La Retrogradación

OSWALD WIRTH

Cuando el Compañero ha sido juzgado digno de la suprema Iniciación, es conducido a la entrada de un lugar tenebroso en donde es invitado a meterse gradualmente, pero volviendo las espaldas a la oscuridad, la que, haciéndose más y más espesa, envuelve finalmente en una negrura absoluta al temerario adepto, ávido, sin embargo, de luz integral.
Como todo lo que se hace en Masonería, ésta marcha al revés es un símbolo susceptible de múltiples interpretaciones. Hace pensar desde luego en el Sol que, llegado al meridiano: región del Compañerismo, desciende poco a poco hacia la noche del Occidente. Debe verse ahí también una alusión al renunciamiento que conduce a la Maestría, la que exige el sacrificio de toda ilusión, aunque ésta sea el fruto de luces adquiridas iniciáticamente. Para pasar a ser Maestro es, en fin, necesario, poseer a fondo toda la enseñanza de los dos primeros grados; de ahí la obligación de repasar todo el curso ya recorrido.
Se trata, pues, para el Compañero de volver sobre sus pasos, partiendo de la Estrella Radiante, asimilada al rosetón que en las catedrales se ilumina a la caída de la tarde por encima del portal, entre las torres emblemáticas de las columnas J∴ y B∴.
Este astro de la comprensión ilumina solamente al Compañero en su retroceso que se efectúa sobre el recorrido del quinto viaje, consagrado a la contemplación. Pero esta vez ya no son las impresiones de afuera las que se trata de recoger. Entrando en sí mismo el iniciado medita sobre el valor de sus propias concepciones. Se da cuenta del abismo que separa a la realidad de las imágenes mentales por las cuales procuramos figurárnoslas. Con relación a la Verdad que encubren, nuestras ideas no son sino groseros ídolos: nos engañan, lo mismo que las palabras, si nos detenemos en la expresión, sin discernir lo que está expresado. En todos los dominios todo es símbolo; no seamos, pues, burlados y penetremos hasta lo simbolizado.
Plenamente edificado en lo que concierne a la imposibilidad de poseer la Verdad, la cual no se deja contener en ninguna fórmula, el Compañero debe, no obstante, obrar con certidumbre. Es por esto que él vuelve a encontrar retrocediendo, los útiles de su cuarto viaje: Escuadra y Regla. Cualquiera que sea su perplejidad desde el punto de vista puramente intelectual, el Iniciado no duda jamás, en efecto, en cuanto a la conducta que debe observar. Ésta se encuentra infaliblemente determinada por las exigencias constructivas que reclaman piedras talladas en ángulo recto. El constructor humanitario y social sabe, pues, siempre cómo debe conducirse con relación a los demás, porque aplica en todas las cosas la medida de la equidad (Escuadra). Por otra parte, él está cierto de la dirección inmutable que debe seguir, porque está animado del deseo profundo y constante de obrar bien (Regla).
Pero no es suficiente que el futuro Maestro sea ejemplar en su disciplina personal. Realizando la Piedra Cúbica, influye sin duda en su ambiente que lleva a una cristalización análoga a la suya; pero es preciso que obre a menudo con vigor para levantar las masas más pesadas y quebrantarlas por lo menos en su inercia. Le es preciso con este objeto la Palanca que se coloca en sus manos, desde que la retrogradación lo trae sobre los rastros de su tercer viaje de Compañero.
Si nada resiste a la energía del querer (Palanca) aplicado con una rectitud absoluta de intención (Regla), importa en estas materias que lo abstracto y lo concreto no sean confundidos; por eso el segundo viaje se rehace inspirándose en la Regla y el Compás, en la línea recta y el círculo. La teoría más rigurosamente lógica permanece estéril, si no se aplica teniendo en cuenta las contingencias y las relatividades. El compás es, por excelencia, el instrumento del Maestro, porque sólo el sentido de la realidad puede conducir a la Maestría.
Es preciso también, que el futuro Maestro aprenda a mandar, manejando el Mallete que golpea al cincel. No vacila, pues, en rehacer su primer viaje de Compañero, sabiendo muy bien que no deberá jamás cesar de trabajar en su propio perfeccionamiento. ¿Cómo, por lo demás, mandaría a otros si no hubiera alcanzado a dominarse a sí mismo?. Toda Maestría comienza por sí: ser su propio Maestro abre la vía a todas las soberanías12 .

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