La Divinidad Humana

OSWALD WIRTH

El Pensador que ha sabido discernirse a si mismo bajo la máscara de la personalidad, entra por este hecho en la vida iniciática. Ya no se contenta con la existencia ficticia del teatro y, sin descuidar su papel se preocupa de la vida seria del actor que ha terminado de representar.
Esta vida es menos efímera que la otra. Nosotros no concebimos de ella ni el principio ni el fin; es divina y nos divinizamos participando de ella de una manera consciente. Depende, pues, de nosotros elevarnos hasta la divinidad tomando conciencia de nuestra verdadera naturaleza. La iniciación ha sido siempre el camino del santuario del Hombre-Dios. Ella enseña a desnudar la bestia humana aprisionada en el campo estrecho de la sensación material y pretende liberarnos, llamándonos a una vida superior de una amplitud ilimitada…
El Iniciado posee la vida real y permanente porque se ha desprendido de la apariencia transitoria para ligarse a la realidad durable. Poco le importa su destino teatral que subordina a la tarea más alta y más vasta de su individualidad. Trabaja como obrero de la Gran Obra en la transformación eterna de las cosas. Ahora bien, llenar una función de eternidad, consagrando a ella toda su energía, es vivir esa vida divina que realiza el ideal unitivo de los místicos.
Estos se equivocan cuando no comprenden que vivir es obrar. La vida no tiene ninguna existencia por ella misma: no vivimos por vivir, sino para cumplir una función del organismo universal. El iniciado se da cuenta de ello y quiere llenar su misión: aplica toda su inteligencia a discernir lo que se le ha pedido, resuelto de antemano a afrontarlo todo y a no evitarse ningún sacrificio para trabajar bien.
El Masón que trabaja así se inmortaliza por su trabajo. Sabe que su personalidad no es nada y se desinteresa por ella. Pero se eleva hasta un principio interior de iniciativa que adivina sin poder conocerlo exactamente, dios desconocido en su misteriosa realidad: este es el yo trascendente, idéntico posiblemente en todos los seres que piensan.
Este yo no ocupa ningún lugar en el espacio ni podría ser delimitado en el tiempo; es, pues, de esencia divina. Así, es a los Iniciados a quienes se dirige el salmo LXXXII donde se lee en el versículo 6: “Yo he dicho: Vosotros sois Aelohim23 y sois todos hijos del Soberano”.

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