EL MAESTRO INSTRUCTOR

ALDO LAVAGNINI

En las corporaciones de canteros y albañiles, el novicio hacía su aprendizaje bajo la guía de un maestro del arte al cual se había confiado y que hacía de él un obrero capacitado, obligándose éste a servirle por cierto número de años, siendo todo trabajo realizado durante este tiempo por cuenta de su maestro.

Una vez que el aprendiz había cumplido el tiempo fijado y su maestro estaba satisfecho de él, éste lo presentaba a los demás como un obrero debidamente preparado, y al cual se le podía confiar cualquier trabajo, y desde ese momento podía ser contratado libremente recibiendo el salario que le correspondía. Viajaba entonces para practicar el arte y perfeccionarse en el mismo y, a medida que crecía su habilidad en el uso de los diferentes instrumentos, llegaba a emanciparse gradualmente de las reglas que había respetado en sus primeros pasos, adquiriendo la genialidad que hacía de él un artista.

La ceremonia de recepción en el segundo grado masónico refleja en su simbolismo estas etapas de trabajo y de experiencia que constituyen el programa iniciático del compañero, la mística fórmula que debe éste comprender y realizar por medio del esfuerzo personal, que es la base de todo progreso.

Igualmente en toda forma de enseñanza teórica o práctica, y de manera especial en la enseñanza iniciática, el novicio o discípulo tiene que someterse a la guía particular de un Maestro Instructor que dirija y vigile sus pasos y esfuerzos sobre el sendero de progreso, hasta que alcance la capacidad de caminar por sí mismo, sin necesidad de que sus pasos sean de continuo vigilados.

Así se hacía en las iniciaciones antiguas, confiándose todo neófito a un guía particular que le instruyera y respondiera de él, y por medio de la instrucción recibida y de las capacidades adquiridas, cuando su instructor lo creyera conveniente, se le daba o reconocía el segundo grado que hacía del mysto un epopto o "vidente", preparado y capacitado para realizar la segunda parte del programa, encaminándose gradualmente por sus propios esfuerzos y bajo la guía de su propia Luz interior, hacia el Magisterio.

Lo mismo debería hacerse en todas las Logias Masónicas, cuando se quiera llevar a cabo una labor efectiva, sin dejar nunca a los Aprendices entregados a sí mismos, o al cuidado general del Segundo Vigilante. Una vez reconocidas sus capacidades y tendencias particulares, el Maestro de la Logia debería confiar cada Aprendiz a un Maestro Instructor, ocupado directamente de su instrucción y progresos.
Y sólo cuando a juicio de éste los avances son efectivos y ha comprendido lo esencial de la Doctrina Masónica del primer grado, le sería provechoso el estudio de los nuevos símbolos que se relacionan con el segundo. Entonces debería proponerlo, en la Cámara respectiva, para un aumento de salario.

Como el corto plazo de los simbólicos cinco meses que se le asigna a la estancia en el primer grado, es en general insuficiente para que se adquieran los conocimientos indispensables para sacar provecho de un nuevo estudio, es deseable, para el bien de la Institución y de los mismos interesados, que se prolongue este plazo a un año cuando menos, pues sólo con esta condición se evitará que se llenen de elementos masónicamente bisoños las columnas de Compañeros y Maestros.

¿De qué puede servirle al Aprendiz adquirir los privilegios y conocimientos de este grado cuando no haya todavía estudiado y meditado lo suficiente el simbolismo y el significado del grado de Aprendiz?

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