La Trinidad Fenicia

OSWALD WIRTH

A la cabeza de las obras ejecutadas por Hiram para completar el Templo de Jerusalem, la Biblia cita las dos columnas del pórtico: Iakin y Boaz. Heródoto nos enseña que en el más antiguo Templo de Tiro, la divinidad no tenía por toda imagen sino las dos columnas levantadas por Us’oos, el fundador de la ciudad, en honor del Fuego y del Viento. Las columnas tomaron así un carácter sagrado a los ojos de los Fenicios quienes erigieron más tarde en las dos riberas del estrecho de Gibraltar los monumentos conocidos en la antigüedad bajo el nombre de Columnas de Melquart o de Hércules-Heracles.
Este binario fundamental representa el doble aspecto del principio animador de todas las cosas. El Fuego se enciende en todos los seres y asegura su fijeza, su crecimiento, su desenvolvimiento, esto es su construcción conforme al plan de la especie, tiene por jeroglífico general el triángulo equilátero , que se lee ru en acadio y tiene el sentido de edificar. Los
Alquimistas derivan de él su signo del Azufre
, que simboliza al Fuego interior activo, constructor, al cual corresponde la columna Nikai. Este fuego permanece inactivo en el germen, o sea, en estado latente, mientras no es despertado, excitado y continuamente mantenido por el Viento, personificado por Mercurio A a los ojos de los Herméticos. El mensajero de los dioses representa en eso un Aire tan sutil que penetra por todas partes, aún a travésde los cuerpos más densos. Éste es el vehículo de la vida universal, del que se ha dicho en él la fuerza, sentido de la palabra Zabho.
El Fuego cosmogónico y el Viento misterioso que lo atiza, no bastaron a la imaginación popular como representaciones divinas. La religión propuso, pues, a la adoración de la multitud divinidades menos abstractas. Condensado en el Sol, el Fuego universal se convirtió en Baal el quemante, dios terrible al cual en tiempos de calamidad los padres sacrificaron sus hijos más queridos.
Este amo impasible, inmutable y altanero, encuentra en la Naturaleza una esclava sumisa, aunque caprichosa y voluble, personificada por Astarté, divinidad que reunía en sí a Cibeles, Ceres, Diana y Venus en cuanto a personificación de los elementos fecundables: Tierra y Agua. Pero el Fuego generador (Baal) no engendra la vida sino para consumirla: como Saturno-Kronos, devora a sus hijos. Su actividad incesante usa los órganos y mata a los individuos, lo mismo que el calor continuo seca la vegetación.
El germen ígneo depositado en los seres no se desenvuelve, por otra parte, sino bajo la influencia del Aire, es decir, del Viento mercurial, primitivamente adorado en unión indisoluble con el Fuego. Ahora, este agente vital, únicamente bienhechor, se convirtió para los pueblos del Asia Menor en el dios amado, que alguien llamó Adonis, mi señor. Gracias a este amante de Astarté (el Ishtar caldeo) los campos verdeguean en la belleza de las flores que se abren. Pero Adonis (Tamuz, Dumuzi o Eshmún) es muerto cada año por la estación tórrida; es entonces llorado públicamente y después los devotos y devotas llevan ostensiblemente su luto. Procesiones dolientes recorren finalmente el campo para buscar la tumba del dios; y cuando su estatua es desenterrada y en seguida llevada en triunfo, una alegría estrepitosa estalla para festejar al Salvador que va a esparcir la prosperidad.
Byblos tenía la especialidad de este culto en el cual se inspiró la pascua cristiana. La resurrección del dios atraía anualmente innumerables peregrinos ávidos de aprovechar las donaciones de los Fenicios, quienes, en su exaltación mística, no les rehusaban nada.
¿El más esparcido de los mitos asiáticos habrá sugerido ciertos detalles de la leyenda de Hiram que fue prohibida desde su aparición hacia 1730, como una invención disparatada sacada de Ovidio y de Virgilio?. La respuesta permanece indecisa porque en el dominio del simbolismo los encuentros son fatales. Es así cómo en el cuento profundamente iniciático de la Serpiente Verde18 Goethe ha podido poner en escena una Siduri19, que él denominó la bella Lilia, sin conocer la epopeya de Gilgamés que no fue dada a luz sino cerca de un siglo más tarde. Toda imaginación genial coloca a sus imágenes en un dominio común a los artistas y a los poetas de todas las épocas.
La Maestría del pensamiento nos eleva hasta esa región donde los espíritus desprendidos de toda grosería comulgan en la comprensión de un lenguaje que se expresa en formas y en figuras de belleza.

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