La Epopeya de Gilgamés

OSWALD WIRTH

Otra obra maestra de la antiquísima literatura caldea merece retener nuestra atención. Se trata de doce cantos compuestos a la gloria de Gilgamés o Guilgamesh, rey constructor de Uruk, la ciudad iniciática de los siete cercos.
No menos sabio que debía serlo Salomón una veintena de siglos más tarde, el joven soberano no piensa desde luego sino en fortificar la ciudad santa. Tiraniza a sus súbditos, obligándolos a edificar sin tregua. Esta juventud únicamente constructiva parece identificar al rey con el principio que, en cada ser, estimula la actividad vital para apresurar el desarrollo del organismo.
El adolescente, en efecto, no tarda en asociarse a un sátiro que personifica al instinto genésico con todo el despliegue de vigor que le corresponde.
Desde que Gilgamés dispone de la energía exuberante del compañero que ha dejado por él la estepa donde vivía como los animales salvajes, el rey constructor se preocupa mucho menos de Uruk y se lanza a empresas lejanas. (Fin del Aprendizaje que acumula y disciplina las fuerzas de acción y principio del Compañerismo que obra).
Los dos amigos atacan en primer lugar a Kumbaba, el terror del Oriente, guardián de una selva sagrada, donde nadie penetra sin perder inmediatamente sus fuerzas. Pero todos los encantamientos son conjurados y los Iniciados victoriosos llevan a Uruk la cabeza de su enemigo, como también la estatua de la diosa Irnina, sustraída del santuario que se erigía sobre la inaccesible montaña de los dioses.
Esta victoria liberadora parece alcanzada sobre alguna tiranía dogmática que explota el espanto de las masas crédulas. Sería, pues, del orden intelectual y psíquico.
Pero, contemplando a Gilgamesh en todo el brillo de su triunfo, Ishtar se inflama de una irresistible pasión por él y le pide que sea su amante. Pero la diosa acarrea la desgracia a los que ama. Dominando su sensualidad el héroe rehúsa pues sus avances y ofende así mortalmente a la vengativa diosa.
En su furor, Ishtar obtiene del cielo la creación de un toro gigantesco cuyo aliento está envenenado. El monstruo desciende de las alturas para vengar a la diosa; después de luchas extenuantes es vencido y sus famosos cuernos de metal bordados de lápiz-lázuli son llevados como trofeo a Uruk.
De lo alto de las murallas, Ishtar exasperada maldice entonces a los vencedores. Indignado el brutal compañero de Gilgamés replica lanzando a la diosa “el legítimo trozo” (“Le vrai morceau”) del Toro celeste, reliquia sobre la cual Ishtar llora con sus hieródulas17. Gilgamés se lava en seguida en el Eufrates con su amigo y después aparece “resplandeciente por sobre todos los hombres”.
El fiel asociado de sus grandes hechos no ha respirado, sin embargo, impunemente las emanaciones mefíticas del toro vengador: una enfermedad de languidez lo invade y se duerme con un sueño que se parece de más en más a la muerte. Es así cómo la energía genésica se extingue insensiblemente.
Gilgamés está inconsolable con la muerte de su amigo, porque teme para sí mismo una suerte análoga. En lo sucesivo las empresas gloriosas le son indiferentes; busca la soledad y se introduce en el desierto (de la meditación) a fin de acercarse a Utnapistim, su antepasado, cuyo nombre significa: “él ha encontrado la vida”.
Para conquistar la inmortalidad, el rey de Uruk abandona su país y se dirige hacia el Occidente, soportando el hambre y la sed, expuesto a los ataques de los animales feroces. Tropieza finalmente con una cadena de montes infranqueables, en el flanco de los cuales se abre un pasaje tenebroso, guardado por una pareja de gigantes medio-humanos y medio-escorpiones. Estos monstruos petrifican de terror por su solo aspecto; pero, lejos de retroceder o de morir de miedo, Gilgamés avanza hacia ellos con firmeza.
Este valor sobrehumano hace suponer al hombre-escorpión que un ser divinificado se dirige hacia él. Experta en la materia, la mujer-escorpión comprende entonces que el Iniciado participa de los dos tercios de la naturaleza divina y no es ya hombre sino en un tercio, lo que es una manera de reconocerlo como llegado a la integridad del Compañerismo y digno por consiguiente, de aspirar a la Maestría.
Sin embargo, el escorpión macho detiene a Gilgamés y le pregunta a dónde va. Sabiendo que el viajero quiere acercarse a Utnapistim, a fin de obtener de él el secreto de la vida, los terribles guardianes declaran irrealizable este proyecto, porque ellos no pueden conceder el acceso a la garganta que conduce más allá de los montes Mashú.
Gilgamés insiste e invoca a Shamash, el Sol, testigo de las torturas que ha resistido en el desierto. Este dios se deja ablandar, pero haciendo llamado a la razón de su protegido, se esfuerza en desviarlo de la caza ansiosa a la cual se entrega sin esperanzas de tener éxito y encontrar lo que busca.
Pero el héroe responde con un himno a la Luz, evocación que le abre el negro corredor agujereado a través de la montaña. Durante once horas dobles se introduce ahí sin percibir la menor vislumbre de claridad, después la oscuridad se atenúa y en la penumbra la última hora doble de su camino.
Este termina en el jardín luminoso de la diosa Siduri, vergel que se extiende hasta el mar y cuyos árboles divinos tienen por frutas piedras preciosas. Gilgamés asusta a la joven belleza que reina en el paraíso estéril. Ella se oculta de él y no se deja ver sino púdicamente velada para prodigarle los más razonables consejos. “Nadie, salvo el sol, le dice, puede atravesar la mar peligrosa, donde se agitan las aguas de la muerte. Renuncia, pues, Gilgamés a tu existencia vagabunda, pues no encontrarás la vida que buscas. Cuando lo dioses crearon al hombre, hicieron de la muerte su destino y retuvieron la vida en las manos de ellos”. Después la diosa alaba muy juiciosamente las alegrías de la existencia efímera que es preciso saber tomar tal como se ofrece para gozar de todas las satisfacciones que presenta. El sabio se contenta con revivir en sus hijos y hace feliz a la mujer que se le une.
Pero la voluntad de Gilgamés es irresistiblemente atraída hacia Utnapistim; quiere afrontarlo todo para llegar hasta este instructor que le revelará los misterios supremos. Tanta perseverancia y tanto desprendimiento de lo que es humano enternecen a la graciosa Siduri. Se decide, pues, a indicar al héroe que vea al nauta Amel-Ea quien consiente en tomarlo a bordo de sunavío. Ésta hiende la honda con una rapidez maravillosa, tanto que al término de tres días llega a las aguas de la muerte, donde la navegación, en extremo peligrosa, se prosigue, sin embargo, puesto que a despecho de las más inauditas dificultades, alcanzan finalmente a los límites del mundo donde reside el inmortal Utnapistim.
Una vez desembarcado, Gilgamés no es admitido a la presencia de su misterioso antepasado sino por piedad por los sufrimientos resistidos. Pero ¡ay! no es instruido sino acerca de la manera como son juzgados los muertos por los Anunnaki que fijan sus destinos, porque la muerte es limitada lo mismo que la vida.
La entrevista deja al héroe la convicción que debe resignarse a morir. Pero ¿Cómo Utnapistim ha podido conquistar la inmortalidad?.
Aquí se coloca el relato del diluvio, mito cuyo análisis será el objeto de un capítulo especial.
Antes de embarcarse para el regreso, Gilgamés procede a hacer abluciones que lo purifican de toda tiznadura y lo limpian de las adherencias a la piel que da al mar. Al salir de este baño, el Iniciado se reviste con un traje de viaje que no sufrirá ningún deterioro antes de la vuelta a Uruk.
En esta ciudad que representa el organismo material, las peregrinaciones de Gilgamés son extra-corporales: se transporta en alma y en espíritu ante el Maestro a quien no abandona sino despersonalizándose, es decir, desembarazándose de su ambiente mental personal, constituido por todas las preocupaciones que se relacionen consigo mismo. Después que Gilgamés se ha purificado, se le admite a sumergirse hasta el fondo de un agua dulce, a fin de coger allí una hierba puntiaguda que puede devolverle la juventud.
Reconfortado, el héroe vuelve a hacerse a la mar con el precioso ramo y siete panes preparados a su idea por la mujer de Utnapistim. Habiendo ido todo bien, Gilgamés desembarca al cabo de algunos días de navegación a fin de lavarse en un charco de agua dulce. Una serpiente le roba entonces la yerba rejuvenecedora. En la esperanza de recobrarla, Gilgamés resuelve regresar a Uruk por vía terrestre. Abandona, pues, el navío y se pone en marcha seguido por Amel-Ea. Después de un largo recorrido, el rey penetra finalmente en la ciudad de la cual es soberano. En recompensa de su adhesión, el nauta es comisionado para la supervigilancia de trabajos de construcción: desde los altos de los parapetos presidirá en lo sucesivo la confección de los ladrillos y la reparación de las murallas.
En cuanto a Gilgamés, preocupado de la muerte que lo acecha, no piensa ya sino en evocar la sombra de su compañero de juventud. Gracias a la intervención de Ea, el amigo de los hombres, las potencias infernales abren la tierra y dejan remontar en forma de torbellino el soplo que había animado al potente cooperador del rey.
Este interroga al reaparecido sobre la suerte de los difuntos que varía según el género de muerte y de sepultura. Los guerreros caídos en el campo de batalla se benefician en los infiernos con un tratamiento de favor; pero desgraciada la sombra de la cual nadie se preocupa en la tierra, porque no tiene para sustentarse sino los restos de alimentos arrojados a la calle.
Así termina el más antiguo de los poemas épicos del cual los judíos han tomado la historia del diluvio, que nos resta por resumir según la versión original.

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