La Rosa Mística

OSWALD WIRTH

Este astro central no tiene el poder luminoso del Sol; su luz es dulce, nunca deslumbrante y siempre soportable. Se condensa desde luego en una especie de aureola que ha sido poéticamente comparada a una flor abierta y representada por una rosa de cinco pétalos.
Símbolo de la Quintaesencia y, en consecuencia, de lo más noble y elevado que tiene el hombre, la rosa está asociada a la cruz en un emblema que une el Cuatro y el Cinco, pero esta cuestión no se puede desarrollar aquí.
Efímera como la personalidad humana, la rosa agrada tanto por su perfume como por su gracia y su color. Si se acerca al rojo vivo es para hacer alusión a los sentimientos ardientes que animan al hombre que realmente se ha desprendido de todos los bajos instintos y pasiones egoístas.
El sacrificio se impone, en efecto, a las almas escogidas. Ellas no llegan a ser grandes sino prodigándose y esparciéndose en todas direcciones. Concentrándose en sí mismo, el egoísta se apoca psíquicamente: tiende hacia la nada. La generosidad, al contrario, engrandece nuestra personalidad, procurándole por esto un formidable poder de acción, pues las fuerzas que nosotros sacamos en el medio ambiente, son proporcionales a la extensión de nuestra esfera de exteriorizaciones afectivas. Quien no sepa amar, agota rápidamente las reservas de su energía individual, y después se quebranta y desaparece. Ocurre una cosa muy distinta en el individuo que prodiga afectos y no teme sacrificarse sin reservas. Semejante al Pelícano, él se sacrifico por otros, lo que tiene por consecuencia hacerlo vivir una vida más fructífera, más alta y general.

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