El Hombre

OSWALD WIRTH

Todo está contenido en el Universo, que en su conjunto es un ser viviente. Tal es por lo menos la idea que tenían los antiguos iniciados, de quienes nos interesa recoger las tradiciones, no para aceptarlas ciegamente como ciertas, sino para sacar de ellas nociones sugestivas, materias de fecundas meditaciones.
Representémonos el Universo como un organismo que encierra todos los otros en su propia unidad orgánica. En el seno de este gran organismo, la nebulosa a la cual pertenece nuestro sistema solar, se nos aparecerá como un órgano, del cual los cuerpos celestes son los elementos constitutivos.
He aquí nuestro globo terrestre, este mundo que nos parece tan vasto, reducido a un átomo o más exactamente a una célula orgánica del Cosmos verdadero.
¿Pero nosotros, que nos debatimos en la superficie de este ínfimo glóbulo sideral, qué podemos ser en relación a él?.
Como todo individuo, este cuerpo celeste posee su vitalidad propia, bajo la forma de calor interno; pero sufre de las influencias exteriores, sobre todo las del Sol y de la Luna, que determinan los efectos fisiológicos de que se ocupa la Meteorología.
El calor planetario interno, gobierna esencialmente aquello que podríamos llamar la vida mineral, pues en sus capas profundas la sustancia terrestre está viva. No toma un aspecto inerte sino en la superficie, semejándose en esto a las células muertas de nuestra epidermis.
Nuestro sistema piloso corresponde en este mismo orden de ideas a los vegetales. Los animales presentan analogías con los glóbulos que circulan en la sangre y en la linfa.
Estos parecidos no implican, desde luego, ningún paralelismo riguroso, pues, si las leyes necesarias y fatalmente uniformes se imponen a toda arquitectura, cada construcción vital particular toma en cuenta las necesidades a las cuales debe adaptarse.
Un globo que rueda mecánicamente en el espacio exento de todo cuidado de locomoción, de nutrición, etc., no tendría qué hacer con un órgano del pensamiento inmóvil como el nuestro, bajo una bóveda craneana y unido por sus nervios a los órganos, sensitivos unos, motores otros. Si la Tierra piensa, goza de la inapreciable ventaja de poder olvidarse de sí misma.
Pero, ¿Es posible suponer que un cuerpo celeste pueda pensar?. Se puede admitir que vive mineralmente; pero, ¿Con qué pensaría la Tierra?. Simplemente con el cerebro de los hombres, responde la tradición o si se prefiere, la Paleosofía. Todo individuo pensante, no sería así más que una célula cerebral de la Tierra.
Esta concepción no ha sido hasta aquí formulada en esos términos, pero ella fluye lógicamente de muy antiguas tradiciones iniciáticas, según las que la Humanidad, en su conjunto, aparece como el órgano pensante del planeta.
Isis, Céres y Diana de Efeso simbolizan la Tierra, en cuyos misterios, revelan al pensador instruido lo que es, consciente del papel que le incumbe y bastante olvidado de sí mismo para obedecer fielmente a la ley de su destino.

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