El Trabajo Masónico según la Concepción Inglesa

OSWALD WIRTH

Los Masones ingleses no han experimentado la necesidad de imprimir a sus trabajos un carácter particularmente filosófico. Animando o avivando las discusiones en el seno de las Logias, temen contravenir al espíritu de fraternidad que la Francmasonería tiene por misión esencial de propagar y mantener. Han creído siempre que sólo es necesario practicar en las Logias el ritual y nada más. En el curso de sus reuniones, se limitaban a proceder escrupulosamente, según todas las fórmulas a la realización de los trabajos.
Como esto es una ocupación monótona, comúnmente fastidiosa y siempre árida, la compensaban cada vez con un agape que estimaban bien ganado. En las ceremonias ritualísticas se observaba la disciplina más perfecta; cada uno se mantenía correcto, solemne y digno, sin permitirse cambiar ni una palabra con su vecino, pero cuando los obreros eran llamados a pasar del trabajo al refrigerio, y que cerrados en el templo los trabajos eran reabiertos bajo otras formas en derredor de la mesa del banquete, toda etiqueta desaparecía, la más franca cordialidad se establecía entre los comensales y era con el vaso en la mano como la fraternidad se manifestaba verdaderamente expansiva.
Era por esto que las Logias parisienses, que no conocieron otra forma de trabajo, se reunían invariablemente en los restaurants, entre los que no faltaban los que deseaban explotar la situación haciéndose recibir masones para adquirir el derecho de tener Logias en su establecimiento.
El Maestro de la Logia, que vendía que comer y que beber con una tendencia natural a preocuparse sobre todo de sus intereses comerciales, hacía perder al trabajo masónico la dignidad que le es propia. Esto condujo luego a graves abusos. Ciertas Logias dieron lugar a críticas muy justificadas. Se admitía a cualquier candidato con tal que pudiera subvenir a los gastos de la iniciación, pero el trabajo de la masticación era esencial y la instrucción masónica se reducía a palabras grotescas desprovistas de sentido iniciático, que aún se persiste en su uso en los banquetes de la Orden La Igualdad.
No se buscaba, sin embargo, el hacerse Masón, aún en las Logias irregulares por el solo hecho de tener buenas comidas. Lo que fascinaba, sobretodo, en la institución era la Práctica de la Igualdad. Se sabía que, al amparo del nivel masónico, los más grandes señores fraternizaban sin reservas con aquellos que entonces eran llamados Villanos. En el seno de las Logias se encontraba realizado el ideal de una vida más perfecta. Las castas se borraban, el individuo no era apreciado sino como hombre, es decir en razón de su valor real, haciendo abstracción de sus condiciones de nacimiento.
La Francmasonería vino a ofrecer, así, un excelente terreno de cultivo para fermento de las ideas revolucionarias.
El gobierno de Luis XV no debió estar equivocado. No se había inmutado mientras eran sólo extranjeros los que se reunían más o menos misteriosamente.
Cuando personajes de la alta nobleza francesa se juntaron con ellos no se pensó todavía en vigilarlos. Pero, desde que se supo que los villanos se asociaban, bajo el techo de la Masonería con la gente de condición, la autoridad consideró como particularmente sospechoso el misterio con que los Masones se obstinaban en encerrarse.
Desde entonces, las Logias, fueron vigiladas por la policía, que fue impelida a tomar, en este sentido, una serie de rigurosas medidas. Nada se consiguió: el movimiento estaba lanzado. La intervención oficial, los arrestos brutales, las multas infligidas a los locales donde se recibían a los Masones no hacían más que ruido y réclame.
Se hicieron esfuerzos para redoblar las precauciones. Los espíritus descontentos, estimaron como un atractivo el afrontar cualquier peligro y tomar parte en los centros de conspiraciones.

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