La Personalidad

OSWALD WIRTH

La conciencia de sí produce la sensación del Yo. Cada uno de nosotros se siente dueño de un cierto dominio que le pertenece exclusivamente. El Yo, reina como un Dios sobre lo que es suyo. ¿Pero, nuestro Yo es un ser, es una entidad objetiva?. Contrariamente a la opinión corriente, el Yo no es nada por sí mismo; no es sino un fenómeno de interferencia, una ilusión de óptica mental.
Es preciso, pues, llegar a decirse “Yo sé que no soy nada”, tal como decía Sócrates: “Yo sé, que nada sé”.
Pero, si el Yo individual es ilusorio como esencia espiritual de efectiva objetividad, existe en .cambio a la manera de una cámara de concentración, donde se refractan los rayos intelectuales que penetran en nuestra esfera psíquica.
El Yo llega a ser así el centro del alma, que está hecha de nuestras impresiones, de nuestra memoria, del conjunto de las imágenes retenidas por nuestra imaginación o combinadas por ella, de nuestras aspiraciones, de nuestros anhelos, de las resoluciones que hemos tomado, de nuestra herencia ancestral, etc. Además, nuestra alma se modifica continuamente a consecuencia de las influencias que ella sufre y por esto, nuestro Yo que en abstracto permanece fijo se manifiesta diferentemente según las circunstancias. Desde que salimos de nuestro estado normal, como en la cólera, en la embriaguez o la locura, nuestro Yo parece cambiado.
Nada nos obliga a creer que está en nosotros como una chispa divina particular, que asegure la persistencia de nuestro Yo más allá de los límites de la existencia terrestre. Y sin embargo, el hombre ha tenido siempre la intuición de que la vida es indestructible, que se transforma cambiando de aspecto y de modos de manifestación, pero que ella no se extingue jamás.
Sin duda, nada se pierde, menos en el orden intelectual y moral que en el dominio de las fuerzas o de la materia. Pero, como se ha podido comprobar en los hipnotizados, los estados de conciencia son múltiples en un mismo individuo. El Yo puede variar con el grado de la sugestión recibido.
En estas condiciones nuestra personalidad parece un autómata. No somos sino lo que tenemos necesidad de ser para desempeñar nuestro papel de títeres sobre el teatro del mundo; pero somos títeres vivos y la vida es UNA.
Esta unidad de la vida puede hacernos inmortales, haciéndonos participar de la inmortalidad del Gran Todo, que es la única efectiva, porque una inmortalidad mezquina, estrecha, individual o personal, repugna a toda sana razón.
El individuo es una manifestación efímera y particularizada de la especie, que es la que posee una vida más extensa ligada a la gran vida universal. Despojémonos de la estrechez de nuestra personalidad para elevarnos hasta la Humanidad. Humanizándonos, en el sentido de los iniciados, nos identificaremos con lo que perdura. Para vivir una vida superior y durable, sepamos hacer abstracción de las mezquindades de nuestro Yo, aplicándonos a pensar sentir, y desear humanitariamente.

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