Profundizar

OSWALD WIRTH

Nadie es Maestro si no posee el Arte a fondo. El Aprendiz, sólo puede contentarse con conocimientos rápidos, generales y superficiales; para él son las teorías y las certidumbres juveniles. Instruido por la práctica, el Compañero observa con cuidado y controla la enseñanza teórica, adquiriendo así poco a poco la experiencia que conduce a la Maestría. Esta, sin embargo, no recompensa al obrero sino cuando ha sabido elevarse hasta el genio del Arte que debe comprender y sentir.
Fiel a los principios reconocidos, el Compañero trabaja correctamente, según las reglas admitidas; pero no se permite innovar, modificar la aplicación de los principios fundamentales ni inaugurar nuevos métodos de trabajo.
Ahora bien, el Arte, como todas las cosas, evoluciona y se adapta a las necesidades, destinado como esta a progresar sin cesar. El progreso, en eso, es la obra de los Maestros que renuevan las tradiciones, apartándolas de la rutina. Lejos de todo servilismo, están animados por el puro espíritu del Arte y no temen reformar lo que lo fija en un estilo envejecido o lo petrifica en el ciego culto del pasado.
El artista vibra bajo la influencia del Arte que siente interiormente, tanto y tan bien que se hace su libre intérprete, identificado con la obra a la cual se ha dedicado. Pero el Iniciado se consagra al Grande Arte que es el de la vida; aspira, pues, a la maestría vital: es la Vida, la verdadera Vida, la que debe comprender y sentir.
Una juiciosa comprensión de la Vida es, en efecto, la base de toda sabiduría iniciática. El Pensador llega hasta sustraerse a la impostura de las apariencias exteriores que engañan a los espíritus superficiales. Su superioridad reside, pues, en su poder de profundizar.
Este poder, el Iniciado debe desenvolverlo; pero no obtendrá pleno éxito en ello, sino al fin de su carrera, cuando se aproxime a la Maestría. Tendrá siempre que luchar contra la ilusión que nos acecha en todo lo que nos es dado imaginar o apercibir sensiblemente.
Ir al fondo de las cosas; tal es el eterno objeto de la filosofía, la tarea esencial del Maestro Pensador. Es en el interior de la Tierra donde los Hermetistas debían buscar la Piedra oculta de los Sabios24 . Estas mismas profundizaciones revelarán al Masón la Palabra Perdida. Sólo a fuerza de descender se penetra en la Cámara del Medio donde resplandece la Luz Central explicativa de todos los enigmas. Únicamente la claridad sacada de las profundidades permite al Maestro iluminar a sus H∴ H∴ y prevenir así el asesinato de Hiram.
Si el instructor ha carecido de penetración, si no ha descendido hasta el hogar de la comprensión lúcida, los resplandores que ha recogido no bastan para hacer desistir al mal Compañero de su criminal proyecto. El complot se trama con la complicidad inconsciente de los falsos Maestros, que son ciegos que dirigen a otros ciegos. Una pesada responsabilidad gravita, pues, sobre el Masón que se decora con las insignias del 3er grado, si no trabaja en asimilarse la plena inteligencia del Arte. Es culpable de las faltas que se cometen porque no ha sabido evitarlas. El que llega a ser Maestro contrae la obligación de trabajar, no tan simplemente para sí, sino sobretodo para los demás. Tiene a su cargo inteligencias que dirigir, porque debe a los Aprendices y a los Compañeros la luz indispensable para el cumplimiento de su tarea.
No es, pues, para dedicarnos al reposo que hemos alcanzado a la cúspide de la jerarquía masónica. Debemos redoblar en ella nuestros constantes esfuerzos a fin de que nada de lo que concierne al Arte permanezca obscuro para nosotros. Mientras que los obreros reposan de las fatigas del día, corresponde al Maestro velar en el silencio de la noche, a fin de absorberse mejor en profundas meditaciones que iluminan el presente y hacen prever el porvenir a la luz del pasado perspicazmente evocada.

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