La Jerarquía Ternaria

OSWALD WIRTH

No se llega a ser Artista por el solo hecho de desearlo. Es necesario una preparación, generalmente muy larga y siempre ingrata, que corresponde al “Aprendizaje”, cuyo fin es el de familiarizar progresivamente al alumno con los procedimientos del Arte.
Antes, entre los talladores de piedra de la Edad Media, el Aprendiz se sometía a la autoridad paternal de un maestro, a quien se comprometía a servir durante siete años hasta la expiración de este período, el trabajo del Aprendiz no era retribuido, pero su Maestro proveía a su mantenimiento y tenía interés en perfeccionar lo más rápidamente posible su instrucción a fin de obtener un mayor provecho de los servicios del principiante. Este era admitido a las reuniones corporativas, pero únicamente a título de espectador mudo; estaba ahí para instruirse en silencio y no tomaba parte en ningún debate, ni en las votaciones.
A medida que el Aprendiz se instruía, se iba preparando para formarse un juicio sobre las materias en discusión, pero, falto de competencia suficiente no era llamado a dar su parecer. Siempre atento, pero reconcentrado en sí mismo, debía pacientemente madurar sus opiniones, hasta el día en que se le permitiera poder manifestarlas.
El permiso necesario no era acordado sino cuando era admitido en forma definitiva en la corporación. En este momento, la etapa de siete años reglamentarios debía estar terminada; el Maestro presentaba a su Aprendiz a la Asamblea de los Maestros y Compañeros, rindiendo testimonio de su buena conducta y declarándose satisfecho de su trabajo.
No era necesario más para que el obrero, habiendo hecho sus pruebas, fuera proclamado Compañero. Desde ese momento tendrá derecho al salario que merece su trabajo. Desligado de los compromisos contraídos con su Maestro, estará libre para buscar su trabajo donde más le convenga y para viajar con ese objeto. Viajará, en adelante; sobre todo con el fin de perfeccionarse en la práctica de su Arte; comparará los procedimientos y se esforzará en trabajar bajo la dirección de los Maestros más experimentados de los diferentes países.
En todas partes los miembros de la Corporación lo acogerán fraternalmente; no tendrán para él ningún secreto técnico, y estarán felices de enseñarle lo que pudiera aún ignorar. Lo tratarán como a un igual, cualquiera que sea su talento y su valor profesional, porque, si los medios y las aptitudes difieren, se admite que todos aportan al trabajo un mismo celo y una misma lealtad; también los derechos son los mismos para todos los que se sienten solidariamente unidos por los lazos sagrados del Arte.
A fuerza de recorrer el Mundo en todos sentidos, a fin de instruirse en todos los secretos de su Arte, el Compañero no podrá menos que adquirir una vasta experiencia que quiere que aprovechen sus Hermanos. Estos aceptan gustosos sus consejos, pues ven en él un hermano mayor, un monitor ilustrado capaz de guiarlos útilmente en la ejecución de su tarea. Destacándose por su habilidad profesional, el obrero experto se eleva así poco o poco a la Maestría. Llegando a ser apto para enseñar se revela Maestro, desde luego en relación a los Aprendices. Después, su autoridad se afirma más y más, aun entre los Compañeros, y éstos terminan por tomarlo como árbitro en los casos litigiosos y le confían la dirección del trabajo común. Para poseer la Maestría integral, no le queda en adelante sino que perfeccionar su educación artística. No contento con practicar el Arte con una destreza consumada y de saber resolver todas las dificultades técnicas, debe aún, mostrarse capaz de razonar teóricamente. El verdadero Maestro, no es esclavo de las reglas tradicionales del Arte: las aplica porque discierne claramente la razón de ser de ellas. Ha sabido remontar hasta los principios fundamentales de la Belleza para concebir la suprema filosofía de lo Bello, de donde derivan todas las leyes de la construcción universal.
Es entonces un sabio, llegado a la edad en la que las fuerzas físicas declinan, permitiendo a la inteligencia adquirir el súmmum de lucidez. Será “Venerable” y los útiles podrán temblar entre sus manos ya débiles. ¡Qué importa!. No tiene que desbaratar la piedra; traza los planos y es su cerebro, su imaginación sobre todo, la que trabaja. Entra en comunión con todos aquellos que hace ya mucho tiempo vibraron como él, absorbiéndose en la contemplación de un mismo ideal. El Maestro llega así a encarnar esa tradición imperecedera que revive necesariamente en el Adepto completo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada