LA POSESIÓN DE SÍ MISMO

OLSWALD WIRTH

Criatura encarnada el hombre tiene por campo de acción la superficie de nuestro planeta y a ella tenemos que volver, impulsados por la fuerza de los hechos; en efecto, no es propio de nuestra naturaleza permanecer en las alturas etéricas; si quedamos transportados a tan elevadas regiones es por efecto de la ley de los contrastes después de haber llegado hasta las tenebrosas entrañas del globo. Nuestras tendencias nos inclinan alternativamente hacia los extremos opuestos, hasta que sepamos encontrar la posición de equilibrio sobre el terreno que ha de ser teatro de nuestra actividad.

Después de remontar el vuelo muy alto, por encima de las mezquindades humanas, volvemos a caer pesadamente sobre el endurecido suelo de la realidad brutal. Si bien nos lastima la caída, en cambio la sacudida nos despierta de nuestros ensueños. Al observar del mejor modo que sabemos a través de la niebla que nos rodea, procurando más bien oír que ver distintamente, nos damos cuenta de haber aterrizado en pleno campo de batalla, donde los adversarios, cual duelistas, esgrimían sus armas. Es el campo de los conflictos; cada cual defiende aquí su causa con aspereza, acantonando en su punto de vista sin querer tomar en consideración el modo de ver de su contrario.

Impregnado de la armonía de las serenas regiones, el sabio se guarda de inmiscuirse en las disputas de los combatientes. Se desliza entre las parejas y ni siquiera advierten su presencia los gladiadores enardecidos por la lucha. Sus disputas le parecen pueriles: es que ha sabido elevarse más allá de las discusiones vulgares que inspira el espíritu de partido.

¿ Por qué no llegan los hombres ha entenderse ? Sencillamente por su inveterada costumbre de practicar, muchas veces sin darse cuenta, la parcialidad más absoluta. Éste por ejemplo, se proclamará republicano y tan sólo querrá ver las ventajas de la república para oponerlas triunfalmente a los inconvenientes de la monarquía. El monárquico hará exactamente lo contrario y será interminable la contienda en ésta materia como en cualquier otra. De tal manera que de un extremo a otro de la tierra no cesa el estruendo de las vanas contiendas, bien pronto apaciguadas si aprendiesen los hombres a juzgar con equidad. Bien el contrario, el republicano ferviente considera una impiedad el reconocer lo bueno que pudo tener la monarquía; el monárquico convencido estima sacrilegio ver en la república algo más que una abominación. Y sucede lo mismo en todos los aspectos, sobre nuestro desgraciado planeta. ¿ En dónde podremos encontrar hombres que sepan conservar la independencia de su juicio en medio de tantas tendencias partidistas ?

Es por esto que la generalidad de los mortales no se pertenecen y lo confiesan candorosamente al decir que pertenecen a tal o cual partido, cuya disciplina acatan, incluso con todas sus estrecheces. En cambio el Iniciado se distingue por su imparcialidad y quiere basar su juicio sobre un examen completo del pro y del contra de las causas en litigio. Si sus preferencias razonadas van a la república no se ilusionará sobre las debilidades de éste régimen, ni dejará de reconocer lo que ha hecho de bueno la monarquía. En todo cuanto se preste a controversia obrará de igual manera.

Quien juzga así equitativamente y sin prejuicios, tiene el privilegio de conservar el dominio de sí mismo, intelectualmente. Es libre y está preparado para ser iniciado, si además es hombre de buenas costumbres.
Después de cruzar la gran llanura en la cual chocan las opiniones, el candidato llega, por fin, a la orilla de un río de corriente impetuosa que hay que atravesar a nado.

El candidato puede negarse a acometer la prueba, bastante poco atractiva, por cierto, en razón de los amenazadores torbellinos. Pero en éste caso será cuestión de contentarse con una sabiduría bastante estéril: la del crítico hábil en discernir los yerros humanos, pero incapaz de orientarse hacia la Verdad. En realidad, triste va a ser la suerte del sabio cuyo corazón se apiada de los duelistas y que su impotencia para disuadirlos le condena a perpetuidad a ser espectador de su contienda.

Semejante impotencia repugna al futuro Iniciado, quien, alejándose del campo de batalla, entra resueltamente en el río. Hasta aquí, para no afiliarse a ningún partido le bastaba quedar pasivo, y observar absoluta reserva, a fin de conservar su propio dominio. Ahora debe al contrario, desplegar toda su actividad para poder resistir la embestida de la corriente: ésta corresponde a la presión que determina el pensamiento en el individuo. Nuestro pensamiento es más colectivo de lo que nos imaginamos comúnmente. Todos los pensamientos emitidos en un ambiente ejercen, por sugestión, una influencia sobre los cerebros comprendidos en su área. Tenemos las ideas y la mentalidad de nuestro tiempo, de tal manera que, intelectualmente, no nos pertenecemos en absoluto, ni aún cuando quedamos apartados de todo partido, puesto que nuestros pensamientos son, en realidad, la copia exacta de los que fluyen a nuestro alrededor. Resistir a la corriente simbólica es hacer acto de pensadores verdaderamente independientes; es librarnos de la moda en materia de pensamiento: las modalidades intelectuales del siglo, dejan de imponerse a nosotros y nuestra imaginación queda emancipada de la tutela de los convencionalismos.

De aquí en adelante podemos concebir ideas que escapan a la trivialidad fluvial. Aprendemos a comprender a los pensadores de la antigüedad cuando se expresan por medio de imágenes completamente desconocidas de nosotros en el presente. La filosofía nos inicia en las ciencias y las religiones del pasado. Después de franquear el río quedamos purificados de todo cuanto enturbiaba nuestro espíritu.

Desde éste momento somos capaces de forjarnos una filosofía liberal y amplia y podemos llegar en el dominio religioso hasta el catolicismo integral, gracias a la asimilación del esoterismo, generador de creencias esencialmente universales.

Podemos ahora comprender el significado de la prueba del Agua a la que ha de someterse el pensador que no quiere limitarse a pensar superficialmente como la masa de sus contemporáneos. De quedar esclavo de los prejuicios de su tiempo y de su ambiente, le fuera del todo imposible entrar en comunión con los sabios que pensaron antes que él y cuya herencia imperecedera debe recoger. Purifiquemos nuestra imaginación y, de tal suerte, podrá reflejar, sin deformarlas, las imágenes reveladoras de los misterios tradicionales. Lo precioso no puede perderse. Ésta verdad, que nos importa conocer, se conserva viva y la perciben los cerebros que han sabido hacerse receptivos a las ondas de una telefonía sin hilos, tan vieja como el mundo.

La Iniciación enseña el Arte de Pensar, o sea el Arte Supremo, el Arte Real, el Gran Arte por excelencia.

El iniciado debe esforzarse en pensar de una manera superior y, para lograrlo, debe romper toda comunicación con los pensamientos de orden inferior, negándose por un lado a tomar parte en las querellas de partido, a fin de conservar la plena independencia de su juicio, y teniendo cuidado, por otro lado, de no asimilarse sin previo examen las concepciones ajenas que forman el torrente de la opinión pública. Respecto a ésta última, el pensador mantiene una actitud independiente y sabe resistir a la corriente que arrastra a los débiles. Exteriorizando su fuerza, evita el dominio intelectual de su siglo y la tiranía del ambiente. Vencedor del torrente, el Iniciado lo domina desde la orilla, en donde ha sentado sus reales con firmeza.

Purificado por el agua fría que ha templado sus energías, el vencedor del elemento fluido se impone ya al río, que nada puede contra su firmeza sin duda alguna no tiene el poder de mandar a su antojo la impetuosa corriente; sin embargo, una imaginación límpida, en pura calma ejerce siempre una poderosa influencia sobre los ánimos pasivos y les ayuda a afinar y esclarecer sus ideas.

El soñador que sueña iniciáticamente al ensueño, y el ensueño engendra al sentimiento que hará surgir la acción. Todo cuanto ha de realizarse empieza por ser imaginado.

Al triunfar del río el adepto pone término al Trabajo al blanco de los filósofos herméticos. No tiene todavía el poder de transmutar el plomo en oro, pero en su viaje en busca de este ideal, se detiene de momento para producir la plata, símbolo de lo sentimental e imaginativo. Éste metal depura las almas y las encamina hacia la realización de su ensueño.

Pero el soñador ansioso de ejercer su influencia de transmutación debe quedar completamente libre; para no ser esclavo de nada, es indispensable que tenga entera posesión de sí mismo sin pertenecer a nadie más.

Tengamos en cuenta que ésta estricta posesión de sí mismo no tiene nada de egoísta; no es posible alcanzarla; en efecto, sin antes haberse abandonado para dejarse guiar por el dios interno a quien ha descubierto al apartar la atención del mundo sensitivo descendiendo hasta las profundas tinieblas de la propia personalidad. El Iniciado se libera, y si entra en plena posesión de sí mismo es para darse luego a los demás.

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