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La Gran Logia Simbólica Escocesa

OSWALD WIRTH

En 1868, 1873 y 1879, el Supremo Consejo había castigado rayando a un cierto número de talleres y de Masones que se habían insubordinado en contra de su autoridad.
A consecuencia de estas medidas disciplinarias, doce Logias, víctimas de su apasionamiento por las ideas de progreso y de emancipación masónica, constituyeron una alianza autónoma bajo el nombre de Gran Logia Simbólica Escocesa.
Este nuevo poder masónico fue inmediatamente reconocido por el Gran Oriente y más tarde por el Supremo Consejo. No practicaban más que los tres primeros grados y reivindicaban para las Logias el derecho de administrarse ellas mismas y se basaban esencialmente en el principio de “El Masón Libre en la Logia Libre”.

Los Maestros Escoceses

OSWALD WIRTH

El 21 de Marzo de 1737, el caballero Andrés Miguel Ramsay, calificado “Gran Orador de la Orden” fue llamado a pronunciar, para una recepción de Francmasones, un discurso que tuvo una gran resonancia.
La Francmasonería estaba sujeta, por una parte, a los misterios de la antigüedad, pero más directamente a las órdenes religiosas y militares que se constituyeron con motivo de las Cruzadas. Instruido en la historia de su país, Ramsay creía encontrar en Escocia el hogar donde las tradiciones masónicas se conservaban en el máximo de su pureza.
Esta plancha de arquitectura no aspiraba más que a instruir a los neófitos y a los Masones en general. Teorías atrevidas se encontraban expuestas con entera buena fe. El autor no proponía, por otra parte, ninguna innovación, ni la creación de grados suplementarios, ni la reforma del ritualismo entonces en uso.
Sin embargo ha venido a ser responsable de todas las invenciones que debían lanzar a la Masonería en intrincadas complicaciones.
En realidad, Ramsay, no hizo directamente nada, pues jamás él se imaginó el sistema de grados que le fue atribuido más tarde. Pero los que lo concibieron se inspiraron visiblemente en las ideas emitidas en el famoso discurso de 1737.
Comparando la Masonería con la Caballería Religiosa, Ramsay, había hecho corresponder:
Los Aprendices a Novicios,
Los Compañeros a los Profesos, y
Los Maestros a los Perfectos.
De aquí se tomó base, más tarde, para combinar una Masonería en seis grados, después en siete o nueve, en seguida en veinticinco y finalmente en 33. En su origen, sin embargo, no se vio aparecer más que Maestros Escoceses cuyas intenciones, eran a no dudarlo, muy loables. Se proponían, en efecto, reformar la Masonería importada de Inglaterra, tomando como modelo la Masonería de Escocia, que bajo la fe de las afirmaciones de Ramsay, creían más antigua y mejor organizada.
Estos reformadores, no parecían haber constituido inmediatamente un cuarto grado; pero como ellos pretendían en sus Logias ciertas prerrogativas, la Gran Logia Inglesa de Francia, creyó un deber oponerles el texto siguiente que forma el artículo 20 de las Ordenanzas generales aprobadas el 11 de Diciembre de 1743:
“Habiendo notado desde hace poco que algunos Hermanos se presentan bajo el título de Maestros Escoceses y reivindican, en ciertas Logias, derechos y privilegios de los cuales no existe ningún dato en los archivos y usos de todas las Logias establecidas sobre la superficie del Globo, la gran Logia, a fin de mantener la unión y la armonía que debe reinar entre todos los Francmasones, ha decidido que todos esos Maestros Escoceses, a menos que sean Oficiales de la Gran Logia o de una Logia particular, deben ser considerados por los Hermanos iguales a los otros Aprendices o Compañeros cuyas insignias deben llevar, sin ningún signo de distinción”.

Los Primeros Grandes Maestros

OSWALD WIRTH

Hacia el fin de 1736, los miembros de cuatro Logias parisienses, reunidos en número de unos sesenta, procedieron por primera vez a la elección de un Gran Maestro. El escrutinio designó a Carlos Radcliff, conde de Derwentwater, Par de Inglaterra, que sucedió al caballero escocés Santiago Héctor Maclean; el cual, después de muchos años, ocupó el puesto de Gran Maestro, probablemente en su calidad de ser el Maestro más anciano. Preparándose para abandonar la Francia, se supone que Lord Derwentwater se dirigió a Roma, al lado del pretendiente Carlos Eduardo, con quien desembarcó en Escocia el 27 de Junio de 1745. Hecho prisionero después de la batalla de Culloden (27 Abril 1746) desastrosa para la causa de los Stardos, fue decapitado el 8 de Diciembre de 1746, compartiendo así la suerte de su hermano mayor. El nuevo Gran Maestro convocó para el 24 de Junio de 1738, una asamblea con el propósito de que se le eligiera sucesor. Se había acordado que el puesto de Gran Maestro sería en adelante reservado a un francés, elegido ad vitam. Habiendo sido informado el Rey, amenazó con la Bastilla a aquel de sus súbditos que se permitiera aceptar ese cargo. Luis de Pardaillan de Gondrin, duque d’Fpernon, habiendo sido elegido, se hizo proclamar “Gran Maestro General y perpetuo de los Masones en el reino de Francia”.
Luis XV no se atrevió a perseguir a este Par de Francia. Empero, el Lugarteniente de policía, Hérault, quiso incorporarse a una reunión de Francmasones que presidía precisamente el duque d’Andin. Este se porto sin vacilaciones delante del jefe de la policía y, empuñando la espada, le intimó orden de retirarse. Este incidente sirvió mucho a la propaganda masónica.
El enérgico Gran Maestro murió, desgraciadamente, a la edad de 36 años, el 9 de Diciembre de 1743. Fue tanto más sentido, cuanto que su sucesor Luis de Borbón-Condé, conde de Clérmont, príncipe de sangre real, no supo seguir sus huellas.

El Trabajo Masónico según la Concepción Inglesa

OSWALD WIRTH

Los Masones ingleses no han experimentado la necesidad de imprimir a sus trabajos un carácter particularmente filosófico. Animando o avivando las discusiones en el seno de las Logias, temen contravenir al espíritu de fraternidad que la Francmasonería tiene por misión esencial de propagar y mantener. Han creído siempre que sólo es necesario practicar en las Logias el ritual y nada más. En el curso de sus reuniones, se limitaban a proceder escrupulosamente, según todas las fórmulas a la realización de los trabajos.
Como esto es una ocupación monótona, comúnmente fastidiosa y siempre árida, la compensaban cada vez con un agape que estimaban bien ganado. En las ceremonias ritualísticas se observaba la disciplina más perfecta; cada uno se mantenía correcto, solemne y digno, sin permitirse cambiar ni una palabra con su vecino, pero cuando los obreros eran llamados a pasar del trabajo al refrigerio, y que cerrados en el templo los trabajos eran reabiertos bajo otras formas en derredor de la mesa del banquete, toda etiqueta desaparecía, la más franca cordialidad se establecía entre los comensales y era con el vaso en la mano como la fraternidad se manifestaba verdaderamente expansiva.
Era por esto que las Logias parisienses, que no conocieron otra forma de trabajo, se reunían invariablemente en los restaurants, entre los que no faltaban los que deseaban explotar la situación haciéndose recibir masones para adquirir el derecho de tener Logias en su establecimiento.
El Maestro de la Logia, que vendía que comer y que beber con una tendencia natural a preocuparse sobre todo de sus intereses comerciales, hacía perder al trabajo masónico la dignidad que le es propia. Esto condujo luego a graves abusos. Ciertas Logias dieron lugar a críticas muy justificadas. Se admitía a cualquier candidato con tal que pudiera subvenir a los gastos de la iniciación, pero el trabajo de la masticación era esencial y la instrucción masónica se reducía a palabras grotescas desprovistas de sentido iniciático, que aún se persiste en su uso en los banquetes de la Orden La Igualdad.
No se buscaba, sin embargo, el hacerse Masón, aún en las Logias irregulares por el solo hecho de tener buenas comidas. Lo que fascinaba, sobretodo, en la institución era la Práctica de la Igualdad. Se sabía que, al amparo del nivel masónico, los más grandes señores fraternizaban sin reservas con aquellos que entonces eran llamados Villanos. En el seno de las Logias se encontraba realizado el ideal de una vida más perfecta. Las castas se borraban, el individuo no era apreciado sino como hombre, es decir en razón de su valor real, haciendo abstracción de sus condiciones de nacimiento.
La Francmasonería vino a ofrecer, así, un excelente terreno de cultivo para fermento de las ideas revolucionarias.
El gobierno de Luis XV no debió estar equivocado. No se había inmutado mientras eran sólo extranjeros los que se reunían más o menos misteriosamente.
Cuando personajes de la alta nobleza francesa se juntaron con ellos no se pensó todavía en vigilarlos. Pero, desde que se supo que los villanos se asociaban, bajo el techo de la Masonería con la gente de condición, la autoridad consideró como particularmente sospechoso el misterio con que los Masones se obstinaban en encerrarse.
Desde entonces, las Logias, fueron vigiladas por la policía, que fue impelida a tomar, en este sentido, una serie de rigurosas medidas. Nada se consiguió: el movimiento estaba lanzado. La intervención oficial, los arrestos brutales, las multas infligidas a los locales donde se recibían a los Masones no hacían más que ruido y réclame.
Se hicieron esfuerzos para redoblar las precauciones. Los espíritus descontentos, estimaron como un atractivo el afrontar cualquier peligro y tomar parte en los centros de conspiraciones.

La Masonería Anglo Sajona

OSWALD WIRTH

Desde que un gran señor se puso a la cabeza de la Gran Logia de Inglaterra, aseguró inmediatamente su prosperidad. Doce Logias solamente habían tomado parte, el 14 de Junio de 1721, en la elección del duque de Montagu. Tres meses después habían 16 y al fin de año, 20. En 1725, 49 Logias estuvieron representadas en la Gran Logia.
Lo que hizo sobre todo buscar, por otra parte, la iniciación masónica, es que ella confería en cierto modo patente de respetabilidad. El público inglés manifestaba, sin embargo, cierta desconfianza sobre una sociedad tan indiferente en materias de religión. Afin de dar confianza los Francmasones no tardaron en demostrar en todas las cosas una escrupulosa ortodoxia anglicana.
Un movimiento se diseñé en este sentido poco después de 1723: muchos espíritus timoratos se escandalizaron de las innovaciones consagradas por el Libro de las Constituciones. Este tenía a sus ojos el grave error de no hacer ninguna creencia obligatoria, aunque tradicionalmente, todo Masón tenía el imperioso deber de ser “fiel a Dios y a la Santa Iglesia”.
Celosas de su autonomía, muchas de las Logias rehusaron reconocer a la Gran Logia de Londres una autoridad que ellos pretendían era usurpada.
Por esta causa y bajo otros pretextos, se produjo en el seno de la Masonería inglesa una serie de divisiones que tuvieron por consecuencia, a partir de 1751, oponerse frente a frente dos Grandes Logias rivales.
La más nueva de estas Logias no fue prácticamente constituida sino en 1753. Sus adherentes se vanagloriaban de permenacer adeptos a los antiguos usos y se llamaban nada menos que Antiguos Masones por oposición a los Modernos Masones, de los cuales la Gran Logia era en realidad la más antigua puesto que se remontaba a 1717.
Esto es lo que los historiadores han llamado el Gran Cisma. La constitución de los Antiguos exigía la creencia en Dios. En su ritual abundaban las oraciones y múltiples citas bíblicas, tanto como las fórmulas piadosas. Tenía también un grado suplementario: el del Arco Real.
En estas condiciones, está explicado el espíritu que reinaba entre los Anglo Sajones: la competencia de los Antiguos debía ser fatal para los Modernos. A fin de no desacreditarse enteramente en su propio país, éstos tuvieron que ceder, capitulando poco a poco sobre la mayor parte de los principios, que en sus comienzos habían seducido a los mejores pensadores de Europa.
De reacción en reacción, los Modernos llegaron finalmente, a no diferenciarse de los Antiguos, más que en detalles ritualísticos. No había ningún obstáculo serio para la fusión de las dos Grandes Logias inglesas, que en 1813 se unieron para constituir la Gran Logia Unida de Inglaterra.

LA MASONERIA ANGLOSAJONA

ALDO LAVAGNINI

La Masonería se halla hoy esparcida sobre todo el globo, entre pueblos de todas las razas. Sin embargo, el pueblo anglosajón, el iniciador de la idea en su actuación moderna, tiene una supremacía indiscutible de superioridad numérica y organizadora, pues en comparación con los masones anglosajones los demás constituyen una exigua minoría.

Inglaterra sigue al frente del movimiento como custodia y defensora de la antigua tradición, y su Gran Logia Unida es la continuación directa de la que se constituyó en 1717. Forman parte de la misma miembros de la familia real, de la nobleza y del clero y hombres de todas las creencias y todas las profesiones, trabajando en perfecta armonía con la tolerancia más completa de sus opiniones individuales.
Se cuentan, dependiendo de la Gran Logia Unida, más de 9000 Logias con casi un millón de masones, repartidos en 70 Grandes Logias Provinciales, entre las cuales 26 se hallan en las colonias. La Gran Logia sostiene muchas instituciones de beneficencia.

En los Estados Unidos cada Estado tiene su Gran Logia, con un total de 17.000 Logias y más de tres millones de masones. Se practican todos los ritos, con predominancia del Rito Escocés de 33 grados, y hay Logias por doquiera. Los Templos Masónicos colosales, que se hallan en las principales ciudades, dan una idea del predominio y magnitud del movimiento. Se da en las Logias americanas una importancia fundamental a la idea de la fraternidad de todos los hombres, independientemente de sus respectivas creencias y opiniones, reuniéndose cuantiosas sumas para institu-ciones culturales y de beneficencia.

En el Canadá hay más de 1.000 Logias repartidas en 9 grandes Logias.

En Australia las Logias se constituyeron inicialmente a la obediencia de las tres Grandes Logias de Inglaterra, Escocia e Irlanda, formando después siete Grandes Logias independientes con varios centenares de Logias.