LOS TRES DEBERES

ALDO LAVAGNINI

La búsqueda de la Verdad nos conducirá naturalmente a reconocer los tres deberes, objeto de nuestra consideración en el Testamento, es decir, nuestra triple relación: 1º con el Principio de Vida; 2º con nosotros mismos; y 3º con la humanidad, en la cual debemos reconocer otros tantos hermanos, es decir, otras tantas expresiones paralelas del mismo Principio de Vida.
De esta trina relación, el masón, como ejecutor testamentario de sí mismo, está llamado a ser y dar
viviente testimonio.
Su deber con el Principio de Vida está implícito en la búsqueda de la Verdad que acabamos de considerar y que conduce naturalmente al Individuo y reconocer su exacta relación con este Principio, y a reconocerlo como Realidad y Esencia Verdadera de todo. Pero el masón no puede simplemente limitarse a reconocer a la Gran Realidad del Universo como un Principio Abstracto, sino que está llamado a hacer de este reconocimiento un uso constructivo y práctico.
Esto se hace por medio del uso de la palabra de que hemos hablado anteriormente, la Palabra de la Verdad que establece nuestra íntima y directa relación con el Principio de la Verdad, que es también el Principio de la Vida y del Ser.
Nuestro deber o relación con nosotros mismos consiste en establecer una más perfecta conexión o alineamiento entre las dos partes o polaridades distintas de nuestro ser, es decir, entre personalidad e individualidad, entre nuestro Ser Mortal y nuestro Ser Inmortal, de manera que la primera, en vez de ser la máscara que la esconde, sea una siempre más completa expresión de la segunda, llegándose a la perfección cuando las dos estén íntimamente unificadas y cese toda distinción.
Este es el simbólico trabajo de la piedra bruta que debe ser conducida, por medio del esfuerzo constante de la Voluntad y del Pensamiento, en armonía con los Principios Ideales, a fin de realizar su perfección interior hasta que la forma exterior no se haya identificado con la misma Perfección Ideal y Latente.
Nuestro deber o relación con la humanidad no es menos importante que los precedentes, de los cuales es la consecuencia natural: el iniciado reconoce a un hermano en cada hombre, y en cada ser viviente una expresión del mismo Principio de Vida que siente en sí mismo. Este reconocimiento se manifestará primero con la abstención de todo lo que pueda perjudicar, dañar o hacer sufrir a otro ser viviente; y luego amando a nuestros hermanos o semejantes como a nosotros mismos.
En otras palabras, se trata de poner en práctica los dos aspectos del mandamiento o Regla Áurea de la vida: No hagas a los demás lo que no quisieras que a ti te hicieren y Haz a los demás lo que desearías para ti mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario