personal 2... Estas son palabras que se escuchan en los medios profanos, pero que sorprenden en una organización iniciática digna de ese nombre. ¿Se ignora acaso que no existiría Franc-masonería sin ritos, ni ritos sin símbolos, y que el símbolo no significa cualquier cosa, aunque ciertamente él pueda expresar muchas cosas? ¿Qué razón de ser podría tener un rito donde cada uno de los participantes interpretara los símbolos según su capricho? Para los Masones que se apartan del conocimiento tradicional de estos símbolos, ¿qué representa el rito que practican? Para ellos, dicho rito, ¿no queda reducido a un simulacro, a una verdadera parodia?

No hay que dejar de recordar, de tanto en tanto, el papel indispensable del símbolo en el ámbito iniciático. Es indudable que el símbolo es siempre inferior a aquello que simboliza, pero en sus límites mismos, materiales como los de nuestro mundo, él es un auxiliar casi obligatorio para quien desee progresar en la búsqueda que ha emprendido. Haciendo camino, el que camina constatará además que los símbolos, por simples que se presenten a veces en su forma, contienen significaciones cuya riqueza aumenta en razón misma de los grados de conocimiento, lenta o rápidamente adquiridos.

Es posible que algunos piensen que todo lo que decimos sobre la significación y el valor del rito resultan aquí superfluos: a lo mejor es porque tienen más "suerte" que nosotros en sus encuentros masónicos o tradicionales, tanto mejor para ellos, pero nuestra experiencia personal, y hasta hace bien poco, desafortunadamente nos ha enseñado que existen principios que conviene volver a recordar constantemente, aunque tan solo fuera por el deber de transmitir aquello que se ha recibido. Incluso si la gran mayoría de los "interesados" se desentienden totalmente, existen verdades sobre las cuales hay que volver una y otra vez. Es posible que los símbolos conmuevan algún día a cualquier desprevenido, pero en todo caso siempre servirán para que los que están verdaderamente interesados mantengan una vigilancia hoy en día cada vez más necesaria. El mismo Simón Pedro no temía repetirse. "Pondré esmero, decía en su Segunda Epístola, en recordaros estas cosas, aunque las sepáis y estéis afirmados en la verdad presente. Y tomaré como un deber (...) manteneros despiertos gracias a estas advertencias".

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Quien por sus lecturas haya conocido un poco lo que es la Franc-masonería y la escoja finalmente para recibir la luz que ella promete y él busca, nunca dejará de estar atento durante su iniciación cada vez que se aluda a dicha luz, y particularmente, sin duda, cuando tenga que prestar juramento sobre estos tres objetos que son el Volumen de la Ley Sagrada, el Compás y la Escuadra, los cuales son designados precisamente como las "Tres Grandes Luces" de la Orden que lo acoge. Que a partir de ese momento se le revele o no el simbolismo, su legítima curiosidad le permitirá ir descubriendo poco a poco muchas significaciones.

A fin de explicar lo que son las "Tres Grandes Luces", el texto de un ritual da la respuesta siguiente: "La Biblia para dirigir y gobernar nuestra fe, la Escuadra para regular sobre ella nuestras acciones, el Compás para trazar los límites que no debemos transgredir con respecto a ningún hombre, y más particularmente con respecto a ningún Hermano" 3. Es difícil que en tan pocas palabras se pueda rebajar tanto la significación de símbolos tan ricos y de una implicación tan universal. Sin duda se podría intentar, forzando el texto, deducir algunas indicaciones más amplias y más sólidas, pero esto sería una tarea demasiado larga, improbable, y a fin de cuentas nosotros no percibimos en todo esto más que un vago perfume de religiosidad bastante estrecha y lamentablemnte moralizante. Ciertamente nada habría de malo en interpretar en un sentido auténticamente moral, y poco elevado, símbolos cuyo valor expresivo sobrepasa con mucho este punto de vista restringido, pero lo interesante sería hacerlo de una manera clara escogiendo elementos cuya transposición no sea prácticamente imposible, sobre todo en las "instrucciones" masónicas, en las cuales se trata precisamente de trascender la enseñanza exotérica para beneficio de algunos espíritus y en la medida de su exigencia. Por nuestra parte intentaremos recordar algunos de los aspectos más conocidos de estos símbolos que son el Libro, el Compás y la Escuadra, sin olvidar nunca un dato elemental pero importante: en la intención masónica manifestada aquí, y que debería ser portadora de un sentido preciso, los símbolos de que hablamos constituyen un ternario, y por tanto conviene interpretarlos sobre todo a partir de sus relaciones mutuas, que son las que les da la cohesión, y por tanto la unidad.

El Volumen de la Ley Sagrada, nos dice la Convención de Luxemburgo, debería ser un libro cuya "Santidad" fuera aceptada por todos. Se cita, como ejemplos de tal libro, la Biblia, el Corán, el Vêda y los textos de algunas otras tradiciones 4. Ahora bien, estos libros sagrados no son sino la expresión del Verbo divino en lenguaje humano, lenguaje apropiado, en cada caso particular, a la naturaleza y disposiciones del pueblo al cual se dirije. Pero en otros medios tradicionales se cita algunas veces un Libro que es la pura emanación de la Sabiduría divina, un Libro hecho no de materia sino de luz espiritual. Por ejemplo, las tradiciones hebraica, islámica y hindú son bastante explícitas a este respecto. Existe por tanto una Thorah preexistencial, original, que es la "sophia" de la Divinidad, en el seno de la cual ella vive su vida secreta. Esta Thorah divina se distingue entonces de la Thorah escrita, o Pentateuco, y de la Thorah oral que es el comentario de esta última. El Corán y el Vêda son igualmente reconocidos, cada uno en su tradición propia, como la cristalización terrestre de un arquetipo divino, y por tanto sagrado 5. Por todo ello si los libros particulares de las diversas tradiciones representan el Volumen de la Ley Sagrada, éste, gracias al carácter universal que le confiere su apelación, es el símbolo más legítimo del Verbo cuyo Mensaje se expresa tanto en lo que ha sido designado como el Libro del Mundo como el Libro de Vida, que es el modelo de todos los Libros sagrados 6.

El Libro, según Michel Vâlsan, es también un símbolo del Hombre Universal, representando entonces las páginas los diversos grados del Conocimiento 7. Pero se trata, bajo una expresión diferente, de repetir la misma verdad. ¿No es el Hombre Universal idéntico al Verbo 8, y no es también, según el Islam, el prototipo único donde se resume la creación una, "donde se reflejan todas la Cualidades o "relaciones" (nisah) divinas sin confusión ni separación", y que, "desde el punto de vista relativo", se polariza en el Universo múltiple? 9

No podemos insistir aquí sobre el simbolismo del Libro a causa misma de su riqueza y su extensión. En este sentido, el Libro ha sido adoptado a veces para designar el Universo, tal cual la expresión "Liber Mundi" muestra con evidencia. Pero el Mundo, obra de Dios, es también la "sede" y el "espejo". Y este es el motivo de que el Libro, además de ser el soporte y el mensaje del Verbo divino, sea finalmente también su símbolo. Lo que a veces puede molestar en los textos y sus comentarios es que el Libro, según el grado al que se aplica, puede representar ya sea el Verbo en su esencia, ya su Palabra, ya el Universo en tanto que resultado de su condensación. Hay que añadir igualmente que cuando se remonta hacia el Origen las distinciones se difuminan. Así pues, en la tradición hebrea se contempla a la Thorah como tejida con el Nombre de Dios. De hecho, Dios mismo es la Thorah, porque la Thorah, El y su Nombre se confunden 10. En el Islam, la Madre del Libro (umm al-Kitâb), arquetipo eterno del Libro revelado 11, está, se dice, cerca de Dios 12. Y Juan Evangelista va todavía más lejos. "En el principio, dice, era el Verbo, y el Verbo estaba cerca de Dios, y el Verbo era Dios".

Al igual que al principio Dios crea el Cielo y la Tierra, así también en la Logia masónica, y como una señal de la apertura de los "trabajos", el Volumen de la Ley Sagrada parece liberar de entre sus páginas a la pareja formada por el Compás y la Escuadra. Estos dos instrumentos, presentes también en numerosas tradiciones, asumen, gracias a su encuentro, algunos valores particularmente significativos que permiten presentir el misterio. Al igual que en todo simbolismo donde intervienen dos términos complementarios, estos valores toman una apariencia contradictoria, cuando en realidad ellos están hechos para unirse. Se lo constata ya a través de las implicaciones geométricas, de donde, por otra parte, se pasa fácilmente a las de la cosmología. Con el fin de cumplir su papel, el Compás ha de ser móvil. Como la Esfera y el Círculo, como el Cielo, el Compás posee un carácter dinámico, activo. La Escuadra, cuando se la utiliza, debe estar fija. Como el Cubo y el Cuadrado, como la Tierra, modelos de estabilidad, la Escuadra posee un carácter estático, pasivo, receptivo. El primer instrumento se mantiene verticalmente con respecto al plano donde se aplica, el segundo, horizontalmente. El uno es pues masculino y el otro femenino, o, para utilizar expresiones taoístas de alcance más universal, el uno es yang y el otro yin. Nada sorprendente entonces que se recubran mutuamente, se entrecrucen y se entrelacen de acuerdo con los Grados o con los Ritos.

Extendámonos un poco ahora sobre el simbolismo del Compás. Este término viene del verbo "acompasar", que significa "medir". Se trata, antes de nada, de un instrumento de medida. En el Compañerazgo se le denomina la "Herramienta del Señor", lo cual es una imagen de las más justas. Por otra parte existe un grabado de William Blake que representa, sobre un fondo celeste, al "Anciano de los Días" en el momento de trazar "el primer círculo de la Tierra" 13, y resulta difícil no identificarlo con lo que la Masonería designa como el Gran Arquitecto del Universo. Se puede observar, en lo que parece ser una esfera luminosa, a un hombre de apariencia anciana inclinado con un compás abierto en la mano para medir o trazar alguna cosa que no es visible en el grabado. Se trata, pensamos, del Ser universal: éste, a partir del Orbe solar que lo simboliza, obliga a la Actividad celeste a medir, en la Receptividad terrestre, la parte susceptible de responderle. Para la obra cósmica de que se trata no se podía escoger mejor instrumento simbólico que el Compás, puesto que, como se dice, él permite realizar todas las operaciones. Es la Herramienta de la Sabiduría divina tomando las medidas del Mundo. Si dibuja un círculo, es, como se dijo más arriba, "para trazar los límites" que no se deben "transgredir", pero estos límites son de orden moral sólo en una acepción muy restringida, y aquí conviene extender considerablemente la significación observando los límites gigantescos de las posibilidades terrestres que el Acto divino, tras haberlos señalado, no podría franquear sin sobrepasar las rigurosas ordenanzas de sus propios designios. En fin, son las curvas trazadas por el Compás las que lo convierten en símbolo del Cielo, cuya imagen conocida es el Círculo o la Esfera, y si el Compás circunscribe áreas es porque en primer lugar las determina, como el Cielo determina de antemano, dentro de su campo limitado, la evolución y el acontecer cronológico de la Tierra.

En lo que respecta a la Escuadra, el ritual nos proporciona todavía indicaciones muy interesantes. Como en todo lo que antecede, hemos querido verificarlas a la luz de los comentarios específicamente masónicos. Pero lo que hemos encontrado era muy aproximativo, incluso nebuloso, de ahí nuestra relativa perplejidad cuando no hallamos, entre tantas opiniones autorizadas, ninguna clara confirmación sobre aquello que parecería a todas luces evidente 14. Hemos visto asociar la Escuadra a la equidad, a la justicia, a la rectitud, al equilibrio, e incluso, no faltaba más, a la tolerancia. Ahora bien, esto no son más que alineamientos de palabras, sin pretensión alguna de relacionarlas con la coherencia propia de la inteligencia del ritual 15. De todo esto, repetimos, no sacamos más que una impresión moralizadora sin mayor importancia. En otro registro se nos enseña que la Escuadra sirve para trazar rectas perpendiculares así como cuadrados. ¿Se trata de algo que se nos dice de pasada? No estamos seguros. Es indudable que si el Cuadrado simboliza la Tierra podría pensarse que la Escuadra es también el símbolo de ésta. ¿Pero por qué entonces algunos Masones rechazan afirmarlo con claridad? 16.

Nos parece que no sería muy difícil poner un poco de orden en este caos. Digamos, en primer lugar, que según René Guénon existe en la Masonería más de una manera de comprender la Escuadra. Por ejemplo, ella aparece en el collar del Venerable Maestro de la Logia, y, "debido a que está formada por dos brazos rectangulares, se la puede considerar como la reunión de la horizontal y la vertical, que, en uno de sus sentidos, corresponden respectivamente (...) a la Tierra y al Cielo" 17. Este aspecto no concierne a nuestro estudio y no podemos detenernos en él, pero es útil señalarlo de pasada, para distinguirlo netamente del que nos interesa aquí: aquel en que, como hemos visto, la Escuadra se asocia al Compás en una relación de perfecta complementariedad 18. Así pues, sabiendo ya que el Compás designa el Cielo, no resulta muy difícil admitir que la Escuadra designe a su vez la Tierra. Por otro lado, como es muy frecuente, la etimología viene a confirmar lo que nos sugiere el simbolismo. Los términos "escuadra" y "cuadrado" pertenecen a una misma familia lingüística cuya significación general es la de "cuaternario" 19. Por lo tanto, puesto que el Cuadrado designa a la Tierra, nada hay de sorprendente en que la Tierra sea igualmente simbolizada por la Escuadra. Tal es el caso en otras tradiciones, como por ejemplo la extremo-oriental, en donde la Escuadra y el Compás son los símbolos respectivos de la Tierra y el Cielo 20.

Para concluir estas consideraciones sobre la Escuadra y el Compás, sería interesante observar que estos dos "útiles" masónicos, en sus entrecruzamientos, delimitan siempre entre sí un "cuadrilátero". A este respecto, toda la Manifestación, sellada por el "Cuaternario", se encuentra comprendida entre la Tierra y el Cielo 21. ¿No vuelve esto a confirmar, por si aún fuera necesario, la legitimidad de las diversas consideraciones anteriores? En perfecta conformidad con lo que sabemos del simbolismo constructivo, en el contexto masónico la Escuadra y el Compás parecen corresponder perfectamente con esos dos principios fundamentales que en el dominio cosmológico representan la Tierra y el Cielo, y que son designados con frecuencia como los dos Polos de nuestro Mundo manifestado.

Pensamos que lo dicho hasta aquí permite establecer algunos puntos esenciales. El Volumen de la Ley Sagrada, el Compás y la Escuadra representan, en el Oriente de la Logia, un ternario que hemos interpretado en el sentido de un primer principio del que derivan dos términos complementarios 22. Si nos situamos en el punto de vista metafísico, o más exactamente ontológico, que es el que nos parece el único admisible en el caso presente, se trata del Ser universal cuya polarización tiene por resultado la Esencia y la Substancia, Polos respectivamente activo y pasivo de la Manifestación, aunque ellos mismos no están manifestados 23. Tal interpretación procede del hecho de que se trata no solamente de un grupo que una intención ritual ha constituido deliberadamente bajo la apelación de "Tres Grandes Luces" 24, sino de tres elementos colocados en el instante mismo de abrirse la Logia, constituyendo ésta una imagen del cosmos y un "lugar esclarecido", como la Manifestación universal es luz con respecto a las tinieblas de lo No manifestado.

Las "Tres Grandes Luces" designan todavía otro ternario que no nos parece que conlleve aplicación alguna en la apertura de la Logia tal y como la consideramos en este momento, pero que creemos que no es posible pasar por alto: en efecto, conviene señalar netamente la diferencia que lo separa del ternario del que venimos hablando.

Se dice que las "Tres Grandes Luces" estaban representadas antiguamente, sobre todo en la Masonería inglesa 25, por el Sol, la Luna y el Maestro de la Logia. Este ternario, por su forma misma, difiere algo de aquel al que nos hemos referido anteriormente: posee un carácter menos universal, encontrándosele a veces designado como las "Tres Pequeñas Luces" 26. Al contrario del que hemos estudiado, él se encuentra formado "por dos términos complementarios y por su producto o resultante" 27. Así, en la Gran Tríada extremo-oriental, el Cielo y la Tierra tienen por resultante el Hombre que, una vez establecido en el Invariable Medio, desempeña entre ambos el papel de mediador 28. Al igual que el Cielo y la Tierra, "el sol y la luna, en casi todas las tradiciones, simbolizan también respectivamente el principio masculino y el principio femenino de la manifestación universal" 29. El Maestro de la Logia mora entre el Sol y la Luna porque, teóricamente al menos, ha sabido realizar el equilibrio de estos dos principios o, lo que es igual, armonizar en sí mismo el yang y el yin. Esta posición corresponde a aquella que en el Taoísmo ocupa el Hombre Verdadero: su residencia en el Invariable Medio lo convierte en el mediador de su estado particular de existencia. Sin embargo, existe una gran diferencia entre un Venerable ordinario y aquello que, hablando con propiedad, representa un Hombre Verdadero, y más aún todavía un Hombre Trascendente, que es el Mediador de todos los estados de existencia y que en el Islam se corresponde con el Hombre Universal, citado más arriba.

En lo que se refiere a las "Tres Grandes Luces", se entenderá entonces porque hemos escogido hablar más bien del Volumen de la Ley Sagrada, el Compás y la Escuadra 30: no sólo su situación en el Oriente de la Logia masónica evoca implícitamente el nacimiento del Día, sino que su colocación tiene lugar durante la apertura de los "trabajos", y en la Logia, siendo una imagen bien conocida del cosmos, los "trabajos" que se desarrollan dentro de ella aparecen a este respecto evidentemente como los que acompasan la actividad de la Existencia universal. Por todo ello se entiende sin dificultad que el Volumen de la Ley Sagrada, el Compás y la Escuadra se encuentren dispuestos por el ritual de tal forma que dejen entender claramente que ellos representan, como por otro lado lo justifica su propio nivel simbólico, los tres principios radiantes cuyo desplegamiento es también el de la Manifestación entera 31.

Traducción: F. Ariza


Notas
* Este artículo ha sido publicado anteriormente en la revista "Vers la Tradition" de junio y septiembre de 1994. El H\ Villedieu pasó al Oriente Eterno en Noviembre de 2007. Desde aquí nuestro más reconocido homenaje a dicho H\ y a su labor en pos de la difusión del Simbolismo Masónico y de la Tradición Unánime, realizada siempre bajo la guía intelectual de René Guénon. Ha sido también colaborador de la revista SYMBOLOS, donde ha publicado especialmente diversos estudios sobre el simbolismo cíclico.
1 El Venerable de una Respetable Logia nos declaró en cierta ocasión que el simbolismo no le interesaba nada. Pertenecía a una Obediencia cuya "regularidad" estaba reconocida por la Gran Logia Unida de Inglaterra.
2 Esto recuerda la libre interpretación de las Escrituras reivindicada en el siglo XVI.
3 Extraído de un ritual dado por The Three Distinct knocks, 1760, y citado por Jean-Pierre Bayard (Le Symbolisme Maçonnique Traditionnel, p. 202).
4 J.P. Bayard (ibid., p. 205).
5 "La idea del 'Evangelio Eterno' muestra también que esta misma concepción no era totalmente extraña al cristianismo" (R. Guénon: Le symbolisme de la Croix, p. 87, nota).
6 R. Guénon: Symboles Fondamentaux..., p. 72, nota 1).
7 "Etudes Traditionnelles", 1974, p. 247, nota.
8 R. Guénon: Le symbolisme de la Croix, p. 147, nota.
9 Titus Burckhardt: Introduction aux doctrines ésotériques de l'Islam, p. 103-104.
10 Gershom G. Scholem: La Kabbale et sa symbolisme, p. 55-57.
11 'Abd al-Karîm al-Jîlî: De l'Homme Universel, p. 97.
12 Martin Lings: Un saint musulman du vingtième siècle, p. 186.
13 Kathleen Raine: William Blake, p. 20 (Longmans, Green & Co).
14 De hecho, hay que reconocer que: en toda la jerarquía masónica, los Hermanos, en su inmensa mayoría, se desinteresan por los símbolos que están ante sus ojos. Sin duda que hemos visto algunas excepciones, pero estas claman en el desierto, e incluso tuvimos ocasión de ver a uno, en el transcurso de una "tenida blanca", recibir groseras burlas delante de profanos por gente de su propia Logia, en el momento que estaba dando algunos ejemplos muy interesantes sobre el simbolismo de la Cábala.
15 Desde luego, aparte de los Masones que declaran sin ambages que el simbolismo no les interesa, existen otros, más numerosos, que se refugian detrás del "secreto masónico", maniobra puramente dilatoria evidentemente, porque no es intentando aproximarse al sentido del símbolo como se traiciona el "secreto masónico". Por otro lado, habría mucho que decir acerca del "secreto".
16 "Muchos comentadores, escribe J.P. Bayard, han admitido que el compás y el círculo representan el cielo (...), ¿pero la escuadra evoca realmente la tierra? (...) Sin duda estamos ante el simbolismo medieval, pero el pensamiento espiritual de los constructores ha desaparecido hace mucho tiempo". Y el autor concluye sorprendentemente: "esta herencia simbólica, aunque haya decaído, nos asombra hoy en día" (Le Symbolisme Maçonnique Traditionnel, p. 343).
17 R. Guénon: La Grande Triada, p. 133.
18 Estos dos aspectos conllevan significaciones que, de una a otra, varían en extensión o en intensidad según los grados a los cuales se refieran. Sería necesario entonces distribuir juiciosamente, de una y otra parte, todos los epítetos que son pertinentes atribuir a la Escuadra.
19 A esta misma familia se vincula el inglés square, que designa por igual la escuadra y el cuadrado. Todas estas palabras se remontan al indo-europeo kwtwr.
20 Hay gran interés por saber lo que dice el simbolismo de las tradiciones "extranjeras". Como hacía notar R. Guénon, existen muy pocos símbolos que sean exclusivamente masónicos, lo que hace posible la comprensión de las diversas tradiciones. Esto no impide que un "Soberano Gran Inspector General de la Orden" nos dijera un día con una ingenua seguridad: "¡Que nos va a dar el Oriente, si ya poseemos nuestra propia tradición!".
21 Recordaremos que en la tradición china, el Cielo y la Tierra también engloban lo que se considera como su producto común, denominado "los Diez mil seres". En este sentido el número Diez ocupa aquí el mismo lugar que la Manifestación o el Cuaternario de que estamos hablando. ¿No sería este el signo de que, en una u otra tradición, el Denario y el Cuaternario están directamente relacionados, no siendo aquel sino un desarrollo de éste?
22 R. Guénon: La Grande Triade, p. 23.
23 Estos son designados como Purusha y Prakriti en la tradición hindú, y como Tien y Ti, es decir el Cielo y la Tierra, en la tradición extremo-oriental.
24 Separadamente, cada uno de estos tres símbolos sería susceptible de otras interpretaciones, tal y como lo hemos constatado en algunos casos.
25 De 1717 a 1727 (J.P. Bayard: Le Symbolisme Maçonnique Traditionnel, p. 205).
26 Daniel Ligou: Dictionnaire universel de la Franc-Maçonnerie, p. 780.
27 R. Guénon: La Grande Triade, p. 24.
28 Ibid., p. 31, y Le Symbolisme de la Croix, p. 144-145.
29 R. Guénon: Le Symbolisme de la Croix, p. 86.
30 No hemos tenido en cuenta el encendido de las "Tres Pequeñas Luces" que precede hoy en día la abertura del Volumen de la Ley Sagrada. "Es posible que haya sido el Rito Escocés Rectificado el que introdujera este nuevo ritual". Y J.P. Bayard precede esta nota de una interesante observación. "Antiguamente, escribe, el encendido de las columnas Sabiduría, Fuerza, Belleza, se ejecutaban (sic) en el silencio y de una sola vez, y también antes de la apertura de los trabajos" (Le Symbolisme Maçonnique Traditionnel, p. 195). Pero incluso aquí, los datos son insuficientes para emitir una opinión verosímil.
Es posible que algún otro ternario hiciera la competencia al que hemos abordado en este estudio; sin embargo no hemos recogido, a este respecto, nada de particularmente significativo. Que nosotros sepamos Pierre Dangle es el único en otorgarle un lugar importante en el ritual de su Logia: "Las tres 'grandes luces' de la Francmasonería iniciática, afirma, son la Regla, la Escuadra y el Compás. Decimos bien 'la Regla' y no cualquier 'volumen de la ley sagrada' como obligan algunas obediencias". En esa Logia es sobre dicho ternario que se presta juramento (Loge Souveraine ou Loges esclaves, p. 59-60) Ed, Le Rocher, 1986).
31 A lo largo de estos desarrollos hemos hecho algunas observaciones desalentadoras sobre el lugar que ocupa el Simbolismo en los medios masónicos. Desalentadoras, pero no exageradas. Por otro lado, sobre esta cuestión, he aquí lo que se pensaba en la Ars Quatuor Coronatorum, que reúne los "trabajos de la Loge Quatuor Coronati", en 1973. "El simbolismo, nos dice el M.R.H. y Dr. Ross Hepburn, es un asunto cuya discusión es difícil por diversas razones: 1. La interpretación de los símbolos es, en una amplia medida, una cuestión de opinión personal, y el tema ha sido abusivamente explotado por escritores imaginativos y originales de toda especie. 2. Es, en gran parte, un asunto abstracto [se podría traducir también 'abstruso', como el idioma inglés nos autoriza] si se lo compara con los datos precisos de la Historia masónica. 3. Es un asunto que parece engendrar una emoción considerable, particularmente en aquellos que otorgan validez a las interpretaciones místicas, y en esos otros cuyo entusiamo sobrepasa su conocimiento de la Francmasonería. 4. No se trata de una ciencia exacta" (p. 278). Estas líneas, publicadas por la célebre Logia de Búsquedas de la Gran Logia Unida de Inglaterra, modelo de "regularidad" iniciática, parecen haber dado el tono en el mundo entero.

LIMITES DE LA REGULARIDAD INICIATICA

Julius Evola

I. El esquema guenoniano de la regularidad iniciática
II. Crítica del esquema guenoniano
III. Iniciación y vías de excepción.
IV. Condiciones actuales de la iniciación.

Este texto, de gran importancia, y origen de la polémica entre Julius Evola y René Guenon, fue publicado inicialmente en "Introducción a la Magia", colección de fascículos publicados por el Grupo de UR (Tomo III, pág. 160-175 de la edición italiana), cuyos tres volúmenes fueron publicados en Roma en 1971 por el editor Giovanni Canonico (y posteriormente por Edizioni Mediterranea en italiano, ediciones Arché en francés y, recientemente por ediciones Herakles en castellano). Firmado con el seudónimo EA, este texto es indudablemente de Julius Evola, como lo demuestra el etilo inimitable y no fácil de transponer a otra lengua. La presente traducción corresponde a la edición italiana de 1971.

LOS LIMITES DE LA REGULARIDAD INICIATICA.

Entre los raros escritores que en Occidente, no por erudición, sino por un saber efectivo, asentado sobre base iniciática, han contribuido a una orientación y clarificación en el terreno de las ciencias esotéricas y de la espiritualidad tradicional, René Guenon tiene un puesto de relieve. En general, aconsejamos el estudio de las obras de Guenon a aquellos de nuestros lectores que no lo conozcan, en la medida en que son únicas en su género y en su valor, al igual que puede servir de complemento a mucho de lo que hemos expuesto, al menos por lo que se refiere a lo esencial. Por el contrario, en cuanto a ciertos aspectos particulares, se imponen reservas de nuestra parte, porque frecuentemente la orientación de Guenon se resiente de una línea de pensamiento, diversa a la que se encuentra en la base de nuestras formulaciones y, además, por que la dirección de René Guenon es esencialmente teórica, en tanto que la nuestra, por el contrario, es fundamentalmente práctica. Será pues útil considerar brevemente en qué punto están las cosas en este terreno, a fin de que aquellos que nos sigan puedan establecer la manera en que pueden utilizar adecuadamente lo que ha expuesto Guenon.

Por lo que se refiere a las divergencias doctrinales, haremos simplemente alusión, sin detenernos. No compartimos los puntos de vista de Guenon a propósito de las relaciones que existen entre la iniciación real y la sacerdotal, a propósito de su esquema relativo a los Pequeños y a los Grandes Misterios, y en fin, a propósito de la restricción del término "Magia" al que concede un significado inferior y peyorativo. Estos tres puntos, por lo demás, están en cierta medida ligados unos con otros. Pero lo que queremos tratar aquí es precisamente el problema general de la iniciación.

ESQUEMA GUENONIANO DE LA REGULARIDAD INICIATIVA

El punto de vista de Guenon es, en síntesis, el siguiente. La iniciación consiste en la superación de la condición humana y en la realización de los estados superiores del ser: cosa imposible con los meros medios del individuo. Esto podría ocurrir en los orígenes y para un tipo e hombre muy diferenciado del actual; pero hoy sería, por el contrario, necesaria una intervención exterior, a saber la transmisión de una "influencia espiritual" en el aspirante a la iniciación.

Esta transmisión se efectúa ritualmente a través de una organización iniciática regular. Tal es la condición de base: si no se satisface, Guenon estima que no hay iniciación efectiva, sino solamente una vana parodia de esta (la "seudo-iniciacion"). La "regularidad" de una organización consiste en que esté ligada, a su vez, directa o mediante intermediarios de otros centros, a un centro supremo y único. Consiste además, en referirse a una cadena ininterrumpida de transmisión que continúa en el tiempo a través de representantes reales, remontándose hasta la "tradición primordial".

A fin de que la transmisión de las influencias espirituales, condicionando el desarrollo iniciático, sea real basta que los ritos requeridos sean exactamente realizados por aquel que está regularmente designado para tal función: que, por lo demás, éste comprenda o no los ritos requeridos, que crea o no en su eficacia, apenas tiene importancia sobre el acto en sí. En estos casos, igualmente, la cadena no se interrumpe y una organización iniciática no cesa de ser "regular", ni capaz de conferir la iniciación, incluso cuando no cuenta más que con "iniciados virtuales". Como se sabe la Iglesia tiene un punto de vista análogo respecto a la ordenación sacerdotal y a la eficacia de los ritos regularmente ejecutados.

En cuanto al candidato a la iniciación, para obtener la transmisión de las "influencias rituales", se pide una cualificación. Tal cualificación concierne, sea la plano físico, con ausencia de ciertos defectos corporales, sea a una cierta preparación mental ("especulativa"), o a la presencia de una aspiración precisa, o, como preferimos llamarlo, de una vocación. Puede decirse de forma general que un estado de desarmonía y desequilibrio descalifica para la obtención de la iniciación. Con la transmisión de "influencias espirituales", se transforma en un "iniciado virtual". Un cambio interior se produce, el cual -al igual que el hecho de pertenecer a la organización a la que se está adherido- será indeleble y subsistirá por siempre jamás.

Sin embargo, la iniciación efectiva tiene necesidad de una labor activa, "operativa", de actualización, que debe ser hecha por uno mismo y que ningún maestro puede acometer en lugar del aspirante (dado que existen diversos grados de iniciación, esto debe ser verosímilmente entendido para cada grado). Los representantes de una organización iniciática no pueden dirigir, controlar y secundar este desarrollo y prevenir desviaciones posibles. El enlace con estados superiores del ser, establecida por medio de la transmisión de influencias espirituales, no tiene siempre necesidad de ser consciente para ser real.

En particular, René Guenon distingue netamente entre misticismo e iniciación, pues el místico no es "activo" en sus experiencias: habitualmente no posee siguiera los medios para interpretarlas adecuadamente (especialmente por que se trata de un individuo aislado y la condición base para la iniciación es la ligazón con un "centro" y una "cadena", la cual no se satisface en absoluto. En segundo lugar, René Guenon niega toda posibilidad de ligazón -como el llama "ideal"- con una tradición, es decir, todo enlace que no se efectúe según la vía ritual, anteriormente indicada, y por contacto con representantes vivientes, existentes, presentes y autorizados de esta tradición. Una iniciación "espontánea", en fin, resulta igualmente excluida, pues equivaldría a un nacimiento sin ayuda de quien facilitara la posibilidad o al desarrollo de una planta sin que primero haya semilla la cual, a su vez, procede de otras plantas nacida la una de la otra.

Tal es, en síntesis, el esquema guenoniano de la "regularidad iniciática". Veamos ahora lo que se puede pensar a este respecto.

CRITICA DEL ESQUEMA GUENONIANO

Contra el esquema en sí no habría gran cosa que objetar, salvo que la situación existente para la mayor parte de aquellos a los que se dirigen los escritos de Guenon, no pasa de ser un esquema abstracto. Podemos conceder a este esquema nuestro asentimiento, pero luego si se desciende a la pregunta de cómo pasar a la práctica para recibir la iniciación, no se percibirán en la obra de Guenon muchas luces: todo lo contrario. En efecto, Guenon pretende que no aspira a nada más que la clarificación del concepto de iniciación; en cuanto a ocuparse del problema iniciático en sí, es decir, saber a quien hay que dirigirse para recibir indicaciones concretas, es algo que no le concierne -según afirma- de ninguna manera y que no puede, por nada del mundo, entrar en sus atribuciones.

Así el individuo que oye hablar a Guenon constantemente de "organizaciones iniciáticas", como si existieran en todas las esquinas, se encuentra frente a un auténtico callejón sin salida, en el caso en que el esquema de la "regularidad iniciática" fuera considerado verdaderamente absoluto y exclusivo.

Pensamos naturalmente en el hombre occidental. En Oriente -desde los países islámicos hasta el Japón- pueden aun existir ciertos centros que conserven suficientemente las características indicadas por Guenon. Pero no puede hacerse gran caso de esto; incluso aunque alguien decidiese desplazarse a estos lugares para recibir una iniciación regular auténtica. En efecto, haría falta tener la suerte de entrar en relación con centros de una pureza, por así decirlo, absolutamente supratradicional, pues, en caso diferente, se trataría de iniciaciones, cuya jurisdicción (como reconoce el propio Guenon) es el medio ambiente de una religión positiva dada, que no es la nuestra. Aquí, no se trataría de "convertirse" o no; existe un conjunto de factores físicos y sutiles, raciales y atávicos, de formas específicas de culto y divinidad, hasta llegar al factor representado por la mentalidad y por la misma lengua, que entran en consideración. Se trataría de trasplantarse a un medio físico y espiritual completamente diverso: lo que no es accesible para la mayoría y no puede ser realizado mediante un simple viaje.

Si uno se orienta por el contrario hacia la tradición que terminó por prevalecer en Occidente, nada podría alcanzarse, pues el cristianismo es una tradición mutilada de la parte superior, esotérica e iniciática. En el interior del cristianismo tradicional -es decir, del catolicismo- no existe ya una jerarquía iniciática: aquí, las perspectivas se limitan a desarrollos místicos mediante la iniciativa individual, y sobre una base carismática. Esporádicamente, algún místico sabe ir más allá y, de forma puramente individual, logra elevarse hasta el plano metafísico. Podemos y debemos hacer abstracción de algunas raras alusiones de los primeros siglos de nuestra era, o de las que se ha creído encontrar en la iglesia greco-ortodoxa, y a la caza de las cuales han partido ciertos guenonianos.

Si tras haber reconocido todo esto, se quiere buscar más, lo que dice Guenon no es particularmente consolador. En efecto, reconoce que en nuestros días, en el mundo occidental, no existen en absoluto organizaciones iniciáticas. Las que hubieron, hoy han caído en un estado de completa degeneración transformándose en "vestigios incomprendidos, incluso por los mismos que las dirigen". Más aún: lo que añade, a título de precisiones, no hace sino acrecentar la perplejidad y el que sean visibles, además, los peligros que derivan del hecho de asumir incondicionalmente el esquema abstracto de la "regularidad iniciática".

Aquí no podemos más que expresar nuestro desacuerdo preciso sobre dos puntos. El primero es que, incluso a través de organizaciones degradadas, sería posible obtener algo parecido a una verdadera iniciación. Para nosotros, la continuidad de las "influencias espirituales" es, de hecho, ilusoria, cuando no existen representantes dignos y conscientes de una cadena dada y cuando la transmisión se ha convertido casi en mecánica.

Es un hecho que existe la posibilidad, en este caso, de que las influencias verdaderamente espirituales "se retiren", razón por la cual lo que queda y es transmitido no es nada más que algo degradado, un simple "psiquismo", incluso abierto a fuerzas oscuras, de tal manera que la adhesión a la organización correspondiente, para quien aspira verdaderamente a lo alto, se vuelva a menudo una desventaja y un peligro, antes que un socorro. René Guenon no parece pensar lo mismo: cree que si la continuidad exteriormente ritual se ha mantenido, es siempre posible obtener lo que llama "iniciación virtual".

Más grave es nuestro desacuerdo cuando Guenon dice que el resultado de las investigaciones por él conducidas en una época ya lejana, le llevó a la "conclusión formal e indudable" de que fuera del caso de supervivencia de algún grupo de hermetistas cristianos procedente de la Edad Media, entre todas las organizaciones con pretensiones iniciáticas que existen hoy en Occidente, no hay nada más que dos que puedan reivindicar, aunque de forma muy decaída, un origen tradicional auténtico y una real transmisión iniciática: el Compañerismo y la Masonería. Todo lo demás no sería más que charlatanería y vacuidad, cuando no serviría para disimular algo peor. Así se expresa Guenon. Pero, aquí nosotros introduciremos consideraciones particulares, sosteniendo que existen indicios suficientes a propósito de personas que, incluso en Occidente, están o han estado en posesión de conocimientos iniciáticos efectivos, sin haberse afiliado, ni al Compañerismo, ni a la Masonería.

Dejando pues de lado este hecho, diremos, a propósito del Compañerismo que se trata de una organización iniciática residual, de origen corporativo y alcance muy restringido, cuyo nombre fuera de Francia es casi completamente ignorado. Para pronunciarnos a este respecto, no poseemos datos suficientes y no creemos que la cosa valga la pena. Pero, en cuanto a la masonería, las cosas se presentan de forma diversa. René Guenon puede haber contemplado quizás algún núcleo superviviente de la antigua masonería "operativa", privada de relaciones con lo que la masonería es hoy concretamente. En cuando a esta última, no tiene -al menos, por lo que respecta a las cuatro quintas partes- absolutamente nada de iniciático, siendo un sistema fantasioso de grados, construido sobre la base de un sincretismo inorgánico, hasta el punto de que representa más precisamente lo que Guenon llama "seudoiniciación".

Más allá de este artificioso edificio, lo que puede encontrarse, dotado de un carácter "no humano" en la masonería moderna, posee a lo más un carácter muy sospechoso; diversas circunstancias vuelven legítimo el que pueda suponerse a este propósito, que se trata propiamente de una organización cuyo elemento verdaderamente espiritual se ha "retirado" y en la cual el "psiquismo" ha servido frecuentemente como instrumento de fuerzas tenebrosas. Si se mantiene el principio de juzgar según los frutos, reconociendo la precisión de la "dirección de eficacia" de la masonería en el mundo moderno, su constante acción revolucionaria, su ideología, su lucha contra todas las formas positivas de autoridad de lo alto, y así sucesivamente, no puede sino alimentar dudas a propósito de la naturaleza del fondo oculto de la organización en cuestión, cuando no se reduce a una pura y simple imitación de la iniciación y de la jerarquía iniciática.

René Guenon no está en absoluto dispuesto a aceptar una interpretación de este género. Pero no es el punto decisivo sobre la cuestión. Aunque no intente "conducir o robar afiliados a cualquier organización", la responsabilidad que indirectamente toma con tales consideraciones, es enteramente suya, y por nuestra parte no podemos compartirla, ni siquiera en su parte más mínima (1).

Así pues, ante un balance como éste, el problema práctico, en los marcos de la "pura regularidad iniciática", se presenta bastante mal para el hombre occidental. Conviene ver que otras vías, legítimas y fundadas, pueden ser consideradas para dar cierta luz al problema.

INICIACION Y VIAS DE EXCEPCION

El mérito que es preciso reconocer a la concepción guenoniana es el realce que da a la dificultad de realización iniciática en las condiciones actuales y el hecho de colocar un límite contra ciertos planteamientos concernientes a la "iniciación individual" y a la "autoiniciación", presentados por algunos -Rudolf Steiner entre ellos- como la única vía que el hombre occidental debería seguir. Conviene no caer de un exceso a otro.

Es absolutamente cierto que en razón del proceso de involución al cual la humanidad está sujeta, algunas posibilidades de realización directa, presentes en los orígenes, si bien no están totalmente perdidas, se han convertido, al menos, en raras. Pero no se debe caer en posiciones equivalentes a la concepción cristiana, según la cual el hombre, irremediablemente tarado por el "pecado original", no podría nada por sí mismo en el terreno propiamente sobrenatural; aquí la intervención inseparable de aquel que puede transmitir ritualmente las "influencias espirituales", base de todo, según Guenon, aparece como equivalente de la "gracia" y de los "sacramentos".

Otra consideración importante que conviene hacer es la siguiente. Guenon mismo, en otro libro, ha señalado que uno de los aspectos de la involución específica es una solidificación, sea como la que se provoca hoy en la realidad presente bajo las formas rígidas de una materialidad sin alma, sea -añadimos nosotros- como la que determina una cerrazón interior del individuo humano. Se debe estimar que en tales condiciones, el poder y, en consecuencia, la ayuda propia a las "influencias sutiles", en el dominio de los ritos, no solo iniciáticos, sino aun religiosos, es más que reducida e incluso nula en los casos dados. Sería preciso, en efecto, preguntarse finalmente, cual es la naturaleza de estas "influencias espirituales" y si aquel que, en calidad de "iniciado virtual", las posee, no se encuentra así protegido frente a todo tipo de errores doctrinales y desviaciones. En verdad conocemos muchos casos de personas -y no solo occidentales- cuya situación es verdaderamente conforme a la "regularidad iniciática" en el sentido guenoniano del término (y, en primer lugar, todos los masones), pero que dan muestra de tal incomprensión y de tal confusión a propósito de todo lo que es verdaderamente esotérico y espiritual, que aparecen muy por debajo de personas que no han recibido este don, pero que están dotados de una justa intuición y de un espíritu suficientemente abierto.

Aquí también, no se puede eludir juzgar según el criterio "Los juzgaré según sus frutos", y no debemos hacernos ilusiones a propósito de las "influencias" espirituales en cuestión, en el estado actual de las cosas.

Dicho esto, en tanto que consideración general y decisiva, conviene tener presente en el espíritu lo que sigue: el hombre que ha nacido en la época actual es un hombre que ha aceptado lo que los teósofos llamarían un "karma colectivo": es el hombre que se ha asociado a una "raza" la cual "ha querido nacer por sí misma", librándose también de los lazos que no servían más que para sostenerla y guiarla y al que se ha dejado hacer; siguiendo esta ruta no ha ido mas que al encuentro con su propia ruina, he aquí lo que es conocido por todos los que saben comprender el rostro de la civilización moderna. Pero el hecho sigue siendo el mismo: hoy, en Occidente, nos encontramos en un medio en el que las fuerzas espirituales se han retirado y en el seno del cual el individuo no puede contar mucho con ellas, a menos que, gracias a un feliz concurso de circunstancias, no sepa, a en cierta medida, abrirse él mismo una vía. En esto, no hay nada que cambie.

Encontrándose pues en una situación que, por sí misma constituye una anomalía, prácticamente también en el dominio de la iniciación, conviene considerar menos las vías regulares que las que tienen un carácter de excepción.

Lo cual admite en cierta medida el mismo Guenon. Los centros espirituales -dice- aunque con modalidades extremadamente difíciles de definir, pueden intervenir más allá de las formas de la transmisión regular, sea en favor de individuos particularmente cualificados, que se encuentran aislados en un medio donde el obscurecimiento ha llegado a tal punto que no subsiste casi nada de tradicional y la iniciación no puede ser obtenida, en vistas de un fin general o excepcional, como renovar una cadena iniciática accidentalmente interrumpida. Existen pues posibilidades no normales de "contactos" directos. Pero René Guenon añade que es esencial retener que, incluso si un individuo aparentemente aislado alcanza una iniciación real, esta iniciación no será espontánea más que en apariencia, por que de hecho indicará siempre un enlace, por cualquier medio, con una cadena efectivamente existente: un enlace "sobre la vertical", es decir, como una participación interior en los principios y en los estados supra-individuales de los cuales toda organización particular de hombres no es más que una manifestación sensible y, en cierta manera, apenas una exteriorización contingente (2). Por ello, en los casos en cuestión, se puede siempre formular la pregunta: ?es verdaderamente la intervención de un centro lo que ha determinado la iniciación o, por el contrario, es la iniciativa activa del individuo de querer avanzar hasta cierto punto, lo que ha provocado esta intervención?

A este respecto, puede hablarse de una cualificación que no entra enteramente entre las que Guenon ha indicado, una cualificación activa, creada a través de una disciplina especial, por una especial preparación individual que vuelve apto, no solo al ser elegido, sino en ciertos casos, también a imponer la elección y la iniciación. El símbolo de Jacob luchando contra el ángel, hasta el punto de obligar a bendecirle, como tantos otros, hasta el de Parsifal (en Wolfram von Eschembach) que abre la ruta hasta el Grial "con las armas en la mano", algo "jamás visto hasta entonces", corresponden a tal posibilidad. Es lamentable que en los libros de René Guenon, no se encuentre nada a propósito de lo que puede ser una disciplina activa de preparación, la cual, en ciertos casos, es susceptible de conducir, incluso sin solución de continuidad, a la iluminación (3): de la misma forma René Guenon no indica nada, en cuanto a disciplinas concretas respecto a la obra de actualización, que convierte al "iniciado virtual" en un verdadero iniciado y, finalmente, en un Adepto. Tal como ya hemos dicho, el dominio de René Guenon es el de la simple doctrina, mientras que el que nos interesa es el terreno de la práctica.

Pero en este terreno, igualmente, René Guenon, en alguna ocasión, ha escrito algo que puede crear desorientación. Refiere una enseñanza islámica, según la cual aquel que se presenta ante una "puerta" sin alcanzarla por la vía normal y legítima, ve entreabrirse esta puerta ante él y luego se encuentra obligado a continuar el camino, pero no como un simple profano -lo que a partir de haber entrado sería imposible- sino como un sahar (brujo o mago en un sentido inferior). Es preciso realizar ciertas reservas ante este planteamiento; ante todo, si aquel que ha logrado aproximarse ante esta "puerta" a través de una vía no normal, tiene intenciones rectas y puras, esta intención será ciertamente reconocida por quien tenga el derecho, de suerte que la puerta se abrirá según el principio: "Golpead y os será abierto". Pero si la puerta no debía abrirse, esto -siempre en el caso de que se trata- indicaría únicamente que el aspirante a la iniciación, situado frente a la prueba, deberá abrir la puerta él mismo, recurriendo a la violencia, según el principio de que el umbral de los Cielos puede ser violentado; pues, de manera general, es exacto lo que dice Eliphas Levi, a saber que el conocimiento iniciático, no se da, sino que se toma: lo que, por lo demás, constituye la esencia de esta cualidad activa que entre ciertos límites, René Guenon mismo reconoce (4). Querer o no querer, un cierto rasgo "prometeico" naturalmente pertenecerá siempre a la categoría más alta del iniciado.

René Guenon tiene razón en no tomarse en serio la "iniciación astral" y denunciar a este propósito lo que piensan en sus divagaciones ciertos medios "ocultistas". Aquí también hay que ver muchos puntos de vista que no son sino una distorsión. A parte del hecho que, en cualquier caso, la verdadera iniciación se realiza en una condición que no es la de la conciencia ordinaria despierta, es posible elevarse activamente hasta estados donde son favorecidos los contactos esenciales para el desarrollo supra-individual. En el esoterismo islámico, por ejemplo, se habla de la posibilidad de alcanzar el shath, estado interior especial que, entre otros, da eventualmente la aptitud de unirse con el Khir, ser enigmático en quien reside el principio de una iniciación directa, es decir, sin la mediación de una tariqa (organización) ni de una sîlsila (cadena)(6). Aunque concebida como excepcional, esta posibilidad se admite. Aquí, lo esencial es la nyyah, es decir, la intención justa, que es preciso no entender en un sentido abstracto y subjetivo, sino como una dirección mágica de eficacia.

Veamos también otro punto. Como se ha visto, René Guenon excluye el enlace "ideal" con una tradición, por que "solo puede unirse con aquello que tiene una existencia actual", es decir, con una cadena de la que existan aún hoy representantes vivientes según una filiación regular: sin lo cual la iniciación sería imposible e inexistente. Aquí también se manifiesta una curiosa confusión entre el elemento esencial y el elemento contingente y organizador. ?Qué significa, en suma, "existencia actual"? Todos los esoteristas saben que cuando un principio metafísico cesa de tener una manifestación sensible en un medio dado o en un período concreto, no por ello pasa a ser menos "actual", sino que sigue existiendo en otro plano (cosa que el mismo Guenon reconoce más o menos implícitamente). Si por enlace "ideal", se entiende una simple aspiración mental, se puede compartir al opinión de Guenon; de otra manera las cosas se plantean, respecto a las posibilidades de una evocación efectiva y directa, sobre la base del principio mágico de las correspondencias analógicas y sintónicas. En suma, René Guenon admite -con precisión- que las "influencias espirituales" tienen sus propias leyes. ?No equivale esto, en el fondo, a admitir en principio, la posibilidad de una acción determinante sobre ellas? Lo que puede ser concebido en una situación colectiva, una cadena física pudiendo crearse y estar dispuesta para que sirva como un cuerpo que, sobre la base de una "sintonía" y, precisamente, de una correspondencia "simpática", atraiga una influencia espiritual en los términos del "descenso" de un plano, donde las condiciones de tiempo y de espacio no tienen un valor absoluto. La cosa puede conseguirse o no, pero no hay que excluirla, ni confundirla con la simple e inconsistente "ligazón ideal".

En fin, René Guenon niega que una iniciación pueda realizarse sobre la base de lo que ha sucedido ya en existencias precedentes. Ya que nosotros admitimos tan poco como Guenon la teoría de la reencarnación, si se refiere a ella, estamos de acuerdo con él. Pero no por esto debe excluirse la que se podría llamar una "herencia trascendental" especial en individuos dados, capaz de conferirles una "dignidad" particular, en cuanto a la posibilidad de recorrer y alcanzar, por vía directa, el despertar iniciático. Esto ha sido reconocido explícitamente por el budismo. La imagen guenoniana de una planta o de un ser vivo, que no puede nacer cuando no existe semilla (que sería el "inicio", determinado desde el exterior por la iniciación ritual), no es válido más que dentro de ciertos limites. Volviéndola absoluta, se terminará por contradecir la visión metafísica fundamental de la no-dualidad y, sobre todo, referir uniformemente todos los seres a un mínimo común denominador. Ya que pueden llevar en sí mismo la "semilla" del despertar.

CONDICIONES ACTUALES PARA LA INICIACION

Ya hemos indicado los elementos esenciales que hacer valer frente al esquema unilateral de la "regularidad" iniciática. En cierta forma, nos arriesgaríamos a descualificarnos a nosotros mismos, si no reconociéramos en este esquema el valor que se le debe. Pero no es necesario exagerar y perder de vista las condiciones especiales, digamos incluso anormales, donde se encuentran en Occidente incluso los que tienen las mejores intenciones y cualificaciones. ?Quién no se adheriría si encontrara organizaciones iniciáticas, tal como René Guenon las concibe, incluso con aspectos que hacen casi pensar en un sistema burocrático de "legalidad" formal? ?Quién no las buscaría, pidiendo simplemente ser juzgado y "puesto a prueba"? Pero este no es el caso y quien lee a Guenon se encuentra un poco en la situación de aquel que oyera decir que sería hermoso poseer a una fascinante joven, pero que, al preguntar donde está no obtendría por respuesta más que el silencio o también "este no es nuestro problema". En lo que se refiere a las indicaciones dadas directamente por Guenon sobre lo que subsistiría en Occidente de organizaciones iniciáticas regulares, hemos ya expuesto las reservas precisas que se imponen.

Queda solo la cuestión que, a decir verdad, habríamos debido exponer desde el principio, diciendo que la idea misma de la iniciación ritual, tal como la expone René Guenon, nos parece algo muy debilitado. En efecto, una transmisión de "influencias espirituales" mal individualizadas, transmisión que podría incluso no percibirse, unificando una simple "iniciativa virtual", la cual, en sustancia, como hemos dicho, está expuesta a todos los errores y a todas las desviaciones, a lo más, como el último de los "profanos", una transmisión de este tipo, en definitiva, es muy poco. Por lo que sabemos y por lo que puede deducirse de las tradiciones precisas -entre ellas las de los misterios antiguos- la iniciación real es, por el contrario, asimilable a una especie de operación quirúrgica, cuya contrapartida es una experiencia vivida de forma particularmente intensa y dejando -como dice un texto: "la huella eterna de una fractura".

Encontrar a quien sea capaz de dar una iniciación en estos términos no es algo fácil ni depende en absoluto solo de la cualificación (en razón de lo ya indicado, conviene hoy, en Occidente, aportar diversas restricciones al principio "cuando el discípulo está dispuesto, el Maestro también lo está"). En este caso, se trata esencialmente de elementos, por así decir, "destacados" (en el sentido militar), los cuales, en la vida, pueden ser o no encontrados. No puede tenerse la ilusión de encontrar una "escuela" propiamente dicha provista de todo lo necesario para llegar a un desarrollo regular, con un sistema suficiente de "seguridades" y controles. Las "escuelas" que en Occidente presumen de ser tales por lo mismo que lo presumen con "iniciados" que, colocan su cualificación en tarjetas de visita o en las páginas amarillas, son vulgares mistificaciones y uno de los méritos de Guenon es haber ejercido una justa crítica destructiva.

En cuanto a los que, una vez asumido el karma de la civilización en el seno de la cual han querido nacer, siendo ciertamente de su vocación, quieren avanzar por sí mismos solos, esforzándose en alcanzar contactos directos sobre la "vertical" -es decir contactos metafísicos, en lugar de enlaces "horizontales" con organizaciones aparecidas en la historia que les facilitarían una ayuda- estos se comprometen a lo largo de una vía peligrosa, realidad que queremos subrayar explícitamente: pues todo sucede como si se aventurara en un país salvaje, sin tener un "plano de referencia", ni una tarjeta de presentación. Pero, en el fondo, si en el mundo profano se encuentra natural que una persona buen nacida ponga en juego su vida, cuando el fin vale la pena, no hay razón para pensar de otra manera respecto a quien, dadas las actuales circunstancias, no tiene otra opción que la conquista de la iniciación y la abolición del lazo humano. !Alá akbar! puede decirse con los árabes, es decir, Dios es grande, mientras que Platón ya había sentenciado: "Todas las cosas grandes son peligrosas".

NOTAS

(1) Es igualmente discutible que la masonería sea una "forma iniciática puramente occidental", sería preciso ignorar toda la parte que comporta el elemento hebraico en su ritual y en sus leyendas.

(2) Por lo demás, a propósito de la Rosa Cruz, Guenon habla de la colectividad de los que han alcanzado un estado determinado, superior al de la humanidad común y han obtenido el mismo grado iniciático. En rigor no se debería hablar de "sociedades", sino ni tan siquiera de "organizaciones". En otra ocasión, Guenon ha recordado que las jerarquías iniciáticas no son nada más que los grados del ser. Todo esto puede ser entendido en un sentido espiritual y metafísico y no personalizado u organizado.

(3) Tal es típicamente el caso de la ascesis budista de los orígenes. El budismo dispone igualmente de un término técnico para designar precisamente a los "que se han despertado a sí mismos".

(4) Sobre esta base, debe ser entendido el principio de la "incomunicabilidad". El verdadero conocimiento metafísico es siempre un "acto" y lo que posee una cualidad de "acto" no puede proceder de otra parte; según la expresión griega, se puede solo alcanzarlo.

(5) Se puede recordar la parte muy importante que la iniciación recibida durante el sueño conoce entre las poblaciones salvajes. Sobre este aspecto ver, por ejemplo, Mircea Elíade, "El Chamanismo y las técnicas del éxtasis".

(6) Sobre este punto un texto de Abdul Hadi (publicado en agosto de 1946 en Etudes Traditionelles) habla de dos cadenas de las que una sola es histórica y la iniciación es dada por un maestro (sheik) viviente, autorizado, poseedor de la llave del misterio: es el et-talimurrijal, apoyándose sobre hombres, distinto del et-talimur-rabbani, para el cual no se trata de un maestro vivo en tanto que hombre, sino de un maestro "ausente", desconocido, o incluso "muerto" desde hace numerosos siglos. A esta segunda vía, se refiere la noción del Khidr (pronunciar Ridr, NdT) a través del cual se puede recibir la iniciación por vía directa. Tal posibilidad posee una importancia muy particular en el ismaelismo. En los Rusa Cruz, la figura misteriosa de "Elías Artista" era, en cierto sentido, equivalente al Khidr.