La Razón

OSWALD WIRTH

Al tener conciencia de sí mismo, el ser, hasta aquí puramente instintivo, se ha emancipado de una tutela protectora. Abandonado en adelante a sí mismo, a sus propias luces aún inciertas y a su propio juicio poco seguro, no goza ya de la lucidez infalible que se da al instinto. Helo aquí fuera de un paraíso del que él mismo se ha expulsado y al que no podrá volver a entrar.
Ya no quiere obedecer ciegamente, es necesario, ahora que comprende, que sepa por qué hay que trabajar más en un sentido que en otro: es en otros términos, la razón que ha llegado a ser su guía.
No es al principio más que un resplandor vacilante, una ligera centella salida del frotamiento de trozos de maderas secas, que servían antiguamente para producir el fuego. Pero el débil niño de los mitos de las leyendas crecerá. Escapará a la persecución de los poderosos de la tierra que se coaligarán en vano en contra del futuro Maestro.
La razón terminará, en efecto, por reinar, pero esto no será sin luchar. Un ser no llega de golpe a razonar. Se instruirá a sus propias expensas, pagando muy caro una experiencia que no puede adquirir sino por sí mismo. No llegamos a distinguir lo verdadero, sino después de haber caído de error en error. No apreciamos el bien sino después de haber sufrido el mal, y llegamos con mucha dificultad a comprender nuestro verdadero interés.
¿Por qué?. Porque nuestra razón está obscurecida. No hemos aprendido aún a servirnos de ella. Es una claridad que a menudo ciega en vez de iluminar. Mientras estamos sometidos al instinto, nuestros actos obedecen a nuestras necesidades a las que corresponden estrictamente. Cuando una semi-razón nos guía, fácilmente nos formamos ideas extravagantes que influyen en nuestra manera de obrar. El hombre llega así a mostrarse menos sabio que el animal; hace locuras que le acarrearían su degradación, si tarde o temprano no adquiere conciencia de sus actos. El sentimiento de su dignidad lo hace avergonzarse y esforzarse por ser más razonable.
En efecto, toda la nobleza del hombre está en la razón. Si de ella reniega, cae a un nivel más bajo que el de los animales. ¿Un ebrio no es inferior a su caballo o a su perro?.
Cultivemos, pues, nuestra razón, lleguemos a ser plenamente razonables; si deseamos elevarnos hasta la hombría verdadera. Sentirse Hombre en el sentido iniciático de la palabra, debe ser, la suprema ambición del verdadero sabio. Somos divinos si hemos de creer al fundador del cristianismo que, amenazado de ser lapidado por haberse proclamado Dios, calmó a los judíos citándoles el salmo 82, versículo 6, que dice “Yo lo he dicho: vosotros sois dioses”. (Evangelio de San Juan, Capítulo 10, versículo 34).

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