Los Misterios

OSWALD WIRTH

El espíritu Filosófico de las iniciaciones greco-romanas se ha reencarnado incontestablemente en la Franc-Masonería moderna, al menos en la rama latina de la institución. Poco nos importa el prestigio exterior, la respetabilidad ante los ojos de los profanos, de la cual los Anglo-Sajones se muestran excesivamente celosos. Nuestras Logias francesas, italianas o españolas no son clubs donde es de buen tono ser admitido. Sobre ellas pesan excomuniones que no son únicamente clericales, puesto que la santurroneríamasónica y hasta el sectarismo socialista los han anatematizado. Éstos son conventículos sospechosos, en que todos los rangos sociales se codean en una promiscuidad en la cual se ofusca el gentleman puntilloso. En esos antros reina, si, una cierta disciplina libremente aceptada, pero ahí no se respeta nada
o poco menos, fuera de las opiniones que cada uno tiene el derecho de expresar con toda independencia. Todo se discute, pues, en Logia. Las ideas más contradictorias chocan ahí pacíficamente, ante una asistencia que gusta del deporte intelectual en que los campeones fraternizan cordialmente después de haberse combatido con vehemencia en la arena de la libre investigación de la Verdad.
Las cosas no han debido pasar exactamente así en Eleusis, en Samotracia o en los santuarios iniciáticos consagrados a Apis, a Isis o a Mitra. Los iniciados modernos rehúsan limitar el campo de sus investigaciones. Siempre en guardia contra el error, que anhelan descubrir, llevan sus razonamientos al extremo, con un atrevimiento sin reservas. Muchos menos audaces, sus predecesores de la antigüedad clásica se contentaban con interpretar filosóficamente las alegorías mitológicas, las que ponían sobre la vía de una cosmogonía racional, permitiéndoles reconocerse en medio de la diversidad de los panteones. Comprendiendo a qué corresponden los dioses, los fusionaban de una mitología a la otra para propender a una doctrina filosófico-religiosa más y más universal. Tenían, por otra parte, ideas particulares sobre el destino humano, sobre el nacimiento, la vida y la muerte que no creían definitiva.
Una absoluta discreción les era impuesta, pues los profanos no debían ser perturbados con teorías superiores a su comprensión. Pero, entre ellos, los iniciados tenían toda amplitud para iluminarse mutuamente. Lo hicieron al acaso de los encuentros o agrupamientos amistosos espontáneos, pero nuestros verbosos talleres no parecen haber tenido igual en la época de las iniciaciones paganas.
Éstos tuvieron muy rápidamente una suerte fácil de prever. La pompa, el ceremonial se sobrepusieron y el espíritu se escapó para acompañar a los filósofos cuyas escuelas se multiplicaron.
Cuando apareció el Cristianismo era costumbre hacerse iniciar, un poco así como se hace recibir Franc-Masón, Templario u Old Fellow en los Estados Unidos. Estaba de moda y no obligaba a gran cosa. Al recibir el bautismo, los iniciados en los múltiples misterios enriquecieron al cristianismo naciente con numerosas costumbres iniciáticas, principiando por el signo de la cruz que permitía a los cristianos reconocerse entre ellos.

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