LA AUTOCULTURA

ALDO LAVAGNINI

La autocultura o cultura de uno mismo, en sus múltiples acepciones será por consiguiente objeto de los esfuerzos del Compañero, con el fin de desarrollar sus facultades y potencialidades latentes que, como hemos dicho, deben manifestarse progresivamente de la letra G que constituye el centro de su Estrella individual.

La Autocultura se basa, pues, sobre el reconocimiento de que en nosotros se encuentra, en estado latente, el germen de todas las posibilidades y que debemos empezar por adquirir conciencia de ellas para que se conviertan en poderes activos y cualidades operativas en nuestra vida. El uso de una determinada facultad, presupone naturalmente un primer grado de conciencia de la misma, patentizado en el deseo o voluntad de expresarla; y el esfuerzo para el uso, activa y exterioriza este deseo potencial. A su vez todo uso contribuye al mayor desarrollo de la conciencia de la facultad, que de esta manera se expresa en nosotros desde lo interior a lo exterior, y se hace evidente por sus efectos, o productos visibles de la actividad de la misma facultad; persistiendo en el uso, dicha facultad se posee de una manera siempre más plena y completa y, con su maduración, abre el camino para la expresión de nuevas facultades, y de las posibilidades que naturalmente germinan de ellas.

Por consiguiente la Autocultura es una ciencia y un arte que se aplica en la vida, y puede decirse que es idéntica, prácticamente, a la Ciencia y al Arte Real que nuestra Institución nos revela por medio de los símbolos de la construcción.

Cultivarse a sí mismo, desarrollar las facultades, potencialidades y poderes que se encuentran en estado latente en nuestro ser, es una tarea que le compete al Masón en todos los grados, y la misma iniciación puede considerarse como un ingreso en la conciencia de una determinada facultad o poder.

Hay pues, efectivamente, una distinta iniciación por cada una de las facultades y potencialidades latentes en nuestro ser, por medio de las cuales nos convertimos en aprendices de aquella misma facultad; progresando en el uso de ella pasamos del grado de aprendiz al de compañero y, una vez que la dominamos por completo, somos maestros de aquella facultad, que se ha convertido en un poder que se ejerce en nuestra vida

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