LA RELIGION DEL TRABAJO

ALDO LAVAGNINI

El Masón debe considerar el trabajo de una manera completamente diferente de como lo considera el hombre vulgar: para éste el trabajo es una necesidad y casi una esclavitud, un yugo que pesa sobre él por 1a fuerza de las circunstancias, al que debe sujetarse para vivir. Mientras el hombre ordinario trabaja para vivir esclavo de sus necesidades y de sus deseos, el Masón debe vivir para trabajar, es decir, para hacer una obra o una labor, expresando el Ideal que hace de él un artista diferenciándole del artífice.

El espíritu con el cual el hombre ordinario considera el trabajo se halla, pues, expresado en la maldición bíblica: "Del sudor de tu frente comerás el pan". Esta maldición, personificada simbólicamente en la Biblia, cuando sea interpretada con la escuadra de la Razón y el compás de la Comprensión representa simplemente la voz o expresión impersonal de la ley bajo cuyo efecto o causalidad se coloca el hombre por sí mismo, eligiendo trabajar como esclavo de la Ilusión exterior para satisfacer sus instintos, necesidades, deseos y pasiones, a raíz de su desobediencia a la voz de la Realidad, la única que puede indicarle la senda de la Libertad.
Lejos de ser una maldición, el trabajo es para el Masón el primero y fundamental objeto de la existencia terrena, Fuente de todos los Bienes y de todas las Bendiciones. El blanco mandil del que se ciñe, como distintivo de su cualidad, representa el nuevo espíritu con el cual debe dedicarse a su propio trabajo o actividad, en calidad de Obrero de la Inteligencia Universal, con la que tiene el privilegio y el honor de cooperar, interpretando y realizando sus planes en la medida de su comprensión y habilidad.

Estos planes son las ideas o Ideales Constructores que se manifiestan en su Inteligencia para realizarse en su vida, y, según adquiere la capacidad de expresarlos, se liberta automáticamente de toda esclavitud exterior, por ser la verdadera Libertad, obediencia a lo que de más elevado hay en nuestra alma y en nuestro ser. El hombre es, pues, esclavo, según obedece a sus impulsos inferiores y a la ilusión exterior; y se hace libre en proporción con su capacidad de elevarse sobre los primeros por medio de la Virtud, y sobre la segunda por medio de la Verdad.

El color blanco del mandil es un símbolo de la pureza de los intentos con los cuales se predispone a la Obra, ya no con el único fin de satisfacer su egoísmo o sus necesidades, o sea mirando la utilidad personal que puede sacar de su actividad, sino principalmente con el objeto de buscar la Gloria o expresión de la misma Inteligencia constructora, o Gran Arquitecto del Universo en su propia actividad, cualquiera que sea. Este intento superior, expresado por el blanco mandil, es lo que caracteriza al Masón y lo diferencia del profano.

La cualidad de Masón no se adquiere, pues, por medio de un reconocimiento exterior, pagando determinados derechos y sufriendo determinadas ceremonias, o perteneciendo fielmente a determinado Cuerpo u Obediencia. Esto es sólo el símbolo del Masón. En cuanto a la calidad verdadera ha de ser individualmente realizada con sus propios esfuerzos por cada Masón, aplicando las cualidades exteriormente recibidas o reconocidas. Por consecuencia, el hombre que obra masónicamente, conformándose en su vida y actividad a los mismos Principios e Ideales que la Masonería enseña simbólicamente a sus adeptos, es mucho más digno del apelativo de Masón, aunque nunca haya sido exteriormente iniciado o recibido en nuestra Institución, que aquel que limita dicha dignidad al nombre y a una observancia puramente formales.

"Nobleza obliga". Cumpla, pues, su deber, todo Masón que quiera ser digno de este nombre y cuide de ensalzarlo y ennoblecerlo constantemente en su actividad y en su vida.

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