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LA LOGIA

ALDO LAVAGNINI

La Masonería se compone de logias, o sea, agrupaciones lo¬cales de masones, en las que se manifiesta o se encarna por así decirlo de una manera particular, su Logos ideal.
Esta relación ideológica entre logas y logia no ha sido siempre igualmente evidente; algunas veces se ha hecho derivar esta última palabra del sánscrito loka "mundo, lugar", afín al latín locus "lugar" y lucus "bosque sagrado"; pero, también locus traiciona su parentesco con loqui "hablar" y locutio "discurso". También se quiso ver en ella una simple derivación del gótico laubja v latín medieval lubia; y, aunque sí lo fuera, no dejaríamos de estar sorprendidos al encontrar el origen del término originario.
Ya hemos hecho notar el valor de las palabras en si, especial¬mente cuando se relacionan íntimamente con algún movimiento ideal o corriente espiritual; y ese valor ha sido siempre apreciado por los iniciadores, o restauradores, de tales movimientos, que muchas veces se han aprovechado del doble sentido o doble valor de determinadas palabras, para expresar la relación análoga entre dos ideas, y hasta se han deleitado en juegos de palabras, que pueden parecemos infantiles desde un punto de vista puramente etimológico. También en Platón encontramos varias de esas palabras entendidas en su doble sentido, y de esos juegos que no tienen la menor justificación etimológica.
En la palabra Logia tenemos los dos sentidos de lugar y de logos o locutio, unidos de una manera indisoluble, a los que se junta también en tercero, el de luz y en griego lychnos "linterna"; sobre el cual, por su afinidad con lykos "lobo", fundaron los iniciados griegos el conocido juego que, en varios cuentos etimo¬lógicos, relaciona este animal con la luz, y que aún hoy persiste en la denominación masónica de luvetones ("pequeños lobos", o sea hijos de masones adoptados por una Logia, y reconocidos como tales).
La Logia es, pues, esencialmente el lugar en que se habla (en griego Pogéion), y aquel en que se busca o conoce la luz, que el mismo evangelio juanítíco identifica con el Logos o Verbo: "Aquel era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo". Palabras afines, usadas anteriormente para designar reuniones análogas, son el término griego Academia y el latín Collegium; este último, como religio, no significa únicamente "reunir, recoger, coligar", sino que conserva igualmente la idea de legare o delegar, o sea, trasmitir y preservar un legado espiritual.
En cuanto a la palabra Academia, más bien que derivarse simplemente de Academo (según se admite convencionalmente), tiene la misma etimología semítica de Cadmo, y significa oriente. "lugar establecido hacia el oriente", o sea orientado. Y la Logia masónica tiene precisamente este carácter, pues, exactamente como el Edén bíblico (prototipo primero de la Logia) se halla puesta o implantada hacia el oriente, siendo simbólicamente orientada en la dirección de donde viene la luz.
Debe, sin embargo, notarse que el término Logia, según su uso más aceptado, significa especialmente la agrupación o con-junto de masones que la forman como miembros, más que el lugar en que se reúnen a cubierto de la profana indiscreción. De aquí se ve cómo también prácticamente prevalezca su sentido ideal que la relaciona con el Logos, Verbo o Principio Espiritual ani¬mador, que se halla en el origen de la Institución. La logia es simplemente una expresión particular de ese Logos universal y general, que de esta manera representa y encarna en una forma determinada; no es la Masonería, pero la representa y se esfuerza en expresarla, según la sabe comprender y realizar en sí misma.
Además de ese Logos universal y primero, que es el arquetipo ideal o idea divina de la Institución Masónica, hay en toda Logia un lagos particular, hijo del primero: el ideal o idea humana, que reúne en un conjunto armónico y constructivo los miembros de la Logia. Y ese "logos" particular se suele asociar con un nom¬bre, que constituye el título distintivo de la Logia.
Como agrupación de masones, reunidos igualmente en el nom¬bre y para el objeto general de la Institución, y bajo la sombra de su propio estandarte particular y distintivo, la Logia es un organismo del cual cada miembro debe ser uno de los órganos, y por lo tanto ha de tener un lugar y una junción. Tres de sus miembros son los que dirigen y forman la Logia, de acuerdo con el dicho latino: tres faciunt collegium. Esas tres luces que la ilu¬minan, o columnas que la sostienen, reciben los nombres simbó¬licos, y respectivamente personifican las tres Luces y Columnas ideales de la Orden: la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza.
La primera corresponde al Oriente y al asiento de quien pre¬side la reunión: el Maestro por excelencia, que recibe el apelativo de Venerable, en relación con el cargo que le compete y la función que representa —la de "iluminar a los hermanos (o componen¬tes de la Logia) con la luz de su Sabiduría, relativa a la Orden". Se sienta allí, en lugar elevado, "de la misma manera que el sol se levanta al oriente por encima de los montes, para alumbrar la tierra", animando y fomentando la actividad de toda la natura¬leza, y dirigiendo a los hombres, a cada cual en su camino y en su tarea particular.
Así como el sol regla con su curso las actividades del día, así también el Maestro Venerable es quien abre los trabajos de la Logia, y establece y preside al orden de los mismos. Cerca de él aparece la estatua de Minerva que, como Metis y como Demeter la venerable, simboliza la Divina Sabiduría, principio inspirador de todo conocimiento, ciencia y sabiduría humana; la diosa salida adulta y armada de la cabeza del Dios Padre (Júpiter o Dyaus Pitar), es pues aquella que, aunque inaccesible e inasequible en su pureza virginal (¿no fue la virgen por excelencia, esa Pallas-Athena a quien los griegos consagraron su partenón?), más de buena gana se asocia a las tareas y actividades de los hombres, como protectora e inspiradora de todas las ciencias, las artes y las industrias, y la que anima y ayuda a los héroes en sus tareas sobrehumanas.
A la Sabiduría se le debe la concepción de toda obra real¬mente digna de ese nombre; pues una obra es tal, y se distingue del trabajo ordinario, precisamente en virtud de la sabiduría que expresa y atestigua llevando su sello. Pero, esa Sabiduría perma¬nece virgen y estéril, cuando no se le une la Fuerza de la
Inteligencia, que la comprende y la realiza. Esta fuerza inteligente, se halla simbolizada por Hércules, cuya estatua se halla cerca del Primer Vigilante, al Occidente de la Logia.
Hércules es el héroe por excelencia, o sea el prototipo de aquellos hombres que, aunque simplemente humanos por naci¬miento, reconocen su origen y filiación divina; y, de esta manera aliándose con la Sabiduría Omnisciente y siguiendo su guía e inspiración, se hallan capacitados para cumplir grandes obras y salir -victoriosos de todo trance, peligro o prueba exterior. Sim¬boliza así la fuerza verdadera que sólo pertenece a la Inteligencia humana, por su fe, esperanza y alianza con la Sabiduría Celestial, y de esta manera se halla capacitada para llevar a cabo sus obras
o manifestar sus planes ideales.
Por lo tanto el Primer Vigilante, sentado frente al Venerable Maestro, de lado opuesto de la Logia, representa la actitud cons¬tructiva de la Inteligencia, aliada con la Sabiduría y constante¬mente en nivel con la misma; él es quien vigila a los obreros que ya hicieron su aprendizaje, de manera que pongan sus fuerzas en la expresión del Ideal de la Sabiduría, y quien igualmente aprecia esos esfuerzos, señalando con la puesta del sol la hora del descanso, y dándoles el salario que merecen, al final de su jornada.
Desde este punto de vista, es también un emblema de la Ley que en el Mundo de los Efectos (el Occidente) preside a toda ac¬tividad individual; y al final de la misma (la hora del descanso), les da a cada cual la compensación que su esfuerzo merece, ya sea como crecimiento interior —talento o facultad adquirida o desarrollada— y como condición exterior en armonía con esa actividad y con el crecimiento interno, de los que puede conside¬rarse como el resultado.
A la Sabiduría que concibe la obra, y a la Fuerza de la inte¬ligencia que la comprende y ejecuta, se une el ideal de la Belleza, como principio de armonía, representado por la estatua de Venus, cerca del Segundo Vigilante, que tiene su asiento del lado del Mediodía, es decir, en el lugar que corresponde con el Sol, cuando se halla en la mitad de su carrera diurna.
Lo bello, nos dice Platón, es el esplendor de lo Verdadero. Armonía y Sabiduría, o Belleza y Verdad, son dos aspectos de la misma Realidad, cuya unión e identidad se hacen más íntimas en proporción de su respectiva elevación. Esto quiere decir que, buscando el grado más elevado de Armonía y de Belleza, se encuentran con éstas también, la Sabiduría y la Verdad; e igual
mente, todo lo que sea en realidad sabio y verdadero, no puede dejar de ser al mismo tiempo armónico y hermoso. Sólo puede haber divorcio aparentemente en sus aspectos inferiores; pero, entonces ya no se trata ni de verdadera belleza, ni de Sabiduría verdadera.
Un ideal de Belleza puede así, ser el camino que nos guía y nos lleva a la Verdad; e igualmente, cuando la Sabiduría sea la que inspira realmente nuestras acciones y nuestra actividad, no puede guiarnos sino en sendas de paz y veredas de armonía, hacia la realización de un Ideal cuya Hermosura demuestra su Verdad. El artista sinceramente enamorado de lo Bello, se halla sólidamente encaminado hacia la Verdad; y el filósofo que busca lo Verdadero, puede también reconocerlo por la luz de belleza que lo acompaña, en su discernimiento más .elevado.
Venus Urania, como diosa de la belleza verdadera o celestial, simboliza la armonía fecunda y productora de todos los esfuerzos que se hallan animados, guiados e inspirados por ese Ideal. Como hija de Urano, del que representa femenilmente el Poder Engen¬drador, brillando en el cielo como Estrella de la mañana y Lucero de la tarde, es también una divinidad de la luz; y, la luz misma considerada en su carácter femenino y creador. A su fecundidad pura y celestial se deben, pues, todas las cosas: las flores y loa frutos, que se abren y maduran respectivamente bajo su influjo, y todos los seres vivientes, que nacen, precisamente viniendo a la luz.
Esa luz creadora, de por sí venerable y venusta es también el principio de cada veneración y venustidad. Todo lo que afecta agradablemente la vista, sólo puede hacerlo en virtud de la luz que nos lo revela, cuya plenitud también simboliza el mediodía. Cuando esa misma luz se haga en nuestra inteligencia, estaremos capacitados para percibir y concebir lo Hermoso, como la propia luz de que se reviste y en que resplandece lo Verdadero.
Así pues, Venus, y el Segundo Vigilante sentado en su sombra, pueden relacionarse con el sentido de la vista, y la facultad de la visión interna, o sea la imaginación, que es el elemento o factor eminentemente fecundo y productivo de nuestra vida psíquica. De la misma manera Minerva, y el Maestro que interpreta la Sabiduría, están relacionados con el sentido del oído y la facultad de la comprensión, de la que nace toda palabra, elemento más sutil, más impalpable y espiritual que la misma luz, dado que no consiste únicamente en las vibraciones del aire, sino que pone en movimiento las profundidades obscuras del ser.
En cuanto a Hércules y al Primer Vigilante, tienen una igual relación con el sentido del tacto, y con las facultades correlativas del juicio y de la acción. La Logia o Taller masónico es, pues, igualmente el símbolo del taller individual en que se verifica la actividad lógica o racional de cada ser humano; y sus tres luces principales corresponden a los tres sentidos y facultades princi¬pales que lo iluminan y lo gobiernan. Por medio del oído y de la comprensión, puede el hombre dirigirse en la senda de la Sabiduría; por medio del tacto y del juicio se forma una idea justa de las cosas, y tiene el guía más apropiado para todas sus acciones; por medio de la vista y de la imaginación, está capa¬citado para ver y apreciar la belleza de la naturaleza y del mundo que lo rodea, y su propia inteligencia se hace fecunda, concibiendo y realizando obras en que la hermosura acompá¬ñase al juicio de la inteligencia y a la comprensión de la verdad.
Al primer ternario fundamental que acabamos de describir, constituido por la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza, se unen íntimamente otros dos cargos de primera importancia, que com¬pletan con los anteriores el Consejo de las luces: los de Secretario y Orador, que corresponden, el primero al sentido del gusto y a las facultades mentales de asimilación y memoria, y el segundo al sentido del olfato y a las facultades de percepción y obser¬vación.
Estos dos órganos de la Logia tienen su asiento-al Oriente, de ambos lados del Maestro Venerable, como facultades respec¬tivamente pasivas y activas que coadyuvan la Sabiduría, en cuanto la primera es capaz de recibirla y conservarla, mientras la segunda la expresa convenientemente, adaptándola a las con¬diciones externas.
Aunque los dos sentidos del gusto y del olfato sean inferiores a los tres principales, su importancia es grande para el orga¬nismo, estando relacionados con los instintos que permiten su conservación, renovando la substancia en que descansa la obra constructora de la vida. El primero preside a la alimentación y el segundo a la respiración; el primero indica, además, en la vida psíquica, la asimilación constructiva de cada experiencia externa, hasta que se moldea en un elemento del carácter que quedará, desde entonces, grabado en la carne del ser. Y el se¬gundo, la facultad de la palabra que igualmente expresa, en cada experiencia y contacto, el propio sello íntimo, individual, del carácter y del ser.
Mitológicamente pueden ponerse en relación estos dos car¬gos, respectivamente con Mercurio y Apolo, siendo el primero —escriba de los dioses— el Mensajero y el intérprete de la Divina Sabiduría; y el segundo, aquel que la expresa de una manera eminentemente creativa y constructora, como Musagete,
o sea medio y vehículo de la inspiración, personificada por las nueve doncellas hijas de Mnemósine, la Memoria divina. El sol radiante, usado algunas veces como emblema del Orador (en lugar del libro de la ley que ha prevalecido después) es emble¬mático de esa atribución; así como las dos plumas cruzadas, suspendidas al collar del Secretario, recuerdan las dos serpientes del caduceo y las alas del alípede hijo de Maya.
Otros dos funcionarios importantes del organismo de la Logia, cuyo lugar se halla cerca de los dos anteriores, son el Tesorero y el Hospitalario. El primero es el encargado de recoger y custodiar fielmente los valores del Taller —emblemáticos de sus valores espirituales— que han de usarse y expresarse, como todos los talentos morales y materiales, en una actividad constructora. El segundo es el intérprete de los sentimientos de compasión y solidaridad, que deben animar a todos los miembros de la Logia, y que igualmente deben traducirse en forma constructiva, por medio de una beneficencia bien entendida, que se esfuerza por destruir el mal en su raíz, más bien que piadosamente alimentarlo como suele hacerlo a menudo, por falta de discernimiento, la beneficencia profana.
El Maestro de las Ceremonias es quien simboliza y re¬presenta el principio del Orden Divino que ha de presidir a toda actividad constructiva, para su mejor eficiencia y mayor pro¬vecho. Su emblema especial es la regla de 24 pulgadas —número divisible por 2, por 3, por 4, y además por 6, 8 y 12— que indica la mejor medida del tiempo, según la tenemos también en nuestras 24 horas.
Todos tenemos, pues, indudablemente el mismo tiempo: sobre este punto no puede haber desigualdad o injusticia ninguna entre los hombres. Pero, del empleo más sabio y equilibrado que cada cual sepa hacer de las 24 horas que diariamente se le proveen, depende mucho de lo que se suele llamar fortuna, además del éxito y de la prosperidad individual. Por lo tanto, es de la mayor importancia aprender el uso constructivo y mejor de cada una de esas 24 pulgadas de la regla diaria, sin exceder en ninguna intemperancia, que siempre nos robaría alguna buena oportunidad. Saber aprovechar y usar bien el tiempo del que cada uno igualmente dispone, ordenando armónicamente la actividad, el descanso y demás necesidades de la vida, en manera de conseguir la mejor eficiencia y el más perfecto equilibrio, es un arte cuyo estudio y dominio abre en nuestra vida la puerta y el camino de sus mejores posibilidades.
Todo exceso, y toda falta de equilibrio en el uso más armó¬nico de esas 24 horas, es de por sí una intemperancia, y en nuestra vida la causa de alguna imperfección, así como de todo fracaso. El éxito es función de la armonía y perfección inherentes en la propia actividad, y éstas a su vez estriban en el mejor uso de nuestras facultades, talentos, y posibilidades, aprovechando útilmente para su expresión el ritmo de las 24 horas.
Este uso armónico del tiempo y de las demás facultades y valores vitales de nuestro ser, se halla muy bien indicado en la disposición simbólica de la Logia, dado que el Maestro de Ce¬remonias tiene su asiento precisamente cerca del Tesorero y da Orador, con objeto de medir y reglar la mejor expresión de los valores y facultades del uno y del otro. También hace hincapié, la misma regla de 24 pulgadas, los deberes de puntualidad y precisión que caracterizan a todos los verdaderos masones, indicando su justa y perfecta apreciación del tiempo y de cada momento, sabiendo así medir y armonizar el cumplimiento de todos y de cada uno de sus deberes. Faltar a un compromiso, o bien presentarse más tarde del tiempo convenido (toda vez que no haya una razón verdaderamente y grave y que no pudo preverse), es también un robo que uno les hace prácticamente" a los demás, con hacerse esperar; además de indicar en la misma persona una falta de orden y de armonía y una inconsistencia de principios y de carácter. Pues, el uso del tiempo con exactitud y precisión, así como una absoluta formalidad en todos sus diferentes deberes y compromisos, son elementos fundamenta les del carácter individual, cuya perfecta construcción nos enseña la Masonería.
Finalmente, nunca debemos olvidar que la regla masónica tiene 24 pulgadas y no más. Esto quiere decir que no se debe por ninguna razón exceder y sobrepasar las mismas 24 horas del día; toda vez que nuestro reloj, al que representa la regla, nos haga ver que estamos al término de la última pulgada, será conveniente remitir al día siguiente, o a la siguiente tenida, la con¬tinuación de cualquier trabajo o actividad.
Una agrupación análoga y semejante a la del Maestro de Ceremonias con el Tesorero y el Orador, es la que forma el Portaestandarte con el Secretario y el Hospitalario, El estandarte representa el propio Ideal interno, que anima a los miembros de una Logia, así como a todo masón individualmente y a todo hombre, en que representa el deseo, el estímulo y el incentivo de su progreso. Es necesario que ese ideal sea ensalzado y levantado, de manera que se haga el principio y la levadura renovadora de la existencia.
Cuanto más alto el hombre sabe poner su ideal, al que per¬manece fiel, mientras persiste y no escatima ninguno de sus me¬jores esfuerzos para realizarlo, mayor será su progreso e igual¬mente mayores las posibilidades que en su existencia se le abran. Es una ley psicológica, que el hombre marcha y progresa automá¬ticamente, y continuamente se acerca al lugar y en la dirección en que se fije su mirada; cuando ésta se levante hacia el cielo de una visión ideal, es cierto que el mismo cielo se hará muy cerca de su propia conciencia interna y, por ende, como reflejo inevitable, también de su vida exterior.
Igualmente es cierto que nuestro ser crece y se desarrolla en la propia imagen y semejanza de aquello que se acostumbre contemplar; y, por lo tanto, la contemplación de una ideal es, de por sí, un medio poderoso para conducirnos siempre más ade¬lante, expresando y desarrollando los infinitos poderes y facul¬tades que se encuentran en estado latente en nuestro ser y en las posibilidades de nuestra vida. Y que sólo esperan ser reco¬nocidas, para empezar a crecer, como la semilla en el seno de la tierra, para luego manifestarse en la luz del día, haciéndose fecundos, como las plantas cuando llegan a un estado de madurez productora. Representando ese Ideal animador de todo hombre y de toda agrupación humana, el Portaestandarte se sienta muy oportuna mente en la proximidad del Secretario y del Hospitalario, pues, de la misma manera que el Maestro de Ceremonias indica la medida externa, les señala la medida interna de la propia Perfección Latente y Divina, a la cual deben conformarse en sus actividades, grabando el primero oportunamente ese ideal en la plancha vi¬viente de su carácter; y sirviéndose del mismo el segundo, para buscar y ver la latente perfección interior dentro de la patente imperfección externa, y de esta manera subsanar la causa verda¬dera del mal en cualquiera de sus aspectos.
Como mensajeros entre las tres luces, y también substitutos eventuales de los dos Vigilantes, se encuentran en toda Logia otros dos oficiales elegidos, que llevan el nombre, respectiva¬mente, de Primera y Segundo Diácono, sentándose aquél al Oriente, y este al Occidente, a la derecha respectivamente del Venerable y del Primer Vigilante.
La función del Primer Diácono, de llevar los mensajes de la Sabiduría a la comprensión de la Inteligencia, indica evidente¬mente la facultad de la inspiración, por cuyo medio la según-da se halla en relación con la primera, y las facultades limitadas del hombre se alian con las potencialidades ilimitadas de la Omnis¬ciencia Creadora —en la que se halla, en un estado latente, todo lo que existió, existe y puede existir— participando de las mis¬mas y recibiendo sus beneficios.
Esa facultad de la inspiración, que tiene su asiento a la de¬recha de la Eterna Sabiduría, es algo de primera importancia en la vida del hombre, pues de ella se origina lo mejor que pueda manifestarse en su existencia como factor divinamente creativo. A ella igualmente le deben el artista y el literato, el hombre de ciencia y de negocios, el místico y el inventor todo lo que de más importante se hallan capacitados para hacer. Y muy dignamente puede substituir la misma inteligencia, a la que de ordinario au¬xilia, pues se han visto muchos casos de hombres comparativa¬mente incultos, que han sido capaces, escuchándola fielmente, de cumplir satisfactoriamente y llevar a cabo tareas en las que hombres aparentemente mejor dotados, por su cultura y educación pri¬vilegiada, se han demostrado ineficientes e incapaces. Análoga es la función del Segundo Diácono, relacionando la misma Inteligencia con el principio divino de la Belleza y Armo¬nía; el sentido estético que tiene igualmente importancia como factor de elevación ideal y moral, haciéndonos valuar, apreciar y expresar convenientemente las aspiraciones de la Sabiduría.
De esta manera, la palabra sagrada de la Verdad, que siem¬pre viene del Oriente, asiento de los principios eternos y nouménicos, y de las leyes absolutas del Ser, llevada por la Inspiración al Occidente, es reconocida justa en este dominio de la Inteligencia racional y de la actividad realizadora, que se halla familiarizada con el mundo fenoménico y sus leyes relativas. Y de aquí llegando al Mediodía, por conducto de las aspiraciones estéticas, que constituyen el elemento que adorna, armoniza, embellece y ennoblece la existencia, se hace perfecta, y se demuestra como tal en virtud de la misma plenitud de su expresión.
Esto quiere decir que el esfuerzo de la Inteligencia humana para comprender y expresar la Sabiduría celestial, mientras tiene en sí, en su propio criterio y discernimiento, la capacidad de ajustarse perfectamente a esa misma Sabiduría, obrando recta¬mente "en nivel" o de acuerdo con sus leyes, sólo puede llegar a la perfección, haciendo su esfuerzo fecundo y productivo, cuando logre la mejor armonía en su actividad y esté también a plomo con el ideal de la Hermosura.
Completa el ternario de los dos diáconos el Guardatemplo, especialmente relacionado con el Segundo Vigilante, de la misma manera que los diáconos lo son con el primero, y el Maestro Venerable respectivamente. Su objeto es vigilar la puerta del Templo, asegurándose de la cualidad de masones de todos aquellos que toquen a la misma, antes que puedan admitirse en la Logia. Como tal, indica muy bien la facultad de la atención por cuyo medio se discierne la cualidad constructora o destructora de los pensamientos que puedan "tocar" a la puerta de nuestra inteligencia, o de la logia de nuestra vida interior.
Es, pues, de gran importancia, la calidad de los pensamientos que admitimos como obreros, en el fuero de nuestra conciencia íntima, que es el propio taller causativo de la vida. Ningún pensamiento se halla sin influencia sobre el carácter y la existen¬cia, sino que ejerce, según su propia cualidad, una obra ya sea constructora o destructora, tanto en el uno como en la otra. La educación masónica, y toda educación individual, empiezan pre¬cisamente con el control y la selección inteligente de los pensa¬mientos que se admiten y entretienen en nuestra mente. No podemos evitar, como otros lo dijeron, que las aves vuelen por encima de nuestra cabeza; pero sí que se posen en ella y hagan su nido sobre la misma. De la misma manera, hemos de evitar que en nuestra mente reposen y descansen aquellos pensamientos que no reciben la aprobación de nuestro mejor criterio (el primer vigilante) y de nuestra conciencia más elevada (el maestro venerable).
El último ternario de los dignatarios y oficiales, está formado por el Past Master y los dos maestros expertos. El primero es el Maestro que ejerció la función de Venerable durante el año o período masónico anterior y que, como tal, se sienta en lugar de honor a la izquierda del Venerable actual, al que puede aconsejar con su experiencia. Representa el alter ego que deriva del atavismo
o de una existencia anterior, cuya experiencia aprovechamos en nuestra vida actual, como complemento y factor de la propia sabiduría de ésta.
Los otros dos maestros expertos se sientan cerca de las dos columnas —en la parte más sagrada del Templo—, auxiliando a los dos Vigilantes en el examen y apreciación de los materiales de la construcción, y sirviendo de Guías a los inexpertos en el Camino de la Luz que es la senda de la Verdad y de la Virtud. Indican simbólicamente nuestros esfuerzos anteriores, de los que muchas veces hemos perdido la memoria, y que nos ayudan a recorrer el nuevo camino, superando todos los obstáculos que en el mismo encontremos.

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