LA MASONERIA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

ALDO LAVAGNINI

A principios del siglo XIX se observa doquiera un nuevo florecer de la Idea Masónica.

Mientras en los Estados Unidos se constituye definitivamente el Rito Escocés en 33 grados (1801), que tan buena acogida debía tener después en todo el mundo (a pesar de estar hoy demostrado que el rey Federico de Prusia, al que se atribuye su fundación, en fecha 1786, poco antes de su deceso nada tuvo que ver en el asunto), en Inglaterra las dos Grandes Logias rivales se fusionan en 1813, en la Gran Logia Unida que desde entonces ha seguido sin interrupción al frente de los masones de la Gran Bretaña.

En Francia resucita con el advenimiento napoleónico, aunque dominada por la voluntad entonces imperante, que le impusieron sus Grandes Maestres, aspirando hacer de la misma un instrumento de gobierno. Por esta razón, aunque se llenara de funcionarios, no todos los antiguos masones volvieron a reanudar sus trabajos. Y al extenderse la dominación francesa le dio un corto paréntesis de libertad en los países donde estaba entonces perseguida: en España, Portugal, Austria e Italia.

Durante las diferentes guerras que tuvieron lugar en este agitado período de la historia europea, fueron muchos los episodios en los cuales se reveló la influencia benéfica de la Masonería, eliminando los resentimientos y odios nacionales, y estableciendo por encima de éstos los fundamentos de una Fraternidad Universal y de una común compenetración que quizá sea la única base de una paz duradera entre las naciones.

Muchos son los rasgos de heroísmo con los cuales los masones, sobre los campos de batalla, consiguieron con peligro de la suya salvar la vida o dar la libertad a enemigos, que se habían revelado como hermanos. Y esto se verificaba igualmente en los dos campos contendientes, sin excepción.

Este sentimiento de Humanidad, si bien puede constituir una acusación por los que están cegados por la visión estrecha de un nacionalismo mal entendido, constituye una de las mejores demostraciones de la influencia, siempre benéfica de la Institución: no hacen, por cierto, lo mismo los que comulgan una misma religión, cuando se encuentran y se reconocen como tales en el campo de batalla.

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