El Drama Simbólico

OSWALD WIRTH

La admirable organización, instituida por el más genial y dirigida por el más benévolo de los Jefes, habría debido funcionar para siempre de una manera perfecta. Pero la perfección no existe en la naturaleza de las cosas: es un ideal hacia el cual tienden los seres y las instituciones, pero que nadie sabría alcanzar. Como todo no existe sino para hacerse, lo perfecto (o acabado) se excluye de la existencia objetiva13 .
Hiram ¡Ay! debía probar en su persona hasta qué punto la perversidad se desliza insidiosamente en el corazón humano, a despecho de todos los esfuerzos, de instrucción y cualquiera que sea la sabiduría de las medidas tomadas en el interés común.
Desgraciadamente está en la naturaleza del hombre sentirse más satisfecho de sí mismo que de su suerte. Numerosos obreros se creyeron superiores a la situación que se les había formado. Entre ellos, algunos Compañeros se persuadieron de que la Maestría les correspondía, mientras que se persistía en rehusarles este supremo ascenso, del cual se juzgaban dignos.
La buena opinión que ellos tenían de sí mismos los cegaba respecto a sus defectos.
Víctimas de su mediocridad de inteligencia, se ilusionaban peligrosamente sobre la extensión de su instrucción, porque el que sabe menos es siempre el más dispuesto a traer los límites del saber humano a la estrechez de su horizonte mental.
Agriados los descontentos se enojaron poco a poco por aquello cuya razón se ser no comprendían. Erigiéndose jueces infalibles condenaban las opiniones y los métodos de trabajo de los demás. Al oírlos, solamente ellos habrían estado en la verdad y todo no debería hacerse sino según su dictamen.
Hubo, en fin, miserables que pensaron en hacerse asignar un salario que tenían plena conciencia de no merecer. Fueron ellos los que resolvieron llegar a la Maestría por la violencia, complicando en el odioso complot a los otros Compañeros, cuyas disposiciones enojosas supieron explotar.
Es verdad que la leyenda reduce a tres los obreros criminales; pero es preciso no olvidar que personificaban, estos tres, cada uno, un estado de espíritu ampliamente esparcido tanto en nuestros días como en los tiempos más remotos.
Los traidores acecharon la hora en que, estando el trabajo interrumpido, el Maestro procedía sólo a su vuelta de inspección diaria. El medidodía consagrado al reposo proveyó el momento preciso14 . Terminada su visita, Hiram, no desconfiando de nada, se dirigía para salir a la puerta del mediodía cuando vio a uno de los conjurados venir a su encuentro. El Maestro se detuvo sorprendido para preguntar al obrero el motivo que lo llevaba al Templo a esta insólita hora. “¡Hace mucho tiempo respondió el Compañero que estoy retenido injustamente en un rango inferior; tengo derecho a mi ascenso, admitidme, pues, entre los Maestros!”.
“No ignoras, explica entonces Hiram con suavidad, que no puedo por mí solo acordarte este favor. Si eres digno de ser promovido, preséntate ante la asamblea de Maestros que te hará justicia”.
“¡No esperaré más y no os dejaré sino después de haber recibido la palabra de los Maestros!”. “¡Insensato, no es así como se debe pedir; trabaja y serás recompensado!”.
El Compañero insiste y amenaza a Hiram, blandiendo una Regla con la que golpea al Maestro que ha permanecido inquebrantable en su respuesta. El golpe dirigido a la garganta se desvía hacia el hombro y adormece el brazo derecho.
Retirándose apresuradamente del furioso, Hiram, trata de ganar la puerta de Occidente, pero más amenazante aún que el primero, un segundo facineroso le cierra el camino e intenta arrancarle revelaciones sacrílegas. Exasperado por la firmeza del Maestro. El Compañero decepcionado le acierta en la región del corazón un furioso golpe con la Escuadra.
El herido bambolea y se cree perdido. Reúne, sin embargo, sus fuerzas para encaminarse hacia la puerta del Oriente, pero pocos pasos le bastan paraponerlo en presencia del más perverso de los tres conjurados. Éste se precipita sobre el Maestro y lo toma por los brazos, resuelto a arrancarle o su secreto o la vida. Hiram, aunque debilitado, mira fijamente al infame agresor,exclamando: “¡Antes morir que faltar al deber!”. Éstas fueron sus últimas palabras, porque, trémulo de rabia, el traidor lo abate inmediatamente con un formidable golpe de Mallete asestado en plena frente.
Consumado el crimen, los cómplices, que se han reunido, quedan aterrados reconociendo la inutilidad de su monstruosa acción, de la cual no piensan más que hacer desaparecer todo rastro. Esperando que la noche les permita transportar lejos el cadáver de Hiram, lo entierran provisoriamente bajo un montón de escombros acumulados al norte del Templo; después, a medianoche, toman el campo son su fúnebre fardo.

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