LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO

ALDO LAVAGNINI

A pesar de las excomuniones de la Iglesia y de la intensa campaña clerical en contra de ella, la Masonería siguió extendiéndose en la segunda mitad del siglo, progresando en casi todos los países.

En Italia tomó nueva fuerza cuando, después de la "Expedición de los Mil", Garibaldi fue elegido Gran Maestre ad vitam. El mismo escribió, en 1867, que los masones eran la "parte escogida del pueblo italiano". Dos años después de la toma de Roma, en ocasión de la muerte de Mazzini, aparecieron por primera vez, en 1872, los estandartes masónicos por las calles de la Ciudad Eterna.

En Francia, después de haberse, en los estatutos de 1849, proclamado obligatoria "la creencia en Dios y en la inmortalidad del alma", más tarde (después de la tercera República, en la cual la Masonería llevó a cabo una actividad realzadamente política, haciendo una alta labor patriótica), en l877, fue revisado este artículo, suprimiéndose esta cláusula, y con la misma también suprimiéndose la invocación A .•. L.•. G .•. D .•. G .•. A.•. D.•. U.•.

Este acontecimiento atrajo sobre el Gran Oriente de Francia la estigmatización de las Potencias Masónicas anglosajonas, encabezadas por la Gran Logia Unida de Inglaterra, que considerando minadas con esta supresión las mismas bases de la Institución, rehusaron reconocerlo. Tres años después se verificó una escisión entre las Logias dependientes del Supremo Consejo, constituyéndose éstas en "Gran Logia Simbólica Escocesa"; más tarde el Supremo Consejo creyó oportuno conceder la autonomía a todas las Logias en los tres grados simbólicos, terminándose en 1897 la escisión con la constitución de una "Gran Logia de Francia".

Mientras en Austria estaba prohibida toda actividad masónica, en Hungría pudieron constituirse varias Logias, que se reunieron en 1870 en Gran Logia, mientras paralelamente se desarrollaba la actividad de un Supremo Consejo para la administración de los grados superiores.

Todos los Supremos Consejos del Rito Escocés se reunieron en un Convento en Lausana, en 1875, con el objeto de proceder a la unificación universal del Rito, adoptándose las Grandes Constituciones que actualmente lo rigen. Después de esta fecha los Supremos Consejos siguieron reuniéndose en cada quinquenio.

Sin embargo, en la misma Suiza este Rito no pudo extenderse, reconociendo la Gran Logia Alpina, constituida en 1844, únicamente los tres grados simbólicos.

En Alemania uno de los acontecimientos más salientes de la Masonería, que no cesó de progresar durante todo el siglo, fue la admisión de los judíos, que estaban antes excluidos en aquel país por las Grandes Logias locales.

Tampoco en este país dejó de ejercerse la campaña antimasónica, pero en cambio siguió viéndose honrada la Orden por el favor de príncipes y emperadores que alcanzaron la dignidad de Grandes Maestros.

No puede omitirse en esta somera exposición de la vida masónica en el siglo pasado una breve información de la campaña difamatoria de Leo Taxil, de la cual mucho se aprovecharon los adversarios de nuestra Institución, y cuyo epílogo pretende de-mostrar con toda claridad cuán fundadas son las acusaciones que se hacen a la Orden.

Fue éste el seudónimo de un tal Gabriel Pagés que, después de haber sido educado por jesuitas en una casa de corrección, se hizo anticlerical y por breve tiempo fue masón, quedando únicamente en el primer grado y no visitando su Logia más que tres veces. Publicó, a partir de 1885, una serie de obras antimasónicas, que causaron gran impresión y en las cuales (como confesó más tarde) se propuso únicamente explotar la credulidad ajena.

En estas obras, casi del todo fantásticas, dice que los masones se dedican al culto del diablo, y muchos otros absurdos por el estilo. Varios eclesiásticos cayeron en la red, que culminó en 1896 con un éxito sin precedentes en el Congreso antimasónico de Trento, con más de 700 delegados, en el cual Leo Taxil fue calurosamente aplaudido. Pero todos los que le habían creído tuvieron una merecida lección cuando, en el año siguiente declaró públicamente haber logrado con sus obras "la más grande mixtifica-ción de la época moderna".

Sin embargo, los mixtificados no se dieron por vencidos, y siguieron y siguen en su campaña difamatoria, de la cual es cierto que nuestra Orden, atraque no le oponga más que silencio, no puede dejar de salir en definitiva vencedora, por la simple fuerza de la Verdad que proclama y es, así como por su labor constructiva. Así es como en el mismo campo de los adversarios de la Masonería se observa ya un cambio de táctica, en cuanto los más inteligentes reconocen que la calumnia y la difamación no pueden perdurar mucho tiempo7.

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