Mostrando entradas con la etiqueta Historia y origenes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia y origenes. Mostrar todas las entradas

LOS " CARBONARI"

ALDO LAVAGNINI

En varios Estados de Italia, la Masonería continuó siendo perseguida en esta época, que preparó la unidad e independencia del país: de ésta los masones se hicieron especialmente campeones, y es muy probable que hayan sido algunos de ellos los que fundaron la sociedad secreta de los carbonari (carbonarios), de carácter exclusivamente político, que fue por entonces erróneamente confundida con la Orden.

Nacieron los carbonarios6 en el sur de Italia, proponiéndose la liberación e independencia de la península del yugo extranjero, adoptando un lenguaje simbólico en el cual sus talleres se llamaban cabañas, sus reuniones ventas, sus gregarios buenos primos, siendo el deber de éstos la caza de los lobos del bosque, o sea la lucha en contra de la tiranía. En su apogeo, en la segunda mitad del siglo pasado, la sociedad llegó a tener en Italia casi un millón de adherentes.

Otra sociedad política, de inspiración masónica fue la Giovana Italia (Joven Italia) fundada por José Mazzini, el inmortal autor de aquel librito que se llama "Los deberes del hombre", cuyo ideal estaba comprendido en el trinomio Dios-Patria-Humanidad, y que fue el principal preparador moral de la independencia de aquel país.

EN LA AMERICA LATINA

ALDO LAVAGNINI

En México la Masonería se halla actualmente en un período de reorganización: hay en todo el país varios centenares de Logias bajo la obediencia de diferentes Grandes Logias, entre las cuales las principales son la Gran Logia Valle de México y la Gran Logia Unida de Veracruz. Hay un Supremo Consejo que trabaja en armonía con la Gran Logia Valle de México y otras Grandes Logias que compiten con ésta en la misma jurisdicción del distrito Federal. Recientemente, muchas LL.•. independientes, y otras que anteriormente se habían separado, fueron regularizadas en el Valle de México.

Además de ese Supremo Consejo reconocido, hay en el país otros tres, de cada uno de los cuales dependen cierto número de cuerpos filosóficos: el del Norte (Monterrey), el del Sur (Yucatán) y un Supremo Consejo Nacional en la capital.

Debe también señalarse el Rito Nacional Mexicano en nueve grados, que suprime la fórmula A.•.L.•.G.•.D.•.G.•.A.•.D.•.U.•. substituyéndola con otra (Al triunfo de la Verdad y al Progreso del Género Humano), así como el uso de la Biblia. Admite a la mujer y ha aportado otras innovaciones, no todas igualmente felices en el ritual.

Se practica el principio de la “autonomía de las logias” y hay muchas Logias independientes que trabajan amistosamente y admiten visitantes de cualquiera obediencia. El rito dominante es el escocés. Los trabajos se hallan dirigidos hacia la solución de los grandes problemas sociales y el mejoramiento de las condiciones de vida del pueblo.

Se le achaca injustamente a la masonería mexicana el haber determinado la lucha religiosa en el país; la mayoría de los masones se mantuvieron neutrales en esa lucha, que debe considerarse como reacción natural al dominio de la Iglesia en los siglos pasados.

El deseo de unificar la Orden, sentido por muchos HH.•. de diferentes obediencias, y que pudiera realizarse por medio de un Gran Oriente, como órgano central coordinador, no ha podido todavía llevarse a efecto por falta de una adecuada cooperación.

En Cuba hay una Gran Logia y un Supremo Consejo fundados en 1859 con un número aproximado de 200 talleres. En Puerto Rico hay igualmente una Gran Logia con 37 Logias; en Haití un Gran Oriente fundado en 1824, con 64 logias y un número casi igual de capítulos y areópagos; en Santo Domingo un Supremo Consejo, fundado en 1861, con una docena de Logias.

Un Supremo Consejo de la América Central fue fundado también en San José de Costa Rica en 1870: en 1899 se constituyó una Gran Logia que cuenta con una docena de talleres. Igual número cuentan la Gran Logia de Panamá y la de El Salvador. También en Guatemala hay una docena de Logias bajo la jurisdicción de una Gran Logia que substituyó el Gran Oriente de Guatemala, fundado en 1887.

En Colombia existe un Supremo Consejo desde 1827; había además, recientemente, no menos de tres Grandes Logias antagónicas, que en 1938 anunciaron su unificación. También en Bogotá, por iniciativa de la masonería colombiana, se ha lanzado en estos años la idea de una Confederación Masónica Latino Americana.

En Bolivia y Venezuela el número de Tall .•. aparece muy reducido, dependiendo en la primera de un Supremo Consejo fundado en 1833, y en la segunda de un Gran Oriente fundado en 1865 y de dos Grandes Logias más recientes.

En el Brasil la Masonería estaba, hasta hace poco tiempo, muy extendida y activa, con cerca de 400 Logias y un número considerable de talleres de los grados superiores, dependientes de un Gran Oriente y de un Supremo Consejo que se fusionaron en 1882. La Masonería se hizo promotora en este país de la lucha en contra de la esclavitud.

En el Perú y en Chile, como en Suiza, la Masonería se limita únicamente a los tres grados simbólicos: hay dos Grandes Logias (la primera de las cuales se remonta al año 1831 y la segunda a Mayo de 1862) que cuentan con más de 50 talleres entre los dos países. Estos realizan una labor muy seria y activa en beneficio de sus respectivos países.

En Uruguay hay un Supremo Consejo y un Gran Oriente, fundados en 1855, con veinte Logias aproximadamente. Con la participación del Gran Oriente del Uruguay, fue constituido también en 1859, un Gran Oriente Argentino, que se disolvió en 1886 y se reconstituyó en 1895, del cual dependen actualmente más de cien Logias. Además hay aquí como en otras partes de América, varias Logias a la obediencia de Grandes Logias y Grandes Orientes extranjeros.

ASIA Y AFRICA

ALDO LAVAGNINI

En Siria la Masonería es muy próspera, contribuyendo notablemente a la fraternidad y al buen entendimiento entre hombres de diferentes razas y creencias.

Entre los diferentes pueblos de Asia, la Masonería se halla muy difundida especialmente en la India, en donde las Logias fueron implantadas por las tres Grandes Logias de Inglaterra, Escocia e Irlanda. En los templos masónicos se allanan admirablemente las diferencias de rara, casta y religión y la Institución realiza en este país una labor verdaderamente benéfica.

La Masonería inglesa había sido introducida igualmente en China y, en 1888, en el Japón.

En Egipto hay una Gran Logia Nacional y más de 50 talleres. Otra Gran Logia existe en la República de Liberia, desde 1850. En otras partes de África hay logias dependientes de las organizaciones masónicas establecidas en Inglaterra, Francia y Holanda.

LA MASONERIA ANGLOSAJONA

ALDO LAVAGNINI

La Masonería se halla hoy esparcida sobre todo el globo, entre pueblos de todas las razas. Sin embargo, el pueblo anglosajón, el iniciador de la idea en su actuación moderna, tiene una supremacía indiscutible de superioridad numérica y organizadora, pues en comparación con los masones anglosajones los demás constituyen una exigua minoría.

Inglaterra sigue al frente del movimiento como custodia y defensora de la antigua tradición, y su Gran Logia Unida es la continuación directa de la que se constituyó en 1717. Forman parte de la misma miembros de la familia real, de la nobleza y del clero y hombres de todas las creencias y todas las profesiones, trabajando en perfecta armonía con la tolerancia más completa de sus opiniones individuales.
Se cuentan, dependiendo de la Gran Logia Unida, más de 9000 Logias con casi un millón de masones, repartidos en 70 Grandes Logias Provinciales, entre las cuales 26 se hallan en las colonias. La Gran Logia sostiene muchas instituciones de beneficencia.

En los Estados Unidos cada Estado tiene su Gran Logia, con un total de 17.000 Logias y más de tres millones de masones. Se practican todos los ritos, con predominancia del Rito Escocés de 33 grados, y hay Logias por doquiera. Los Templos Masónicos colosales, que se hallan en las principales ciudades, dan una idea del predominio y magnitud del movimiento. Se da en las Logias americanas una importancia fundamental a la idea de la fraternidad de todos los hombres, independientemente de sus respectivas creencias y opiniones, reuniéndose cuantiosas sumas para institu-ciones culturales y de beneficencia.

En el Canadá hay más de 1.000 Logias repartidas en 9 grandes Logias.

En Australia las Logias se constituyeron inicialmente a la obediencia de las tres Grandes Logias de Inglaterra, Escocia e Irlanda, formando después siete Grandes Logias independientes con varios centenares de Logias.

LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO

ALDO LAVAGNINI

A pesar de las excomuniones de la Iglesia y de la intensa campaña clerical en contra de ella, la Masonería siguió extendiéndose en la segunda mitad del siglo, progresando en casi todos los países.

En Italia tomó nueva fuerza cuando, después de la "Expedición de los Mil", Garibaldi fue elegido Gran Maestre ad vitam. El mismo escribió, en 1867, que los masones eran la "parte escogida del pueblo italiano". Dos años después de la toma de Roma, en ocasión de la muerte de Mazzini, aparecieron por primera vez, en 1872, los estandartes masónicos por las calles de la Ciudad Eterna.

En Francia, después de haberse, en los estatutos de 1849, proclamado obligatoria "la creencia en Dios y en la inmortalidad del alma", más tarde (después de la tercera República, en la cual la Masonería llevó a cabo una actividad realzadamente política, haciendo una alta labor patriótica), en l877, fue revisado este artículo, suprimiéndose esta cláusula, y con la misma también suprimiéndose la invocación A .•. L.•. G .•. D .•. G .•. A.•. D.•. U.•.

Este acontecimiento atrajo sobre el Gran Oriente de Francia la estigmatización de las Potencias Masónicas anglosajonas, encabezadas por la Gran Logia Unida de Inglaterra, que considerando minadas con esta supresión las mismas bases de la Institución, rehusaron reconocerlo. Tres años después se verificó una escisión entre las Logias dependientes del Supremo Consejo, constituyéndose éstas en "Gran Logia Simbólica Escocesa"; más tarde el Supremo Consejo creyó oportuno conceder la autonomía a todas las Logias en los tres grados simbólicos, terminándose en 1897 la escisión con la constitución de una "Gran Logia de Francia".

Mientras en Austria estaba prohibida toda actividad masónica, en Hungría pudieron constituirse varias Logias, que se reunieron en 1870 en Gran Logia, mientras paralelamente se desarrollaba la actividad de un Supremo Consejo para la administración de los grados superiores.

Todos los Supremos Consejos del Rito Escocés se reunieron en un Convento en Lausana, en 1875, con el objeto de proceder a la unificación universal del Rito, adoptándose las Grandes Constituciones que actualmente lo rigen. Después de esta fecha los Supremos Consejos siguieron reuniéndose en cada quinquenio.

Sin embargo, en la misma Suiza este Rito no pudo extenderse, reconociendo la Gran Logia Alpina, constituida en 1844, únicamente los tres grados simbólicos.

En Alemania uno de los acontecimientos más salientes de la Masonería, que no cesó de progresar durante todo el siglo, fue la admisión de los judíos, que estaban antes excluidos en aquel país por las Grandes Logias locales.

Tampoco en este país dejó de ejercerse la campaña antimasónica, pero en cambio siguió viéndose honrada la Orden por el favor de príncipes y emperadores que alcanzaron la dignidad de Grandes Maestros.

No puede omitirse en esta somera exposición de la vida masónica en el siglo pasado una breve información de la campaña difamatoria de Leo Taxil, de la cual mucho se aprovecharon los adversarios de nuestra Institución, y cuyo epílogo pretende de-mostrar con toda claridad cuán fundadas son las acusaciones que se hacen a la Orden.

Fue éste el seudónimo de un tal Gabriel Pagés que, después de haber sido educado por jesuitas en una casa de corrección, se hizo anticlerical y por breve tiempo fue masón, quedando únicamente en el primer grado y no visitando su Logia más que tres veces. Publicó, a partir de 1885, una serie de obras antimasónicas, que causaron gran impresión y en las cuales (como confesó más tarde) se propuso únicamente explotar la credulidad ajena.

En estas obras, casi del todo fantásticas, dice que los masones se dedican al culto del diablo, y muchos otros absurdos por el estilo. Varios eclesiásticos cayeron en la red, que culminó en 1896 con un éxito sin precedentes en el Congreso antimasónico de Trento, con más de 700 delegados, en el cual Leo Taxil fue calurosamente aplaudido. Pero todos los que le habían creído tuvieron una merecida lección cuando, en el año siguiente declaró públicamente haber logrado con sus obras "la más grande mixtifica-ción de la época moderna".

Sin embargo, los mixtificados no se dieron por vencidos, y siguieron y siguen en su campaña difamatoria, de la cual es cierto que nuestra Orden, atraque no le oponga más que silencio, no puede dejar de salir en definitiva vencedora, por la simple fuerza de la Verdad que proclama y es, así como por su labor constructiva. Así es como en el mismo campo de los adversarios de la Masonería se observa ya un cambio de táctica, en cuanto los más inteligentes reconocen que la calumnia y la difamación no pueden perdurar mucho tiempo7.

EXTENSION DE LA MASONERIA EN EL NUEVO CONTINENTE

ALDO LAVAGNINI

Tampoco los Estados Unidos quedaron exentos de la ola antimasonista que se cerniera en Europa sobre nuestra Institución, con efectos muy diferentes. Fue causa de esto el asunto Morgan, originado por el hecho de que, en 1826, algunos masones imprudentes cometieron el error de raptar, con el único fin de disuadirle de su intento, a cierto William Morgan, de oficio cantero, que quería publicar un libro sobre la Masonería, con todos los detalles de los rituales, símbolos y señas de reconocimiento.


Aunque sus raptores fueran condenados y Morgan reapareciera algunos años después, se celebraron en todas partes mitines de protesta, culpándose a los hermanos de asesinato. Se publicaron muchos periódicos antimasónicos y los masones fueron boicoteados en los empleos públicos y privados. Por esta razón muchas Logias cesaron voluntariamente sus trabajos.

Pero la opinión pública no tardó en darse cuenta del error, y cuándo el presidente Andrew Jackson defendió abiertamente la Orden Masónica proclamándola como una Institución que tiene por objeto el bien de la humanidad, se realzó nuevamente su prestigio, y desde 1838 su progreso y extensión siguieron ganando continuamente.

En el primer cuarto del siglo XIX la Masonería se extendió igualmente en toda la América Latina, a donde ya había empezado a hincar sus raíces desde el siglo precedente, pero sin alcanzar la extensión lograda en los Estados de la Unión Norteamericana.

Así la encontramos establecida en 1815 en Santo Tomás, en 1819 en Honduras, en 1821 en Cuba, en 1822 en el Brasil (donde en está fecha fue recibido masón el emperador don Pedro I, después nombrado Gran Maestre), en 1823 en Haití, en 1824 en Colombia y en 1825 en México.

Es digna de notar especialmente la fundación, en 1814, en Buenos Aires, por iniciativa de San Martín y otros masones, de la Logia "Lautaro", cuyos miembros se hicieron promotores del movimiento libertador que condujo a la independencia los diferentes estados de la América del Sur.

En los años sucesivos fue estableciéndose también en Australia, remontándose al siglo anterior su introducción en las islas de Java y Sumatra.

NUEVAS PERSECUCIONES

ALDO LAVAGNINI

Con la caída de Napoleón, empezaron nuevamente en España y Portugal las más crueles persecuciones en contra de los Masones, en donde la Sociedad tuvo que vivir una vida secreta y extremadamente agitada. Si bien desde 1868, con el duque Amadeo de Saboya y con la República proclamada después, pudo en España desarrollarse libremente por algunos lustros, las persecuciones y hostilidades se renovaron luego, aunque no en una forma tan bárbara y violenta como las anteriores.

Lo mismo sucedió en Portugal, en donde el Gran Oriente Lusitano, constituido desde 1805, no pudo trabajar libremente hasta 1862.

El antimasonismo se extendió en esta época en toda Europa: en la misma Inglaterra, el ministro Liverpool pidió en 1814, sin conseguirlo, su supresión. Esta se hizo efectiva en Austria hasta el 1768, así como en Rusia prácticamente lo ha seguido siendo por más de un siglo (a pesar de varias tentativas esporádicas y de las 30 Logias, aproximadamente, que pudieron existir durante la guerra), después de un corto período de florecimiento, entre 1803 y 1822.

Los papas Pío VII, León XII, Pío VIII y Pío IX, continuaron confirmando los anatemas de sus predecesores, y en una forma más violenta lo hizo en 1884 León XIII, definiéndola, en su encíclica Humanum genus, como opus diabuli. Las palabras del jefe de la Iglesia tuvieron, como es natural, larga resonancia en el clero romano, que en donde quiera inició, en todas las maneras posibles, una vasta campaña en contra de la Masonería, a la cual únicamente se debe (a pesar del carácter ecléctico de la Institución, que nunca puede ser antirreligiosa) que en varios países haya tomado ésta un carácter decididamente anticlerical.

Todas estas acusaciones muestran una falta de conocimientos de la verdadera naturaleza e intentos de nuestra Augusta Sociedad, a pesar de que sus principios hayan sido varias veces declarados públicamente, en obras de las cuales no hay duda que se encuentran ejemplares en la misma Biblioteca Vaticana. Es suficiente decir que el papa León XIII atribuye a la Sociedad comprometer a sus miembros, obligándolos a una obediencia absoluta, para estar seguros de que aquí no puede referirse a la Masonería conocida por los masones, sino más bien a la Compañía de Jesús, a cuya imitación nuestra Institución no fue por cierto forjada.

El efecto no dejó de hacerse sentir en los países católicos: en Bélgica se declaró una abierta persecución y los masones, además de ser excomulgados, fueron dañados material y moralmente. En Francia se formaron bandas de fanáticos que iban recorriendo las diferentes poblaciones, con objeto de hacer renegar a los masones, pero no consiguieron el éxito apetecido. Y cuando en 1861, en una circular relativa a las sociedades, el ministro Pessigny, se atreve a poner en el mismo nivel a la Masonería que a las sociedades católicas, eminentes arzobispos levantan su voz en contra de esta tolerancia que consideran como monstruosa impiedad, sin obtener más señalado éxito.

Únicamente durante el reinado de Luis Felipe, hasta 1848, la Masonería tuvo en Francia un período de relativa decadencia.

LA MASONERIA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

ALDO LAVAGNINI

A principios del siglo XIX se observa doquiera un nuevo florecer de la Idea Masónica.

Mientras en los Estados Unidos se constituye definitivamente el Rito Escocés en 33 grados (1801), que tan buena acogida debía tener después en todo el mundo (a pesar de estar hoy demostrado que el rey Federico de Prusia, al que se atribuye su fundación, en fecha 1786, poco antes de su deceso nada tuvo que ver en el asunto), en Inglaterra las dos Grandes Logias rivales se fusionan en 1813, en la Gran Logia Unida que desde entonces ha seguido sin interrupción al frente de los masones de la Gran Bretaña.

En Francia resucita con el advenimiento napoleónico, aunque dominada por la voluntad entonces imperante, que le impusieron sus Grandes Maestres, aspirando hacer de la misma un instrumento de gobierno. Por esta razón, aunque se llenara de funcionarios, no todos los antiguos masones volvieron a reanudar sus trabajos. Y al extenderse la dominación francesa le dio un corto paréntesis de libertad en los países donde estaba entonces perseguida: en España, Portugal, Austria e Italia.

Durante las diferentes guerras que tuvieron lugar en este agitado período de la historia europea, fueron muchos los episodios en los cuales se reveló la influencia benéfica de la Masonería, eliminando los resentimientos y odios nacionales, y estableciendo por encima de éstos los fundamentos de una Fraternidad Universal y de una común compenetración que quizá sea la única base de una paz duradera entre las naciones.

Muchos son los rasgos de heroísmo con los cuales los masones, sobre los campos de batalla, consiguieron con peligro de la suya salvar la vida o dar la libertad a enemigos, que se habían revelado como hermanos. Y esto se verificaba igualmente en los dos campos contendientes, sin excepción.

Este sentimiento de Humanidad, si bien puede constituir una acusación por los que están cegados por la visión estrecha de un nacionalismo mal entendido, constituye una de las mejores demostraciones de la influencia, siempre benéfica de la Institución: no hacen, por cierto, lo mismo los que comulgan una misma religión, cuando se encuentran y se reconocen como tales en el campo de batalla.

EN AMERICA

ALDO LAVAGNINI

En América la primera Logia parece haber sido fundada en Louisbourg (Canadá) en 1721. Cuando en 1730 Daniel Coxe era Gran Maestre Provincial en New Jersey de las colonias inglesas de América, se establecieron varias Logias y la prensa dio cuenta del acontecimiento.
Benjamín Franklin hizo en 1734 la primera adición americana del Libro de las Constituciones de Anderson, y en el mismo año fue elegido Gran Maestre. La actividad masónica se expandió así rápidamente.

La división inglesa entre Ancient y Modern Masons, no dejó de reflejarse en sus colonias, particularmente en América, donde asumió un carácter especial por los acontecimientos políticos que culminaron en la Guerra de la Independencia, contándose entre los modernos especialmente los funcionarios, conservadores y partidarios del gobierno inglés, y, entre los antiguos, los impulsores de la Independencia.

A pesar de que los trabajos de las Logias no tuvieron un carácter verdaderamente político (los Templos siempre fueron lugares de reunión en donde a los mismos adversarios se los acogía fraternalmente), en las Logias de los "antiguos" fue concebida y se concretó la idea de la Unión Americana. La mayoría de los que llevaron a cabo la independencia de dicho país fueron masones, como lo demuestra el hecho de que 53 de los 56 que integraron la declaración de Independencia ostentaban tal título.

Wáshington fue iniciado en 1752, y durante toda su existencia tomó parte muy activa en la vida masónica: todos los actos de su vida pública llevan impresos los inmortales principios de la Institución. Cuando fue elegido Primer Presidente de los Estados Uni-dos, prestó su juramento sobre la Biblia de la St. John's-Lodge, y en 1793, cuando se colocó la primera piedra del Capitolio, apareció con las insignias de Venerable honorario de su Logia.

La actividad masónica no sufrió ninguna interrupción durante la campaña de la Independencia, sino que se constituyeron en los dos partidos muchas Logias regimentales que contribuyeron notablemente a mantener la unión y el espíritu de solidaridad entre sus miembros, haciendo más íntimos los lazos de la disciplina exterior.

También entre los adversarios de ambos campos, el reconocimiento de la recíproca investidura masónica dio lugar a muchos actos de generosidad y, así como en otros países dicha circunstancia ponía en peligro vida y libertad, aquí no pocos debieron una u otra cosa al hecho de ser masones.

Estos hechos, y la parte que tuvo la Orden en el movimiento de independencia, explican la extraordinaria difusión que tuvo después la Masonería en este país, en el cual se cuentan actualmente el 82 por 100 de los masones del mundo entero.

EN LOS DEMÁS PAISES DE EUROPA

ALDO LAVAGNINI

En Bélgica la primera Logia según el uso inglés fue la Perfecta Unión, establecida en 1721, que convirtióse después en Gran Logia Provincial.

En Holanda ya había Logias en 1725, que se regularizaron diez años más tarde bajo la jurisdicción de la Gran Logia de Londres. En 1757 la Gran Logia Provincial tenía trece talleres y en 1770 se hizo independiente.

En Suiza la ciudad de Ginebra y su cantón fueron los primeros en donde se formaron Logias masónicas; la vida de la Sociedad fue allí muy activa, pero no menos agitada por causa de las escisiones interiores en que se malgastaron sus energías.

En Suecia la primera Logia fue constituida alrededor de 1735 por el conde Axel Ericson Vrede-Sparre, que había sido iniciado en París cuatro años antes. Como consecuencia de la encíclica papal, el rey Federico I amenazó castigar con la muerte la participación en reuniones masónicas, retardándose así el desarrollo de la Institución.

Después, sin embargo, los reyes de Suecia se distinguieron en proteger la Orden, siendo actualmente una de sus características que los monarcas de aquel país unen a esa cualidad la de Grandes Maestros. Una Gran Logia se constituyó en 1761, reorganizándose en 1780 con un rito especial de 12 grados, que rige en la actualidad.

En Polonia, introducida en 1739, fue prohibida poco después y tardó en propagarse hasta el último cuarto del siglo. Las Logias reconocían en principio la autoridad del Gran Oriente de Francia, y en 1785 se fundó en Varsovia un Gran Oriente nacional, que llegó a tener en pocos años más de 70 talleres.

Se ha dicho que la Masonería fue introducida en Rusia por Pedro el Grande, iniciado en una Logia de Londres. De todos modos es cierto que, en 1731, el capitán Juan Phillips fue nombrado Gran Maestre Provincial de Rusia por la Gran Logia de Inglaterra, al cual sucedió en 1740 Jaime Keith, que entonces servía en el ejército ruso. Varios aristócratas rusos, comerciantes y marinos se hicieron entonces masones.

Más tarde la idea masónica recibió un notable impulso por el célebre grabador Lorenzo Natter, que en Florencia había conocido a Lord Sackville. En esta época de florecimiento, la Masonería rusa fue muy influenciada por los sistemas y ritos alemanes, y dos figuras dominantes fueron en ella, el profesor Eugenio Schwarz y el escritor Nicolás Novikov.

Característica de la Masonería Rusa fue el desarrollo de benéficas actividades en favor de las masas populares, combatiendo el analfabetismo y la incultura, mediante la impresión y difusión de muchas obras de autores extranjeros, fundación de escuelas, hospitales y otras instituciones, e iniciativas de beneficencia.

En la segunda mitad del siglo dominaban dos sistemas rivales, el inglés y el sueco, cuya unión se logró en 1776. La Masonería, en un principio protegida por Catalina II, fue después repudiada por esta Emperatriz, y su actividad se restringió notablemente a fines del siglo, siendo después prohibida por completo durante el reinado de Pablo I.

Desde entonces la vida de la Masonería en Rusia ha sido muy precaria y ocasional: tuvo la efímera esperanza de poder resurgir bajo el régimen de Kerensky, pero encontró en el Bolchevismo un enemigo aun más implacable que la monarquía derrocada, motivándose esta última persecución por el hecho de tratarse de .una Institución típicamente burguesa.

También se extendió la Masonería inglesa, en su primer siglo de vida, en Constantinopla, Egipto, Persia e India, hasta llegar al África del Sur. En Calcuta la primera Logia fue fundada en 1728 por sir Jorge Pombret, y a ésta siguieron después muchas otras en las principales ciudades de aquel país. Cerca de la mitad del siglo XVIII había Logias en todas las partes del mundo.

EN ALEMANIA Y AUSTRIA

ALDO LAVAGNINI

Si bien Logias masónicas de carácter más transitorio habían existido en Alemania también anteriormente (sin hablar, naturalmente, de las antiguas corporaciones de constructores de iglesias), la primera que tuvo cierta importancia y duración parece haber sido la que fué fundada en Hamburgo en 1737, con. el nombre francés de Société des acceptés Maçons Libres de la Ville d'Hambourg. El barón de Oberg, Venerable de la misma, tuvo el año siguiente la fortuna y el honor de iniciar en la Orden al príncipe heredero Federico de Prusia. Mientras el padre de éste, entonces reinante, se había siempre opuesto a la introducción de la Masonería en sus estados, Federico se hizo desde el principio su protector, y al subir al trono en 1740 declaró públicamente su cualidad de Masón.

A la iniciativa del joven emperador se debió la fundación en Berlín de la Logia Los tres Globos, que en 1744 fue elevada a la categoría de Gran Logia.

Desde entonces la masonería pudo desarrollarse libremente en ese país y se establecieron Logias en las principales poblaciones alemanas.

En Viena fue fundada en 1741, por el obispo de Breslau, la Logia Los tres Cañones a la que perteneció el emperador Francisco I, que había sido iniciado en La Haya, en 1731, por Deságuliers, recibiendo más tarde en Inglaterra el grado de Maestro. El emperador protegió la Masonería de la que se hizo garante en una ocasión cuando, en 1743, fueron arrestados por orden de María Teresa los miembros de una Logia.

Durante la segunda mitad del siglo, en Alemania como en Francia, hubo un especial fervor en la creación de grados suplementarios a los tres simbólicos y masónicos propiamente dichos, relacionándose la Masonería con la Orden del Templo, al que se pretendió reconstruir, y con otras tendencias místicas de la misma época. Nació así entre otras, la Orden de la Estricta Observancia, fundada en 1754, por J. B. von Hund, que si bien no sobrevivió a la muerte de su fundador (en 1776), no dejó de tener cierto éxito y amplia resonancia, también fuera de Alemania, durante su breve existencia, y siguió ejerciendo su influencia en otras órdenes, como en la Martinista, que le sucedieron.
Todas estas órdenes, de efímera duración, tuvieron sin embargo una influencia decisiva en la creación del Rito Escocés, primero en 25 y luego en 33 grados, cuya institución fue falsamente atribuida al mismo emperador Federico, que parece no haber nunca poseído otros grados que los tres primeros, desaprobando además la introducción de otros grados.

Entre los hombres más célebres que, en el siglo XVIII, se iniciaron en la Masonería en Alemania, y escribieron estusiastamente sobre la Orden, citamos a Lessing y Goethe que fueron recibidos en ella en 1771 y en 1780, respectivamente.

EN LA PENINSULA IBERICA

ALDO LAVAGNINI

La península ibérica tiene, indudablemente la primacía en el martirologio masónico, aunque el privilegio de haber iniciado la persecución en contra de los masones corresponda más bien al clero católico de Holanda que, desde 1734, incitó con sus calumnias a las masas ignorantes, haciendo que fuera invadida una Logia en Amsterdan, destruyéndose los muebles y cometiéndose violencias sobre las personas.

Por causa de la persecución de que fue objeto, aunque las primeras logias fueran constituidas en 1726 y 1727, respectivamente en Gibraltar y Madrid, se tardó en España casi medio siglo antes de que pudiera constituirse una Gran Logia, bajo el reinado de Carlos III, más liberal que su predecesor, el cual había autorizado el destierro de los masones y dado carta blanca a la Inquisición.

Casi al mismo tiempo que en España (1727) fue introducida la Masonería en Portugal por el capitán escocés sir George Gordon; pero desde 1735 se empezó a derramar sangre de los masones por la obra de un fraile fanático que denunció a 17 hermanos por conspiración y herejía. Desde entonces los pedreiros livres fueron cazados, condenados a muerte y atormentados en las formas más bárbaras, hasta el reinado de José I.

En Madrid, los primeros masones fueron arrestados y conducidos a las cárceles de la Inquisición en 1740: ocho de ellos fueron condenados a galeras, los demás a diferentes penas. La Masonería fue tolerada y pudo prosperar únicamente durante el mencionado reinado de Carlos III (1759-1788), después del cual se prohibió todo trabajo masónico hasta la entrada de los franceses en 1808.

En el año de 1750 también floreció la Masonería por algún tiempo en Portugal, siendo primer ministro del rey José I, Sebastián de Carvalho, después marqués de Pombal, que había sido iniciado en Londres en 1744. Este ministro fue muy benéfico para el país al cual dio una constitución más liberal, aboliendo la Inquisición y desterrando a los jesuitas. Pero a la muerte del rey, éstos se vengaron haciéndolo caer en desgracia con la reina María I y, después de haber sido condenado a muerte y amnistiado tuvo el ex-ministro que abandonar Lisboa a la edad de 78 años.

Renovando la reina María la ley de Juan V en contra de los masones, éstos fueron nuevamente perseguidos: algunos pudieron escaparse, pero otros tuvieron que sufrir por varios años las penas de la Inquisición. A pesar de esto algunas Logias siguieron trabajando en ciertos barcos ingleses anclados en el puerto, uno de los cuales se hizo célebre como Fragata Masónica. Aunque no se osara proceder de una manera directa a la ejecución de los masones aprehendidos, muchos de éstos murieron en las mazmorras.

LA MASONERIA EN FRANCIA

ALDO LAVAGNINI

Después de Inglaterra ha sido Francia el primer país en el cual hincó sus raíces la Masonería Moderna. Logias masónicas aisladas fundadas por ingleses, parecen haber existido en este país desde antes de 1700; pero de esto no se tiene la seguridad histórica.

Las primeras cuatro Logias parisienses, sobre las que se hallan noticias ciertas, se reunieron en 1736, estando presentes cerca de 60 miembros, y procediéndose por primera vez a la elección de un Gran Maestre en la persona de Charles Radcliff, conde de Derwentwater, fundador que fue de la primera Logia en la hospedería Au Louis d'Argent. Debiendo éste abandonar el país, fue elegido en 1783, en una segunda asamblea, como Gran Maestre ad vitam, Louis de Pardaillon, duque de Antin, quien aceptó el cargo, a pesar de que el Rey Luis XV hubiera amenazado con la Bastilla al francés que la aceptara.

Empiezan en esta época las primeras graves hostilidades en contra de la Masonería, tanto de carácter político como religioso. Las primeras sospechas nacieron cuando ésta ya no se limitaba a reunir entre sí a elementos extranjeros, sino que admitía igual-mente a miembros de la nobleza y ciudadanos ordinarios, fraternizando mutuamente con toda apariencia de conspiración. Entonces las Logias fueron vigiladas y se llegó hasta a suspenderlas, aprehendiendo a los Masones y a los que los hospedaban; sin embargo, todo esto no obstaculizó su proceso, y las Logias siguieron reuniéndose, aumentándose las precauciones y hasta el trance a que se exponían hizo más atractivo el pertenecer a ellas.

Tampoco impidieron su progreso la bula de Clemente XII y los medios que se usaron para difamar a la Masonería y ponerla en ridículo, como ya se había hecho en Inglaterra; cuando en 1743 murió prematuramente el duque de Antin, había en Francia más de 200 Logias, 22 de las cuales actuaban en París.

Se remonta a esta época, y precisamente al 21 de marzo de 1737, el famoso discurso de Andrés Miguel Ramsay, Gran Orador de la Orden, pronunciado durante una recepción, y que tanta importancia tuvo después por sus múltiples repercusiones, las que ocasionaron por un lado la concepción y creación de aquella famosa obra que fue la Enciclopedia, y por el otro movimiento conocido con el nombre de Maestros Escoceses, que empezaron por juntar un cuarto grado privilegiado (esto también había sido hecho por la Gran Logia disidente fundada en Inglaterra en 1751, con el nombre de Real Arco), que después se multiplicó en una serie de grados suplementarios que querían reproducir las antiguas Ordenes caballerescas, creciendo hasta los 33 grados actuales del Rito Escocés Antiguo y Aceptado4.

Esta última novedad no fue al principio muy bien acogida, y un artículo de las Ordenanzas Generales de la "Gran Logia Inglesa de Francia" (como así se llamaba entonces) no reconocía a los Maestros Escoceses derecho o privilegio por encima de los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro. Sin embargo, doce años más tarde, repudiándose el nombre de Gran Logia Inglesa por el simple de "Gran Logia de Francia", y revisándose los Estatutos, se reconoció a los Maestros Escoceses, igual que a los Maestros de Logias, el privilegio de permanecer cubiertos en las tenidas, así como el derecho de inspeccionar las Logias restableciendo el orden cuando fuera necesario.


El Conde de Clermont, que en 1743 había sido elegido en substitución del duque de Antin, no tomó seriamente el cargo aceptado, y hasta transcurridos los primeros cuatro años no se atrevió a ostentar el título de Gran Maestre. Para esquivar su responsabilidad eligió al principio un substituto que no fue más activo que él, y después a un intrigante maestro de baile que levantó vehementes protestas, rehusando la mayoría de los componentes de la Gran Logia a reunirse bajo su presidencia. A pesar de haber sido, en 1762, revocado de su cargo y substituido por el Diputado Gran Maestre y no obstante la buena voluntad de éste, no se pudo evitar la anarquía, que llevó a las Logias a la autonomía más completa, disolviéndose prácticamente la Gran Logia; ésta, por mandato del rey, quedó en suspenso en 1767, cuatro años antes de la muerte del conde de Clermont.

En esta ocasión fue nuevamente convocada, siendo elegido Gran Maestre el duque de Chartres. Y como desde un principio no se hacían demasiadas ilusiones los masones franceses sobre sus funciones esencialmente honoríficas, se nombró también, como Administrador General, al duque de Luxemburgo, destinado a substituirlo efectivamente.

El duque de Luxemburgo, que tenía entonces 33 años, tomó con mucho celo y ardor su cargo, elaborando un plan completo de reorganización, convocando en Asamblea, para aprobarlo, a los representantes de todas las Logias de Francia. Quedó así consti-tuida la Gran Logia Nacional, siendo representadas permanentemente en la misma, por medio de diputados, todas las Logias, junto a la autoridad central directiva que tomó el nombre de Gran Oriente de Francia. También se puso fin al privilegio de los Maestros de Logias, que se consideraban hasta entonces vitalicios, estipulándose que todos los talleres eligieran anualmente a sus oficiales.

Como no todas las Logias reconocieron estas reformas, se formó también, en oposición con el Gran Oriente, la Gran Logia de Clermont, que reconocía igualmente como Gran Maestre al Duque de Chartres.

También tuvieron existencia en Francia, en esta época, varios ritos y órdenes más o menos relacionados con la Masonería, entre los cuales el rito de los Elegidos Cohenes5 fundado por Martínez de Pasqualis, que tuvo entre sus adeptos al celebrado Louis Claude de Saint Martin llamado el Filósofo Desconocido. Igualmente debe ser notado el rito de Menfis-Misraim o Masonería Egipcia fundado por José Bálsamo, más conocido con el nombre de Conde de Cagliostro; que admitía a la mujer y comprendía 96 grados.

Varias asociaciones destinadas para dar a la mujer participación en los trabajos masónicos fueron creadas cerca de la mitad del siglo XVIII; y en 1774 la Masonería acordó oficialmente reconocer a la Masonería de Adopción, con un rito especialmente elaborado para la mujer, constituyéndose entonces muchas Logias femeninas.

Desde el 1773 al 1789 tomó la Masonería en Francia un impulso formidable, pasando de 600 el número de las Logias, sin contar cerca de 70 Logias regimentales.

Se hicieron iniciar en ella los hombres más conocidos de la época, entre ellos Voltaire, a la edad de ochenta años, que fue recibido en 1778, presentado por Franklin y Court de Gebelin, siendo la asamblea presidida por el célebre astrónomo Lalande.

Con la Revolución la Masonería suspendió en Francia sus actividades. Se le atribuye erróneamente haber tomado en ésta una participación directa, si bien es cierto que la tuvo en la revolución intelectual que la precedió, con la afirmación del trinomio libertad-igualdad-fraternidad que, interpretado profanamente, pudo haber sido causa indirecta de muchos excesos. Pero un conocimiento más profundo de la verdadera esencia de la Institución, y de cómo deba realmente interpretarse ese trinomio, pone a ésta por encima de toda efectiva responsabilidad en aquel cataclismo, del que fue también una de las víctimas.

LA INICIACION Y LOS OFICIOS

RENE GUENON

Cap. I, Parte II, de Mélanges, Gallimard, París, 1976. No publicado aún en castellano.

Hemos afirmado a menudo que la concepción "profana" de las ciencias y de las artes, acreditada hoy en Occidente, es una idea muy moderna y supone la degeneración de un estado previo en el que unas y otras tenían un carácter del todo distinto. Lo mismo se puede decir de los oficios; y, por otra parte, la distinción entre las artes y los oficios, o entre el "artista" y el "artesano", es también típicamente moderna, como si hubiera derivado de esta desviación profana y sólo por ella tuviera sentido. Para los antiguos, el artifex es, sin distinción alguna, tanto el hombre que ejerce un arte como el que ejerce un oficio; pero, realmente, no es ni el artista ni el artesano en el sentido que estas palabras tienen hoy; es algo más que uno y otro porque, originalmente al menos, su actividad está vinculada con principios que pertenecen a un orden mucho más profundo.
En toda civilización tradicional, en efecto, toda actividad del hombre, cualquiera que ésta sea, siempre se considera como derivada esencialmente de los principios; por esta razón se podría decir que la actividad es de alguna forma "transformada", y en lugar de reducirse a lo que es desde el punto de vista de la simple manifestación exterior (lo cual es en definitiva la concepción profana), está integrada a la tradición y constituye, para quien la realiza, un medio de participar efectivamente de ésta. Lo mismo ocurre desde un punto de vista exotérico puro y simple: si se considera, por ejemplo, una civilización como la civilización islámica o la civilización cristiana de la Edad Media, no hay nada tan sencillo como darse cuenta del carácter "religioso" que revisten los actos más ordinarios de la existencia. Es que la religión, en ellas, no es algo que ocupa un lugar aparte, sin relación alguna con todo lo demás, como sucede con los occidentales modernos (al menos con los que convienen todavía en admitir una religión); al contrario, toca profundamente toda la existencia del ser humano, o mejor dicho, todo lo que constituye esta existencia y, en particular, la vida social se encuentra como englobada en su dominio de manera que, en tales condiciones, no puede existir en realidad nada que sea "profano", excepto para los que, por uno u otro motivo, se encuentran fuera de la tradición y cuyo caso representa entonces una simple anomalía. Además, donde no existe nada a que aplicar propiamente el nombre de "religión", menos habrá 'una legislación tradicional y "sagrada" que, aún teniendo caracteres diferentes, tenga exactamente la misma función; por lo tanto, estas consideraciones pueden aplicarse a toda civilización tradicional sin reserva. Pero hay todavía algo más: si pasamos del exoterismo al esoterismo (utilizamos aquí estas palabras para mayor facilidad aunque no convengan con igual rigor en todos los casos), comprobamos, de forma muy general, la existencia de una iniciación que está ligada a los oficios y que los toma como base; es así como estos oficios son todavía susceptibles de un significado superior y más profundo; y quisiéramos indicar cómo pueden proporcionar efectivamente una vía de acceso al dominio iniciático.
Lo que permite comprender lo anterior de la mejor forma posible, es la noción de lo que la doctrina hindú llama swadharma, es decir, el cumplimiento por parte de cada ser de una actividad conforme a su propia naturaleza; y es también por medio de esta noción, o mejor dicho, por su ausencia, como se muestra con más claridad el defecto de la concepción profana. Según ésta, en realidad, un hombre puede escoger una profesión cualquiera, y puede incluso cambiarla a su voluntad, como si esta profesión fuera algo únicamente exterior, sin ningún vinculo real con lo que él es verdaderamente y con lo que hace que sea él mismo y no otro. En la concepción tradicional, al contrario, cada cual debe desempeñar la función a la que está destinado por su propia naturaleza; y no puede desempeñar otra sin que ocurra por eso un gran desorden, que tendrá consecuencias en toda la organización social de la cual el individuo forma parte; además, si semejante desorden se generalizara, llegaría a tener efectos sobre el mismo medio cósmico porque todas las cosas están ligadas entre si según correspondencias rigurosas. Sin insistir más sobre este último punto que, sin embargo, podría aplicarse muy fácilmente a las condiciones de la época actual, haremos notar que la oposición de las dos concepciones puede, por lo menos en cierto aspecto, reducirse a la oposición entre un punto de vista "cualitativo" y un punto de vista "cuantitativo": en la concepción tradicional son las cualidades esenciales de los seres las que determinan su actividad; en la concepción profana, los individuos son considerados solamente como "unidades" intercambiables, como si estuvieran desprovistos, en sí mismos, de toda cualidad propia. Esta última concepción que sin duda depende estrechamente de las ideas modernas de "igualdad" y de "uniformidad" (siendo ésta, literalmente, lo contrarío de la unidad verdadera porque implica la multiplicidad pura e "inorgánica" de una especie de "atomismo" social), lógicamente sólo puede acabar en el ejercicio de una actividad únicamente «mecánica", en la cual ya no subsiste nada que sea propiamente humano; y esto es, en efecto, lo que podemos constatar en la actualidad. Por lo tanto, debe quedar muy claro que los oficios "mecánicos" de los modernos, siendo sólo un producto de la desviación profana, de ninguna manera podrían ofrecer las posibilidades de las cuales queremos hablar aquí; en verdad, tampoco pueden, ser considerados como oficios si se quiere conservar el sentido tradicional de esta palabra, el único que nos interesa en este momento. Si el oficio es algo del hombre mismo y, de alguna manera, una manifestación o una expansión de su propia naturaleza, es fácil comprender, como decíamos hace poco, que pueda servir de base para una iniciación, e incluso que sea, en la generalidad de los casos, lo más idóneo que exista para este fin. En efecto, si la iniciación tiene esencialmente el objetivo de superar las posibilidades del individuo humano, no es menos cierto que como punto de partida sólo puede tomar a este individuo tal como es; de ahí la diversidad de las vías iniciáticas, es decir, en pocas palabras, de los medios utilizados como "soportes", de acuerdo con las diferencias de las naturalezas individuales; más tarde, por otra parte, estas diferencias intervienen cada vez menos a medida que el ser avanza en su camino. Los medios así utilizados sólo pueden tener eficacia cuando corresponden a la naturaleza misma de los seres para los cuales resultan adecuados; y, puesto que se debe proceder necesariamente desde lo más accesible a lo menos accesible, desde lo exterior a lo interior, es normal adquirirlos de la actividad por medio de la cual esta naturaleza se manifiesta exteriormente. Sin embargo, es obvio que esta actividad sólo puede desempeñar semejante papel en la medida en que traduce realmente la naturaleza interior. Por lo tanto, existe en esto una verdadera cuestión de "cualificación" en el sentido iniciático de este término; y, en condiciones normales, esta "cualificación" debería ser necesaria para la práctica misma del oficio. Lo que acabamos de decir expresa al mismo tiempo la diferencia fundamental que separa la enseñanza iniciática de la enseñanza profana: lo que es simplemente "aprendido" de lo exterior no tiene aquí ninguna importancia; la cuestión que aquí se plantea es "despertar" las posibilidades latentes que el ser lleva en sí mismo (y en el fondo, es este el verdadero sentido de la "reminiscencia" platónica).
Por medio de estas últimas consideraciones, se puede comprender, además, cómo la iniciación, al tomar el oficio de "soporte", tendrá al mismo tiempo y a la inversa, por decirlo así, una repercusión en la práctica de este oficio. El ser, en efecto, habiendo realizado plenamente las posibilidades de las que su actividad profesional es sólo una expresión exterior, y teniendo así el conocimiento efectivo de lo que es el principio mismo de esta actividad, desde este momento realizará conscientemente lo que al inicio sólo era una consecuencia muy "instintiva" de su naturaleza; y así, si el conocimiento iniciático, para él, ha nacido del oficio, éste último, a su vez, se volverá el campo de aplicación de aquel conocimiento del cual ya no podrá ser separado. Habrá entonces una correspondencia perfecta entre lo interior y lo exterior, y la obra producida podrá ser, ya no solamente la expresión en un grado cualquiera y de forma más o menos superficial, sino la expresión realmente adecuada de quien la habrá concebido y ejecutado, lo cual constituirá la "obra maestra" en el verdadero sentido de esta palabra.
Es evidente que lo anterior está muy lejos de la pretendida "inspiración" inconsciente, o subconsciente, si así se desea, en la que los modernos quieren ver el sello del verdadero artista, considerándolo superior al artesano, según la distinción más que criticable que tienen la costumbre de hacer, Artista o artesano, el que actúa bajo semejante " inspiración" , en todo caso, no es más que un profano; muestra sin duda con esto que lleva en sí algunas posibilidades; sin embargo, mientras no haya tomado efectivamente conciencia de ellas, aún cuando alcance lo que se ha convenido en llamar el "genio", esto no cambiará nada en él; y por no poder ejercer un control sobre estas posibilidades, sus logros sólo serán, por decirlo así, accidentales, lo que por otra parte se reconoce corrientemente diciendo que la "inspiración" a veces falta. Todo lo que se puede conceder, para comparar el caso que tratamos con aquél donde interviene un conocimiento verdadero, es que la obra que, consciente o inconscientemente tiene de verdad su origen en la naturaleza de quién la ejecuta, no dará jamás la impresión de un esfuerzo más o menos penoso que acarrea siempre alguna imperfección, porque es algo anormal; al contrario, obtendrá su misma perfección de su conformidad con la naturaleza, lo que implicará por otra parte, de forma inmediata y por decirlo así necesaria, su exacta adaptación al fin al que está destinada.
Si ahora queremos definir con más rigor el dominio de lo que se puede llamar las iniciaciones de oficio, diremos que éstas pertenecen al orden de los "misterios menores", puesto que están vinculadas con el desarrollo de las posibilidades que le corresponden específicamente al estado humano; lo anterior no es el fin último de la iniciación, no obstante constituya obligatoriamente su primera fase. En efecto, es necesario que este desarrollo al inicio se realice en su integridad, para permitir luego superar este estado humano; sin embargo, es evidente que, más allá de este último, las diferencias individuales en las que se apoyan las iniciaciones de oficio, desaparecen por completo y ya no podrían desempeñar ninguna función. Como hemos explicado en otras ocasiones, los "misterios menores" conducen a la restauración de lo que las doctrinas tradicionales designan como el "estado primordial"; pero, tan pronto como el ser alcanza este estado, que todavía pertenece al dominio de la individualidad humana (y que es el punto de comunicación de éste con los estados superiores), desaparecen las diferencias que dan origen a las diversas funciones "especializadas", aunque todas estas funciones tengan igualmente su origen en él o, más bien, por eso mismo; y en realidad es a este origen común que es indiscutiblemente necesario remontarse para poseer en su plenitud todo lo que supone el ejercicio de una función cualquiera.
Si examinamos la historia de la humanidad tal y como la enseñan las doctrinas tradicionales, de acuerdo con las leyes cíclicas, debemos decir que, en el origen, al tener el hombre la posesión plena de su estado de existencia, tenla naturalmente las posibilidades que le corresponden a todas las funciones, antes de cualquier distinción de éstas. La división de las funciones se produjo en un estado sucesivo correspondiente a un estado ya inferior al "estado primordial", pero en el que cada ser humano, a pesar de tener solamente algunas posibilidades determinadas, tenla todavía espontáneamente la conciencia efectiva de estas posibilidades. Es sólo en un periodo de mayor oscurecimiento cuando esta conciencia llegó a perderse; y, desde entonces, la iniciación se volvió necesaria para permitir al hombre volver a encontrar con esta conciencia el estado original al que es inherente; este es en efecto el primero de sus objetivos, aquél que la iniciación se propone de forma más inmediata. Para que sea posible, esto supone una transmisión que se remonta, a través de una »cadena« ininterrumpida, hasta el estado que debe ser restaurado y así, progresivamente, hasta el mismo "estado primordial"; sin embargo, la iniciación no se detiene ahí, y no siendo los "misterios menores" más que la preparación para los "misterios mayores", es decir para la toma de posesión de los estados superiores del ser, es necesario remontarse aún más allá de los orígenes de la humanidad. En efecto, no hay iniciación verdadera, incluso en el grado más bajo y más elemental, sin la intervención de un elemento "no humano", que es, según lo que hemos expuesto con anterioridad en otros artículos, la "influencia espiritual" comunicada regularmente por medio del rito iniciático. Si esto es así, evidentemente no hay motivos para buscar "históricamente" el origen de la iniciación, cuestión que por lo tanto parece sin sentido, ni, por otra parte, el origen de los oficios, de las artes y de las ciencias, considerados en su concepción tradicional y '1egítima", puesto que todos a través de las diferenciaciones y de las adaptaciones múltiples, pero secundarias, derivan igualmente del "estado primordial", que los contiene todos en principio, y que por esta razón, se unen con los otros órdenes de existencia, más allá de la humanidad misma, lo que es por otra parte necesario para que puedan, cada uno en su rango y según su medida, contribuir efectivamente a la realización del plan del Gran Arquitecto del Universo. Traducción: Nadia Citon Sbroggio y Yamileth Brenes Conejo.

LA “LOGIA DE SAN JUAN"

ALDO LAVAGNINI

El problema de los orígenes masónicos se halla planteado y resuelto sintéticamente en pocas palabras en la pregunta ritual del Ven.•. M.•. a todo hermano visitante: ¿De dónde venís?, y en la contestación de éste: De la Logia de S.•. J.•.
Esta pregunta es fundamental para el Aprendiz y, a semejanza de Edipo, debe esforzarse en contestarla satisfactoriamente, buscando en sí mismo la solución del problema de los orígenes: el origen de su ser y del universo que lo rodea.
¿Qué representa, pues, para los masones la expresión “Logia de S.•. J.•.”?
Ya sabemos que la Tradición Masónica guarda relación muy estrecha con la Tradición Juanítica o mística del Cristianismo (como claramente lo demuestra la superposición de nuestros instrumentos sobre la primera página del Ev., de S.•. J.•., que representa la Tradición Cristiana más pura, así como las Tradiciones gnóstica e iniciática anteriores).
Igualmente sabemos que S.•. J.•. fue tomado como patrón por las Corporaciones Constructoras de la Edad Media, y conocemos también el uso –que remonta a una época remotísima- de festejar los dos solsticios, en cuyas fechas caen respectivamente las fiestas cristianas de los S.•. J.•.
Estas mismas fiestas se celebraban dondequiera también antes del cristianismo, siendo cerca de los romanos en honor de Jano, el dios de las dos caras que muy bien simboliza a la Tradición, estando una de sus caras constantemente vuelta al pasado y la otra al porvenir. Este nombre se relaciona etimológicamente con el latín janua, “puerta”, de donde viene igualmente el latín januarius,”Enero”.1 Y es interesante notar a este respecto que “puerta” es también el significado originario de la letra griega delta (del semítico dalet), representada por un triángulo, y que la antigua puerta de las iniciaciones era triangular.
Este dios presidía todos los comienzos (en latín initium, de donde también initiare, “iniciar”), y en particular el ingreso del Sol en los dos hemisferios celestes, y la iniciación cuya llave tenía y guardaba. Ahora es evidente que el nombre Jano tiene también en latín (Janus) un parecido muy singular con el de Juan (Johannes) y no fue por azar que éste último fue puesto en el exacto lugar del primero.

Por otro lado, el hebraico Jeho-hannam o Juan significa “Gracia o favor de Dios”, es decir, hombre iluminado o iniciado. Así es que a justo título puede éste último llamarse hermano o discípulo de S.•. J.•. La importancia iniciática de esta elección se hace así más evidente por esta doble o bifronte etimología: la primera pagana o vuelta al pasado (tradición iniciática de la cual constituye la puerta
o conducto) y la otra cristiana o vuelta al porvenir (los elegidos o favorecidos de Dios que continúan y continuarán la tradición en todos los siglos)
La expresión Logia de S.•. J.•. viene a ser así un nombre simbólico de toda unión o agrupación de iniciados, de hombres iluminados y favorecidos espiritualmente, aplicándose en su acepción más general a todos los que han sido admitidos en los Misterios, y más particularmente a los verdaderos HH.•. de S.•. J.•., los Maestros de Sabiduría que constituyen la Gran Logia Blanca, la más justa y perfecta “Logia de S.•. J.•.”, en la cual debemos buscar la inspiración y el origen profundo y verdadero de nuestra orden.

LAS CORPORACIONES MEDIEVALES

ALDO LAVAGNINI

Con el triunfo del Cristianismo, que se convirtió en religión oficial durante el último período del Imperio Romano, mientras los Misterios tuvieron que desaparecer, los collegia fabrorum resolvieron adaptar sus tradiciones paganas a la nueva fe y esto se hizo muy hábilmente, sustituyéndose la leyenda de la construcción del Templo de Salomón a otra transmitida anteriormente, y los nombres de santos y personajes cristianos a los antiguos dioses paganos: nació así un San Dionisio, en lugar del homónimo dios griego (el Baco de los latinos), y San Juan fue honrado como protector de la Orden, en lugar del antiguo dios bifronte Jano.
Así renovada, la tradición de los colegios romanos siguió en Oriente la suerte del Imperio Bizantino, adaptándose después, con igual facilidad, a la fe islámica, mientras en Occidente, con la caída del imperio y la invasión de los vándalos y de los godos, encontró un seguro asilo en una pequeña isla, cerca de la ciudad italiana de cómo, en Lombardia (país llamado así a consecuencia de la invasión de los longobardos, “los de luengas barbas”), de donde tomaron su nombre los magistri comacini, que fueron originadores de aquel estilo derivado del romano y llamado románico, que hizo su primera aparición cerca del 600 y siguió dominando por varios siglos después en Italia y en los países contiguos, hasta que el estilo gótico, producido por las corporaciones nórdicas, obtuvo después el predominio.
En las obras de estos artistas encontramos varios símbolos masónicos, y la expresión de una singular independencia del pensamiento que se revela en curiosas y mordaces sátiras en contra de la Iglesia, grabadas con una audacia sorprendente en las mismas esculturas de las catedrales. A pesar del hermético secreto con que se guardaban sus tradiciones y creencias, parece que a estas corporaciones (que existían en varias ciudades de Italia, entre otras en Siena, desde el siglo XI) no era extraño el conocimiento de un G.•. A.•. D.•. U.•., ni la leyenda de Hiram.
En el fervor religioso que caracterizó este período, también algunas órdenes monásticas de la Iglesia se dedicaron, especialmente en Francia y Alemania, al Arte de Construir, levantando templos con la ayuda de los obreros nómadas que encontraban y contribuyendo así indirectamente a la organización de éstos en corporaciones que después se hicieron independientes.
Por la obra y los esfuerzos de las corporaciones independientes que se formaron en distintos países nació entonces y se afirmó rápidamente el llamado estilo gótico, que convierte el simple arco romano y románico en el ojival, magnífico símbolo del fervor religioso y de las más ardientes aspiraciones humanas que se levantan, como cántico majestuoso, de la tierra al cielo. En los dos estilos orientales, árabe y ruso, encontramos un desarrollo ulterior de esta idea que hizo revolucionar el arco gótico del romano, con el arco de forma especial que caracteriza dichos estilos.
Estas corporaciones, dedicadas especialmente al arte gótico, constituyeron en Inglaterra los guilds de obreros, en Francia el compagnonnage (de los cuales existían tres secciones distintas que tomaban el nombre, respectivamente, de hijos de Salomón, de Maître Jacques y de Maître Soubise) y en Alemania los talleres y uniones de canteros (Steinmetzen), entre los cuales tomó justo renombre aquella que levantó la catedral de Estrasburgo, erigida en el siglo XV.
Los documentos que nos queda de ellas prueban que los obreros se hallaban divididos en aprendices, compañeros y maestros, que se reunían en pequeñas casas y empleaban de una manera emblemática los útiles de su profesión, llevándolos consigo como insignias; además, se reconocían por medio de palabras y signos que llamaban saludos. Los neófitos eran recibidos con particulares ceremonias y juraban el secreto más profundo sobre lo que se les iba a comunicar o enseñar.
La palabra masón (del latín medieval macio, equivalente de cantero, de donde vino también el alemán Metzen) parece se usó por primera vez en el siglo XIII, siendo exportada de Francia a Inglaterra. La expresión francmasón (masón afrancado o libre de impuestos) aparece por primera vez en 1375.
El origen de esa última palabra se ha relacionado con los especiales privilegios y exenciones concedidos por los pontífices Nicolás III y Benito XII, en vista de la reconocida moralidad d eestas corporaciones y de las obras piadosas a las cuales se dedicaban como constructores de Iglesias. Pero el real significado originario de este atributo de francos o libres ( en inglés freemasons) es un asunto todavía discutido y discutible.

CONSTRUCTORES GRIEGOS Y ROMANOS

ALDO LAVAGNINI

En Grecia las corporaciones que se formaron, sin duda por influencia y a semejanza de las fenicias, se dedicaron especialmente a la construcción de templos y tomaron el nombre de dionisíacas, relacionándose evidentemente con los Misterios homónimos en honor de Yaco o Zeus Nisio.
La arquitectura griega, caracterizada por el uso del arquitrabe (en vez del arco empleado posteriormente por los romanos), tiene, por su sencillez hierática, mucha analogía con la egipcia, de la cual se diferencia por la gracia y la esbeltez que sustituyen a la poderosa majestad de aquélla. Sus tres estilos, dórico, jónico y corintio, que se distinguen por la forma de los capiteles y de las decoraciones que los acompañan, son característicamente emblemáticos de los tres grados masónicos. Y la Masonería Simbólica puede muy bien parangonarse, alegóricamente, con la Arquitectura Griega, correspondiendo perfectamente sus tres cámaras a los tres órdenes fundamentales de ésta.
A semejanza de las dichas corporaciones de obreros dionisíacos, Numa Pompilio, el rey iniciado de Roma, instituyó, según la tradición, los collegia fabrorum que, como los precedentes, tenían sus propios misterios y guardaban y transmitían con los secretos del Arte, ciertos secretos y tradiciones de naturaleza religiosa. Como las Logias Masónicas, estaban dirigidos por un triángulo (como lo testifica la clásica expresión tres faciun collegium) formado por un Magister y dos Decuriones, y comprendían tres grados análogos a los actuales, usando una especial interpretación emblemática de sus instrumentos.
Estos colegios se extendieron después por todo el imperio, siguiendo como fuerzas constructoras el camino de las legiones y levantando doquiera aquellos monumentos y edificios de los cuales nos quedan todavía múltiples vestigios.
Ya en el siglo primero antes de Cristo varias de estas corporaciones pasaron y se establecieron en la Galia, Alemania e Inglaterra, donde construyeron especialmente campos atrincherados que después se convirtieron en ciudades (la terminación inglesa de chester de los nombres de muchas localidades revela muy claramente su origen latino, de castrum, “campamento”).

LOS CONSTRUCTORES FENICIOS

ALDO LAVAGNINI

En épocas más recientes (cerca de 1000 años a.C.), encontramos las corporaciones y la obra de Constructores Fenicios en todos los países del Mediterráneo en los cuales este pueblo había establecido sus colonias y la influencia de su civilización.
Estas corporaciones viajaban, evidentemente, de un país al otro, según se necesitaba y se solicitaba su concurso, levantando con igual habilidad y facilidad templos y santuarios para los diferentes cultos y misterios, aunque siempre eran erigidos según el mismo tipo fundamental que revela, en las obras de las idénticas corporaciones o de corporaciones afines, una misma identidad de concepto.
Podemos considerar como un ejemplo típico (y como la obra simbólicamente maestra de los constructores fenicio) el Templo de Jerusalén, levantado en la época indicada en el libro de las Crónicas (cerca de 1000 años a.C.) por los obreros que Hiram, rey de Tiro, envió a Salomón para este efecto, construcción sobre la cual se basa nuestra actual tradición masónica.

LAS PRIMERAS CORPORACIONES

ALDO LAVAGNINI

Esta digresión sobre uno de los puntos fundamentales de la Masonería nos ha parecido necesaria para mostrar el carácter iniciático, ecléctico y universal de la Orden en sus mismos conceptos y símbolos en apariencia más vulgares, pero que encierran en sí un propósito y una profunda doctrina.
Volviendo a nuestro tema de los orígenes masónicos, nos queda por trazar sumariamente la historia de las corporaciones constructoras desde las primeras civilizaciones hasta nuestros días.
Las huellas de las antiguas corporaciones constructoras se encuentran en todos los pueblos que nos dejaron alguna noticia de su experiencia. Entre los más antiguos e importantes monumentos que nos quedan de antiguas civilizaciones, debemos poner en primera línea las pirámides de Egipto. Al principio se consideraron como tumbas magníficas de los reyes, pero un estudio más atento ha revelado que se trata más bien de monumentos simbólicos, en los cuales y cerca de los cuales con toda probabilidad se desarrollaban ritos y ceremonias iniciáticas.
Esto parece particularmente cierto con respecto a la Gran Pirámide, cuyas medidas y proporciones calculadas escrupulosamente han revelado en sus arquitectos conocimientos geográficos, astronómicos y matemáticos no menos exactos que los que se consideran exclusiva conquista de nuestros tiempos. Es suficiente decir que la unidad de medida de esta pirámide, el codo sagrado (que puede identificarse con la regla masónica de 24 pulgadas) es exactamente la diezmillonésima parte del radio terrestre polar –una medida más justa y más exactamente determinada que el metro, base de nuestro sistema-. Su perímetro revela un conocimiento perfecto de la duración del año; su altura, la exacta distancia de la Tierra al Sol, y el paralelo y el meridiano que se cruzan en su base constituyen el paralelo y meridiano ideales, dado que atraviesan el mayor número de tierras. Por otro lado, la precisión con la cual están cortados y dispuestos los enormes bloques de piedra de que se componen, daría mucho que pensar a un ingeniero moderno que quisiera imitar estas obras.
A pesar de que el Egipto ha sido siempre considerado como la tierra clásica de la esclavitud, ya que realmente, en épocas posteriores, los obreros, dirigidos por los sacerdotes, no tenían ninguna libertad o iniciativa, es muy difícil pensar que una obra como la Gran Pirámide –obra característicamente masónica- hay podido ser otra cosa que la Obra Maestra de la más sabia y celebrada corporación constructora de todos los tiempos. Además, es posible que nuestra Era Masónica (que empieza en el año 4000 a.C., y que nos viene desde antiguas tradiciones) date precisamente de la construcción de la Gran Pirámide, que algunos, sin embargo, hacen más reciente, y otros mucho más antigua.
Otra importante construcción de la antigüedad (además de los templos, cuyas trazas se encuentran dondequiera) parece haber sido la Torre de Babel, de bíblica memoria, diferenciándose esta construcción de la precedente por el empleo de ladrillos en lugar de piedras cortadas y de otra materia en lugar de cal. El mito de la confusión de las lenguas antes de que se acabase la obra, y de la consecuente dispersión de las corporaciones de constructores que se habían reunido para ejecutarla, da mucho que pensar al estudiante de las tradiciones antiguas.

LA “RELIGIÓN” DE LOS CONSTRUCTORES

ALDO LAVAGNINI

En las especulaciones, cultos y tradiciones primitivos, todo tiende a la unidad: poderes y atribuciones que hoy se distinguen cuidadosamente, como por ejemplo el eclesiástico y el civil, el legislativo y el judicial, estaban ayer en manos de una misma autoridad. Así el mundo antiguo nos dio ele ejemplo de los Reyes-Sacerdotes que juntaban en sí diferentes representaciones y poderes que se consideran hoy enteramente desglosados.
Igualmente la Religión formaba entonces parte de la vida, y las instituciones civiles y religiosas se entrelazaban mutuamente, constituyendo un conjunto casi inseparable. Por eso, en las primitivas corporaciones constructoras, el elemento religioso-moral se debió considerar como formando una unidad con el elemento artístico-operativo, desarrollándose y transmitiéndose igualmente, en estas corporaciones, los secretos del arte y ciertas especiales tradiciones religiosas.
Nótese, con respecto a esto, que la misma palabra religión se identifica, en su significado originario, con la de tradición, indicando simplemente “lo que es legado o se transmite”. También la Masonería en este sentido es religión aunque no una religión: la religión operativa y especulativa, simbólica e iniciática, nacida espontáneamente en las primeras corporaciones constructoras, a medida que sus adeptos se esforzaban en divinizar su Arte, convirtiéndose en vehículos y medios de los cuales pudo aprovecharse la Jerarquía Oculta para sus enseñanzas, encontrando en ese medio un terreno particularmente fértil para sembrar la mística semilla de la Sabiduría.
También el carácter particular de las corporaciones que se especializaron en la construcción de Templos hizo que éstas se identificaran, en las diferentes épocas de la historia, con distintas tradiciones religiosas, y en algunos casos con los mismos Misterios (a los cuales algunos entre ellos debieron ser admitidos como participantes), y no hay que maravillarse si se asimilaron muchas enseñanzas esotéricas, transmitidas como secreto patrimonio entre los maestros del Arte.
Fuera de duda está que, en cualquier período de la historia, las corporaciones constructoras aparecen poseedoras de secretos y alegorías, algunos de los cuales provienen de una época remotísima, y otros representan antiquísimas tradiciones revestidas de nombres y formas simbólicas más recientes. Mientras que, por otro lado, bien sabemos que todas tuvieron reglas y modalidades particulares para la dúplice transmisión del secreto material del arte y de su interpretación especulativa, así como para la admisión de candidatos como aprendices, exigiéndoseles el ser “libres y de buenas costumbres”, dando pruebas definidas de moralidad, diligencia y capacidad para la obra.
Esta “religión de los constructores” hubo de ser una religión eminentemente moral, es decir una ética individual aplicada a la vida, como lo demuestra la Tradición Masónica, que más directamente la continúa.