LA MAGNA OBRA

OLSWALD WIRTH

Si existimos es para obrar. La inteligencia y la sensibilidad sirven únicamente para guiar nuestra actividad. Por tanto, no busquemos nuestra razón de ser en nosotros mismos, recordando que no se puede caer en mayor equivocación que atribuirlo todo a uno mismo.

Todo está unido en este mundo y el individuo tiene su valor como parte integrante de la colectividad. Aisladamente no somos nada y en este sentido el Iniciado ha de poder decirse a sí mismo y con absoluta sinceridad: Sé que no soy nada. Si del Yo hago un ídolo, el centro del mundo, el objetivo de mis preocupaciones, entonces no contengo más que el vacío, la impotencia y la vanidad. Querer vivir tan sólo para uno mismo, es cercenarse de la vida universal para condenarse a la muerte.

No puedo resistir a la tentación de citar, tocante este asunto, el capítulo V de un opúsculo muy raro, editado en 1775, bajo el título de La Magna Obra sin velos para los Hijos de la Luz:

“Según una opinión corriente en este mundo la vida es corta y, por mi parte, la encuentro, al contrario, extremadamente larga para muchísima gente. ¿Cuántos vamos a encontrar que se quejan de la brevedad de la vida y no han hecho, sin embargo, otra cosa que fastidiarse durante toda su existencia?. Sí, es demasiado corta la vida para quien piensa y demasiado larga para quien no piensa. El tiempo vuela cuando trabajamos y transcurre lentamente cuando no hacemos nada. Sin la acción la vida en nada se diferencia de la muerte, y vivir ocioso, no es vivir, sino tan sólo vegetar. Vivir para mí solamente es vivir tan sólo a medias. Interesarse para la felicidad universal de los hombres y obrar en consecuencia, es vivir de verdad y tener la sensación de vivir. ¡Cuán pocos son los que viven en este mundo y cuántos vegetan en lugar de vivir!

Los ricos, enorgullecidos de su opulencia y embriagados por el incienso que les prodigan sus aduladores, no pueden comprender lo que es la vida. Los pobres, abrumados por el peso de su miseria, humillados por el desprecio de los demás, tampoco la pueden entender. En cuánto a los que se encuentran en medio de grandes y pequeños, de ricos y de pobres, preocupándose la mayor parte de las veces sólo de lo que a ellos incumbe, no la sienten tampoco. ¿Quién vive, pues, en lugar de vegetar? Los filósofos. Sí, los filósofos únicamente comprenden lo que es la vida, conocen las oportunidades que presenta y saben aprovecharlas. No solamente viven para ellos mismos, sino que viven además para los otros y, siguiendo el ejemplo del excelso Hermes, de quien tiene por gloria ser y llamarse discípulos, tan sólo viven para hacer bien a la sociedad humana.

Poco les importa que les adulen o les amenacen los poderosos de la tierra, que sus parientes les quieran o les persigan, que sus amigos les sostengan o los abandonen; no por eso dejan de ser filósofos, o sea, amantes de la sabiduría. La vida tiene para ellos tanto más atractivos cuanto más tiempo les deja para hacer bien a quien lo merezca; su benevolencia va a quienes viven para trabajar ,nunca a quienes trabajan para vivir”.

Estas líneas nos revelan el gran arcano de la filosofía hermética. La Piedra de los sabios es un símbolo, como también el oro filosófico y todo lo referente a ello. En realidad, el secreto de toda verdadera iniciación hace referencia a lo que ante todo interesa al hombre, es decir, su propia vida y el empleo juicioso de las energías que la misma pone a su disposición.
El sabio busca la piedra en su mismo fuero interno, como lo recuerda muy bien la ingeniosa fórmula sacada de la palabra Vitriol, a manera de acróstico: Visita Interiora Térrea, Rectificando Invenies Ocultum Lapidem; o, en otros términos: Desciende en ti mismo, sométete a las pruebas purificadoras y encontrarás la piedra escondida.

Este tesoro supremo, último objetivo de la iniciación hermética, instruye a los ignorantes, sana las enfermedades del espíritu, del alma y del cuerpo, enriquece a los pobres y de un modo general, transmuta el mal en bien. No es una sustancia; es un estado de ánimo que confiere poderes de acción y de influencia.

No se trata aquí, sin embargo, de ninguna taumaturgia vulgar. Los milagros de detalle tienen un interés muy secundario al lado del gran milagro universal que abraza la totalidad del género humano. La Obra Magna es un trabajo que no tiene principio ni fin, y su resultado es todo cuanto existe.

Somos sus colaboradores sin que sea condición indispensable tener conciencia de ello. Si, al cumplir la tarea que nos incumbe, lo hacemos con mal humor, sin inteligencia ni comprensión, a modo de acémila uncida al carro, somos meros esclavos de la necesidad que nos azota y nos atormenta con su implacable aguijón. Es ésta la suerte del profano que se lamenta y cuya única preocupación es librarse del yugo de una labor obligatoria como de una pesada carga.

El Iniciado sabe que el trabajo es la razón de su existencia. Lejos de querer esquivarlo, su ambición es adelantar su trabajo del mejor modo que sabe, empleando en ello todas sus fuerzas. Su mismo celo entusiasta le ahorra la fatiga que no siente o que se transforma en gozo. Es amante del trabajo y se entrega a él con pasión, atrayendo de tal suerte una misteriosa ayuda, gracias a la cual puede hacer verdaderas maravillas.

La Iluminación es la recompensa y ya vive sabiendo lo que es vida y participando de la gran Vida de la eterna acción.

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