La Grande Obra

OSWALD WIRTH

Por haber comido la fruta prohibida, nuestros primeros padres fueron condenados al trabajo. Esclavos de sus necesidades físicas, les fue preciso sufrir para vivir y luchar tenazmente por su propia conservación. Si ellos, que por una simple y desobediente curiosidad habían probado apenas la fruta tentadora fueron castigados con tan extremo rigor, ¿Cuál será entonces el castigo reservado a los iniciados que tan limpia y sistemáticamente se nutren del fruto prohibido?. No podrán expiar su crimen sino trabajando; pero no se trata ya de ganar simplemente el pan con el sudor de su frente, con la perspectiva de no encontrar el descanso sino en la tumba. A esta labor puramente humana, se agrega para el Iniciado un trabajo de otro género tomando un carácter realmente sobrehumano.
Este trabajo es el de los Elohim, de El-los-Dioses que el Génesis designa como la antesala generadora de la Luz coordinadora del caos. Es una actividad que no tiene ni comienzo ni fin: es eterna y no se interrumpe por ninguna faz de reposo. El ser que se le asocie se condena a una acción incesante, que no cesará jamás, ni aún con el desgaste de su cuerpo. La necesidad, desde luego, no nos impone un trabajo parecido: permanecemos libres de evitarlo; pero nos exponemos a reposar un día, bien de veras, cesando de existir. Si esta no es nuestra ambición, aprendamos a trabajar, pues el trabajo es la vida y sólo la Gran Obra puede inmortalizarnos. El reposo eterno equivaldría al anonadamiento, si fuera concebible. Nada existe en el estado de inercia absoluta: los minerales mismos deben su aparente estabilidad al torbellino vertiginoso de sus átomos.

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