La Serpiente Iniciática

OSWALD WIRTH

Los seres inferiores son impulsados en sus actos por las leyes de su especie. Son autómatas que reaccionan invariablemente bajo la influencia de los impulsos recibidos. Su vida particular se encuentra así, subordinada a una vida más general, en el seno de la cual se escurre la existencia de los individuos.
Este automatismo irresponsable, corresponde a ese estado de inocencia y de candor, que los poetas han contado cuando soñaban en una edad de oro anterior al reinado de Júpiter.
Además el Maestro de los Dioses y de los hombres representaba el principio consciente. Con esto crea a Minerva, La Sabiduría, que surgió enteramente armada de su cerebro. Su reino comienza en el momento en que los individuos adquieren conciencia de sí mismos. Salen entonces del estado de inconciencia o de pura instintividad a que los somete Saturno, dios del destino o de la fatalidad.
En el Génesis, estas nociones se traducen por el mito del paraíso terrenal, lugar de felicidades en el cual la humanidad primitiva no tuvo más que dejarse vivir a la manera de los animales o de los niños que no han llegado todavía a la edad del discernimiento.
La Serpiente seductora, que incito a morder la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal, simbolizo un instinto particular, no mayor que el de la conservación, pero más noble y más sutil, cuyo objeto es hacer sentir al individuo la necesidad de elevarse en la escala de los seres.
Este secreto aguijón es el promotor de todos los progresos, de todas las conquistas que extienden la esfera de acción de los individuos, así también de las colectividades.
Esto explica por qué la Serpiente, inspiradora de la desobediencia, de la insubordinación y de la revuelta, fue maldita por los antiguos teócratas, mientras que ella era honrada entre los Iniciados. Estos estimaron, en efecto, que no puede haber nada más sagrado que las inspiraciones que nos llevan a acercarnos progresivamente a los dioses, considerados como las potencias conscientes, encargados de destruir el caos y de gobernar el mundo.
Semejarse a la divinidad, era el objeto de los antiguos misterios. El místico se divinizaba purificándose y elevándose moral e intelectualmente sobre el común de los hombres. En nuestra época, el programa de la iniciación no ha cambiado; el masón moderno se diviniza también, pero tiene la conciencia de que no podrá hacerlo sino trabajando divinamente, es decir, dedicándose a perfeccionar la creación dejada imperfecta. Elevado por sobre la animalidad humana, el Constructor, agente de la ejecución del plan divino, se hace Dios, en el antiguo sentido de la palabra.

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